La promesa de un McLean (Rebeliones en Escocia 2) Capítulo 10
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Capítulo 10

C uando Fiona apareció en el salón, su hermana fue la primera que se dirigió a ella.

—No ha ido tan mal, ¿no crees?

—Casi he preferido que se presentase de improviso a que me lo anunciaran con días de antelación.

—Sí, de este modo hemos pasado el mal trago de un sopetón. ¿Crees que se ha quedado convencido de que la boda es en serio?

La sombra de la duda planeaba en el tono y la mirada de Keira. James y Callum centraron sus atenciones en Fiona para escuchar su respuesta.

—Eso es espero, aunque vete a saber —comentó moviendo las cejas y frunciendo los labios en un gesto que dejó claro a los demás que no se fiaba lo más mínimo.

—Entonces, nuestros tíos han venido solo para asegurarse de que el anuncio de tu compromiso no era una broma —resumió Callum, que permanecía apoyado contra el canto de la mesa con los brazos cruzados, observando a su hermana con atención.

—Eso me temo. Él sabe lo que dice el testamento de nuestros padres.

—No creo que después de conocer a James, le hayan quedado dudas, ¿no? —prosiguió Callum tratando de relajar a Fiona. Entendía que tuviese sus dudas al respecto.

Fiona volvió la vista hacia James buscando su aprobación. De repente le parecía muy importante para ella. Permanecía callado, pensativo, escuchando lo que los tres hermanos hablaban. Entonces, se dio cuenta de que acababa de convertirse en el centro de atención de sus miradas.

—No creo que exista ningún inconveniente, después de todo. La gente de la región ya conoce la noticia de nuestro enlace. Nadie lo pone en duda.

—Solo es cuestión de fijar la fecha y organizar los preparativos —les recordó Keira mirando a los dos.

—Será un enlace sencillo e íntimo. No quiero que asistan demasiadas personas —precisó Fiona—. Algunas amistades de la capital y de los alrededores, y su familia —añadió mirando a James.

—Sí. Tengo que regresar a Duart para hacerlos partícipes de la situación. No me perdonarían que apareciese casado de repente.

Fiona lo miraba con el estómago encogido porque tenía miedo a que aprovechase la disculpa de ir a visitar a su familia para anunciarles el enlace y que no volviese. Ella se convertiría en el hazmerreír de la región con la consabida pérdida de todas sus posesiones.

—Pueden venir cuando quieran. Tenemos espacio de sobra para alojarlos —le dijo Fiona pensando en ese momento. No estaría tranquila hasta que no los viese llegar a Menzies. Hasta ese momento, la boda estaría en el aire.

—Creo que tenéis que hablar acerca de la fecha y de algunas cuestiones más.

Callum y yo vamos a ver qué podemos ir haciendo para avanzar la preparación del castillo —le aseguró Keira cogiendo del brazo a su hermano para sacarlo de allí.

Se fijó en la expresión de su rostro cuando él anunció que partiría a Duart a hablar con su familia sobre la boda.

Keira intuía que los fantasmas de que él se marchase y no regresase la estaban atormentando.

Pero ¿por qué? James estaba dando la imagen de alguien comprometido con su palabra.

Fiona esperó a estar a solas antes de hacerle la pregunta.

—¿Cuándo piensa marcharse?

El tono de su voz, cargado de preocupación, no extrañó, en parte, a James. Ella seguía pensando en que él se acabaría marchando, dejándola en la estacada. ¿Cómo diablos podría hacerle ver que cumpliría la palabra que le había dado?

—Creo que sería buena idea hacerlo cuanto antes. Mañana.

—Mañana... —repitió ella sintiendo que se ahogaba. No creía que fuese a ser tan pronto, pero en parte era mejor así.

—Necesitaría un caballo para llegar lo más rápido posible a Duart. Trataré de no perder demasiados días en el viaje. De ese modo llegaría antes de lo previsto al castillo de mi familia.

—No habría problema. Puede llevarse el que prefiera.

—Gracias. ¿Cree que su tío le planteará algún problema durante mi ausencia?

Ella se encogió de hombros y sacudió la cabeza.

—No estoy segura.

«Ahora mismo el único que puede causármelos es otra persona».

—Después de haberme conocido supongo que dejará de pensar que esto es una treta suya para quedarse con todo.

—Podría pensarlo.

—Pero no demostrarlo. —Se acercó a ella sin perderle la vista en ningún momento—. ¿Tiene miedo de algo, Fiona? Si es así, le ruego que me lo diga para saber a qué atenerme.

Ella sonrió al escuchar su pregunta.

—El destino es caprichoso en ocasiones. Y poco importa lo que yo pueda pensar o decir.

—Si es porque sigue pensando que no cumpliré mi palabra, se lo vuelvo a decir: volveré. Se lo he prometido. Y no pienso abandonarla.

Fiona inspiró hondo queriendo creerlo. Una parte de ella confiaba en él, pero tampoco podía evitar sentir cierto temor a que él no regresara.

