Capítulo 11 #2
—Confío en que esos hombres entren en razón. De lo contrario, Londres no tendrá piedad con ellos y con los que los apoyen —advirtió John MacLean furioso con la situación—. Yo no conduciré a mis hombres a una nueva derrota. Dime, ¿qué hicieron los hombres del clan Menzies?
James percibió el interés de su padre en la pregunta, queriendo saber si eran partidarios de Londres o de la casa real Estuardo.
—Fiona prohibió acudir a la llamada de Claverhouse. No quería perder hombres, aun así, muchos la desobedecieron y se marcharon de madrugada a combatir.
—Optó por mantenerse ajena a la lucha —comentó su madre—. Una postura acertada después de lo sucedido. Imagino que los hombres que se marcharon no regresaron.
—No, que yo sepa. ¿Cuántos hombres perdiste, padre?
—Al menos veinte. Por ese motivo, y a la vista del resultado de la batalla, los MacLean no secundarán más revueltas —declaró con tono firme sin apartar la mirada de su hijo.
—Es lo más acertado que puedes hacer. No merece la pena arriesgar más vidas por una causa que nació perdida. Si Claverhouse hubiese hecho caso a Argyll desde el principio...
—Sí, pero ten en cuenta que el duque de Argyll combatió en favor de los Estuardo, después de todo —le recordó su padre.
—¿No ha venido por aquí?
—No.
—¿Lo dices por Eve? —preguntó su madre.
—Supongo que si mi hermana está en Dudhope con Jane Graham, y Argyll a saber dónde...
—Argyll se marchó de Dudhope después del entierro de Claverhouse. Al parecer, iba a presentar su renuncia al Parlamento de Londres y retirarse a Inveraray.
—Es lo mejor y más acertado que puede hacer. Y ahora, si me disculpáis, me gustaría asearme un poco y saludar al resto de la gente del clan.
—Por supuesto, ya seguiremos hablado de los preparativos de tu boda —le dijo su madre con una sensación contrariada. Estaba contenta porque su hijo se casase, pero también algo desconcertada por las formas en la que se había acordado—. ¿Crees que hace lo correcto, John?
—Ya no es un chiquillo, Flora. Debe tomar sus propias decisiones.
Ha estado en una batalla de la que por suerte salió vivo.
Y esa jefa de los Menzies tal vez acabe siendo una buena elección para él —respondió tratando de tranquilizarla, porque era consciente de que su mujer estaba más que preocupada por esa noticia.
Fiona se había desplazado a Perth para buscar un vestido para la boda.
Keira, Amy Callum y Balfour la acompañaban.
Las tres mujeres eran las que se encargarían de ver las telas y diseños.
Por su parte, los dos hombres aguardarían en la calle.
Habían decidido ir con ellas para evitar algún contratiempo.
Podría volver a encontrarse con el McLeod.
—James me pidió que me encargase de velar por vuestra seguridad —le había comentado Balfour en un momento en el que la propia Fiona se mostraba contraria a que las acompañasen.
En el instante en el que conoció esa noticia, su enojo pareció desaparecer para dejar paso a un sentimiento de cierta dicha porque él se interesase por su bienestar.
De manera que accedió a que Balfour las acompañase junto a Callum.
Durante todo el trayecto hasta la ciudad, Fiona estuvo pensativa y tanto Keira como Amy pensaron que se debía a la elección de la tela del vestido.
Sin embargo, más bien se debía a la petición de James a Balfour.
Los dos hombres permanecían en el exterior de la casa donde ellas habían entrado.
—¿Cuándo regresará James? —preguntó Callum a Balfour—. ¿Te comentó algo?
—Dijo que lo antes posible. En cuanto les comunicase la situación a sus padres. Ten en cuenta que estamos hablando de una boda. Hay mucho que preparar.
—He escuchado a Fiona decirle a Keira que él se marchará en cuanto se case. Que lo de la boda es un gesto por lo que ella hizo con él. ¿Tú qué opinas? ¿Se marchará el MacLean después de la boda o decidirá quedarse? Yo voto por esto último.
Balfour se pasó la mano por su espesa barba y frunció el ceño.
—Yo también pienso que se quedará. Tu hermana está equivocada.
—¿Por qué habría de hacerlo? Me refiero a marcharse de Menzies. Si se ha ofrecido a casarse con ella... No le encontraría sentido. Además, tú, yo y un montón de gente fuimos testigos de su beso la noche de la velada en el castillo de Tullibole.
Balfour sonrió al recordar la escena.
—Sí, supongo que tienes razón. Nadie besa a su prometida delante de todos si no es para hacer ver que lo es. Me refiero a que no es una farsa.
—Estoy seguro de que también lo hizo para dejarle claro a McLeod que la deje en paz.
—Pero ten en cuenta que este ha pretendido a tu hermana durante mucho tiempo. Lógico que le salga de ojo que de repente vaya a casarse con alguien a quien no ha visto con ella.
—Ya, pero mejor así.
—Me preocupa más tu tío Mordecai.
—Sí, a mí también. Siempre ha deseado el castillo y las tierras del clan. Que haya aceptado el matrimonio de mi hermana de buenas a primeras me llama la atención. Siempre tuvo sus más y sus menos con nuestro padre. Se puede esperar cualquier cosa de él.
—No te quepa la menor duda, muchacho. Haría lo que fuese para evitar la boda y que venciese el plazo. De ese modo, todo pasaría a sus manos.
—Sí, yo también lo he pensado. No me convenció el comportamiento que demostró el otro día cuando pasó por Menzies.
Los dos se quedaron contemplándose en silencio, pero con toda intención sobre lo que pensaban al respecto de Mordecai Menzies. Que hubiese aceptado de buenas a primeras la repentina boda de Fiona con el MacLean no significaba que hubiese dicho su última palabra.