Capítulo 8 #3
—¿De qué otro asunto me habla? ¿De mi marcha de Menzies?
¿Es que quiere aclarar las cosas todavía más?
Porque para mí ya lo ha dejado claro. —Él estaba intrigado por lo que tuviese que decirle.
Se esperaba cualquier cosa después de lo que habían hablado.
Confiaba en que no fuese algo por lo que tuviese que sentirse mal con ella.
¡Maldita sea, la había sentido corresponder a su beso, jadear de manera leve!
¡Y se atrevía a decirle que era una farsa!
Y luego estaba la forma en la que se le había quedado mirando mientras le acariciaba el rostro.
La observaba volver a situarse ante él con determinación.
—Debemos fijar una fecha para la boda.
James inspiró.
—¿Ha pensado en alguna?
—No.
—En ese caso, debería hacerlo.
—No había caído en ello hasta que esta noche me lo han preguntado. Por ese motivo quería consultarle.
—¿Qué más le da la fecha si piensa que me marcharé de Menzies antes de la boda? Decídalo usted.
Ella apretó los labios y cerró los ojos unos segundos en los que trataba de serenarse.
Si él seguía comportándose de aquella manera, le sería complicado.
Resopló y volvió a encararse con él sin miedo a que la pudiese sujetar y besarla.
Le había prometido que tendría que ser ella la que lo hiciese a partir de ese momento, luego estaba a salvo.
—De acuerdo. Si piensa quedarse y llevar esta mascarada hasta sus últimas consecuencias...
—Le ha dado mi palabra.
—En ese caso, espero que entienda que no pasaré la noche de bodas con usted. —Arqueó las cejas dejando clara su posición al igual que el tono empleado.
—Nunca se lo pediría. Puedo sentir la necesidad de besarla, pero pasar juntos la noche de bodas es algo más íntimo. No se inquiete, me buscaré un sitio dónde pasarla y no la molestaré.
Aquel comentario no pareció satisfacer las expectativas de ella porque la estaba rechazando. Pensó que él se opondría y que insistiría en que consumaran el matrimonio, pero no había sido así. No era la respuesta que ella esperaba.
—Me alegra que le quede clara mi posición.
—Por supuesto. Tenga en cuenta que mi intención no es otra que saldar la deuda que tengo con usted para que no pierda todo a manos de su tío. Me ha quedado todo más que claro, hasta que se entregó cuando la besé. ¿Hay algo más que quiera comentarme o puedo retirarme a descansar?
Ella permaneció callada ante el comentario de que se entregó en el beso. No podría negarlo porque así había sucedido. Había correspondido a su beso como si en verdad lo necesitase, como si le fuera la vida en este. Recompuso su semblante y volvió a dirigirse a él.
—La fecha de la boda. No me ha dicho nada.
—De acuerdo, si insiste. ¿Qué le parece dentro de una semana? Al fin y al cabo, no es más que una comedia y un mero trámite. Si lo prefiere...
La propuesta de él le heló la sangre porque no esperaba que se decidiese tan rápido. Esperaba que le diese largas otra vez pidiéndole que la fijase ella. Se vio obligada a tragar, porque la había dejado sin habla.
—¿Una... semana...?
James se dio cuenta de que su respuesta había sido lo más parecido a golpearla en el estómago.
Le había costado hacerle la pregunta. La notó balbucear.
Y luego era ella la que aseguraba que lo suyo era una comedia.
Tenía miedo a dar ese paso; él lo sabía y la entendía porque le sucedía algo similar.
Pero estaba dispuesto a casarse con ella.
—Está bien. Podemos dejarlo en dos, si lo prefiere. Pero tenga en cuenta que deberemos casarnos antes de tres meses.
—Lo sé, lo sé.
—Creo que cuánto antes lo hagamos será mejor para todos. De ese modo retendrá el castillo y las tierras de su clan. Nadie podrá arrebatárselo. Piénselo.
Una vez más, ella tenía que darle la razón. Aunque tres meses le parecían lejanos, el tiempo corría como un caballo salvaje al que nadie lograba retener.
—En ese caso... En dos semanas celebraremos la boda. Imagino que deseará avisar a su familia para que asista al enlace.
—Sí. Me encargaré de ello. En breve partiré hacia Duart para informarles de que sigo vivo, y de que voy a casarme. —Hizo una ligera reverencia hacia ella—. ¿Hay algo más que quiera comentarme?
—¿Qué le ha parecido la velada de esta noche?
Dejando a un lado todo este asunto de la boda, claro está.
—Tenía la sensación de estar algo más relaja en compañía de él, lo que no dejaba de sorprenderle porque acababa de fijar la fecha de su boda para dentro de quince días.
Sin embargo, no deseaba que no se marchara todavía.
A pesar de la conversación, del tema y del tono empleado, debía admitir que le gustaba su presencia. Lo cual hacía todo más complicado.
James se sintió confundido porque no esperaba que ella quisiera seguir hablando con él después de haber aclarado su situación.
Su tono había cambiado, pasando a ser más sereno y cautivador.
