Capítulo 8 #2
—Entonces, Jacobo seguirá en Francia y no regresará —comentó Callum muy a su pesar.
—Me parece que así será —asintió James convencido de que no habría más levantamientos por el momento.
—Deberíamos dejar el tema de la frustrada rebelión de Claverhouse y retirarnos a descansar, Callum. Y no tenga prisa por entrar en batalla. No es nada aconsejable —le pasó el brazo por los hombros para acompañarlo fuera del salón—. ¿Piensa quedarse ahí, McLean?
—Sí, sí. Esperaré a que el sueño me venza.
—Le veré por la mañana, entonces.
—Que descanse, James —dijo Callum despidiéndose.
Fiona y su hermana se alejaron cuando escucharon los pasos de Balfour y de su hermano. Escondidas, las dos aguantaron la respiración para no hacerse notar. Una vez que ambos comenzaron a subir las escaleras, Fiona respiró.
—Creo que James debería dejarle claro a ese McLeod quién va a casarse con mi hermana —aseguraba Callum a medida que subía la escalera.
—Ya lo ha hecho esta noche. Pero supongo que insistirá.
—Entonces, sería mejor que James lo pusiese en su sitio.
—¿Quieres que MacLean provoque una disputa por tu hermana? No es la clase de hombre que se mete en esos líos. Es más inteligente que McLeod. Sé lo que digo.
—Ya, pero... A veces hay que dejarle claro a algunas personas cuál es la situación.
—A veces. Cierto. Será mejor que nos retiremos a descansar. Mañana lo verás con otros ojos.
Fiona y Keira permanecían ocultas en la oscuridad. Cuando escucharon cerrarse las puertas de las habitaciones en el piso superior, ambas respiraron aliviadas y salieron de su escondite.
—Yo me marcho a la cama. No quiero que me pille tu prometido y sospeche que estábamos espiándolos. Y tú harías bien en ir a hablar con él. Aprovecha que se encuentra solo. Buenas noches.
Fiona observó a su hermana dirigirse a toda prisa hacia la escalera y comenzar a subirla de manera rápida, no fuese a ser que James saliese del salón y la viera.
Resopló y tragó con dificultad ante la perspectiva que se le planteaba.
Pero no podía pasar por alto su situación.
De manera que se encaminó decidida hacia el salón, sin ser consciente de que en ese mismo instante James hacía lo propio mirando al suelo, hasta que chocó contra alguien.
—¡Ouch!
—Disculpe... Iba distraído —le aseguró sujetándola por los brazos para evitar que terminase en el suelo. Se fijó en su mirada y en su sonrisa, que acababa de robarle el sentido—. ¿Se encuentra bien?
—Sí, sí... No se preocupe. —Fiona trataba de controlar su respiración y los latidos que retumbaban en su pecho.
Intentaba tranquilizarse, sin embargo, le resultaba algo complicado con él sujetándola por los brazos.
Sus manos le transmitían un calor agradable, que iba relajándola de manera paulatina.
Y su mirada, llena de preocupación por su bienestar, le provocó un suspiro.
—Siento haberla abordado de esta forma. Si necesita algo...
Ella cogió aire y elevó el mentón con orgullo.
—La verdad es que venía a hablar con usted.
—En ese caso, ¿quiere que nos quedemos en el salón? —le preguntó señalando la estancia vacía.
Fiona asintió y pasó por su lado evitando rozarle.
La temperatura era agradable debido al fuego, que todavía ardía en la chimenea.
La luz de las lamparitas era tenue y dotaba la estancia de cierta intimidad.
Ella permaneció de pie observando las llamas danzarinas y escuchando cómo la madera crujía al ser devorada por estas.
Trataba de mantenerse firme y serena ante él, sin embargo, no lo lograba.
Escuchó el sonido de sus pasos acercándose y giró el rostro hacia él.
—¿De qué quería hablar conmigo? —le preguntó deteniéndose a una distancia prudencial.
La observaba mientras ella permanecía de pie.
Le pareció dulce y tentadora como ninguna otra mujer que él hubiese conocido.
Este pensamiento lo alertó porque no esperaba pensar algo así.
De repente, ella se volvió hacia él contemplándolo con una expresión de desconcierto.
—¿Por qué me besó esta noche? ¿Cómo se le ocurrió hacerlo sin pedirme permiso?
La dulzura y la timidez con la que él la había considerado en primera instancia desaparecieron de un plumazo por el tono de sus palabras.
Había variado su postura y en ese momento lo miraba con los ojos entrecerrados y las manos cerradas en puños.
Había salido la mujer fuerte que no se amedrentaba ante nada ni nadie.
Ella era la jefa del clan Menzies y estaba haciendo gala de ello.
—No sabía que tuviese que hacerlo —le aseguró inclinando la cabeza un poco—. Le pido disculpas por mi atrevimiento, pero no podía permitir que la tacharan de tramposa, como usted me comentó. ¿Recuerda lo que me estaba diciendo?
