La promesa de un McLean (Rebeliones en Escocia 2) Capítulo 8
34%

Capítulo 8

B alfour llamó la atención de James para que se acercase hasta el corrillo en el que se encontraba. La conversación parecía de lo más interesante y preocupante al mismo tiempo.

—Necesito que oiga esto —le pidió moviendo la cabeza hacia los contertulios.

—Como acaban de informarme, el castillo de Edimburgo ha caído en manos inglesas —anunció Rory Moncreiffe mirando a los allí reunidos.

—Es, sin duda, un trágico desenlace para la rebelión de Claverhouse —comentó un hombre, a quien James no conocía—. Pero, por otra parte, también lo esperado. Los ingleses dejarán claro que no tolerarán más rebeliones.

—El duque de Gordon se ha visto obligado a rendirse. Lo cual deja pocas posibilidades a los seguidores de Jacobo Estuardo para sentarlo en el trono de nuevo —añadió el jefe del clan Moncreiffe.

—Ciertamente, era una empresa arriesgada, y Claverhouse lo sabía.

Enfrentarse al coronel McKay con sus regimientos de soldados preparados y, además, apoyado por los clanes escoceses simpatizantes de Londres, aunque se haya vencido en Killiecrankie...

—La decepción era notable en el tono y en las palabras de otro de los presentes.

—Sin un líder como lo era Claverhouse, temo que la causa jacobita se haya desvanecido con esta noticia —aseguró alguien más.

—Tal vez se pueda reunir a todos los hombres que han sobrevivido a la batalla del paso de Killiecrankie —comentó Robert Moncrieffe—. ¿Qué opinión tiene, McLean? Usted ha combatido por Jacobo Estuardo.

James inspiró hondo y se aclaró la voz ganando algo de tiempo. La cuestión lo pilló por sorpresa.

—Es complicado saber qué sucederá después de la muerte de Claverhouse. Sin duda, la empresa era difícil y todos lo sabíamos. Ahora, los jacobitas carecen de un líder carismático como lo era él. Nadie sabe qué sucederá.

—Muchos de los que estuvieron en la batalla contra el coronel McKay se hallan dispersos por estas regiones huyendo de los ingleses —señaló Rory Moncreiffe—.

Será complicado agruparlos de nuevo sabiendo que los persiguen.

Y los que no acudimos a la llamada tampoco lo haremos si surge un nuevo líder.

No creo que los supervivientes tengan demasiadas ganas y fuerzas para seguir adelante teniendo en cuenta que no todos los clanes defendemos la misma bandera.

Sería pelear en una batalla que está perdida de antemano.

—Lo mejor es dejarlo estar y ver qué nos trae el cambio de monarca —sugirió James proponiendo lo que había escuchado decir a Aryll en alguna que otra ocasión en la que coincidió con él. A lo mejor no era tan malo como algunos predicaban.

—No nos quedará otra. En fin, señores, divirtámonos esta noche pese a todo —sugirió el anfitrión.

Balfour se pasó la mano por la espesa barba sin quitarle el ojo de encima a James.

—¿Qué le parece la situación?

—En mi modesta opinión, es mejor dejar la cuestión tranquila. Si los clanes seguimos divididos, peleando cada uno en un bando, no conseguiremos restaurar la casa Estuardo —le aseguró con cierto lamento.

—Creo que en esto debo darle la razón. Facilitaría el trabajo a los ingleses y nos debilitaría como nación.

—No le quepa duda alguna, Balfour.

—Hablando de todo un poco, creo que ha dejado claro no solo a la señorita Fiona, sino a todos los presentes que lo suyo con ella va en serio.

—Eso mismo he pensado yo —añadió Callum con una sonrisa muy significativa y dándole un toque en el hombro en señal de camaradería, que hizo que James dudase al respecto de lo que debía decir.

Y más al fijarse en Fiona cuando regresaba al salón en compañía de su hermana.

A los pocos segundos la reclamaron para bailar.

Sí, se había metido en un buen lío por querer saldar la deuda que tenía con ella.

Sobre todo después de haberla besado esa noche.

Cuando la velada terminó, todos quisieron despedir a la pareja.

Ambos habían sido el centro de atención de los invitados.

No quedaban dudas de que James era el prometido de Fiona Menzies.

Varias mujeres le habían preguntado sobre la fecha de la boda, lo que la había obligado a dar evasivas al respecto.

No estaba definida aún. Ni siquiera lo había comentado con él.

Pensarlo le parecía algo ilógico porque no estaba claro que él se fuese a quedar con ella.

Si al final él desaparecía de su vida, ¿qué sentido tendría fijar una fecha para casarse?

Era algo que deberían hablar, así como lo de su atrevimiento al besarla delante de todos.

Esto había sido el detonante de su actual estado de ánimo.

Al llegar al castillo, ella se dirigió a su habitación sin mediar palabra con él. Aunque ello no significase que le pediría una aclaración por su comportamiento. Recordar ese momento le provocó un sofoco que la obligó a cerrar los ojos e inspirar en su intento por tranquilizarse.

—¿Te encuentras bien?

La pregunta de Keira la hizo a reaccionar. Se volvió hacia su hermana tratando de ocultar su preocupación por lo sucedido esa noche; pero le fue imposible.

