Capítulo 17
L os días seguían pasando en el castillo de Menzies sin que James diese señales de vida.
En un principio, Fiona lo achacó a lo largo del viaje hasta la isla de Mull.
Pero, a medida que la semana se acercaba a su final, comenzaba a darle vueltas en la cabeza la idea de que no regresase.
No quería creer que su tío pudiese acabar teniendo razón.
No solo significaría perderlo todo a manos de él, sino que la vergüenza de que la dejasen plantada la perseguiría allá donde fuese.
Estaba convencida de que nada de eso sucedería y que todo saldría como habían acordado.
Su ausencia tenía que ver con su propio estado emocional, como le había asegurado a su hermana.
¿Qué sentía en realidad por James?, se preguntó en aquel momento en el que estaba fuera del castillo contemplando el atardecer.
De repente, algo captó su atención a lo lejos.
Colocó la mano sobre su frente para que los últimos rayos de sol de la tarde no le afectasen la visión.
Le dio la impresión de que un grupo de jinetes se acercaban por el camino levantando una nube de polvo tras ellos.
La distancia no le permitía ver con claridad, pero solo esperaba que no se tratase ni de su tío ni mucho menos de McLeod.
—¿Qué haces aquí fuera?
La voz de su hermana le provocó un leve sobresalto.
—He salido a contemplar el atardecer y me estaba fijando en aquel grupo de jinetes que se acercan por el camino —le dijo señalándolo con el brazo extendido.
Keira fijó su mirada en el punto en el que su hermana le indicaba.
—Sí, son un grupo no muy numeroso. Tendremos que esperar a que se acerquen un poco más para conocer cuántos son. Y saber qué es lo que quieren.
—Sí.
—¿Esperamos visita?
—No. Excepto que sea... —Las palabras se le atascaron en la garganta cuando iba a referirse a su tío.
El grupo se acercaba a marcha forzada, porque de repente ella reconoció al jinete que lo comandaba.
Su corazón comenzó a latir más deprisa, como si el hecho de ver a James McLean conduciéndolo hasta allí le avisase de algo.
—Tranquila. Es James. Seguramente, los que vienen con él son sus padres y parte de su clan.
Keira se fijó en el cambio de expresión de su hermana e incluso la escuchó suspirar en un revelador gesto de alivio.
Y no la culpaba porque hacía una semana que él se había marchado y, con cada día que pasaba sin tenerlo de vuelta allí, los fantasmas de que no volviese eran mayores.
Pero allí estaba. Y con una parte de su familia.
James frenó el caballo ante las dos muchachas y se apeó antes de que el animal se detuviese del todo.
Como si una especie de imán lo empujase hacia Fiona, acortó la distancia que los separaba y cogiéndola de la mano se la llevó a los labios.
La besó con una mezcla de ternura y posesión que la obligaron a tomar aire de nuevo.
—Aquí estoy, como te prometí. Con parte del clan McLean. Entre ellos mis padres y mi hermana —le dijo señalándolos mientras se acercaban a saludarla—. Ella es Fiona Menzies, mi prometida.
La manera en la que él pronunció aquellas palabras erizó la piel de Fiona. Un escalofrío le recorrió la espalda hasta perderse debajo de la cabellera, que llevaba suelta en ese instante.
—Nuestro hijo nos ha hablado mucho de usted, pero no ha hecho justicia a su belleza. Soy Flora McLean —le dijo estrechándole la mano a Fiona. Se fijó en la mujer de cabello castaño rizado que llevaba recogido. Su sonrisa era tan afable como la expresión del rostro.
—Tanto gusto, señora. Espero que el viaje no haya sido demasiado pesado desde Duart.
—Lo cierto es ha sido muy instructivo. Créame.
—Si me lo permite mi esposa, me presentaré. John McLean, jefe del clan.
—Señor, es un honor que esté aquí —inclinó la cabeza a modo de saludo y de respeto hacia él. Un hombre de aspecto fiero, pero cuya mirada decía lo opuesto.
—El mismo que siento yo al estar en Menzies, jefa de dicho clan —le aseguró mostrando su respeto.
Llegó el turno de Eve, la pelirroja de los McLean, quien no vaciló en estrechar entre sus brazos a su futura cuñada.
—Soy su hermana. Eve. Me alegro mucho de que mi hermano vaya a casarse.
—Muchas gracias. Espero que disfrutéis todos de la estancia aquí en Menzies.
—Lo haremos, que no le queden dudas.
—Esta es mi hermana Keira —les dijo a todos dejando que se presentasen y hablasen entre ellos. Luego se fijó en un hombre algo fuerte, con barba de varios días y el pelo un poco largo. Su mirada inquisidora pareció sobrecogerla. Lo vio avanzar hacia ella con una tímida sonrisa.
—James, haz los honores —le dijo señalando a Fiona con la mano.
—Este es mi mejor amigo y hombre de confianza. Braden McAllister.
