Capítulo 12
F iona cerró los ojos y cogiendo aire decidió entrar en la casa de modas. Ante ella se abría su futuro incierto junto a James McLean. Intentó centrarse en el propósito por el que estaban allí y dejarlo a él al margen, aunque era parte indispensable.
—No quiero que nos pasemos aquí todo el día. Ni que nos vayamos a volver locas viendo vestidos. No es más que un simple trámite, como ya sabemos las tres —les dejó claro a su hermana y a Amy antes de volverse hacia la persona que acudía a recibirlas de manera sonriente.
—No es un simple trámite. Es tu boda, Fiona —le recordó Keira mostrando su desacuerdo con la interpretación de su hermana.
Pero esta resopló ante la insistencia de querer dar a la ocasión el carácter que no era.
De acuerdo, iba a casarse, pero solo porque se veía obligada a hacerlo si no quería perderlo todo.
Estaba segura de que en cuanto su tío pusiese un pie en el castillo las mandaría a la calle sin más preámbulos.
Siempre lo había codiciado. Y más ahora que sabía que ella tenía un prometido.
—Buenos días, Fiona —saludó la dueña de la tienda reconociéndola al instante. Una joven mujer de caballo cobrizo, recogido en la parte posterior de la cabeza. Mirada de color verde y expresión afable—. ¿Qué puedo hacer por usted?
La muchacha volvió a coger aire. Sonrió a duras penas mientras parecía estar pensándose lo que iba a decir hasta que su hermana se anticipó al verla dudar. Conocía a la dueña desde hacía años y le sorprendía que la tratase con tanta formalidad.
—Hemos venido a ver vestidos para su boda, Marian. Te lo cuento, ya que, como ves, mi hermana parece haberse quedado muda. Supongo que a estas alturas toda la región ya lo sabe. La jefa del clan Menzies se casa —refirió Keira con cierta pompa al anunciárselo al dependiente.
—La verdad es que no se habla de otra cosa en la ciudad.
Y quiero aprovechar la ocasión para felicitarte.
Como bien ha dicho tu hermana, todos saben que la señora del castillo de Menzies va a casarse.
Es un placer poder asesorarte y me agrada mucho que hayas escogido mi tienda para elegir tu vestido. ¿Comenzamos? ¿Qué idea tienes en mente?
—No lo sé... —Se había quedado en blanco porque no pensó que aquel momento fuera a llegar.
—Podríamos comenzar con los vestidos que tienes aquí —le dijo Keira viendo que su hermana estaba completamente paralizada por la situación.
—De acuerdo. Seguidme. Os mostraré los vestidos de los que disponemos en este momento.
Keria sujetó a su hermana por el brazo deteniendo su avance.
—¿Se puede saber qué te pasa? Vas a casarte no a postrarte ante el verdugo. Se supone que estás feliz por este acontecimiento. Si no cambias el talante comenzarán a sospechar que no te casas por amor. Y tu plan se vendrá abajo.
—Su hermana tiene razón. Debe procurar mostrar algo más de entusiasmo o la gente comenzará a murmurar —le aseguró Amy asintiendo.
—E imagina que le van con el cuento a nuestro tío —susurró Keira antes de regalarle una sonrisa llena de sarcasmo.
Fiona paseó la mirada por sus dos acompañantes, cuyos gestos mostraban su preocupación por el talante que estaba mostrando. Inspiró hondo y asintió.
—De acuerdo. Procuraré estar más participativa y más entusiasmada.
—Eso está mejor. Y ahora vamos. Marian nos aguarda.
Fiona sonrió e inspiró hondo antes de emprender el camino hacia la parte de la tienda donde su amiga y otra muchacha las esperaban con impaciencia e ilusión.
De repente se vio rodeada de telas de varios colores, de los más diversos tejidos, como algodón, que podía ser estampado, muselina o lana, así como diferentes vestidos.
—¿Alguna idea sobre la que podamos empezar a trabajar? —preguntó mirando a Fiona, que permanecía callada—. Ya que veo que no sabes muy bien qué buscas, voy a empezar por sugerir que te pruebes uno. Así. Sin más. Y después vamos viendo.
Era un vestido compuesto de una falda blanca, una sobrefalda en un tono más oscuro y un corpiño que descendía hasta las caderas.
Los hombros quedaban al descubierto y el escote era algo pronunciado.
Las mangas llegaban hasta el codo desde donde salía un volante.
La tela era fina, delicada. Hilo y gasa, que daban un toque vaporoso al conjunto.
Las tres mujeres se quedaron contemplándolo con la boca abierta y sin saber qué demonios decir. Keira y Amy observaban el gesto de sorpresa en el rostro de Fiona mirando el vestido.
—Deberías probártelo. Lucy puede echarte una mano si lo deseas.
—Sin duda que debes —le insistió Keira deseando verla vestida con aquellas telas.
—De acuerdo.
—Ven, pasemos a esta otra salita donde puedes cambiarte —le indicó Marian.
Fiona se quedó a solas con la joven que la ayudaría a desvestirse y a ponerse el vestido. Lo nervios parecían aumentar porque aquel momento era un paso en serio.
