La promesa de Westmere Capítulo dieciséis
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Capítulo dieciséis

La invitación al baile de Lady Ashbury llegó tres días después de la confesión de Louisa.

Laurence le dio vueltas entre las manos, pensativo.

Se trataba, sin duda alguna, de un evento de considerable importancia social.

Lady Ashbury era una de las anfitrionas más destacadas de la temporada, y sus invitaciones eran codiciadas, disputadas y en ocasiones hasta falsificadas.

Figurar en su lista de invitados equivalía a ser reconocido como alguien que importaba.

La invitación estaba dirigida al conde y la condesa de Westmere. A ambos. Fueran cuales fuesen los rumores que circulaban sobre su esposa, todavía no habían llegado al punto en que Lady Ashbury se atreviera a desairarla abiertamente.

—Deberíamos ir —le dijo a Louisa durante el desayuno.

Ella alzó la vista del té, cautelosa.

—¿Un baile? No estoy segura de que sea prudente.

—Es exactamente lo que necesitamos. Una aparición pública, juntos, en un lugar donde nos vea todo el que importa.

Dejó la invitación sobre la mesa y le sostuvo la mirada.

—No te obligaré. Pero creo que ayudaría.

Ella guardó silencio un largo momento, estudiándole el rostro. Luego, despacio, asintió.

—Muy bien. Si crees que es lo correcto.

Los días previos al baile transcurrieron entre preparativos.

Louisa necesitaba un vestido nuevo; su guardarropa, aunque adecuado para la vida en el campo, no estaba a la altura de las exigencias de un salón de baile londinense.

Laurence insistió en acompañarla a la modista, pese a las cejas que se enarcaron a su paso.

Cuando salió con un vestido de seda azul pálido, de corte sencillo pero elegante, algo se le encogió en el pecho.

—Ese —dijo.

Ella se volvió para mirarse en el espejo, insegura.

—Es muy... atrevido.

—Es precioso.

Se levantó y se situó detrás de ella, buscándole la mirada en el espejo.

—Cuando entres en ese salón, quiero que todos los presentes vean lo que yo veo.

¿Y qué veía él? Una mujer de extraordinaria fortaleza, sin duda. Una mujer que había soportado la injusticia y salido de ella sin quebrarse. Una mujer que había traído luz a su hogar y calidez a la vida de su hija.

Una mujer a la que él...

Retrocedió, inquieto por el rumbo que tomaban sus pensamientos.

—Nos lo llevamos, Madame Fournier.

La noche del baile, Laurence se vistió con especial esmero. No había asistido a un acto social en cuatro años, y su reaparición no pasaría desapercibida. Pensaba asegurarse de que valiera la pena.

Cuando Louisa bajó las escaleras, a Laurence se le cortó la respiración.

Se había peinado de forma diferente, y el vestido que él había elegido lucía aún mejor a la luz de las velas.

Llevaba la barbilla alta, la espalda erguida, pero él percibía la tensión en los hombros, el leve temblor en las manos.

—Estás magnífica —dijo, ofreciéndole el brazo.

—Estoy aterrada.

—Una cosa no quita la otra.

La condujo hacia la puerta.

—Recuerda: entramos juntos, nos mantenemos juntos. Y cualquiera que te mire con algo que no sea respeto tendrá que responderme a mí.

La mansión Ashbury resplandecía cuando llegaron. Los carruajes se alineaban en la calle, dejando salir a sus relucientes ocupantes, y la música flotaba por las puertas abiertas. Laurence notó que la mano de Louisa se tensaba sobre su brazo a medida que se acercaban a la entrada.

Los anunciaron en lo alto de la escalinata, y sus nombres resonaron sobre la multitud congregada.

Un murmullo recorrió la sala. Las cabezas se volvieron. Las conversaciones se interrumpieron. Laurence mantuvo la expresión impasible, con la mano sobre la de Louisa en su brazo, y la guio escaleras abajo hacia la concurrencia.

La primera hora transcurrió entre maniobras cautelosas. Se movieron por el salón, saludando a conocidos, aceptando felicitaciones por su matrimonio. Laurence mantuvo a Louisa cerca, presentándola a cuantos se acercaban, dejando claro con palabras y gestos que no era solo su esposa, sino su igual.