—Ahora entiendo mejor por qué quieres casarte. Y a que venía tanta prisa por llegar. Es un honor conocerla, jefa del clan Menzies. Sepa que desde este momento no vacilaré en protegerla como futura esposa de James.
Fiona asintió agradecida por ese gesto y sonrió.
—Gracias por sus palabras. Espero no darle mucho trabajo, Braden.
—El que haga falta, señora.
—Le presentaré a mi hermana, después conocerá a mi hermano Callum.
Keira lo había estado mirando cuando llegaron. Le había llamado la atención por su aspecto fiero e imponente. Y cuando lo vio saludar a su hermana tuvo una mejor visión del amigo de James McLean.
—Ella es Keira.
Braden se fijó en aquella mujer, que había captado su interés desde el momento en el que pusieron pie en tierra en aquel lugar. Su pelo color cobrizo, su tez blanca y aquel par de ojos luminosos, color del brezo, sin duda, eran todo un reclamo para cualquiera. Incluso para él mismo.
—Encantado. Soy Braden, el mejor amigo de James.
Por un instante Keira tuvo la impresión de que le faltaba el aire. Aquel hombre, que se había detenido delante de ella mirándola de manera curiosa e intrigante, le estaba provocando una sensación extraña en su interior. Inspiró de manera profunda y sonrió.
—Soy la hermana de Fiona —le estrechó la mano que él le ofrecía. Su apretón fue seguro y firme.
James no perdió detalle de la reacción de su amigo al conocer a Keira.
Sin duda, le había llamado la atención. Esto le obligaba a recordarle lo que le había prometido durante el trayecto en la barca desde la isla de Mull hasta Oban.
Por eso mismo le pasó un brazo por los hombros reteniéndolo el tiempo necesario para permitir que Keira se alejase.
—¿Algo que contarme?
Braden titubeó con el ceño fruncido.
—¿Sobre qué?
—Tú sabrás —le dijo haciendo un gesto con el mentón hacia Keira.
—Es una mujer bonita. Me ha llamado la atención cuando la he conocido.
—Ya me he dado cuenta. ¿Hace falta que te recuerde lo que me prometiste acerca de las mujeres durante tu estancia aquí?
Braden sonrió de manera cínica mirando a James.
—Tranquilo, amigo. Yo no voy por ahí prometiendo a las mujeres que voy a casarme con ellas. Pasemos al castillo. Tu futura esposa nos está esperando.
James resopló. No se fiaba un pelo de su amigo. Por eso le había tenido que recordar su promesa.
—Descuida. Keira tampoco te lo pondría fácil si decidieses ir a por ella.
Braden se detuvo en el umbral de la entrada y se volvió hacia James con una expresión de desconcierto.
—¿Quién te ha dicho que he decidido ir tras ella? —ironizó con una sonrisa cínica—. Te repito que yo no soy como tú —lo apuntó con el dedo antes de volverse y penetrar en el castillo, ajeno a la expresión de incredulidad de su amigo.
James buscó a Fiona cuando la cena terminó.
Sus padres hablaban con Balfour, Amy y Keira.
Callum lo hacía con Braden. De manera que él decidió que era un buen momento para estar a solas con ella y saber qué tal iban los preparativos de la boda.
La había encontrado algo callada y taciturna en algunos momentos de la velada, lo cual le había llamado la atención.
Le sorprendió que abandonara el salón cuando el ambiente se había relajado, después de haber estado hablando sobre la organización de la ceremonia.
Tal vez su comportamiento se debía a los nervios que sentía al acercarse el día.
Por ese motivo quería hablar a solas con ella.
Fiona se alejó de todos en un momento de la noche para salir del castillo.
Necesitaba estar a solas un instante antes de hablar con James.
Debería contarle la reciente argucia de su tío para impedir la boda.
Esperaba que hubiese sido la última estratagema, aunque no podía estar segura del todo.
Y prefería ponerlo sobre aviso antes de que se enterase por él.
No le hablaría de la oferta de William McLeod de romper su compromiso para casarse con él.
Ya fue testigo de la manera en la que James le paró los pies la noche que acudieron a la velada organizada por el clan Moncreiffe.
Escuchó un sonido de pasos detrás de ella y volvió la cabeza para mirar por encima del hombro.
Aunque no hizo mucha falta, ya que sintió por todo el cuerpo un ligero comezón que le indicaba que se trataba de James.
—¿Qué hace aquí, Fiona? Todos están en el salón hablando de mil cosas.
Ella inspiró antes de volver el rostro hacia él. James se había situado a su lado contemplándola a Fiona, y no a la noche estrellada que se esparcía por aquella región.
—Lo sé, pero necesitaba un momento a solas.
—En ese caso...
—No se marche, McLean. He de contarle algo.
James se detuvo y la contempló con el ceño fruncido.
—¿Le ha sucedido algo durante mi ausencia?
—Mi tío ha tratado de que cancele la boda.
