La promesa de un McLean (Rebeliones en Escocia 2) Capítulo 7
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Capítulo 7

—¿F iona? ¿Qué haces aquí sola? Te imaginaba con tu prometido —le aseguró con un deje de sorpresa y burla.

—¿Cómo estás, Will?

—Bueno, la verdad es que no tan bien como tú, si te soy sincero. Así que te casas. De repente —chasqueó los dedos y sonrió como un cínico—. Veo que yo no era un buen partido para ti.

—Eres un buen partido, como dices, para cualquier muchacha de estas regiones.

—Pero no para la señora de Menzies. —La sujetó del brazo impidiendo que se marchase y la obligó a mirarlo—. ¿Un McLean? ¿El futuro señor de Duart? De manera que tu reticencia a casarte no era porque querías quedarte soltera. Más bien era que estabas esperando una buena oferta de matrimonio.

Fiona se revolvió tratando de soltarse, pero no lo logró.

—Suéltame, Will, si no quieres montar un escándalo.

Este la retó con la mirada a ver qué estaba dispuesta a hacer.

La conocía desde hacía mucho tiempo y sabía la clase de mujer que era.

Por eso le habría gustado que fuese su esposa, por eso lo intentó en reiteradas ocasiones.

Pero ella siempre lo rechazó aludiendo que no quería casarse.

Que prefería mantenerse soltera al frente del clan.

Y de la noche a la mañana aparecía con su prometido, anunciando que en breve contraería matrimonio.

Algo que le resultaba muy extraño. Y con un hombre al que él no había visto nunca al lado de ella en el pasado.

James había seguido con su mirada a Fiona mientras esta dejaba a su hermana y emprendía el camino hacia otra parte del castillo.

¿Qué le sucedía? Le había dado la impresión de que parecía huir de alguien o tal vez de las conversaciones en torno a su compromiso.

Quiso salir tras ella para averiguarlo, pero en ese momento el jefe de los Moncreiffe y algunos hombres más lo rodeaban conversando acerca de la situación actual del país.

—¿Qué opinión le merece lo de Claverhouse, McLean? ¿Lo siguió en su alocada rebelión contra Londres?

James apretó los labios diciéndose que allí estaba el otro momento del que habían estado hablando.

Le preguntarían si habría seguido a Graham de Claverhouse y que ello podría suponer que se granjease enemistades.

Pero ni quería ni podía mentirles. Todos sabrían qué clanes habían acudido a la llamada.

Sin embargo, no se le iba del pensamiento la imagen de Fiona saliendo del salón.

—Bueno, la verdad es que ha sido un completo fiasco. Falta de preparación, después de todo.

—Exacto. Los MacLean secundaron su llamada —comentó el anfitrión de la fiesta—. No todos los clanes lo siguieron. Entre estos el de su prometida.

—Lo sé. Y me di cuenta de ello cuando llegué herido a su castillo —anunció mirando a los que lo cercaban sin esconderse.

—¿Herido? Eso significa que estuvo en la batalla del paso de Killiecrankie.

James asintió con un sonido gutural y esperando a que se le echasen encima como hienas.

—Era algo lógico. Los McLean siempre fuimos leales a la casa real y aunque yo no las tenía todas conmigo debía respetar la palabra de mi padre y jefe del clan.

Y respeto que no todos en Escocia hayan optado por el mismo bando —comentó con naturalidad—.

Cada uno es libre de defender un bando u otro, o bien ser neutral.

—No deja de ser llamativo que usted sí acudiera a la llamada de Claverhouse y Fiona Menzies lo prohibiera a sus hombres.

—Salvo por los que decidieron desobedecerla y largarse de madrugada a combatir a los ingleses —matizó James captando la atención de los demás y siendo testigo de sus gestos de sorpresa—.

Confío en que no haya más rebeliones —señaló deseoso de que esto no sucediese, por el bien de todos, sobre todo el de Callum, quien deseaba entrar en batalla—.

¿Qué ha sucedido con Claverhouse? Me han contado que cayó muerto.

—Eso es. Y sus seguidores han huido al interior de las Tierras Altas escapando de los soldados del general McKay. Veo que lo desconocía —apuntó Rory Moncreiffe.

—Yo solo me preocupaba de salir con vida de allí.

—Algunos aseguran que esperan reagruparse y volver a pelear —informó con inquietud otro hombre allí reunido y que James ignoraba a qué clan pertenecía—. Conseguirán que los ingleses desplacen más soldados aquí y nos hagan las cosas más complicadas cada día.

—Yo por mi parte he tenido suficiente con una herida en el costado —dijo palpándosela—. Además, tengo una prometida a la que no quiero dejar viuda antes de casarnos —añadió con una risa.

A James no le hacía gracia que los seguidores de Claverhouse tuvieran intención de rearmarse para seguir la lucha. Esa era una mala idea, ya que lograrían que Londres enviase más tropas y que el general McKay acabase con todos ellos.

—Según contaban algunos viajeros de la capital, varios clanes de las Tierras Bajas se han unido a los ingleses en su intento por derrotar a los partidarios de los Estuardo —señaló un joven de rasgos parecidos a Rory Moncreiffe y que acababa de acercarse al corrillo.

