Capítulo 23
C uando llegaron a las inmediaciones de Dunkeld, James y los demás pudieron comprobar que las tropas jacobitas comandadas por Cannon habían rodeado la localidad y mantenían una lucha feroz con los defensores de la corona comandados por un tal Cleland, como se enteraron por la charla que habían mantenido con un jacobita.
—Están rodeados. No tienen escapatoria —les decía—. Se han atrincherado en el ayuntamiento y la catedral. Pero es cuestión de tiempo que se rindan y tomemos la ciudad.
—No se fíe, amigo. Esos demonios protestantes venderán caras sus vidas.
—No se lo niego, señor. Caerán, esté seguro de ello.
James permanecía expectante junto a Callum y a Braden mientras el intercambio de disparos proseguía entre ambos bandos.
—¿Qué hacemos? —quiso saber el primero observando el desarrollo de los acontecimientos.
—De momento aguardar a ver si los seguidores de Cameron se rinden por fin.
—¿Y si no lo hacen?
—Pues entraremos en batalla —le aseguró Braden moviendo las cejas arriba y abajo.
Aquel comentario no le hizo demasiada gracia a James, quien pretendía evitarlo a toda costa para salvaguardar la vida de Callum. Se lo había prometido a Fiona y no quería incumplir su promesa.
El tiempo transcurría sin que nada relevante sucediese. Hasta que de improviso se produjo un largo y tenso silencio que obligó a los tres hombres a mirarse entre ellos buscando la respuesta a esa repentina calma.
—¿Habrán optado por rendirse finalmente? —se preguntó James mirando a sus compañeros.
—No lo sé. Tal vez —respondió Braden.
Un rugido como si se tratase de una tormenta comenzó a escucharse y, cuando los tres dirigieron la mirada al frente de nuevo, vieron cómo una turba de hombres con picas, espadas y antorchas corría hacia ellos.
—¡Ahí vienen! —gritó alguien.
De repente, comenzaron a arrojar las antorchas sobre los tejados de las casas y, en muchos casos, en su interior porque sabían que allí se parapetaban los jacobitas. En breves minutos Dunkeld se convirtió en una pira de fuego.
—Será mejor salir de aquí cuanto antes —ordenó James emprendiendo la retirada mientras la horda de cameronianos avanzaba de manera enloquecida.
Un grupo de cuatro hombres se dirigieron hacia ellos dispuestos a acabar con sus vidas.
James esgrimió su claymore repeliendo el golpe de uno de los atacantes y en dos lances le abrió una herida mortal en el cuerpo.
Se rehízo volviendo sobre sí mismo para ver a sus dos compañeros peleando respectivamente con dos agresores.
De pronto, el grupo de los cameronianos se incrementó con la llegada de otros.
James y los demás se vieron sobrepasados hasta que varios seguidores de los Estuardo acudieron en su auxilio.
Las calles de Dunkeld se habían convertido en un infierno con las casas ardiendo por todas partes.
En un lance de la pelea, James se giró hacia un atacante que había arrojado al suelo a un jacobita y se disponía a clavarle la pica.
No se lo pensó dos veces y le hundió la daga en el costado.
Luego tendió la mano hacia el hombre del suelo y, cuando este se incorporó, James frunció el ceño mirándolo como si lo conociese.
—Acaba de salvarme la vida, McLean.
—¿McLeod?
—El mismo. Pero convendría dejar la conversación para cuando hayamos salido de aquí. Si le parece bien —le sugirió alejándose del lugar antes de que más cameronianos acudiesen allí.
—Creo que está en lo cierto. Salgamos de este maldito infierno.
Abandonaron Dunkeld en medio de las llamas y el humo que se elevaba hacia el cielo.
El ejército jacobita había sido derrotado y en ese momento se ponía en marcha lejos de la pequeña ciudad.
James y el resto se adentraron en los bosques para refugiarse de los cameronianos, que perseguían a aquellos que se rezagaban.
—Creo que podemos detenernos un momento —comentó James cuando comprobaron que estaban lo bastante lejos de la ciudad.
Se fijó en Callum, quien permanecía encorvado con las manos sobre las rodillas, recuperando el aliento.
Branden, sin embargo, estaba de pie, sin perder de vista el camino por el que habían escapado.
McLeod estaba frente a él, contemplándolo con curiosidad por lo que tuviese que decir.
—Gracias por salvarme la vida.
—No ha sido nada. Cualquiera lo habría hecho viendo en la situación que estaba.
—¿Qué demonios hace en Dunkeld, McLean? ¡Por todos los demonios, está recién casado! ¿Quiere dejar viuda a Fiona?
—Nada más lejos de la realidad.
—Pues le aconsejo que no venga a estas reuniones.
—¿Y ahora?
—¿A qué refiere? ¿A que lo seguidores de Jacobo Estuardo hemos salido corriendo de la furia de los cameronianos? —le preguntó viéndolo asentir en silencio—. Sí, supongo que es un buen momento para pensar si conviene seguir con la idea original de Claverhouse.