Algunos se mostraron cálidos. Otros, más fríos, con un destello de censura apenas disimulada en la mirada. Laurence afrontó cada uno de estos encuentros con una cortesía gélida que dejaba clara su desaprobación.

Y entonces apareció la señora Grant.

Se les acercó junto a la mesa del ambigú, con una sonrisa dulce como el arsénico.

—Lord Westmere. Lady Westmere.

Hizo una reverencia, un gesto que rozaba la burla.

—Qué placer verlos a ambos. Precisamente estaba hablando con Lady Ashbury sobre Lady Westmere. Un pasado de lo más interesante.

Laurence notó que Louisa se ponía rígida a su lado. Dio un ligero paso al frente, interponiéndose entre ambas.

—Señora Grant —dijo, alzando la voz lo justo para que lo oyeran los que estaban cerca—. Tengo entendido que conoció a mi esposa durante su primera temporada.

—En efecto. Una época memorable.

—Sí, me han contado. Me han contado cómo una joven de carácter impecable fue calumniada por un hombre al que tuvo el buen juicio de rechazar.

Cómo los rumores los difundieron personas demasiado crédulas o demasiado maliciosas para cuestionarlos.

Y cómo quienes deberían haber actuado con más criterio le dieron la espalda a una mujer inocente antes que arriesgar su propia posición social.

La sonrisa de la señora Grant se había congelado en su rostro.

—Yo solo...

—Usted solo participó en la destrucción de la reputación de una mujer basándose en meros chismes. Eso es lo que hizo.

Mantuvo la voz serena, casi amable, pero con un filo de acero.

—Me pregunto, señora Grant, cómo se sentiría si se difundieran rumores similares sobre usted. Si su buen nombre fuera arrastrado por el fango por alguien con más influencia que escrúpulos. Si todas las puertas de Londres se le cerraran de repente, basándose únicamente en mentiras.

—Lord Westmere, no creo que...

—No. No creo que piense. Pero quizás podría empezar a hacerlo.

Se volvió ligeramente para incluir a Louisa en su mirada.

—Mi esposa es la condesa de Westmere. Está bajo mi protección. Quien la insulte, me insulta a mí. Quien difunda rumores sobre ella, difunde rumores sobre mi familia. Y no tolero los ataques contra mi familia.

El silencio a su alrededor se había vuelto denso. La gente los observaba abiertamente, sin molestarse ya en fingir desinterés.

El rostro de la señora Grant había pasado de la palidez al rubor.

—No pretendía ofender, milord. Si Lady Westmere malinterpretó algo de lo que dije...

—Lo que Lady Westmere no toleró fue que la trataran como si fuera inferior. Como si su presencia aquí dependiera de la aprobación de personas que no la conocen y no tienen derecho a juzgarla.

La voz de Laurence bajó hasta convertirse casi en un susurro.

—Le sugiero que reconsidere su actitud, señora Grant. La memoria social es larga, como bien sabe. Pero puede ser moldeada por quienes tienen suficiente influencia. Sería una lástima que lo que la gente recuerde de usted resultara tan poco halagador como lo que una vez dijeron de mi esposa.

Se alejó, guiando a Louisa hacia un rincón más tranquilo de la sala, dejando a la señora Grant sola y expuesta.

—Eso fue... —la voz de Louisa temblaba—. Laurence, no tenías que...

—Sí. Tenía que hacerlo.

Cogió una copa de champán de la bandeja de un lacayo que pasaba y se la ofreció.

—Bebe. Te tiemblan las manos.

—Nunca nadie había... —se detuvo, recomponiéndose—. Gracias.

—No me des las gracias. Solo dije la verdad.

La observó beber el champán, vio cómo el color volvía poco a poco a sus mejillas.

—Eres mi esposa, Louisa. Ahora formas parte de mi familia. Defenderte no es generosidad. Es obligación.

Algo brilló en sus ojos al oír la palabra obligación, pero se limitó a asentir y se volvió para observar la sala.

El resto de la velada transcurrió sin más incidentes.