—Eso espero ya que no tengo intención de que me humille. Y, si se le pasa por la cabeza, yo misma iré hasta las tierras del clan MacLean y su castillo de Duart para cobrarme la ofensa. No lo olvide —le dijo a modo de advertencia, retándolo con la mirada.

James se sintió complacido por esa reacción.

Aquella determinación y aquel genio le recordaron a su hermana cuando volvió a ver al duque de Argyll.

No. Él no se comportaría como este con Eve.

Prometerle matrimonio antes de marcharse a Londres como delegado de Escocia y no regresar en años olvidándose de la promesa que le hizo.

No le dijo nada más. Se limitó a observarla abandonar el salón y se quedó a solas con sus pensamientos.

Sí. Partiría al día siguiente por la mañana.

Temprano. Para estar lo antes posible en Duart y explicar la situación en la que se encontraba.

Confiaba en que sus padres no se opusieran al enlace.

Y, de todas formas, aunque lo hiciesen, él había dado su palabra.

Le había prometido a Fiona que no la dejaría sola. Y no lo haría.

Fiona apenas si pudo descansar esa noche.

La marcha de James del castillo la atormentaba, pero debía confiar en él.

Le había dado muestras de sus atenciones hacia ella, y Keira se mostraba convencida de que no la decepcionaría.

Cumpliría lo que le había prometido. Se casaría con ella para que no perdiera el castillo ni las tierras.

Una vez casados, sería cosa de ellos el poder llegar a enamorarse.

James se levantó cuando los primeros rayos del nuevo día comenzaban a abrirse paso entre la oscuridad.

No había hablado mucho con Fiona la noche anterior porque ella se había mostrado algo reservada y taciturna.

Así que había considerado dejarla tranquila con sus pensamientos.

Sabía que ella estaba preocupada por todo este asunto de la boda y que hasta que no se hubiese concretado, no se sosegaría.

No tenía nada que temer de él porque no iba a hacer nada que ella no quisiese.

Le había dejado claro que no habría noche de bodas.

Que no compartiría la cama con él bajo ningún concepto.

Y él lo respetaría. Sería ella la que lo reclamase cuando estuviese segura de que lo quería.

Salió del castillo y se dirigió hacia las cuadras. Balfour lo esperaba ya.

—Ha madrugado, McLean.

—Cuanto antes llegue a Duart, antes regresaré aquí.

—Tenga cuidado por el camino. No se precipite. Ella lo estará aguardando —le dijo sonriendo en complicidad con él.

—Cuídela, Balfour.

—Lo haré por usted. Pero no se acostumbre. Solo hasta que ella se convierta en su esposa. Luego, ya sabe...

—Me basta con que lo haga hasta mi regreso. —Le estrechó la mano con firmeza.

—Creo que, al fin y al cabo, usted siente algo por la señora. Algo que va más allá de una simple ayuda para que no pierda todo esto. —Paseó la mirada por el entorno. Vio sonreír a MacLean, pero no corroboró sus palabras—. ¿Cuánto cree que tardará en ir y volver?

—Unos pocos de días. No sabría decirle con exactitud. Pero trataré de que sean los menos posibles.

—En ese caso, no le entretengo. Márchese cuantos antes... y regrese. —Le dio una palmada al caballo para que saliese de allí.

Desde lo alto de la ventana de su habitación, Fiona había contemplado la conversación de los dos hombres en el patio.

Y luego había visto marcharse a James al galope y había sentido una especie de angustia en su pecho.

Confiaba en que regresase lo antes posible.

No esperaba que pudiese llegar a experimentar algo así por él cuando le había asegurado a su hermana que no sentiría nada especial.

Pero, con su marcha, empezó a preguntarse si su estado se debía a que podía echarlo de menos o a la posibilidad de que no regresase.

James avanzaba con seguridad por los caminos que lo llevarían hacia la costa.

Una vez que llegase a Oban, tendría que embarcarse para cruzar Loch Linnhe.

El castillo Duart quedaba en la orilla de la isla de Mull.

Solo pensaba en llegar lo antes posible y de igual modo regresar antes de una semana para seguir adelante con los preparativos de la boda.

Por suerte, el camino estaba tranquilo. No había soldados ingleses patrullando en busca de rebeldes.

Sin embargo, él no se fiaba de nada ni de nadie.

Por ese motivo apretaba el paso del animal.

En varias ocasiones se detuvo a comer algo y descansar mientras recopilaba información sobre los últimos acontecimientos por aquellos parajes.

—Todo esto parece muy tranquilo, amigo —comentaba James a un lugareño en una posada que encontró en el camino.

El hombre lo miró contrariado mientras chupaba una pipa y luego exhalaba nubes de humo.

—¿De dónde demonios sales? ¿Sabes que Claverhouse está muerto? Los ingleses acabaron con él y con cientos de seguidores de Jacobo no muy lejos de aquí —señaló con el brazo hacia un punto a lo lejos—. En el paso de Killiecrankie.

—Algo de eso escuché hace unos días cuando salí de Menzies.

—Tiene suerte de que todo haya acabado o se encontraría en mitad de la batalla. ¿No ha participado?