La promesa de un McLean (Rebeliones en Escocia 2) Capítulo 20 #2
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Capítulo 20 #2

Se quedó contemplándola a la espera de que ella dijese algo o hiciese algún movimiento.

Paseó la mirada por la amplia habitación.

La luz del fuego que ardía en la chimenea doraba la estancia de una calidez sin igual.

De la misma manera que las velas diseminadas.

La cama era grande, con un dosel. Parecía cómoda, solo que él no la disfrutaría al menos esa noche, pensó.

Comenzó a desvestirse quitándose el plaid.

—¿Qué le ha parecido el día, Fiona? —Quería hablar con ella, saber cómo lo había pasado.

—Sin duda, ha estado repleto de emociones —respondió viendo cómo se sacaba la camisa por fuera del kilt y luego por la cabeza, dejando el torso al descubierto.

La apoyó sobre una silla y luego se descalzó.

Lo observaba con todo detalle, fijándose en cómo sus músculos se movían con cada uno de sus movimientos.

Sintió una ligera opresión en el estómago y el repentino calor ascendiendo por sus piernas hasta asentarse en su pecho. Caminó hasta él con paso dubitativo.

Él se fijó en sus gestos. Sus pasos parecían estar medidos para quedarse a una distancia prudencial.

—¿Tiene una manta con la que pueda taparme? Ese par de almohadas me vendrán bien —le indicó haciendo que ella volviese la mirada hacia la cama y que él se quedase mirándola sin saber qué estaba haciendo—. Me haré una cama y dormiré en el suelo junto al fuego.

Ella se sobresaltó al escucharlo.

—Pero ¿y si durante la noche no se da cuenta y se acerca de más a este?

Él sonrió al notar la preocupación en su tono. Lo decía en serio.

—En ese caso, la despertaré con mis gritos porque me habré quemado.

Ella permaneció con los labios entreabiertos sin saber qué decir. Su mirada recorría el torso de él. No entendía a qué venía aquella sensación de calor, de sequedad en la boca. Le había curado la herida el día que llegó a Menzies. Lo había visto sin camisa. ¿Por qué de repente se sentía diferente?

—¿Qué tal está su herida?

—Como puede comprobar ha cicatrizado del todo —bajó la mirada hacia esta—. Debo darle las gracias por su destreza.

—No importa. Había que hacer algo para que no se infectase y no terminara por desangrarse.

La vio ir en busca de las almohadas y de una manta que le entregó.

—Puede dormir tranquila, ya que ni pienso obligarla a cumplir con la tradición de la noche de bodas. Ni tampoco pienso largarme de madrugada —le recordó con una sonrisa, que la contagió.

—Olvídese de esa tontería mía. Sé que no lo hará. Si hubiese querido romper su palabra, no habría regresado cuando partió hacia su casa.

—Sí. Es verdad. Pero tenía que hacerlo. Tenía que regresar.

—Me había dado su palabra.

Él se detuvo observando cómo su cabello parecía de otro color gracias al reflejo de la luz de las llamas.

La encontraba seductora mientras ella se humedecía los labios de manera lenta, como si estuviese preparándose para que él la poseyera de un momento a otro.

La apertura del camisón revelaba parte del cuello y cómo su piel descendía hasta perderse bajo la tela.

—Sí... —No quiso añadir nada más. Asegurarle que su palabra había dejado de tener valor, de ser importante para él porque había encontrado algo en ella que lo había empujado a volver.

No había sido su promesa, había sido... ella.

Se volvió hacia el lugar que ocuparía esa noche en el suelo, al pie de la cama—.

Si necesita algo durante la noche, puede decírmelo. Tengo el sueño ligero.

Ella permanecía en el sitio sin saber cómo reaccionar. La verdad era que no esperaba que esa noche se desarrollase así. Pensó que tal vez él insistiese en dormir en la cama, con ella. Sin embargo, nada de eso sucedía.

—¿Hay algo que quiera decirme antes de que cada uno se marche a su cama?

—Gracias.

—¿Por qué me las da?

—Por todo lo que está haciendo por mí y mi gente. Porque soy consciente de que lo he arrastrado a una vida que tal vez no es la que había planeado.

La sujetó posando las manos sobre sus hombros y permaneció contemplándola de manera fija, sonriendo con cariño.

—Nunca me había parado a pensar en la clase de vida que quería vivir, la verdad. De manera que, si esta es la que el destino me ha reservado, la viviré lo mejor que pueda. Créame.

Ella no podía mover ni un solo músculo. La mirada de él reflejaba una calidez y una autenticidad que no había visto antes.

Y sus manos posadas sobre sus hombros, al mismo tiempo, le transmitían seguridad.

Algo en aquel hombre le decía que podía confiar en él y que en algún momento lograría que la quisiera.

—Le agradezco sus palabras.

—Creo que deberíamos descansar. El día ha sido largo y, como dice, lleno de emociones.

Buenas noches. —Se volvió dándole la espalda y se recostó sobre las mantas que había apilado en el suelo a modo de colchón.

Luego se echó por encima otra y cerró los ojos tratando de dejar su mente en blanco y relajar los músculos.