De igual modo que la expresión de su rostro.
Además, él estaba pensando en partir hacia Duart para poner sobre aviso a sus padres y a su hermana Eve, cuando escuchó la pregunta de ella.
—Ha estado bien.
—Salvo por el incidente con McLeod —recordó la conversación que su hermana y ella habían escuchado cuando estaban su hermano Callum y Balfour.
—Tampoco fue para tanto. ¿Qué hay entre vosotros? ¿No se tratará de algún pretendiente despechado? —le preguntó recordando lo que el hermano de ella le había contado.
Ella sonrió de mala gana. Ya sabía lo que le había dicho su hermano sobre William McLeod. De manera que no podía engañarlo con una mentira.
—En su momento estuvo interesado en unir ambos clanes.
—Pero usted lo rechazó.
—Así es. No quería casarme ni con él ni con otro.
—Pues le habrá sorprendido que de la noche a la mañana haya cambiado de idea.
—Eso mismo era lo que me estaba preguntando cuando usted apareció.
—Espero que le haya quedado claro que usted es mi prometida y que no permitiré que nadie le cause el mínimo daño. ¿Por qué la tenía sujeta por la muñeca impidiéndole marcharse?
La mirada entornada de él y cierta frialdad en sus ojos llamaron la atención de Fiona.
No le confesaría la verdad porque temía que, la próxima vez en la que se vieran, él pudiera hacer caso a Callum en lo de ponerlo en su sitio.
No sabía la clase de hombre que era James, pero su gesto esa noche dejaba claro que protegía lo que era suyo.
—Diferencias de pensamiento. Llegó un momento en el que me molestó lo que me dijo e intenté irme.
—¿Qué le dijo?
La sonrisa sarcástica de él y su tono alertaron a Fiona. Sin duda, James McLeod sería capaz de ir tras William si le revelaba la verdad.
—Que iba a casarme con usted y que iría a buscarle. Pero no se lo creyó. Pensó que le tomaba el pelo y por ese motivo me agarró. Por suerte apareció usted y todo quedó aclarado.
—Entiendo.
Algo en la manera de decirlo no le gustó a Fiona. Él no la creía. Pensaba que la escena entre William y ella se debía a otro motivo, pero no parecía dispuesto a indagarlo, por el momento.
—Puede marcharse cuando guste, si es su deseo. Ya he hablado de lo que me urgía.
Lo vio sonreír tímido e inclinar la cabeza pensando en la fecha de su boda.
—En ese caso, que descanse.
—Igualmente. —Lo siguió con la mirada hasta que salió del salón y de inmediato ella sintió una corriente fría que la envolvía.
Se apresuró a acercarse al fuego para calentarse sin dejar de pensar en él.
Pero el calor no la tranquilizó y sintió la piel erizarse.
Todo parecía indicarle que él estaba dispuesto a quedarse a fin de que ella no perdiese el castillo.
Había aceptado la fecha para el enlace dentro de dos semanas.
¿Por qué? ¿Por corresponder a lo que ella había hecho por él?
Era un completo loco si ese era su pensamiento, porque ella estaba segura de que no sentiría nada por él, excepto la gratitud de su gesto hacia ella.
Entonces, recodó el beso que le había dado y su cuerpo sufrió un repentino cambio.
Una ola de calor arrasó su interior. Se llevó la mano a los labios y se los humedeció.
Por un instante, pensó que él volvería a hacerlo allí en el salón.
Lo había creído intuir en su manera de mirarla, pero se había echado atrás al final.
Cerró los ojos y movió la cabeza asegurando que aquello era una locura que no podría terminar bien.
James cerró la puerta de su habitación cabreado con todo lo que estaba sucediendo.
Con él, el primero, por haberse prestado a esa farsa sin pensarlo de manera detenida.
¿Tanto valía su propia vida como para unirla a la de aquella mujer?
¿En qué estaba pensando? No estaba en sus cabales cuando se ofreció a ser su prometido.
Sin embargo, a medida que las horas pasaban y poco a poco la iba conociendo, creía que, si no surgía nada entre ellos, al menos tendría su amistad.
¿Y cómo haría si el deseo por besarla le quemaba como hacía un momento en el salón?
No buscaría una amante para satisfacerse, y menos una meretriz.
Tal vez ella tuviese razón finalmente y lo mejor sería acabar marchándose.
Se detuvo delante de la ventana contemplando la oscuridad de fuera.
¿Marcharse? No. Tenía una deuda que saldar con ella.
Le había hecho una promesa y un MacLean siempre cumplía lo que prometía.
Sonrió con picardía, aunque también con cariño recordándola.
Lo sentía por ella, pero no iba a hacerlo.
No iba a marcharse de allí. Se casaría como le había prometido y permanecería allí en las tierras de los Menzies pese a lo que ella pensase.
Solo tendría que partir hacia sus tierras para avisar a sus padres de su situación.
Como era de esperar, ninguno lo habría previsto.
Ni si quiera Eve. Tal vez el hecho de que él se casase la hiciera acercarse más a Argyll.