La promesa de un McLean (Rebeliones en Escocia 2) Capítulo 12 #2
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Capítulo 12 #2

—Perfecto. Bueno, pues la verdad es que dentro de unas semanas como muy tarde.

James se ha marchado hasta las tierras de los McLean, al castillo de Duart, para avisar a sus padres.

Y en cuanto esté de vuelta fijaremos el día definitivo.

En ese caso... —Fiona resopló con cierta resignación por todo lo que estaba aconteciendo en los últimos días—.

Te pagaré mañana mismo. No obstante, si quieres que te deje una señal...

—Por san Andrés, Fiona. Nos conocemos desde chiquillas. ¡¿Cómo voy a pedirte el dinero o una señal?! Me basta tu palabra. Ya haremos cuentas cuando te lo quedes. Arreglado y listo para lucirlo en la boda.

Fiona levantó los brazos dejando que los volantes de las mangas flotaran en el aire como mariposas. Se giró para ver la parte trasera del vestido con su escote cuadrado. Y luego se volvió hacia un lado y hacia el otro hasta parecer quedar satisfecha.

—De acuerdo. Voy a cambiarme —anunció cogiendo el vestido para dirigirse al reservado y allí volver a vestir sus ropas.

—Iré a ayudarla —dijo Lucy dejando a las tres mujeres solas de nuevo.

—Iremos a avisar a Balfour y a Callum de que Fiona ha terminado.

Pero la puerta de la tienda de modas se abrió dejando paso a Callum, quien se limitó a asentir en silencio cuando vio a Amy.

—Llegas tarde.

—¿Yo? ¿Por qué? No habíamos quedado en nada al respecto del tiempo que necesitabais. Balfour y yo llevamos esperando un buen rato. —Señaló con el pulgar hacia la puerta.

—Me refiero a que, de haber llegado dos minutos antes, habrías visto a nuestra hermana con su vestido de novia.

— ¿Ya lo ha elegido?

—Si. Al parecer no ha querido mirar más. Tiene prisa por cerrar el asunto. —El tono sarcástico de Keira hizo que Callum entrecerrara los ojos y dirigiera su mirada hacia Fiona, que aparecía en ese momento.

—¿Todo listo, hermana? —preguntó con una leve inclinación de cabeza y la mirada entornada como si sospechase que todo había ido muy deprisa.

—Sí, sí —respondió esta de manera atropellada, fruto de los nervios—. Nos llevarán el vestido a casa esta semana.

—Así lo haré. No te preocupes, Fiona —asintió Marian.

—En ese caso, volveremos a vernos y cerraremos el asunto. Que tengas un buen día. Y gracias por tu amabilidad y disposición.

—Te deseo lo mismo, Fiona. Nos volvemos a ver esta semana.

Las tres mujeres abandonaron la tienda de modas y Fiona tenía la leve sensación de que empezaba a faltarle el aire. Si seguía un poco más allí dentro, acabaría por desmayarse, pensó. El corazón comenzó a latirle más y más deprisa al tiempo que los nervios se adueñaban de su estómago.

—¿Por qué no te has recreado en la compra del vestido? Me refiero a que podías haberte tomado tu tiempo y probarte alguno más. Y que conste que me gusta el que has elegido —matizó Keira entornando la mirada hacia su hermana, quien acababa de detenerse y se volvía para encararla.

—¿Por qué debería hacerlo? Con un vestido es suficiente... —le confesó de mal humor.

—Entiendo que estés nerviosa por todos los preparativos, pero...

—Es una boda sin más.

—Pareces convencida de que así es, pero...

—Pero ¿qué? ¿Acaso se te ha pasado por la cabeza que se trata de un matrimonio por amor? Porque si sigues pensando eso es que todavía no has entendido nada, Keira.

Esta sonrió con melancolía y con cierta pena por las palabras de su hermana.

—Eres tú la que no te quieres dar cuenta.

Creo que, de las cinco personas que estábamos en el interior de la tienda, tú y solo tú, eras la que no querías ver la realidad de lo que te está sucediendo.

De modo que, si sigues sin querer reconocerlo, será mejor que regresemos a Menzies.

