Capítulo 11
J ames llegó a las tierras de su familia cuando todavía no había salido el sol.
Había atravesado el lago Linnhe hasta llegar a la isla de Mull, donde se encontraba el castillo de Duart.
Este se elevaba sobre un promontorio desde el que dominaba la isla y el propio lago.
Sus imponentes murallas de piedra le daban una sensación de estabilidad y poderío.
A medida que ascendía por el camino hasta la puerta principal, James se fijó en las montañas que contenían algo de nieve todavía.
El frío y la humedad se hacían notar en aquella región tan aislada.
El castillo había pertenecido a los MacLean desde el siglo xiv , y contaba con cuatro plantas, un salón de banquetes, una amplia cocina y una sala de estar donde solían reunirse para recibir a los invitados.
James descendió de su caballo y sujetándolo por las riendas hizo a pie los últimos metros. La puerta de entrada estaba abierta y había varios hombres apostados en esta, controlando a las visitas. Cuando uno de ellos lo reconoció no pudo evitar salir hacia él para abrazarlo.
—¡Por san Andrés! Es usted, señor. Sus padres pensaron que ya no lo verían. Temían que hubiese caído en la batalla cuando su padre y algunos regresamos del paso de Killiecrankie.
—Estuve a punto de caer muerto de no ser por los miembros del clan Menzies. Ahora quiero pasar y tranquilizar a mis padres.
—Por supuesto. Llevaremos su caballo a la cuadra.
James asintió y caminó por el patio hacia la puerta de entrada a la casa. Resopló pensando en Fiona y en cómo se tomaría su madre, principalmente, que estuviese comprometido con ella.
—¡Hola! ¿Dónde está la gente de esta casa? —levantó la voz para hacerse oír y que sus habitantes supiesen que estaba allí.
—¿Quién de demonios...? —John MacLean se detuvo en mitad del pasillo cuando reconoció a su hijo. La repentina aparición de este lo acababa de dejar mudo.
—Padre.
Poco segundos después fue su madre, Flora, quien surgió detrás de su padre, y James no vaciló en ir al encuentro de ambos.
—Hijo, pero...
No bubo más palabras cuando los tres se fundieron en un abrazo y su madre sollozó al tenerlo de vuelta. Los abrazos precedieron a los besos y gestos de cariño.
—¿Cómo estáis? —les preguntó pasando su mirada de uno al otro mientras ninguno quería soltarlo y de repente se vio arrastrado hacia el salón.
—Pensábamos que te habíamos perdido. Al no tener ninguna noticia tuya, ni tampoco de nuestros hombres que marcharon con nosotros —le comentó su padre.
—¿Dónde has estado todo este tiempo? —Flora, su madre, se mostraba ansiosa por conocer todo lo vivido por su hijo desde que los hombres del clan regresaron después de la batalla.
—Me vi obligado a huir de los ingleses cuando comenzaron a hacer batidas en busca de los supervivientes.
Tuve que hacerme el muerto en alguna ocasión para que pasasen de largo y de ese modo poder seguir vivo.
Luego, cuando llegaba la noche, lograba escapar.
No sé el tiempo que estuve caminando sin rumbo fijo, hasta que logré avistar el castillo del clan Menzies.
Estos me vieron llegar malherido, en pésimas condiciones...
—¿Te ayudaron ellos? —le interrumpió John McLean.
James se limitó a asentir recordando aquel momento en el que pensó que moriría.
—He pasado allí el tiempo necesario hasta que me he repuesto.
—Pero ahora estás aquí, hijo —le recordó su madre cogiendo su mano entre la suyas con cariño—. Espero que no vuelvas a marcharte.
—Hay algo más que tenéis que saber. —Miró a sus padres y percibió su gesto de preocupación en ambos rostros. La mano de su madre se aferró con más fuerza a la de él.
—¿Qué sucede? ¿Tiene que ver con tus heridas? —le preguntó John.
—Sí, tiene que ver con que me salvasen la vida.
—¿Qué es?
—Me he comprometido a devolver el favor a la jefa del clan Menzies. De no ser por sus atenciones, es posible que no hubiese sobrevivido a la herida.
—Me parece lo correcto. Los MacLean somos agradecidos con quienes nos ayudan —apuntó su padre con firmeza.
—He dado mi palabra.
—Es lo correcto.
—¿De qué se trata, hijo? Nos tienes en ascuas, a tu padre y a mí.
James sonrió de manera tímida viendo el gesto de su madre. Cogió aire y asintió antes de confesarles la verdad de todo.
—Me he comprometido a casarme con Fiona Menzies en pago por su trato conmigo.
Como él esperaba, hubo unos segundos de tensa calma en los que ni su padre ni su madre parecieron ser capaces de decir nada.
James entendía que la noticia era impactante a primera vista.
Regresar a casa después de algún tiempo en el que no sabían si estaba muerto o no, y anunciar su compromiso, era algo impensado.
—Sin duda, es una noticia tan inesperada como sorprendente —dijo su padre rompiendo el silencio—. Pero ¿por qué has accedido a algo tan serio como el matrimonio?
—Sin conocerla —apuntó su madre.
—Durante el tiempo que he permanecido en el castillo de Menzies la he ido conociendo y lo seguiré haciendo una vez que estemos casados. Aunque, según se dice, uno nunca conoce a una persona del todo.
