Capítulo 21
L os días transcurrían en relativa calma en el castillo de Menzies después de la boda.
Todos se encargaban de realizar las más diversas tareas.
Los padres de James y su hermana Eve habían partido de regreso a su residencia en Duart.
Braden había decidido quedarse un tiempo allí para ver si era su lugar o se marchaba a Aberdeen, a pesar de haber dicho que no combatiría más.
Fiona se centraba en tener todo en su debido orden, pero sin olvidarse de que James se movía a su antojo en el castillo.
Ya no se trataba de un extraño que había llegado herido hasta allí.
Era su marido. En cuanto a los problemas que había tenido con el testamento de sus padres, todo parecía haber quedado resuelto con la boda.
El notario, que había estado presente durante la ceremonia, había sido informado de la consumación del matrimonio.
En ese aspecto no había nada que temer. Y así se lo comentaba Fiona a su hermana.
—Al fin todo ha terminado. Nuestro tío no podrá hacer nada por arrebatarme el castillo ni las tierras que pertenecen al clan.
—No creas que no ha sido un dolor de cabeza. Pero, al final, James y tú podréis vivir aquí sin más sobresaltos.
Fiona asintió con una ligera sonrisa. Sin embargo, las voces que llegaban del exterior del castillo la alarmaron. Y más cuando prestó atención a lo que decían.
—¡Dios y san Andrés con los Estuardo! Vuestro rey os reclama para combatir contra los ingleses y sentar en el trono a su legítimo dueño.
Los hombres acudieron a escuchar al emisario que sobre su caballo seguía dando la proclama.
James y Braden fueron los primeros que se acercaron hasta él.
—¿De qué estás hablando? —preguntó James sujetando al caballo por la brida para que se estuviese quieto.
—El coronel Cannon marcha al frente de un ejército de jacobitas en dirección a Dunkeld, donde se encuentran las tropas de Londres. He venido a llamar a las armas a todos los seguidores de la casa Estuardo para que acudan a pelear por el legítimo rey. ¿Eres tú el jefe del clan?
James sacudió la cabeza sin decir nada y, mirando por encima del hombro, vio aparecer a su esposa, y no pudo evitar sonreír.
—Aquí viene la jefa del clan Menzies —le avisó señalando con el pulgar a su espalda, consciente de lo que iba a suceder.
Fiona se abrió paso hasta situarse junto a James, a quien dirigió una fugaz mirada. Luego hizo lo propio con el enviado.
—¿Qué quiere? —Posó las manos sobre las caderas y elevó el mentón con orgullo mientras se erguía poderosa e incluso desafiante ante el mensajero.
—He venido a pedir a los hombres del clan Menzies que acudan a apoyar al coronel Cannon en su lucha contra los ingleses.
—Ningún hombre de este clan acudirá a pelear por el rey.
—Pero ¿es que, entonces, apoyan a Guillermo? —preguntó con perplejidad mientras se incorporaba hacia delante sobre su montura.
—Jacobo y Guillermo. Suegro y yerno. Estuardo u Orange.
Son iguales. ¿Qué me importa quién se sienta en el trono?
Cuando Claverhouse inició la revuelta muchos de mis hombres lo siguieron desobedeciendo mis órdenes.
Ninguno regresó y el clan no ha conseguido reponerse de esa perdida.
Un jefe de clan mira por su gente, y yo miro por los míos.
Puede descansar, comer y beber algo. E incluso cambiar de caballo, pero mis hombres no lo acompañarán a Dunkeld.
—Si es vuestra última palabra.
—La única que obtendrá, señor. Si me disculpa, hay mucho trabajo por hacer en este lugar. —Todos la vieron coger la tela de su kilt entre los dedos y darse media vuelta para regresar al castillo.
—Aun así, si alguno de los presentes decide lo contrario, ya sabe dónde se le necesita —añadió el jinete antes de azuzar a su caballo y proseguir el camino. Hubo varios intercambios de miradas entre ellos, gestos y expresiones que ninguno sabía muy bien cómo interpretar.
—¿Qué piensas hacer, James? —Braden fue el primero en abrir la boca—. ¿Vas a llevarle la contraria a tu esposa?
Este sonrió. Se convirtió en el centro de atención de los tres hombres que lo acompañaban.
—Ya estuve en Sheriffmuir. Y no tengo un grato recuerdo.
—¿Eso quiere decir que no piensas ir a Dunkeld?
—Creo que es lo más acertado. Esta rebelión no tiene futuro. Los ingleses no olvidan la derrota que les dimos. Estarán rabiosos y llenos de ira. Mi sitio está aquí junto a mi esposa. Tú si quieres puedes irte. Nada ni nadie te ata a este lugar. Viniste a mi boda y ya ha pasado.
Braden chasqueó la lengua sin saber qué decir. Lanzó una mirada a Balfour a ver si añadía algo.
—A mí no me mires. Ya estoy viejo para ir a la guerra. Y guardo algún recuerdo de la batalla de Worcester, hace más de treinta años. Tenía la edad de Callum cuando me alisté en las tropas realistas de Carlos II Estuardo.
—Entonces, ¿luchaste en la guerra civil? ¿La del Parlamento contra el rey?