—Imagino que los nervios la están afectando —comentó Marian a Keira y Amy.
—Sí, así es. Pero supongo que es lo normal en estos casos.
—Lo es. ¿Se quedarán en Menzies o se marcharán a las tierras de los McLean?
—Se quedarán aquí. Es el deseo de mi hermana, y James se ha mostrado dispuesto a hacerlo.
Fiona se quedó sin palabras cuando Lucy terminó de ayudarla a ponerse el vestido.
Nunca pensó que verse con un traje de novia como el que llevaba puesto pudiera afectarla de aquella manera.
Se veía diferente a como solía verse a diario e incluso cuando acudía a alguna reunión de amistades, como la pasada en el castillo del clan Moncreiffe.
Sus vestidos no tenían nada que ver con aquel.
Se sentía atrevida dejando al desnudo sus hombros y realzando sus pechos con aquel escote tan provocativo para su gusto.
No estaba segura de sí aquel vestido fuese lo más acertado para ella, ya que parecía estar ofreciéndose al McLean.
Y ella le había dejado claro todo lo contrario.
Apareció ante las tres mujeres, que se quedaron sorprendidas por la imagen que ella ofrecía. Experimentó una repentina sacudida de calor, que se acentuó en sus mejillas, al ser el centro de atención.
—¿Qué os parece? Y quiero que todas seáis sinceras —añadió a modo de advertencia mirando a las tres, incluso a la joven Lucy.
—Te ves... Elegante y distinguida —comentó Marian fijando su mirada en la imagen que devolvía el espejo.
Fiona permanecía en silencio porque no se veía capaz de decir nada. Seguía contemplando de manera fija su imagen e incluso se atrevió a darse media vuelta para ver cómo le caía por detrás la tela de la falda.
—Está radiante, mi señora —exclamó Amy sin poder ocultar una tímida sonrisa de complicidad con ella.
—No me cabe la menor duda de que sorprenderás a tu prometido —le aseguró Keira asintiendo convencida de que James MacLean lo tendría muy complicado para no caer rendido ante su hermana.
—Si necesitas algún complemento, no tienes más que decirlo, Fiona —le recordó Marian.
El solo hecho de pronunciar su nombre hizo que varias mujeres que había en la tienda se asomasen a la habitación donde se estaba probando el vestido para contemplarla. Sin poder evitarlo, comentaron por lo bajo lo que les parecía.
—No, no... Yo... Creo que con el vestido...
es suficiente. —No era capaz de coordinar su pensamiento.
Pensaba que aquel momento nunca llegaría porque siempre había asegurado que no se casaría.
Y verse con vestido de novia parecía estar afectándola, o bien darse cuenta de que ahora iba en serio.
Los días comenzarían a pasar más deprisa que de costumbre.
Las palabras habían salido por su boca sin que ella fuera consciente; era como si las pronunciara porque tenía que hacerlo—.
Tal vez algo de tela para cubrirme los hombros y el escote —dijo al final llevando las manos hacia este pensando en James y en lo que él imaginaria al verla—. O puedo taparlo con el plaid.
Marian pareció dudar ante aquella sugerencia, porque no la esperaba. Creía que prefería mostrarse tal y como era ante su futuro esposo.
—Pero deslucirías el vestido, Fiona —le comentó a modo de advertencia.
—Creo que no te favorecería, querida. Es mejor dejarlo como está —le aseguró Keira situándose a su lado.
Se fijó con atención en ella; su piel casi blanca, sus cabellos cayendo algo desordenados sobre sus hombros.
Su hermana sonrió con picardía pensando en McLean.
Por mucho que este la respetara, dudaba que dejara pasar la oportunidad de tomarla y encerrarla en su alcoba nada más concluir la ceremonia.
—¿No crees que es algo... provocativo?
—Es la moda que viene de Francia —le dijo Marian colocándole bien el escote, las mangas y demás para que se viese perfecta—.
No obstante, puedo enseñarte alguno más recatado.
Pero, como has dicho, si te sientes incómoda con el escote, siempre puedes echarte por encima el plaid y sujetarlo con un broche.
Fiona arqueó una ceja con respecto a la moda francesa. ¿Era la clase de vestido que se ponían las mujeres en París para una boda? Pues a ella le resultaba muy atrevido. Volvió a echar un último vistazo a su imagen.
—No hace falta que saques más. Lo cierto es que me gusta esta tela y estos tonos —le confesó Fiona de inmediato provocando una sonrisa de complicidad con su hermana.
Se sentía algo incómoda con todo aquello porque nunca había creído que pudiera llegar a casarse.
Aquella situación la sobrepasaba. No quería agobiarse y prefería quedarse con ese primer vestido en vez de que andar probándose uno tras otro.
Y, además, se repetía que no se trataba de una boda por amor, o eso al menos se decía ella a pesar de que en su interior algo parecía estar cambiando—. Podrías llevarlo a Menzies esta semana.
—Por supuesto. No hay inconveniente. No hay que arreglar nada y de haberlo lo haremos allí. ¿Cuándo es la boda?