—Pensaba que la victoria en Killiecrankie arrastraría a más clanes a luchar por los Estuardo.
Pero me he equivocado al ver lo que ha sucedido hoy.
No éramos los suficientes para doblegar a los cameronianos, que además contaban con refuerzos de Londres.
No creo que a muchos les queden ganas de seguir la lucha después de esta derrota.
—Sí, no se lo niego. Creo que el general Canon ha cumplido y que es un buen momento para replegarse hacia las Tierras Altas y olvidarse por ahora de restaurar a Jacobo.
—¿Es lo que piensa hacer, McLeod?
—Sin duda. No creo que nadie quiera formar otro ejército en favor de la casa Estuardo. De manera que me retiraré a mis tierras. ¿Cómo está Fiona? Si me permite preguntárselo.
—Bien. Supongo que preocupada por lo que pueda sucedernos.
—Ahora que ya ha pasado el tiempo y no hay nada que pueda afectarles, sepa que Mordecai intentó que ella rompiese el compromiso cuando usted se marchó de vuelta a sus tierras.
—Suponía que aprovecharía la ocasión para hacer algo así.
—Y me pidió que fuese yo el instrumento para ello. Admito que en un principio lo consideré porque creía que seguía enamorado de ella, pero finalmente no quise participar.
—Le agradezco que me lo diga.
—¿Piensa hacer algo con Mordecai?
James sonrió.
—Creo que ya es suficiente que Fiona y yo estemos casados y que él no se haya quedado con el castillo y las tierras del clan Menzies.
Con eso me basta. Y ahora creo que sería buena idea seguir la marcha —sugirió mirando a los demás—.
Cuanto más pronto lleguemos a Menzies, más tranquilas se quedarán las dos hermanas.
—Miró a Braden por un segundo para ver cuál era su reacción.
Pero este no se molestó en expresar nada, o bien no le interesaba para no darle pie a James a que lo vacilara con Keira.
—Si alguna vez se encuentran en las tierras de los McLeod, no duden en buscarme. Estaré encantado de saludarlos y alojarlos en mi casa. No olvido que le debo la vida, McLean —le tendió la mano para que este se la estrechase.
—Lo tendré en cuenta llegado el caso. Marcharos cuanto antes. Los ingleses o los cameronianos podrían aparecer de nuevo.
—Recuerdos a Fiona.
—Claro.
Lo vieron alejarse con algunos de sus hombres mientras ellos permanecían en el sitio unos segundos antes de seguir camino.
—Un buen tipo ese McLeod. Creo que se dejó influir por su tío.
—Sí, hasta que se dio cuenta de cuál era su juego —añadió Callum.
—Pongámonos en marcha para llegar lo antes posible a Menzies —ordenó James abriendo camino para que los demás lo siguiesen.
***
Fiona iba de un lado a otro del castillo tratando de controlar sus nervios. Keira se fijó en ella y le hizo una señal para que se detuviese.
—Para un poco, ¿quieres? Yendo por todo el castillo no conseguirás tranquilizarte. Ni lograr que ellos vengan antes. Sé que es complicado hacerlo, pero...
—Tienes razón. Que yo me ponga a hacer y deshacer cosas todo el día no va a traerlos de vuelta más rápido, así que...
—Salgamos a que te dé el aire.
Fiona asintió y siguió a su hermana a las afueras del castillo.
—De paso podrías contarme que os traéis entre manos Braden y tú.
Keira detuvo sus pasos de manera brusca al escuchar esa pregunta. Miró a su hermana con curiosidad porque no esperaba que se la hiciese. Puso sus manos sobre las caderas y sonrió con ironía.
—¿De dónde has sacado que entre el amigo de James y yo pudiese haber algo?
—Eso quiero saber yo. Os he visto compartir bastante tiempo desde que él llegó con James a Menzies. Por eso mismo te lo pregunto.
—Pues no sé qué esperas que te cuente.
—Lo que tú quieras —le dijo levantando las manos y moviendo la cabeza.
—Pero... es que no ha pasado nada entre nosotros. Es verdad que compartimos tiempo, que hemos hablado bastante...
—Y danzado. Ah, y he visto cómo te hace reír.
Keira entreabrió los labios como si fuese a decir algo, pero pareció pensarlo mejor. Apartó la mirada de su hermana y sacudió la cabeza.
—Está bien. Tú ganas. Es cierto todo lo que dices.
—¿Ves cómo tenía razón?
—Si no voy a quitártela, Fiona. Solo que...
—¿Qué? ¿Qué pasa por tu cabecita? —le preguntó dándole un toque con el dedo en esta.
—No lo sé. Eso es lo que me pasa. Me gusta la compañía de Braden. Pero no estoy tan loca como para empezar a sentir algo por él.
—¿Por qué no? Si estás a gusto en su compañía.
—Porque estoy segura de que se acabará marchando de aquí. Vino para vuestra boda...
—Cierto. ¿Y se ha marchado desde ese día? —Fiona formó un arco con sus cejas.
