Capítulo 15
J ames encontró a su hermana en el exterior de la casa. Parecía estar pensando. Su mirada estaba fija en el cielo donde la luna no estaba completa en su totalidad. Diminutos puntos brillaban alrededor de esta. Se había levantado un ligero viento que mecía las ramas de los árboles.
—¿Qué haces aquí? Pensaba que ya te habrías recogido en tu habitación.
—Lo cierto es que no podía conciliar el sueño. ¿Y tú?
—Algo parecido.
—¿Cuándo piensas regresar a las tierras del clan Menzies?
—Lo antes posible. Mañana.
—¿Tan pronto?
El tono de sorpresa de Eve sorprendió a James.
—Es lógico que lo haga cuanto antes. Me caso en menos de dos semanas. Pasaré por Duart para avisar de la fecha a nuestros padres. Hablaré con Braden...
—¿Piensa acompañarte? —Eve no terminaba de creer que este lo hiciera.
—Eso me ha dicho. Que no se lo perdería por nada del mundo.
—Deberás atarlo en corto —sonrió su hermana a modo de advertencia.
—Descuida. Ya lo sé. Y se lo he dicho.
—Bien. En ese caso, nosotras partiremos en unos días. Hablaré con Jane a ver cuándo quiere que nos marchemos. Dime, ¿no te arrepientes de tu decisión?
James frunció los labios y sacudió la cabeza.
—A cada momento que paso sin ella me siento extraño. Creo que mi atrevimiento me está diciendo algo. Que tal vez aquello que no buscaba era lo que necesito. No lo sé.
—Creo que, después de todo, acabarás enamorándote de ella.
—Pareces estar muy segura.
—Sé de lo que hablo.
—No lo dudo. ¿Qué piensas hacer con Argyll? Ya sabes dónde te está esperando.
Eve inspiró de manera profunda y apretó los labios haciéndolos desaparecer en una fina línea.
—Pero primero tengo que asistir a tu boda.
—Te tomo la palabra. Una vez que esté casado, tú partirás a ver a Argyll y le confesarás la verdad de lo que sientes por él.
Eve asintió sin decir nada. Pensaba en el recibimiento que le haría. En la manera en la que la trataría. Ni si quiera sabía si él querría verla. Infinidad de cuestiones, cada cual más descabellada, que lo único que le causaban era temor y angustia.
—¿Y si después de todo tengo que regresar aquí humillada porque él no quiere verme? Ya pasé por ello una vez, ¿recuerdas?
—Pero esta vez no sucederá, porque yo sé que Archibald Campbell, duque de Argyll, te estará esperando.
Él te quiere, Eve, solo que las circunstancias no le permitieron demostrártelo.
Además, me has contado que pretende renunciar a la política.
¿Qué le impide en este momento dedicarse a ti? Nada ni nadie.
—¿Y si llego tarde? ¿Y si hay otra mujer esperándolo?
—Entonces, es un loco estúpido, porque los dos sabéis que estáis destinados a terminar juntos. Y sería mejor que no tuvieses esos pensamientos tan negativos.
—¿Tú no los tienes con respecto a Fiona Menzies?
—No —respondió muy seguro—. Sé que acabaré casándome con ella y que no me arrepentiré de mi palabra.
La velada seguía y Keira no se apartaba de su hermana.
Desde que había visto a William McLeod rondado por allí, había decidido que no la dejaría sola.
Y si se veía obligada a hacerlo le pediría a su hermano o a Balfour que se acercasen.
No se fiaba de este ni lo más mínimo. Pero entonces el McLeod se acercó hasta ellas para saludarlas.
Se detuvo delante e inclinó la cabeza a modo de saludo.
—Fiona, debo felicitarte por tu próxima boda, porque es el fin de esta reunión, pero también es cierto que no me hace la mínima gracia. Lo sabes.
—¿Y por qué lo haces? —le preguntó Fiona con claridad, lo que provocó la irónica sonrisa de él—. No estás obligado.
—Es cierto. Pero saludarte me permite hablar contigo. Por cierto, he llegado algo tarde y no he visto a tu prometido. ¿Dónde está? ¿Al acecho para saltar sobre mí por si te hago algo? —Se mostró irónico en sus comentarios recordando la noche en que se conocieron.
Fiona sonrió divertida ante sus palabras. Miró a su hermana para que se contuviese, porque hasta ese momento no había dicho nada. Y prefería que siguiese callada. De ese modo ella misma se libraría de McLeod.
—Tranquilo, no está al acecho, como señalas. Pero, aunque lo estuviese, no es necesario que intervenga.
—Me alegra saberlo. ¿Sigues pensando en casarte con él? Te ofrezco aquí y ahora la posibilidad de rectificar y aceptar mi propuesta. —Le tendió la mano como si él esperase que ella fuese a aceptarla. La contempló con la mirada entornada esperando su decisión.
—Mi hermana estaría loca si te aceptase, McLeod —saltó Keira sin poder aguantar por más tiempo su forzoso silencio.
Este sonrió de forma ladina ante semejante acusación. Miró a la joven Menzies.
—¿Tal vez tú lo deseas? No tengo ningún reparo en aceptarte como esposa.
—Pensaba que quien te interesaba era mi hermana...
—Por supuesto que así es. Ella sabe que siempre he deseado cortejarla y convertirla en la señora del castillo de Dunvegan, Pero se ha mantenido firme con respecto a quedarse soltera.
