La promesa de un McLean (Rebeliones en Escocia 2) Capítulo 6
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Capítulo 6

F iona terminó de arreglarse en compañía de su hermana y de Amy.

Estaba nerviosa por lo que pudiese suceder esa noche.

Todo se había desarrollado de una manera vertiginosa y que no esperaba, pero ya no podía hacerse nada por remediarlo.

Esa noche James la acompañaría en calidad de prometido y futuro esposo.

—Deberías tranquilizarte un momento mientras te sujeto el plaid con alfileres a la parte de atrás. ¿O pretendes que te los clave a ti en vez de a la tela? —le comentaba su hermana notando que Fiona estaba inquieta.

—Vale. Intento no moverme.

—Cuando el MacLean te vea se va a quedar con la boca abierta.

—¿Por qué lo dices?

—Porque no te ha visto arreglada con un vestido en condiciones. Está acostumbrado a hacerlo con ropa de faena. De andar de un lado para otro por el castillo.

—Imagino que no seré la única mujer a la que ha visto arreglada para asistir a una velada, ¿no crees? —le recordó con cierto mal humor—. Si es el futuro jefe de los MacLean de Duart, pues ya te digo que habrán celebrado fiestas y recepciones en su castillo.

Keira se quedó contemplando a su hermana con una sonrisa al darse cuenta de su manera de hablar y de comportarse.

—Deberías relajarte un poco o tu prometido romperá el compromiso antes de que lo hagas oficial.

La mirada que Fiona le dedicó a su hermana por ese comentario le dejó claro que no estaba de buen humor.

Se había levantado de la silla y se alisaba la tela de la falda que caía desde la cintura hasta cubrir sus zapatos.

El corpiño se ajustaba a la cintura de manera perfecta realzando el busto un poco.

Lo justo para darle un toque sensual. El plaid le caía sobre este disimulándolo.

No se sentía a gusto con que James MacLean pudiese fijarse demasiado en su escote.

—¿No quieres que te recoja el pelo? Creo que te favorecería —le sugirió Keira viendo que su hermana lo llevaba suelto, cayendo sobre los hombros.

—No. Es mejor que terminemos de arreglarnos y bajemos al salón. Imagino que los hombres nos estarán esperando.

—¿Nerviosa? —preguntó Amy, que hasta ese momento había preferido estar callada, viendo el carácter de su señora.

Fiona resopló mirado al ama de llaves y puso los ojos en blanco.

—Si no tuviese que... —Se calló en el último instante pensando en lo que podía suceder esa noche.

—¿Que presentar a James como tu prometido? —le preguntó Keira entornando su mirada.

—Sí, eso mismo. Pero ya ves la jugada que nos ha hecho nuestro padre con su testamento. Solo pensarlo...

—Debería relajarse y disfrutar de la velada, señorita.

¿Quién sabe? Tal vez descubra que, al final, entre el señor MacLean y usted pueda surgir algo —dijo Amy con un gesto risueño.

Si su señora había accedido a que el MacLean fuese su prometido, el ama de llaves estaba convencida de que podría nacer un romance entre ellos.

—Estoy segura de que al final se echará atrás y se marchará una madrugada sin despedirse si quiera. E incluso puede que a la mañana siguiente de la boda —le aseguró de una manera que asustó al ama de llaves—. Eso es lo que sucederá.

—¿Sigues pensado que no cumplirá su promesa? ¿Por qué? —Keira la miró preocupada.

—¿Tú no? ¿Lo has creído?

Ninguna de las dos mujeres se atrevió a llevarle la contraria. Se limitaron a intercambiar una mirada muy esclarecedora. Keira tendría que hablar a solas con su hermana y que le contase por qué pensaba que James MacLean no cumpliría su palabra. No era eso lo que ella creía de él, todo lo contrario.

—Será mejor que nos pongamos en marcha o llegaremos tarde —dijo viendo que ni su hermana ni el ama de llaves eran capaces de negar lo evidente.

James y Callum permanecían en el salón. El primero se había vestido con algo de ropa que le habían prestado para ese evento. Llevaba la camisa que Fiona le había entregado, así como una chaqueta de su medida. No portaba armas, excepto su daga. Las suyas las había perdido en la batalla.

—¿Nervioso? —le preguntó Callum observándolo con atención.

—No. ¿Por qué debería estarlo?

—Porque mi hermana me ha dicho que usted se ha convertido en su prometido. Y eso implica responsabilidades.

—Ah, es por eso.

—Sé que lo hace para salvarnos de no perder el castillo y las tierras. Por lo de la cláusula del testamento de mis padres.

—Bueno, creo que no es justo que Fiona lo pierda todo si no consigue encontrar un hombre que se case con ella.

—Yo tampoco. Y me alegra que sea usted y no otro cualquiera.

—Gracias.

—Creo que en el fondo ella también se alegra.

—Eso espero.

—Otra cosa que quería comentarle es acerca de esta noche.

—Le escucho con interés. —James había encontrado un aliado en el hermano menor. Toda una fuente de información en relación con aquellas tierras. Le interesaba saber qué debía esperar de esa noche.

—Tenga cuidado de que no le escuchen decir que combatió en Sheriffmuir siguiendo a Claverhouse en favor de la casa Estuardo. No todos en estas tierras son partidarios de la casa real. Entre estos clanes se encuentran los Moncreiffe. Son más cercanos a Londres.

