La promesa de un McLean (Rebeliones en Escocia 2) Capítulo 20 #3
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Capítulo 20 #3

Esta intercambió una mirada con su madre, consciente de lo que iba a suceder.

—¿Todo bien?

La pregunta de Braden lo obligó a levantar la vista de su plato y asentir.

—Sí. Todo perfecto.

—¿No te arrepientes de lo que has hecho?

—Es algo tarde para eso, ¿no crees?

—Sí, bueno... Al parecer lo tenías muy claro.

—Así es. Si hubiese roto mi promesa, su tío habría reclamado el castillo y las tierras. Lo mismo podría suceder si nos marchásemos a Duart. Ya me entiendes...

—Sí, lo suponía. No he tenido tiempo de hablar con él, pero, por lo que comentáis unos y otros, es un pájaro de cuenta.

—Por eso mismo me quedaré al lado de Fiona. Para que no tenga ningún problema con él.

Callum entró en el salón en ese instante y capto la atención de los dos hombres.

—Traes mala cara. ¿No has dormido bien? —le preguntó James.

—La verdad, no sabría qué responderle.

—Puedes tutearme si lo prefieres. Al fin y al cabo, somos familia. Dinos, ¿qué te ha pasado?

Callum resopló y frunció el ceño.

—¿Por qué algunas mujeres son tan persistentes?

James y Braden intercambiaron miradas.

—¿Por qué lo preguntas?

—Porque anoche una de ellas se pasó casi todo el tiempo conmigo.

—Eso es porque tiene algún interés en ti —señaló Braden apuntando con el dedo a Callum.

—Eso parece.

—¿Y tú tienes algún interés en ella?

James dejó que su amigo siguiera con el interrogatorio mientras él aprovechaba a comer.

—No es momento para pensar en mujeres después de lo que se comentaba anoche.

—¿A qué te refieres? —James miró a su cuñado con el ceño fruncido de preocupación.

—Al parecer, el ejército jacobita se ha movido hasta Aberdeen bajo el mando del coronel Cannon. Según cuentan, la victoria en la batalla de Killiecrankie ha animado a muchos a llegar hasta la ciudad para unirse a las tropas leales a Jacobo.

—¿Y qué diablos pretenden? ¿Enfrentarse a las tropas inglesas? —preguntó James desconcertado—. ¡Por san Andrés, que es una completa majadería!

—Los ingleses se están moviendo por las Highlands buscando a los rebeldes.

—Supongo que sedientos de revancha después de la derrota en Killiecrankie —sugirió Braden—. Si logran ganar, será una carnicería.

—Puedo hacerme una idea —asintió James mirando a su amigo.

—Los ingleses quieren ocupar Dunkeld.

—¿Dunkeld? No es más que una ciudad pequeña y sin ningún tipo de defensas —comentó Braden—. ¿Qué esperan hacer allí? ¿Construirlas?

—Los ingleses han enviado a un regimiento de Camerons para prepararse y recibir a los jacobitas —anunció la voz de Balfour, que apareció de la nada y captó la atención de los tres hombres.

—Pero los Camerons son leales a la casa real Estuardo —dijo James sorprendido por esa noticia.

—Y lo siguen siendo. Yo me refiero a un regimiento formado en la región de Lanark. No pertenecen a dicho clan, sino que deben su nombre a Richard Cameron, el líder religioso que aboga por una iglesia escocesa alejada del catolicismo de los Estuardo.

—Y que sin duda lucharán en favor de Guillermo y de Londres —apuntó Callum.

—Sin duda, muchacho. Anoche supe que Dunkeld está tomada por los Camerons. Pretenden esperar a las tropas jacobitas para presentar batalla e impedir su avance. Cuentan con refuerzos ingleses para ello.

La información de Balfour dejó en completo silencio a los tres hombres allí sentados mirándose los unos a los otros.

—Parecer ser que la rebelión iniciada por Claverhouse sigue adelante —dijo James con la mirada perdida en un punto.