Por ese motivo no he insistido. Solo que me llamó la atención, y mucho, cuando me enteré de su compromiso.
Pero, claro, casarse con el futuro señor de Duart parece tener más peso que conmigo.
—No se trata del nombre del clan, William, sino de la persona —le aclaró Fiona—. Nosotros dos no teníamos nada en común. Admítelo.
—Lo cual no significa que no pudiésemos tenerlo.
Es cuestión del tiempo que pasemos juntos.
¿Cómo vas a saber si el MacLean es el adecuado para ti si, para empezar, esta noche no lo veo?
Es más, ha partido a ver a su familia, según le has comentado a tu tío.
¿Y si no regresa? A lo mejor ha sido una estratagema para no casarse.
—En ese caso creo que me quedaré sola.
—Pero perderás el castillo y las tierras de los Menzies —le recordó con cierta prepotencia mientras esbozaba una sonrisa cínica.
Fiona cambió el rictus cuando escuchó aquellas palabras. ¿Qué pretendía su tío contándole la realidad de su situación a alguien como William? Entrecerró los ojos sin perderle la mirada, como si tratase de averiguar qué estaba pensando.
—Es algo que no te incumbe.
—Tal vez, pero que sepas que, si cambias de parecer con respecto al MacLean, estaré encantado de convertirte en la señora del jefe del clan McLeod.
Las dos hermanas lo vieron alejarse para hablar con más invitados a la fiesta. Fue Keira quien rompió el silencio al darse cuenta del estado de crispación en el que permanecía su hermana.
—De manera que nuestro querido tío anda contando a todos lo que sucede contigo. Pero ¿qué narices pretende al decírselo a William?
—No estoy segura, y no me ha gustado nada que lo sepa ni que, además, me lo restriegue por la cara.
—¿Hay algún acuerdo entre ellos? Me refiero a si nuestro tío le ha prometido algo a esa sabandija de McLeod a cambio de casarse contigo.
—No lo sé. Está claro que, si yo me caso, heredo todo el patrimonio del clan Menzies.
—Solo que si lo haces con William este puede convertirse en la marioneta de nuestro tío.
—Y acabar repudiándome, lo que significaría que podría echarme de mi propia casa y de mis propias tierras —dedujo Fiona cerrando las manos en puños, fruto de la rabia que sentía.
Luego esbozó una sonrisa pérfida mirando a su tío—.
Pues lo siento por ambos, porque no voy a cambiar de opinión.
Estoy más que decidida a casarme con James McLean y nadie va a impedirlo.
—Me encanta que saques el carácter de nuestro padre en situaciones como esta. Aunque te aconsejo que te cuides del McLeod. Es capaz de cometer cualquier locura con tal de salirse con la suya.
—Lo sé, pero... Dejemos este asunto y centrémonos en divertirnos un poco. ¿Dónde está Callum? ¿Lo has visto?
—No tengo ni idea. Estará por ahí con Balfour —respondió Keira sin darle la menor importancia—. Ya es mayor. No podemos estar pendientes de él.
—Te lo preguntaba porque no lo veo con Balfour. Este se encuentra muy entretenido hablando con cierta viuda —señaló Fiona en su dirección.
—Vaya... Pues no sé dónde puede estar. Si tanto te interesa, podemos buscarlo.
—Qué va. Déjalo solo. Como dices, ya es mayorcito para que estemos pendientes de él —aseguró Fiona pensando en qué estaría haciendo.
Callum no pretendía ser descortés con Meribeth y, de hecho, se detuvo cuando la vio acercarse hasta él con una mirada luminosa y una sonrisa risueña.
Llevaba el pelo recogido en lo alto, dejando caer varios rizos sobre sus hombros.
Por primera vez desde que se conocían, se fijaba en ella de esa forma.
Además, le llamó la atención su vestido en tono claro en contraste con el tartán rojo y verde del clan Moncreiffe.
—¿Qué haces aquí solo, Callum? —Ella desvió la mirada en todas direcciones sin ver a nadie más que a él allí fuera de la casa.
—Eh... He salido a respirar un poco de aire. Ahí dentro el ambiente está algo cargado.
—Debo darte la razón, porque ese es el motivo por el cual yo también he decidido salir —mintió.
Había salido a ver si lo veía a él. Y allí estaba el joven de los Menzies contemplando el cielo nocturno con cierto desinterés.
Lo encontraba apuesto vestido con el traje de su clan—. ¿Qué te está pareciendo la fiesta?
—No sabría decirte porque no entiendo mucho del tema. Esa pregunta se la deberías hacer a Fiona o a Keira. Ellas sabrán darte una mejor opinión que yo.
—Ya lo sé. Pero quiero conocer la tuya —reiteró señalándolo con el dedo para hacerle ver que estaba interesada en su opinión.
—Pues, supongo que está bien.
Ella jadeó poniendo los ojos en blanco, como si su comportamiento la desesperase. ¿Por qué se había fijado en alguien tan desinteresado como él? ¡Por san Andrés!
—Podrías discutir sobre política, bailar con alguna de las mujeres que hay aquí esta noche e incluso cortejarla.
—La verdad es que no he pensado en hacer algo así porque no tengo demasiado interés en esto.
—¿No hay ninguna mujer que te llame la atención? —El tono de incredulidad de Meribeth arrancó la sonrisa en Callum.
—¡Cómo sois las mujeres!
—¿A qué te refieres?