—Me lo suponía. Su hermana ya me lo advirtió. Me mantendré neutral.

—Bien, en ese caso le advertiré acerca de algún posible pretendiente de mi hermana.

—¿Ha tenido ofertas de matrimonio y no las ha aceptado?

—Así es. Y supongo que esta noche coincidirá con alguno que se sorprenderá al conocer la noticia del compromiso. Créame. Sé lo que digo.

—¿Por qué ha aceptado mi propuesta?

—En el fondo no quiere hacerlo, pero, con lo del testamento de nuestro padre, no le queda otra. Usted ya lo sabe.

—Cierto. No sé cómo he podido hacerle esa pregunta.

—Por eso le aviso que en más de una ocasión verá a mi hermana en compañía de alguno de estos. Tenga paciencia.

—No voy a montar un escándalo solo porque converse o baile con cualquier joven de estas tierras. Gracias por los consejos, Callum. Veo que conoce la situación de la zona.

—Es lo que tiene hablar con la gente que viene y va. Ya sabe que mi hermana no quiso que participásemos en la rebelión organizada por Claverhouse.

—Lo sé. Fiona me lo contó. Pretendía que el clan Menzies se mantuviese neutral. La entiendo. Ya tendrá más oportunidades de combatir a los ingleses.

—¿Está seguro de ello? —James se dio cuenta del tono de cierta emoción de Callum. Confiaba en que no hubiese más batallas ni guerras contra Londres. Solo se lo había comentado para tranquilizarlo y hacerle pensar en otra cosa.

—Confío en que no. Que se instale la paz con el nuevo monarca, pero...

—En caso de que la rebelión siga y usted acuda a luchar, me gustaría hacerlo a su lado.

James percibió la emoción de aquellas palabras, no solo en el tono de su voz, sino también en el brillo de su mirada. Sacudió la cabeza y desvió su atención del joven Callum hacia la persona que en ese momento aparecía en el salón.

—Están aquí los dos. Bueno, sentimos haberlos hecho esperar.

Ya podemos irnos —comentó Fiona mirando a los dos.

Sin querer hacerlo a posta, se fijó más en James que en su propio hermano.

El MacLean permanecía callado, inmóvil, mientras la contemplaba y parecía querer dibujar una media sonrisa—. ¿Le sucede algo?

Fiona acusó la manera en la que la miraba. Debería calmarse y no ponerse a temblar en cuanto estaba frente a él. Su cercanía parecía intimidarlo, en cierto modo, porque se veía incapaz de pronunciar palabra.

Ella se había dejado suelto el cabello rizado cayendo sobre los hombros.

Un vestido sencillo de color verde se ajustaba a su cuerpo de manera exquisita, perfecta.

Sobre el hombro derecho se deslizaba su plaid con los colores del clan.

Sujeto a la tela del vestido con el emblema de los Menzies, le caía cruzándole el busto.

En verdad que no la había visto así de arreglada desde que él estaba en el castillo.

Y debía reconocer que le parecía más atractiva, sin duda, que cuando la conoció.

—No. Se trata de que la veo distinta, señorita Fiona. Eso es todo.

Ella sonrió.

—Entiendo que lo dice porque es la primera vez que me ve arreglada.

—Sin duda que se debe a eso.

Se humedeció los labios presa de una agitación en su pecho desconocida hasta entonces. Su pulso ganaba velocidad como el galope de un caballo. Una parte de ella se rindió ante aquel comentario y se sintió halagada.

—Es mejor que nos marchemos o llegaremos tarde.

Él no vaciló en seguirla manteniéndose ajeno a las miradas de complicidad de Keira con su hermano Callum.

Balfour aguardaba fuera junto a un sencillo carruaje de dos caballos. Intercambió una mirada con James y le hizo un gesto con la cabeza hacia varios animales.

—Usted y yo iremos detrás cerrando el paso, junto a Callum. Escoja el caballo que prefiera.

James asintió sin decir nada. Se acercó a uno y se subió con agilidad bajo la atenta mirada de la propia Fiona. Le parecía que estaba repuesto del todo de su herida. Verlo erguido sobre el animal le produjo un leve golpe en el estómago. Como si los nervios se hubiesen apoderado de este.

—¿Qué opinas del McLean? —la pregunta de su hermana la cogió desprevenida. Dio un ligero respingo y la miró confusa.

—¿A qué te refieres?

—A qué impresión te causa verlo arreglado. A eso me refiero. A ver, vas a presentarlo como tu prometido y futuro esposo. Imagino que tendrás algo que decir al respecto. Si te parece atractivo o todo lo contrario. Piensa que en tres meses lo verás todos los días y...

—Ya lo hago. Me refiero a verlo todos los días. ¿Olvidas acaso dónde está viviendo?

—Pero, en este momento, es más un invitado. En cambio, cuando sea tu marido...

—Eso si no sale huyendo en cuanto se acerque la fecha —le recordó con ironía.

—Es verdad. Olvidaba que no confías en su palabra.

—Cuando llegue el día, tendrás que darme la razón. Ya lo verás. ¿Y tú por qué piensas que se quedará hasta el final y se casará conmigo?

—Porque me fío de él. Me da la impresión de que es buen hombre, Fiona.

—¿Qué le empujaría a quedarse y casarse conmigo?