El rumor se había extendido, como siempre ocurría.

Los susurros no desaparecieron, pero se suavizaron.

Quienes podrían haber desairado a Louisa abiertamente ahora le ofrecían saludos corteses.

La marea estaba cambiando, lenta pero perceptiblemente.

Cerca de la medianoche llegaron Helen y Frances. Su aparición causó su propio revuelo. Las mujeres Rosette, antaño marginadas, cruzaban el salón de baile de Lady Ashbury con serena dignidad.

Laurence observó cómo los admiradores rodeaban a Frances de inmediato, atraídos por su brillo natural como polillas a una llama. Helen se quedó junto a Louisa, las dos conversando en voz baja, y algo en aquella imagen lo conmovió.

Esta era su familia ahora. No solo Angelica, sino todas ellas. Helen y Frances, e incluso Lady Margaret, imperiosa desde su lecho de enferma. Se habían unido por las circunstancias y la necesidad, pero se habían convertido en algo más.

Se acercó a donde Louisa estaba con su madre.

—Señora Rosette —dijo, inclinándose ligeramente—. Espero que esté disfrutando de la velada.

—Mucho, lord Westmere. Más de lo que esperaba, a decir verdad.

Los ojos de Helen brillaban con lo que bien podrían ser lágrimas.

—Lo que ha hecho por Louisa esta noche... No tengo palabras...

—No hay nada que agradecer. Es mi esposa.

—Lo es.

Helen miró a su hija y luego de nuevo a Laurence.

—Y empiezo a pensar que tuvo suerte con su elección.

No era exactamente aprobación, pero se le acercaba. Laurence lo aceptó con un gesto de cabeza y se volvió hacia Louisa.

—¿Bailas conmigo?

Ella puso la mano en la de él y dejó que la condujera a la pista. La orquesta tocaba un vals, lento y pausado, y bailaron en silencio durante un rato.

—Tu madre empieza a aceptarme —dijo al fin.

—Está agradecida. Todas lo estamos.

—No es gratitud lo que quiero.

Ella alzó la vista hacia él con sus ojos oscuros llenos de interrogantes.

—¿Qué quieres?

Era una pregunta peligrosa. Pensó en todo lo que podría decir, en todas las verdades que le oprimían el pecho, exigiendo ser pronunciadas. Pero aquel no era el momento. No allí, rodeados de miradas curiosas y oídos atentos.

—Quiero que mantengas la cabeza bien alta —dijo en cambio—. Quiero que sepas que perteneces aquí, a esta sala, a esta vida, tanto como cualquiera. Quiero que dejes de mirar por encima del hombro, esperando que el pasado te alcance.

—Es más fácil decirlo que hacerlo.

—Lo sé. Pero no tienes que hacerlo sola.

La estrechó por la cintura, acercándola un poco más de lo que el decoro permitía.

—Lo afrontaremos juntos. Pase lo que pase.

Ella no respondió, pero le apretó el hombro con la mano, y algo en su expresión se suavizó.

Cuando terminó el baile, regresaron a un extremo de la sala.

Frances apareció junto a Louisa, rebosante de entusiasmo por alguien que había conocido, y Helen se unió a ellas momentos después.

Laurence se mantuvo ligeramente apartado, viéndolas hablar y reír, contemplando a la familia que había reunido sin querer.

La amaba.

Pero no sabía qué hacer con eso. Le había dicho, cuando se casaron, que no tenía nada que ofrecer más allá de seguridad y respeto. Había sido claro respecto a sus limitaciones, honesto sobre lo que no podía prometer.

¿Qué derecho tenía a cambiar las condiciones ahora? ¿Qué derecho tenía a cargarla con sentimientos que ella no había pedido y que quizá no quisiera?

La vio sonreír por algo que dijo Frances, contempló cómo la luz de las velas se reflejaba en su cabello, y guardó silencio.

Ya habría tiempo de poner en orden aquellos sentimientos. Tiempo de decidir qué decir, y si decir algo siquiera. Por ahora, bastaba con estar a su lado. Protegerla. Ser, del modo que ella se lo permitiera, su familia.

Lo demás podía esperar.