—Creía que con su muerte nadie tomaría el relevo y seguiría la lucha —añadió Callum—. Pero estaba equivocado. ¿Qué haremos, James? Ahora eres el señor de Menzies.

Este asintió sin cambiar la expresión de su rostro.

—Tu hermana sigue siendo la jefa del clan, Callum. A ella le corresponde tomar la decisión y ya puedes hacerte una idea de lo que dirá.

—Pero supongo que tendrás tu propia opinión. Si decides acudir a Dunkeld, te seguiré.

—No tengas prisa por morir —le comentó Braden—. Sé que el clan Menzies no acudió a la llamada de Claverhouse. Y no os lo reprocho.

—¿Piensa acudir ahora junto al coronel Cannon?

Braden resopló. Miró a su amigo a ver qué opinaba, aunque él no se debía a nadie.

—No tengo esposa. Ni hijos. Nada me ata a permanecer aquí —aseguró fijando la vista en su amigo—. Pero, por el momento, no ha hay tal llamada a unirnos.

—¿James?

—Esperemos a ver qué sucede. Estamos hablando por hablar. Por ahora solo es un movimiento de tropas. Nada más. Tal vez, después de todo, no haya enfrentamiento y se llegue a un acuerdo.

—Pero convendría estar preparados —sugirió Balfour.

Ninguno añadió nada. El semblante de los tres restantes era serio y nadie quería pronunciarse al respecto.

Fiona no se vio sorprendida por la aparición de las mujeres. Como le había contado James, subirían a preguntarle por su noche de bodas. Su hermana, Amy, su suegra, su cuñada y, por supuesto, su tía Margaret. Estaba acabando de arreglarse el pelo cuando estas entraron en la habitación.

—¿Qué tal has pasado tu noche de bodas? —preguntó su hermana con toda naturalidad acercándose a Fiona para darle un abrazo.

—Pues bien...

—Me alegro. ¿Has tenido algún inconveniente? —La pregunta vino de parte de su suegra, Flora, quien la contemplaba con la mirada entornada.

Fiona comprendió que la mujer le estaba preguntando por lo sucedido en la cama con su hijo.

—No, no.

Todas se fijaron en Amy y en cómo recogía las sábanas para cambiarlas por otras, sin decir nada.

La tía de Fiona había mostrado especial interés en este acto, pero no pronunció ni una palabra cuando se quedó satisfecha con lo que vio.

Fiona intercambió una mirada con esta y la observó asentir con una ligera sonrisa.

—Te dejamos con tu hermana para que termines de arreglarte —le dijo Flora apretándole el brazo con cariño al mismo tiempo que le sonreía—. Si necesitas cualquier cosa, hija, dínoslo.

—Confío en que mi hermano se ha comportado como un caballero contigo —le comentó Eve abrazándola con cariño.

—Sin duda que lo ha sido. —Pensó en cómo había manejado la situación para que no tuviese ningún problema.

Segundos después las dos hermanas se quedaron a solas en la habitación. Keira apenas si pudo aguantarse las ganas de saber más.

—Y bien, ya veo que todo ha ido como se espera —entornó la mirada hacia Fiona esperando a que ella le contase algo.

—Ya he visto cómo nuestra tía ha subido a comprobar si lo habíamos consumado.

—¿Qué esperabas? —Se limitó a encogerse de hombros y ladear la cabeza sin darle la mayor importancia. Era mejor no dársela y disfrutar del momento. La contemplaba con especial interés por ver si le decía algo, pero Fiona permanecía callada—. Vaya, parece que te lo guardas para ti.

—No voy a darte explicaciones más allá de decirte que ha ido todo lo bien que podría. Y, ahora, me muero de hambre. De manera que será mejor que baje a comer algo.

Keira asintió. Se fijó en la expresión de su hermana y no supo qué pensar. Cierto que ella no había compartido el lecho con ningún hombre y, por tanto, no sabría qué decir. Presentía que su hermana estaba bien. Y eso era lo que bastaba.