Le resultaba complicado sabiendo que ella estaba allí en la misma habitación que él. A escasos pasos.

Ella lo contempló un último momento. Sonrió complacida por su comportamiento.

Era extraño tener a su marido durmiendo a los pies de la cama la noche de bodas.

Pero no estaba preparada para recibirlo.

Los dos conocían la razón de ese matrimonio y, por lo tanto, no había motivo para forzar a situación, por ahora.

Fiona se despertó cuando la luz de la mañana penetraba a raudales por la ventana.

Abrió los ojos y movió la cabeza como si buscase a James en la cama.

Tal vez él lo habría hecho en mitad de la noche.

Sin embargo, estaba allí, de pie junto al ventanal, observándola en todo momento.

Cuando ella lo distinguió se incorporó de manera inmediata.

Se quedó mirándolo como si no entendiese qué hacía ahí.

—Buenos días.

—Sí, buenos días. ¿Lleva mucho rato ahí mirándome cómo duermo?

Él frunció los labios.

—No, no mucho. ¿La inquieta que la vea dormir?

—No... —Se mostraba confusa, algo que achacó a que era temprano y a que la presencia de él en la habitación la trastocaba.

—En ese caso, debería asearse. Luego bajaremos a desayunar.

Ella se mordió el labio con un gesto, al mismo tiempo, pensativo y provocador para él.

Enfrentarse a todos, esa mañana, pareció inquietarle cuando lo pensó.

Pero más lo hizo verlo a él coger su daga y acercarse a ella, que, con una expresión de temor e incredulidad, agarró una almohada como si esta pudiese defenderla en un ataque de él.

—¿Qué piensa hacer?

—No se preocupe, no voy a hacerle nada, pero debe tener algo en cuenta.

Salga de la cama —le pidió mientras se hacía un pequeño corte en la mano y dejaba caer un reguero de sangre sobre esta—.

Las mujeres que hay en el castillo y en especial su propia tía comprobarán las sábanas.

Si no ven rastro de sangre podría significar dos cosas: o bien que no es virgen, o bien que no hemos consumado el matrimonio.

Esto último podría representar un problema para usted en cuanto su tía lo sospechase.

—Pero ¿qué dirá acerca de su corte? —Había salido de la cama como le había pedido y en ese momento se acercaba a él.

Le cogió la mano entre las suyas y vio que no era un corte llamativo.

Levantó la mirada hacia su rostro y encontró una vez más aquella sonrisa a la que no lograba habituarse y que la tranquilizaba.

—Espero que no piense coserla también. No es nada.

Si alguien la nota, diré que seguramente me la hice ayer noche durante la cena.

Y que no me di cuenta hasta esta mañana.

Descuide, no es ningún problema. —Le acarició la mejilla primero con su mano y por último con el pulgar.

Quería sentir la suavidad de su piel—. Vístase para bajar a desayunar.

—Es usted toda una caja de sorpresas. —Fue ella la que le devolvió la caricia en ese instante y sin querer evitarlo se alzó sobre sus pies descalzos lo justo para rozarle los labios en un primer momento.

Sintió cómo una sola mano de él se posaba en su cintura para atraerla contra su cuerpo.

El calor comenzó a extenderse por el de ella y su respiración se agitó en demasía cuando el beso comenzó a ser más íntimo y descarado.

Solo entonces sintió que él se apartaba un instante y se quedaba contemplándola.

—Si es lo que desea...

Ella se humedeció los labios y cerró los ojos. Tal vez lo deseara, pero algo la retenía por el momento. Se apartó de él dejando clara su decisión. No estaba preparada todavía.

—¿Necesita ayuda para asearse? ¿Quiere que llame a su hermana?

—No hace falta...

—En cualquier caso, subirán a verla en cuanto yo baje. La veo después.

La miró una última vez antes de abandonar la habitación con el deseo crepitando en su interior. Pero con el respeto que ella merecía.

Fiona cerró los ojos y relajó los hombros. No podría negarse a acostarse con él. Aunque tendría que encontrar la ocasión idónea. De momento debería lidiar con las preguntas de su hermana con respecto a su noche de bodas.

James descendió las escaleras hasta el comedor, donde ya había gente reunida comiendo. Braden fue el primero en fijarse en él. Le sostuvo la mirada como si pretendiese averiguar qué tal había resultado la noche. Pero James se mantuvo neutral, sin expresar nada.

—Buenos días.

—Vaya, el señor casado ya se ha levantado —bromeó Braden alzando su vaso de cerveza a modo de brindis antes de beber.

—Ya era hora, sí.

—¿Y mi hermana? ¿La ha dejado durmiendo? —preguntó una más que interesada Keira fijando la mirada en él.

—Se estaba aseando y vistiendo para bajar.

—Subiré a ver si necesita ayuda.

—Te acompaño —le dijo su tía Margaret, quien se había retirado pronto esa noche, pero había decidido quedarse en Menzies hasta ese momento. Quería ver con sus propios ojos si todo era real.

—Creo que yo también debería ir a verla —sugirió la madre de James—. ¿Vienes, Eve?