La promesa del alfa (Alfas dominantes nº 3)
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Solo unas semanas más y me largo de aquí.
Melissa subió por la acera hacia la destartalada casa de alquiler donde ella y su perdedor de novio, del que pronto sería ex, habían vivido los últimos ocho meses.
Estaba deseando acabar con aquel lugar de una vez.
Sus tacones repiqueteaban en el cemento, la falda de tubo le apretaba demasiado con el calor de principios de junio, después de un largo día enseñando casas.
Se preparó mentalmente para el molesto desorden de cajas de mudanza a medio llenar. Al menos eso significaba que en menos de un mes Jeremy habría salido de su vida para siempre.
Aquella relación nunca tendría que haber existido.
Había confundido el vínculo forjado en una situación de crisis —Jeremy le había salvado la vida después de que él y su amigo la secuestraran el año anterior— con amor verdadero.
Quizá solo había deseado tener lo que su hermana tenía con su nuevo marido.
En otra de sus clásicas meteduras de pata, lo había perdonado por el secuestro, agradecida de que hubiera cambiado de opinión.
Se había ido a vivir con el tipo que había puesto su vida en peligro.
Esa puta frase lo resumía todo. Era demasiado leal, demasiado confiada.
Creyó que la atracción duraría. Pero no.
Cuatro meses después ya estaba totalmente harta de él, aunque le había llevado otros cuatro averiguar cómo salir del contrato de alquiler, incluso después de haber roto.
Sus cosas ya estaban metidas en cajas. Dentro de un mes estaría libre de Jeremy y de aquel cuchitril.
Metió la llave en la cerradura, abrió la puerta y la empujó, pero se detuvo en seco con un grito ahogado.
El lugar había sido destrozado. Destruido.
Habían abierto y vaciado las cajas; había cosas esparcidas por todas partes. Los platos de cerámica que le había comprado a su amiga artista en la universidad yacían hechos añicos, habían arrancado los cuadros de las paredes y los habían destrozado.
Un sollozo le subió por la garganta. Giró sobre sí misma lentamente, con el corazón latiéndole con fuerza en el pecho. Cuando vio las palabras garabateadas con aerosol granate en la pared del fondo, gritó.
Paguen antes del viernes o ambos mueren.
Un escalofrío gélido la atravesó. Literalmente no podía moverse, no podía respirar. Le temblaba todo el cuerpo. Agarró el móvil con fuerza, pero algo le impidió llamar al 911.
Aquello no era un simple allanamiento. Era personal. Y tenía algo que ver con Jeremy. ¿Habría pasado algo en el dispensario? Él siempre tenía miedo de que los atracaran a punta de pistola; había ocurrido en otros dispensarios porque manejaban grandes cantidades de efectivo.
Dios mío. Tendría que haberlo sabido. Tendría que haber salido corriendo de la vida de Jeremy en cuanto superaron el trauma del secuestro.
Tenía un don para meterse en líos. Se juntaba con gente poco recomendable. Le gustaba salir de fiesta y consumía drogas. Incluso podría estar trapicheando con drogas más duras por la puerta de atrás del dispensario; no lo sabía, había estado haciendo la vista gorda.
¿Llamar a la policía garantizaría la muerte de alguien? Tragó saliva. ¿La suya?
Con dedos temblorosos, llamó a su hermana gemela. Ashley y Ben se habían ido a las Islas Canarias de luna de miel. No debería molestarlos, pero… no sabía qué otra cosa hacer.
—Hola, Mel —la voz alegre de su hermana resonó en el auricular.
—Siento molestarte.
Su hermana captó al instante el tono tenso y tembloroso de su voz.
—¿Qué pasa, Mel? ¿Qué ha pasado? —preguntó Ashley con brusquedad.
—N-no estoy segura. Acabo de llegar a casa y lo han destrozado todo. Hay un mensaje pintado con espray en la pared.
Le contó a su hermana lo que decía, sin necesidad de expresar sus sospechas de que era algún lío de Jeremy. Ben y Ashley ya tenían la peor opinión de él.
—Voy a mirar arriba. ¿Te importa quedarte al teléfono conmigo?
—Claro que no me importa, pero ¿no crees que deberías llamar a la policía?
Subió las escaleras con el teléfono pegado a la oreja, como si eso acercara a su hermana de algún modo.
Ben había empezado a hablar con tono apremiante en cuanto oyó mencionar a la policía, y Melissa escuchó a su hermana explicarle lo que había pasado.
Los intrusos también habían destrozado el dormitorio de arriba. Habían volcado los cajones de la cómoda en el suelo y vaciado el cesto de la ropa. Parecía que incluso habían arrancado la moqueta del suelo. ¿Qué buscaban? ¿Dinero?
—¿Mel? Ben va a llamar a alguien que conoce en Colorado Springs, así que quédate donde estás, ¿vale?
—Vale.
Estaba más aliviada de lo que quería admitir al saber que Ben tenía un plan.
—Te llamo enseguida —prometió Ashley.
Colgó y se quedó mirando el desastre, con lágrimas que le ardían en los ojos.
¿Qué debería hacer? Deseaba poder recoger todas sus cosas y largarse en ese mismo instante, pero no sabía adónde ir.
¿Dónde iba a encontrar un piso de alquiler con tan poca antelación?