—Solo estoy algo cansada. Eso es todo.

—No te he visto volver a hablar con James MacLean el resto de la noche. ¿Ha sucedido algo más que no me has contado?

—Debo aclarar con él algunos detalles de esta locura a la que nos hemos prestado. ¿Sabes que me han estado preguntando por la fecha de la boda? —Abrió los ojos al máximo de su expresión mirando a su hermana a ver qué le decía—. Y he tenido que responder con evasivas.

—Tal vez debas hablarlo con él pronto. Si él está dispuesto a seguir adelante...

—Pero ¿no ves que es una completa locura? —caminó, presa de una agitación sin igual, en dirección a su hermana. El corazón le latía cada vez más deprisa y experimentaba una subida de temperatura fruto de la rabia.

—Sí, pero si él está dispuesto a seguir adelante y casarse contigo para que no pierdas el castillo... poco podemos hacer los demás.

Fiona comenzó a sacudir la cabeza y a retorcerse las manos debido a la agitación que sentía.

—Creo que lo que debería hacer es ir a hablar con él. Solucionarlo lo antes posible —aseguró caminando fuera de la habitación sin que su hermana hiciese nada por retenerla. La vio abandonar el cuarto como si tuviese prisa por ver al McLean.

James estaba reunido en el salón junto a Callum y a Balfour. No parecía que ninguno de los tres tuviese sueño y habían decidido permanecer frente al gran fuego que ardía en la chimenea.

—¿Qué opinión tiene de lo sucedido esta noche? —Balfour fue el primero que habló dirigiéndose a James, quien permanecía callado y con la mirada fija en un punto.

—No ha sido para tanto. Salvo por un pequeño detalle que me gustaría saber.

—Usted dirá McLean.

—¿Conoce a un tal William McLeod?

Balfour arqueó las cejas cuando escuchó ese nombre y Callum centró la atención en James como si su cabeza tuviese un resorte.

—¿Por qué quiere saberlo?

—Porque esta noche lo vi en compañía de Fiona, y no me hizo gracia que la estuviese sujetando por el brazo impidiéndole irse.

Fiona bajó las escaleras y se detuvo cuando oyó la pregunta que James le había hecho a Balfour.

Sabía que no debía escuchar a los demás sin que lo supiesen.

Sin embargo, aquella conversación era sobre ella.

De repente, sintió la presencia de Keira tras de sí y se volvió pidiéndole silencio.

Le hizo un gesto con la cabeza hacia el salón en donde se mantenía una más que interesante charla.

Keira comprendió enseguida y ambas hermanas permanecieron ocultas con toda su atención puesta en las voces que se oían en la sala.

—Will siempre ha tenido interés en mi hermana —apuntó Callum de no muy buenas maneras, como pudo observar James.

—Siempre ha pretendido convertirse en el señor de este castillo —aseguró Balfour.

—Comprendo.

—¿Qué hizo usted con él? —Callum parecía ansioso por saber más—. Espero que lo pusiese en su sitio.

Fiona abrió la boca al escuchar a su hermano y luego frunció el ceño.

¿Cómo se atrevía a pedirle algo así a James McLean?

¿Qué clase de confianzas se tomaba con este?

Miró a Keira avergonzada por el comportamiento de su hermano y parecía dispuesta a aparecer en el salón para reprenderle, cuando la mano de su hermana la retuvo.

—Se supone que no estamos aquí.

Fiona apretó los labios y mantuvo el ceño fruncido; Keira tenía razón: no podía hacer notar su presencia o dejarían de escuchar lo que hablaban.

James miró a Callum y sonrió.

—Me limité a hacer que la soltase, asegurándole que era mi prometida.

—Lástima. Podría haberle golpeado.

—Nada de eso, Callum. Sería causarle problemas innecesarios a su hermana. Y no es esa mi intención.

—Ándese con cuidado, McLean. Ya le advierto que William estará muy pendiente de su relación con Fiona.

—¿Insinúa que puede causarnos problemas? ¿Por qué?

—No creo que le haya hecho ninguna gracia descubrir que la mujer que siempre ha pretendido para esposa tenga un prometido que ha surgido de la nada.

James asintió teniendo en cuenta el consejo de Balfour.

—Mi hermana es libre de elegir con quién quiere casarse. Lo que Will diga o piense le da igual a Fiona. Y, si ha elegido a James, pues por algo será —señaló a este.

—En fin, creo que será mejor dejar el asunto por ahora. ¿Qué me dice de la situación en la que queda la nación después de la batalla de Killiecrankie? Le escuché decir al jefe Moncreiffe que, sin un líder carismático como lo era Claverhouse, nadie sabe qué sucederá.

—Exacto. Si a esto le añadimos la rendición del castillo de Edimburgo... Hay pocas probabilidades de que se pueda reorganizar un ejército para combatir a McKay y a las tropas que vengan de Londres. Salvo que algún loco se lo proponga.

—Eso significará que no habrá más batallas —comentó Callum—. Prometió llevarme a su lado si surgía otra.

Aquella afirmación de su hermano hizo que Fiona y Keira intercambiasen miradas con temor a que eso llegase a suceder.

—Ya has visto el resultado. El intento de Claverhouse ha quedado en nada.