—Así es. Combatí contra las fuerzas parlamentarias de Cromwell. Por eso os digo que mi tiempo de pelear por un rey ya ha pasado. Y los años que me queden quiero vivirlos en calma.
—Yo estoy dispuesto a acompañarle, Braden.
La voz firme y decidida de Callum captó la atención de James, quien se aventuró a advertirle de lo que le sucedería.
—Tu hermana no dejará que te marches.
—No importa. Me iré. Acaté su orden cuando Claverhouse reclamó hombres para combatir porque no quería dejarla sola. Pero ya no lo está. Te tiene a ti, James.
—¿Qué quieres decir con eso? Eso no vale nada. Ella es la máxima autoridad del clan Menzies. Se le debe obediencia y respeto.
—Entonces, convéncela para que no nos prohíba a los pocos hombres que quedamos y que queramos ir hasta Dunkeld. Ya has escuchado a Balfour, tenía mi edad cuando combatió en la batalla de Worcester contra Cromwell y sus tropas.
James intercambió una mirada con Braden como si esperara que este le echase una mano con Callum.
—Pero en aquel entonces las fuerzas estaban igualadas. Ahora no —asintió Balfour.
—Desde luego que lo estarán si los clanes de Escocia nos unimos contra las tropas inglesas.
—Callum tiene razón. Si queremos que el rey regrese de Francia, debemos pelear. No te estoy diciendo que tú vengas, porque tu situación ha cambiado. Ahora tienes una mujer —le recordó Braden.
—¿Me estás diciendo que irás hasta Dunkeld? Pero si decías que no volverías a luchar contra los ingleses —le recordó sorprendido con su declaración.
—Así es. Me marcharé mañana temprano.
—Iré con usted, Braden —asintió Callum mirándolo con total seguridad. Esta vez no se quedaría en Menzies, sino que combatiría por el rey.
James se vio en la encrucijada de tener que decidir qué hacer.
No podía pedirle a Braden que cuidase de Callum, que por otro lado era todo un hombre, pero le sabía mal hacerlo.
¿Y si decidía seguirlos a los dos? No quería ponerse en la piel de Fiona cuando su hermano le dijese que se iría a combatir a los ingleses.
Se quedó pálida cuando su hermano se lo dijo con total aplomo y seguridad.
—Esta vez no acataré tu orden, hermana.
—¿Desafías mi autoridad? —le preguntó ella mirándolo como si los ojos se le fuesen a salir de un momento a otro. Y su tono era una mezcla de rabia e indignación.
—Siento hacerlo, pero así es. Mañana me marcharé con Braden y con aquellos que decidan seguirme.
—Eres un loco insensato por creer que lograréis derrotar a los ingleses y traer de Francia a Jacobo. Lo único que conseguirás es que te maten.
—Tal vez tengas razón y no sirva para nada. Pero no puedo permanecer de brazos cruzados aquí en el castillo. Iré con Braden, quédate tranquila.
Fiona tenía la impresión de que estaba perdiendo aquella particular batalla con su hermano. Cierto que él no era un chiquillo, sino todo un hombre que debería pensar en asentar cabeza.
—Temo que, diga o haga lo que sea, no vas a cambiar de opinión.
Callum observó que su hermana se rendía, y no era algo habitual en ella. Cerraba los ojos y negaba como si no entendiese la situación.
—No me marché con Claverhouse porque no quería dejaros solas a Keira y a ti. Pero ahora está James. Ha asegurado antes que él no se marchará de tu lado.
Fiona sonrió pensando en lo que su hermano acababa de decirle.
—Ya. Deberías estar más centrado en otras cuestiones que no tuviesen nada que ver con la guerra.
En cambio, decides arriesgar tu vida en una causa que parece perdida antes de empezar.
¿Cuánto tardarán los seguidores de Jacobo en darse cuenta de que la lucha es inútil?
¿Cuántos han de morir? Jacobo y Guillermo representan lo mismo.
¿Qué puede importarle a uno lo que sucede en Escocia cuando está en París?
¿Y al otro? Si ha sido el Parlamento el que le ha ofrecido venir para ser manejado a su antojo por este mismo. ¿Crees que cambiará algo?
—No lo sé, pero si me quedo aquí no estaré contribuyendo a ello.
Su hermana se limitó a asentir en silencio antes de abandonar el salón, dejando solo a Callum. No quería seguir hablando del tema porque no iba a conseguir que él desistiese de su propósito, así que decidió alejarse en busca de algo de tranquilidad.
Esa noche todos conocían la noticia de que algunos hombres partirían hacia Dunkeld para unirse a las tropas del coronel Cannon.
Entre estos irían Callum y Braden. Keira sintió un escalofrío recorriéndole la espalda cuando lo supo y, aunque temía por la suerte que pudiese correr su hermano, no dejó de extrañarle la preocupación por Braden.
Cierto que durante los días que llevaba allí en Menzies había surgido una relación de cordialidad y amistad que ninguno esperó.
Habían congeniado y Keira parecía convencida de que entre ellos existía mucha afinidad.
Y ahora, con su marcha, se sentía algo extraña.
James se había quedado a solas con Braden después de la cena. Los dos permanecían fuera de la casa respirando el aire nocturno. La noche era cerrada y la luna se encontraba en lo alto del cielo. No se distinguían nubes, lo cual parecía indicar que el día siguiente estaría despejado.