Y no quería alquilar, joder, estaba tan ilusionada con comprarse su propia casa.
Ben Stone, el nuevo y adinerado marido de su hermana gemela, se había ofrecido a ayudarla con la entrada para que pudiera comprarse una casa.
El portazo de un coche la hizo mirar por la ventana. Más le valía a Jeremy tener una solución para...—
Pero no era Jeremy.
Tres tipos con pinta de asesinos salieron de un Range Rover azul oscuro y se dirigieron con paso decidido hacia la puerta principal. No se molestaron en llamar, y ella, estúpidamente, no había echado la llave.
Joder. Estaban allí, en la casa. Iban a matarla.
Con el corazón en un puño, se lanzó hacia el armario y se escondió detrás de la ropa.
Por favor, que no registren la casa.
El teléfono se iluminó y la primera nota del tono de llamada la hizo deslizar el dedo frenéticamente para silenciarlo.
Se quedó en silencio. Contuvo la respiración, aguzando el oído por si los hombres de abajo lo habían oído, pero solo escuchó el sonido de sus voces hablando entre ellos.
¿Se estaban quedando allí para esperarlos a ella y a Jeremy?
Le temblaban tanto las manos que apenas podía leer la pantalla, pero vio que era Ashley quien había llamado.
Le escribió un mensaje.
Están en la casa.
Cody Steele limpió el yeso de la llana y lo dejó todo recogido.
Ya casi había terminado: solo un par de manos rápidas de pintura sobre el agujero reparado en la pared y la casa estaría lista para salir al mercado.
Comprar edificios históricos y casas, reformarlos y venderlos con un buen margen de beneficio le había permitido canalizar su personalidad inquieta y práctica.
CJ Steele Properties se había ganado una buena reputación en Colorado Springs por sus éxitos inmobiliarios, y su empresa daba trabajo a la mayoría de los lobos de su manada.
No estaba nada mal, teniendo en cuenta que su padre lo había echado de la manada a los dieciséis años diciéndole que nunca llegaría a nada.
Le enorgullecía haber levantado su negocio desde cero y haberlo convertido en un éxito por su cuenta, creando una manada en una ciudad donde antes solo habían sido miembros dispersos de la manada de Denver.
El móvil le vibró en el bolsillo. Lo sacó y frunció el ceño. Ben Stone, el alfa de Denver. ¿Qué demonios quería?
Contestó.
—Cody al habla.
—¿Cody? Ben Stone, de Denver.
—Sé quién eres.
—Necesito pedirte un favor, uno grande —había una urgencia brusca en la voz del tipo.
Apretó las muelas. Bastante presuntuoso para un tipo que no se había dignado a saludarle ni a él ni a su manada desde que se convirtió en alfa hacía nueve meses.
—No recuerdo deberte ninguno.
Stone no vaciló.
—Seré yo quien te deba el favor. Mi cuñada vive en Colorado Springs y se ha metido en un lío. Estoy fuera del país, si no bajaría yo mismo a ocuparme del asunto.
—¿Qué clase de lío?
—Le han entrado en casa. Hay un mensaje amenazante pintado con espray en la pared. Seguramente su ex, que es un inútil, se habrá metido en algún problema, pero ella no tiene nada que ver. Necesito que la protejas.
Mierda.
Era lo último en lo que quería meterse. Pero tener a Ben Stone en deuda solo podía ser bueno para su manada.
Ben tenía todo tipo de recursos, empezando por el dinero.
También tenía una manada grande con miembros de todo tipo de especialidades, y mantener buenas relaciones con ellos significaría que nunca tendría que recurrir a la manada de su padre en busca de ayuda. Y antes muerto que hacer eso.
—¿Steele?
Soltó el aire.
—Sí, de acuerdo. ¿Cuál es la dirección?
—Te la mando por mensaje. ¿Irás ahora mismo?
—Iré. ¿Cómo se llama?
—Melissa. Steele, prométeme como alfa que le darás la protección de la manada.
Mierda. ¿En qué demonios se estaba metiendo? Stone quería que jurara su propia vida para protegerla. Bueno, eso era lo que hacían los lobos.
—Sí —gruñó—. Promesa de alfa.
—Gracias.
Cerró los ojos y se pasó una mano por la cara. Iba a arrepentirse de esto, seguro.
Como la camioneta estaba llena de material de pintura, la dejó frente a la casa y fue corriendo las pocas manzanas hasta su casa, donde se montó en la moto y comprobó la dirección que Ben le había enviado.
Sus instintos de lobo se dispararon antes de llegar y lo pusieron en alerta máxima.
Apagó el motor y se acercó en silencio hasta una pequeña casa de dos plantas.
Un Range Rover azul oscuro estaba aparcado delante, detrás de una camioneta Toyota blanca.
Un escalofrío de advertencia le recorrió la piel.
La puerta principal estaba abierta y voces masculinas ladraban dentro.
Rodeó el edificio para asomarse por una ventana. Tres tipos estaban sentados en el sofá. Todos iban armados y uno llevaba un traje elegante.
Un escalofrío le erizó el vello de la nuca. Parecía Junior Rabago, un traficante de Denver. Movía drogas duras como cocaína y heroína a través de uno de los dispensarios de marihuana de la zona. Si la cuñada de Ben estaba metida con él, el asunto era mucho más gordo de lo que había imaginado.