Hay trabajo por delante hasta la boda. Pero, ya que estamos aquí, podrías hablar con el pastor.

La iglesia está por allí. —Señaló con el brazo hacia el edificio.

Fiona entreabrió los labios para decir algo, pero se limitó a resoplar frustrada por el comentario de su hermana y por las miradas de Amy, Callum y hasta el propio Balfour.

¿Qué tenía que ver? Se preguntó tomando el camino hacia la iglesia sin decir nada más.

Era mejor callarse y tranquilizarse porque ella estaba más que nerviosa.

James aprovechaba su estancia en las tierras del clan MacLean para retomar viejas amistades.

Desde que sus hombres partieron siguiendo a Claverhouse, no sabía nada de quiénes habían conseguido escapar a la persecución llevada a cabo por las tropas inglesas.

Poco a poco se fue informando de ello y de quiénes no habían regresado.

Ahora, que el tiempo había pasado y viendo el resultado obtenido, él se preguntaba si había merecido la pena.

Tal vez, después de todo, habían sacrificado vidas de una manera absurda.

La gente lo saludaba cuando pasaba por las casas cercanas al castillo.

El viento procedente del lago soplaba con fuerza.

Había olvidado la humedad de aquel lugar durante su estancia en las tierras del clan Menzies.

De manera inevitable pensó en Fiona y en qué sería de ella.

Se sentía algo extraño alejado de su futura esposa e incluso la herida pareció tirarle un poco, como si le quisiese recordar a ella.

Sonrió cuando revivió la escena en la que Fiona se la cerró con maestría.

Siguió su camino pensando en si su amigo de toda la vida había regresado sano y salvo del paso de Killiecrankie.

Se detuvo delante de su casa y golpeó la puerta esperando que estuviese allí. Echó un vistazo a su alrededor buscándolo, cuando de repente apareció ante él, con el esperado gesto de asombro reflejado en el rostro.

—Que me lleve el mismísimo diablo...

—Eso mismo podría decir yo de ti, Braden.

Los dos se fundieron en un abrazo por volver a estar juntos.

—¿Quieres pasar o mejor no acercamos a la taberna a tomar algo?

—Tomemos una jarra de cerveza mientras hablamos y nos ponemos al día en lo que ha sucedido desde que nos perdimos la pista tras la batalla contra los ingleses —le sugirió James haciendo un gesto con el mentón hacia el lado opuesto a su casa.

—Veo que estás de una pieza —le comentó Braden mirando a su amigo.

—En principio, así lo creía.

—¿Te hirieron?

—Justo aquí —se palpó con cuidado el costado donde tenía la herida. Apenas le dolía después del paso de los días—. Un corte hecho con un sable, creo.

—Pero, por lo que veo, nada serio.

—Según se mire —le dijo viendo a su amigo fruncir el ceño—. Tuve la suerte de llegar a las tierras del clan Menzies.

—Te acogieron y te curaron la herida, ¿cierto? —dedujo Braden observando a James asentir—. ¿Has pasado allí todo este tiempo? Dos jarras de cerveza, Laimie —le indicó a la joven que estaba tras el mostrador.

—Vaya, pero si es James MacLean —exclamó la joven con una dulce sonrisa cuando lo reconoció—. Mucha gente te dio por muerto al ver que pasaba el tiempo y no volvías.

—Casi no lo cuento, la verdad.

—Entonces, caíste herido y lograste llegar a las tierras del clan Menzies, me contabas.

—Eso es. Llegué cuando pensaba que me quedaría muerto en cualquier parte del camino. Pero ¿y tú? —le preguntó cogiendo la jarra para echar un trago.

—Tuve más suerte, porque no me hirieron. Escapé cuando el oficial inglés ordenó cargar contra los nuestros. Una vez que nos quedamos sin líder, los hombres comenzaron a huir.

—Pero, al parecer, se ganó la batalla.

—¿Y ahora? Según contaban, la mitad de los nuestros cayeron muertos o heridos en el paso de Killiecrankie y los demás dispersos por las Highlands sin un líder que los reagrupe.