—Sé perfectamente lo que le dije. Pero eso no justifica que usted se haya tomado la libertad de hacer lo que hizo. —Llevada por el ímpetu de sus palabras, acortó la distancia entre ellos y avanzó como si en verdad fuese a enfrentarse a él.
—Solo me limité a facilitarle las cosas.
—¿Facilitarme? —le preguntó abriendo los ojos al máximo—. Es usted increíble, señor McLean. Más bien las ha complicado, porque todos piensan que en verdad estamos prometidos.
Él puso cara de circunstancia. Se estaba conteniendo, y mucho, por no repetir el gesto por el cual ella estaba allí pidiéndole explicaciones.
—¿Y no es la imagen que pretendía dar esta noche delante de los invitados? Acordamos que me presentaría como su prometido. ¿También le pareció mal que saliese en su defensa con ese tal William McLeod? —Extendió el brazo hacia ella con la mano abierta exigiendo una explicación por su parte.
—William y yo nos conocemos desde hace mucho tiempo. No tenía que...
—¿Que intervenir? ¿Es eso lo que iba a decirme? —Se acercó a ella furioso por su comportamiento, pero cautivado por su magnetismo, por su belleza y por el deseo que crepitaba en su interior de atraerla hacia sí y repetir el beso.
—Pues sí. No tenía que comportarse como si yo fuese de su propiedad.
—Lo hice, sí. Porque consideré que mi prometida me necesitaba. Lleve por cuenta que lo haré con cualquiera que ose ponerle una mano encima.
La mirada de él reflejaba que hablaba en serio. Y ella quería creerle. Creer que después de todo tal vez sintiese lo que decía. Pero le costaba cuando ambos sabían que aquella relación no era sino una completa comedia.
—Lo dice como si en verdad estuviésemos comprometidos. ¿No cree que se lo ha tomado muy en serio? —Pasó de la rabia al cinismo y lo miró con una sonrisa irónica y una ceja arqueada.
—¿Usted no? Creo recordar que correspondió a mi beso. La escuché gemir, respirar con cierta dificultad. ¿Y qué me dice de su caricia? Si tan enojada estaba conmigo, ¿a qué vino su reacción?
—Se trató de un acto reflejo. Nada más.
—Apostaría mi vida a que, si volviera a besarla en este momento, su reacción sería la misma que entonces. Y yo no me contendría llegado el caso.
Ella le sostuvo la mirada de manera firme, tratando de que él no notase el ligero temblor que sacudía su cuerpo. Por fortuna no podía escuchar los latidos de su corazón, pero a ella le parecían salvas de artillería. Se limitó a entreabrir los labios y respirar.
—No quiero que vuelva a hacerlo. Bajo ningún pretexto.
—Me parece perfecto. Será usted quien lo haga. Quien solicite mis besos y mis caricias. Mis atenciones.
—No, no lo haré porque esto es solo una farsa. Un plan...
—No, no lo es. No se equivoque. Acabo de decirle lo que experimentó cuando la besé. ¿Estaba fingiendo? Dígamelo.
—¿Y usted?
Tenía el rostro de ella tan cerca que podía percibir una respiración, su aliento escapando por sus labios entreabiertos, tan tentadores y apetecibles que llegó a creer que ella era el mismo diablo.
—No.
Aquella respuesta no la esperaba. No estaba preparada para escuchar algo así y él lo notó en el momento en que su rostro mudó el color. Fiona sintió un escalofrío recorrer su espalda hasta perderse debajo de su pelo.
—No lo dice en serio. Lo dice para justificarse ante mí. Y, aunque estuviese hablando en serio, sé que terminará por marcharse de aquí y no regresará. De manera que no es necesario que se meta tanto en el papel de prometido.
James frunció los labios y asintió cruzando los brazos sobre el pecho.
Sonrió contemplándola con diversión y admiración.
Desconocía si su destino lo había conducido hasta allí para conocerla, pero tenía claro que no iba a dejarla sola.
No iba a dejar que ella ganase la discusión, de manera que adoptó una pose irónica para enojarla más.
Porque en el fondo le gustaba ese lado indomable y respondón que tenía.
—Parece muy segura de que vaya a hacerlo.
Está bien, y dígame, ¿también ha pensado en el día en el que quiere que lo haga?
¿La hora tal vez? Seguro que en mitad de la noche para que nadie se dé cuenta.
¿Le viene bien que me marche la mañana después de la boda?
Al fin y al cabo, usted tendrá lo que necesita y yo no tendré por qué permanecer aquí, ya que no lo desea.
—Estaba molesto con el comportamiento de ella.
Pero más comenzaba a estarlo con él mismo por haberse ofrecido a semejante disparate.
Fiona lo miraba sin creer que él pudiese hacerlo al fin de cuentas. Algo en su interior quería hacerle ver que debía confiar en él.
—Ese es otro asunto que quería tratar con usted.
De repente él se sintió confundido. Sacudió la cabeza sin dejar de mirarla, esperando a que continuase. Pero ella se apartó de él como si buscase prepararse para lo que tenía que decirle. Como la caballería que se repliega y se reagrupa para lanzar una nueva carga.