—¿Y sus padres están de acuerdo?
Era su madre la que parecía tener más interés en los pormenores.
—Fallecieron hace algún tiempo. Mi oferta de matrimonio a Fiona Menzies se debe también al testamento de su padre.
—¿El testamento? Explícate.
—Su padre le deja todo por ser la primogénita, pero con una condición —James entornó su mirada pasándola del rostro de su padre al de su madre, quien, por el gesto que acababa de poner, parecía presuponer lo que su hijo iba a comunicarles.
—A cambio de obtener un marido —sentenció este convencido de que así debía ser.
—Eso es.
—De manera que le devuelves el favor que te hizo, al salvarte la vida, casándote con ella para que no pierda sus posesiones como primogénita —resumió John MacLean levantándose de su asiento para pasear con gesto serio por el salón. La cabeza gacha y la mirada fija en el suelo.
—Eso es. En pago a sus cuidados, yo le he ofrecido a ayudarla a que no pierda lo que es suyo por derecho. Ese es el motivo de mi presencia aquí. Informaros de la situación y pediros que vengáis conmigo a las tierras del clan Menzies para estar presentes en la boda.
—Pero ¿cuándo pensáis casaros? —preguntó su madre alarmada por esa nueva noticia.
—En dos semanas.
—¿Dos semanas? —preguntó su padre mirándolo como si no lo hubiese escuchado bien.
—La cláusula del testamento le da un plazo de tres meses para contraer matrimonio.
—¿Y si no lo hace... lo pierde todo? Pero ¿a quién irían a parar esas posesiones?
—A su tío, quien por otro lado ansia poseer el castillo y las tierras. Y no vacilaría en expulsarla a ella y a sus dos hermanos de allí.
—Por san Andrés... —exclamó su madre—. ¿Cómo es posible que se le ocurra hacer semejante disparate? Son familia.
—La codicia no reconoce el linaje, mujer —señaló John MacLean consternado por aquellas noticias—. Sin duda, no esperábamos nada semejante con tu regreso. Y a pesar de que te creíamos perdido, hijo.
—Yo también llegué a pensar que no saldría adelante. De no haber sido por Fiona y la gente de su clan.
—¿Piensas quedarte a vivir en el castillo de Menzies? —quiso saber su madre temiendo que esa fuese la realidad después de que se desposasen.
—Sí. Fiona debe casarse y permanecer allí. De lo contrario lo perdería.
El silencio se volvió a imponer de nuevo en el salón. Tan solo hubo algunos cruces de miradas y diversos gestos que venían a reflejar su estado de ánimo.
—No es la manera en que yo esperaba que te casases, pero, si es lo que quieres hacer, para ayudar a la joven Menzies...
—Flora MacLean parecía resignada ante la proposición que planteaba su hijo y creía que no podría hacerlo cambiar de parecer una vez que había dado su palabra.
Aquella joven le había salvado la vida. Era justo que él cumpliese con ella.
—Si te has comprometido con tu palabra, sabes que estás obligado a cumplirla —le recordó su padre señalándolo.
—Lo sé. Y creedme que lo estuve pensando de manera detenida antes de ofrecerle mi ayuda en pago a lo que ella hizo. Además, el resto de los miembros del clan no tienen la culpa de perderlo todo por una estúpida cláusula —expuso con rabia.
—Cierto, pero, si el jefe anterior lo dejó escrito, poco o nada puede hacerse. Todos los sabemos.
—¿Y ella? ¿Qué opina de tu decisión? —Su madre parecía algo angustiada, dada la manera que tenía de dirigirse a él.
—En un principio me tachó de loco atrevido por ofrecerle mi ayuda.
—Es lo esperado —asintió su madre—. Si yo estuviese en su lugar, también reaccionaría de ese modo.
—Lo sé y lo entiendo. Pero no puedo permitir que lo pierdan todo después de haberme salvado la vida.
—Es lógica tu postura, si tenemos en cuenta lo que había en juego.
—Por cierto, ¿dónde está mi hermana? —James miró a su madre sorprendido porque no hubiese dado señales de vida.
—Con Jane, consolándola por la trágica muerte de Claverhouse.
—Sin duda, sabrás que murió en la batalla —le refirió su padre.
—Sí. ¿Y tú no resultaste herido?
—Algún que otro rasguño y unas pocas magulladuras. Nada serio.
—Tu hermana permanecerá con Jane Graham hasta que se encuentre bien. Puedes acercarte a verla si lo deseas. Y darle tú la noticia de tu boda —le sugirió su madre.
—Sí, en unos días partiré hacia el castillo de Dudhope.
—Por suerte la rebelión acabó —comentó su padre con satisfacción, resoplando y asintiendo con gesto de alivio.
—No te confíes. Todavía restan partidas de seguidores de Jacobo dispersados por las Tierras Altas.
Según he sabido en el tiempo que estuve con el clan Menzies, el castillo de Edimburgo cayó en manos de los ingleses.
Pero quedan hombres que están esperando a un nuevo líder que los dirija.
No es de extrañar que pudiese producirse otra revuelta.
—Dios no lo quiera —exclamó su madre—. ¿Es que se han vuelto locos? Londres enviará más soldados hasta acabar con toda resistencia, lo que significará más muertes y sangre escocesa derramada en esta tierra.