—De acuerdo, se ha quedado. Pero no creo que lo haga por mucho más tiempo. ¿Y por qué debería hacerlo según tú?
Fiona comenzó a curvar sus labios con toda intención.
—A lo mejor hay algo que le resulta atractivo y... —Se calló de repente cuando su hermana empezó a llamarle la atención sobre algo—. ¿Qué sucede? ¿Por qué...?
Ambas miraron hacia el lugar que señalaba Keira con su brazo extendido. Un pequeño grupo se dirigía hacia el castillo y si a ninguna la fallaba la vista podían reconocer a James, Braden, Callum y el resto de los hombres que se marcharon con ellos hasta Dunkeld.
Fiona sintió un golpe en el pecho cuando lo reconoció. Cerró los ojos y murmuró algo, dando gracias al cielo por habérselo devuelto. No pudo evitarlo y, cogiendo la tela de su kilt entre los dedos, emprendió una carrera hacia él ante la atónita mirada de su hermana, que no podía evitar reírse.
—¡Me muero de amor, por favor! Pero... —Estalló en carcajadas cuando vio cómo James abría los brazos para recibirla primero y arroparla después para fundirse con ella.
Keira sintió cierta envidia sana porque su hermana tuviese a James.
La vio abrazar a su hermano y luego hacer lo propio con Braden, quien se mostró sorprendido.
—Me alegra que hayáis regresado todos —dijo mirando a los demás hombres y saludándolos—. Y sin ningún rasguño —aseguró echando un vistazo a Callum.
—No te preocupes, hemos sabido guardarnos las espaldas, hermanita. Mientras vosotros dos seguís con vuestros arrumacos, voy a saludar a Keira. ¿Vienes, Braden?
Este sonrió.
—Espera. Si permanezco al lado de estos dos, acabaré por volverme un romántico.
—No le hagas caso. Si él encontrase una mujer como tú, apuesto a que ahora estaría haciendo lo mismo —le aseguró James dirigiendo la mirada hacia su amigo, al igual que lo hacía ella.
—Tal vez esa mujer esté cerca de él. Y tal vez solo tuviese que mirar en la dirección correcta —le aseguró Fiona sonriendo con picardía mientras miraba hacia donde se encontraba su hermana.
James frunció el ceño contrariado por aquella afirmación, pero decidió no indagar más por el momento. Ya habría ocasión de preguntarle qué sabía ella de Keira y Braden.
Callum abrazó a su hermana y la elevó en alto. El rostro de ella se encendió, en parte, por tanta efusividad y, en parte, por sentir cierta vergüenza ante la presencia de Braden.
—Basta. Más te vale que le dediques estas expresiones de cariño a quien tú sabes —le reprochó con intención de recuperarse del sofoco que sentía.
—Oh, vamos. Ya me chafaste el día —ironizó Callum.
—Pues tener a una muchacha interesada en ti es algo que deberías considerar.
—Dejemos a Meribeth tranquila. ¿Qué tal todo por aquí?
—Algo aburrido al no estar todos vosotros, la verdad.
—Bueno, pues estamos de regreso, ¿eh, Braden?
Este se limitó a asentir con una tímida sonrisa.
—Amy, Balfour —exclamó Callum caminando hacia ellos para saludarlos, dejando a su hermana a solas con Braden.
—¿No estáis heridos?
—Ni un rasguño —respondió él contemplando el rostro de ella en el que destacaban sus mejillas encendidas, su mirada cargada de curiosidad y una expresión que no sabía cómo descifrar, pero que le agradaba pese a todo.
—Es bueno escucharle decirlo teniendo en cuenta que regresan de una batalla.
—Sí, ha sido una suerte escapar de aquel infierno —comentó mirando a James, que se acercaba a ellos junto con Fiona.
—Lo ha sido. Todo un logro. Pero dejemos las batallas durante un largo tiempo.
—Sí, vale. Y cuéntanos, ¿qué ha pasado? —Fiona lo miró con cierta angustia por lo que hubiese podido suceder.
—Nos hemos visto obligados a replegarnos si no queríamos acabar allí pasto de las llamas o de alguna herida producida por los seguidores del rey Guillermo. Bah, no hay nada que hacer. Será mejor entrar en el castillo y volver al día a día. Creo que Jacobo pasará una larga temporada en Francia.
Aquellas últimas palabras reconfortaron a Fiona porque entendía que no habría más guerras contra los ingleses. Eso significaba que James y los demás hombres se quedarían en Menzies.
Keira y Braden permanecieron contemplándose en silencio, ajenos a que James y Fiona se había adentrado en el castillo.
Era como si ninguno de ellos estuviese dispuesto a romper aquel momento.
Y solo lo hicieron cuando él extendió el brazo invitándola a tomarlo.
Keira recordó la conversación mantenida con su hermana antes de que los hombres apareciesen y el calor volvió a adueñarse de su rostro.
Y los latidos en su pecho se aceleraron.