—Deje que le presente a mi hijo mayor, Robert. Este es James McLean, el prometido de Fiona.

—Tanto gusto, señor. Y enhorabuena por su compromiso.

—Gracias. Celebro conocerle —le estrechó la mano con efusividad y determinación.

—¿Dónde se encuentra ella? No la he visto.

—Hace un momento la vi charlando con su hermana, pero luego se marchó.

Es más, si me disculpan, aprovecharé para ir a buscarla.

Caballeros —James se despidió de los hombres.

Había deseado dejar la conversación antes, pero no quería parecer descortés.

Y más después de que estos habían sabido que él combatió en favor de Jacobo Estuardo.

A pesar de haber estado hablando, no había perdido detalle de dónde estaría.

Si ella iba a convertirse en su esposa, él necesitaba asegurarse de que todo iba bien.

Fiona retaba con su mirada a Will, quien parecía estar divirtiéndose con el comportamiento de ella. Estaban a solas y le apetecía entretenerse un rato por los sinsabores que le había causado y su negativa a casarse con él.

—¿Y si no quiero soltarte? Es más, podría llevarte conmigo a una de las muchas estancias del castillo y pasarlo bien.

Luego se lo contaría a tu prometido y estoy seguro de que rompería el compromiso.

Pero yo te recibiría con los brazos abiertos —le dijo esbozando una sonrisa cínica, casi lasciva, pensando en lo que estaría dispuesto a hacerle.

—Ni se te ocurra o prometo que acabaré contigo.

—Su amenaza no parecía dar resultado, pero entonces ella desvió la mirada detrás de Will y su gesto cambió.

De repente, sintió un alivio al ver que James estaba allí con el gesto contrariado.

Aunque en ese momento él lo cambió al darse cuenta de que ella estaba tratando de alejarse de aquel desconocido.

—¿Qué hace sujetando a mi prometida? —James apartó con determinación y rabia la mano de Will de la muñeca de Fiona. Se interpuso entre los dos mirando a aquel hombre como si lo estuviese retando.

Ella no pudo evitar experimentar una sensación de orgullo por verlo enfrentarse a Will.

—Oh, disculpe. Fiona y yo estábamos resolviendo nuestras diferencias.

—Ya están resueltas. De manera que lárguese y déjela tranquila.

—Soy Will McLeod. Usted debe ser su prometido. Bien, celebro conocerlo.

—No vuelva a acercarse a Fiona o lo lamentará. Queda advertido.

Ella parpadeó en repetidas ocasiones y se aferró al brazo de él cuando escuchó sus palabras. Se mordió el labio, presa de la agitación del momento.

—Está bien. Fiona. Señor...

—James McLean.

—Tanto gusto —inclinó la cabeza y se volvió para alejarse de ellos, conteniendo la rabia por no haberse salido con la suya. Solo que la cosa no iba a quedar ahí.

James no se movió hasta que estuvo seguro de que él se iba.

Fiona permanecía agarrada a su brazo y su cuerpo rozando el de él.

Volvió el rostro y se encontró con la mirada reluciente de ella.

Sus labios entreabiertos por los que dejaba escapar algún que otro suspiro.

Se soltó de él y dio un paso atrás, como si se sintiese cohibida porque él la hubiera sorprendido mirándolo de manera fija.

—¿Se encuentra bien?

Ella asintió sin saber qué decirle. No sabía qué habría sucedido con Will si él no hubiese aparecido.

—Sí. Gracias por lo que ha hecho.

—No tiene que dármelas. Es mi prometida y como tal debo asegurarme de que nada malo le suceda.

—No es su obligación. No hace falta que finja a todas horas que tiene interés en mí.

—No es ninguna obligación. Ni tampoco finjo. No acostumbro a hacerlo con aquellas personas que me importan. —Se apartó de ella unos pasos decepcionado por aquellas palabras.

—Lo que quise decir es que no tiene que...

—Sé de sobra lo que ha querido decir. Entiendo que hemos llegado a un acuerdo para que usted salve su propiedad. Pero eso no me impide comportarme como yo creo que debo hacer.

—¿Acaso piensa que puede llegar a sentir por mí algo que...?

—¿Y si ese fuese el caso? ¿O qué me dice de usted? —Le dirigió una mirada de pies a cabeza dándose cuenta de lo bonita que estaba esa noche.

—¿Yo? —No pudo decir más porque su forma de mirarla había elevado la temperatura de su cuerpo, que se hacía más latente en su rostro. Pero ella quiso achacarlo a la rabia que le había producido su comentario. Sin embargo, ¿cómo explicar el incesante hormigueo que experimentaba?

—Ya lo hemos hablado.

—¿Por qué debería creerle? ¿Por qué piensa que podríamos llegar a sentir algo el uno por el otro? —Se envaró ante él llevada por la agitación que aquel pensamiento le producía. Y más cuando lo vio sonreír de aquella manera tan sugerente, tan cálida, que le llegó dentro.

—Que sepa que nunca he retrocedido ni me he rendido.