—Es algo que no me sorprende. Lo seguirá intentando hasta el mismo día del enlace para arrebatarle lo que es suyo por legítimo derecho. Usted es la primogénita del jefe del clan Menzies. Eso nadie puede negarlo y como tal todo esto es suyo —dijo señalando la fachada del castillo.
—Sí, pero no olvide el testamento de mi padre.
—¡Cómo olvidarlo!
—Dígame, ¿cómo se lo han tomado sus padres? Imagino que habrá sido toda una sorpresa. Verlo aparecer después marcharse de Duart siguiendo a Claverhouse y tras semanas sin saber si usted estaba vivo...
—Sí. Y anunciando que voy a casarme —añadió él con una sonrisa.
—Dígame la verdad.
—Como puede imaginar, fue toda una sorpresa, pero que ambos aceptaron.
—Supongo que a su madre le habría gustado que usted se casase con alguna mujer de las tierras cercanas al castillo de Duart, y no con una completa desconocida como yo.
—Desconozco los planes que tenía mi madre para mí. Pero desde ya le aseguro que no eran los que yo mismo había planeado y que nos han traído aquí.
—Espero que su decisión no le haya causado ningún problema con su clan.
—Descuide. Ya soy mayorcito para saber lo que hago. ¿Algo más que quiera contarme?
Fiona se humedeció los labios y apartó la vista. De inmediato él la obligó a mirarlo posando su mano debajo del mentón de ella. La contempló de manera fija, centrándose en su mirada.
Ella comprendió que no podía ocultarle sus temores. Pensar en William y en sus atenciones hacía algunas noches y su propuesta para que rompiese el compromiso con James parecían ser más importantes de lo que creía.
—Estoy algo nerviosa por la boda. Eso es todo.
—Lo entiendo. ¿Tiene el vestido?
—Sí. Llegó hace unos días.
—¿Le preocupa algo más? Es el momento de decirlo. En cuanto a la noche de bodas, no se inquiete. No voy a obligarla a hacer algo que no desea, pero tendremos que representarla para que todos crean que ha sucedido. De lo contrario podrían declarar nulo el matrimonio y arrebatarle todo.
—No lo había pensado, pero ya que lo dice... Llegado el momento haremos lo que haya que hacer.
—Después, con el paso del tiempo, no habrá inconveniente si cada uno duerme en su habitación. A nadie le extrañará.
Fiona tragó al sentir una ligera opresión en su garganta y asintió.
—Cierto.
—¿Cuándo se celebrará la ceremonia?
—He estado pensando durante estos días que estuvo en Duart que podríamos llevarla a cabo dentro de tres días. Si le parece acertado.
—No veo por qué no. Tres días. Perfecto. Tres días y todo habrá pasado. Usted seguirá siendo la dueña de Menzies y de las tierras que lo rodean. Nadie podrá arrebatárselo.
—Espero que usted permanezca a mi lado. Sé que en alguna ocasión he pensado lo contrario.
—Ah, sí. Que me marcharía a la mañana siguiente a la boda. Y seguro que ha estado pensando que no regresaría —le dijo sonriendo en un intento por relajarla.
—Pues, es cierto. No le discuto que he llegado a pensarlo en algún que otro momento.
—Y estoy convencido de que su tío habrá contribuido a ello.
—Sí, no se equivoca, por desgracia.
—Siento fastidiarle los planes, pero he regresado a cumplir mi promesa de casarme con usted.
—Ya lo sé.
—Espero que de ahora en adelante vaya confiando más en mí —le pidió inclinándose un poco, de manera peligrosa para ambos.
La cercanía de ella volvía a ponerlo a prueba.
Le parecía la mujer más exquisita que conocía.
La más atractiva y auténtica. No dejaría que le sucediese nada malo mientras estuviese a su lado. Nada.
Ella lo vio acercarse como si tuviese la intención de besarla. Se humedeció los labios y permanecieron entreabiertos como si esperase a que él repitiera el beso que le había dado en el casillo de los Moncreiffe. Se aferró a sus antebrazos cuando percibió su intención.
James le pasó la mano por la mejilla con exquisita ternura dejando que el pulgar le trazara el contorno.
—No sé si soy lo que espera de mí, Fiona. Pero créame que haré todo lo que esté en mis manos para que se sienta dichosa.
No la besó, sino que se limitó a sonreír por unos segundos. No quería forzar la situación. Por ese motivo lo dejó estar.
Fiona se sintió algo decepcionada cuando lo vio apartarse de ella sin haberla besado.
Lo cierto era que aquel matrimonio no se celebraría por amor.
Y, si recordaba bien, el beso que le había dado en su día había sido para dejarle claro a todos que estaban comprometidos.
Nada más. Solo que ella había creído percibir el deseo, la necesidad y cierto cariño en él aquella noche.
Sería mejor no hacerse ilusiones y mantener las apariencias ante el resto, sabiendo que, a solas, tan solo los uniría un acuerdo.
Una promesa que él le había hecho para ayudarla a no perderlo todo.
Pero ¿cómo haría para no perder su corazón por aquel hombre?