La promesa de un McLean (Rebeliones en Escocia 2) Capítulo 4
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Capítulo 4

J ames estaba despierto y en pie antes de que el amanecer fuese una completa realidad.

La conversación de la pasada noche con Fiona no le había dejado descansar del todo.

Había dado vueltas en la cama e incluso se había levantado en mitad de la noche pensando en la situación.

El destino era algo cruel con ella, se dijo.

Pero ¿qué podía hacer él? Ella le había acogido y curado la herida de la batalla.

Le había ofrecido un lugar para quedarse el tiempo que hiciese falta, hasta reponerse.

Estaba en deuda con Fiona y así se lo había dicho desde el primer momento.

Pero ¿esa deuda era tan grande como para ofrecerse como su prometido?

Aunque se tratase de una ficción, nadie podría asegurarle que pudiese llegar a sentir algo por ella, más allá de la amistad que podrían forjar con el paso del tiempo.

Él no hablaba de amor. Ni de sentimientos.

No podía prometérselos, ni ella creía que se los pidiese.

Si él se ofrecía como su salvación, tendrían que establecer una serie de normas, pero que al mismo tiempo no resultasen sospechosas para todos los demás.

Resopló dándose cuenta del paso que iba a dar, aunque no así de las consecuencias que traería consigo para los miembros del clan Menzies.

—No tienes buena cara esta mañana —le dijo Keira a su hermana cuando la vio aparecer por el salón.

Se fijó en sus ojeras y en cómo la expresión de su rostro mostraba cansancio.

Ella entendía que Fiona no estaba atravesando una etapa fácil desde que se dio a conocer el testamento de sus padres y en especial la maldita cláusula.

—Lo sé. Me he dado cuenta cuando me vi en el espejo —sonrió con una mueca burlona.

—Supongo que se trata del asunto de tu matrimonio.

—Supones bien. —Se concentró en ir preparándose algo para desayunar antes de pensar en cualquier tema.

—¿Le has comentado algo a quien tú ya sabes?

La cautela en el tono de su hermana sorprendió a Fiona, quien pese a todo se echó a reír.

—No ha hecho falta.

—¿Por qué dices eso? —Keira se sobresaltó.

—Balfour se me adelantó contándole que no tengo un marido, como él ya sabe.

Además, habló de nuestro querido tío y de que ansía este castillo y las tierras.

—Estaba algo enojada con este por no haber contado con ella.

Pero también se sentía agradecida porque le había hecho un favor. Sí. Le había allanado el camino.

—Vaya, pues reconoce que pese a todo te ha ayudado un poco, ¿no crees?

—En cierto modo. Por suerte no le mencionó nada de la boda y del testamento. Eso lo hice yo misma anoche.

—Bueno, ¿y él te ha dicho algo?

—Puedes hacerte una idea. —Cogió un tazón donde vertió leche y avena, ajena a las miradas de su hermana, y a la presencia de James en el umbral del salón.

Este apareció de repente sin que ninguna de las dos hermanas lo esperasen. Keira arqueó las cejas mirando a Fiona, quien estuvo a punto de derramar la leche sobre la mesa. Por un momento, temió que las hubiese podido escuchar.

—Buenos días. Espero no molestarlas.

—No, claro. Tranquilo. Puede sentarse donde quiera y servirse de comer —le indicó Keira al darse cuenta de que su hermana se había quedado callada al verlo.

—Gracias.

—¿Ha descansado a pesar de la herida?

—Sí. Creo que va mejorando. —Dirigió su atención hacia Fiona. Se había sentado frente a ella, como si con este gesto quisiera tener una mejor visión de ella. La observaba comer en silencio mientras su hermana hablaba con él.

—Pero no pretenderá marcharse todavía, ¿no? —preguntó Keira deseosa por saber más acerca de lo que él tenía pensado.

Fiona levantó la vista de su tazón atenta a lo que el MacLean tuviese que decir.

—No se preocupe. No lo haré, por el momento —dijo mirando a Fiona tratando de hacerle ver que iba a quedarse en el castillo. Y así sería si ella lo aceptaba. Le había estado dando vueltas en la cabeza. Estaba en deuda con ella y no era justo que pudieran perderlo todo por un maldito testamento.

—En ese caso, quédese y asista a la fiesta que dan los Moncreiffe en su castillo de Tullibole.

Fiona dirigió una mirada a su hermana, que podría haberla fulminado si tuviese ese poder. ¿Cómo se le ocurría invitarlo? Desvió su atención hacia él, que le parecía algo confuso por la situación. Motivo que aprovechó Fiona para echarle una mano.

—Pero, Keira, no ves que el señor MacLean tiene que descansar de su herida. El ajetreo podría abrírsela y tener que permanecer más tiempo aquí.

—No creo que vaya a pasarle nada por visitar al clan Moncreiffe. Además, irá a caballo, lo cual lo cansaría menos.

Keira parecía estar disfrutando del aprieto en el que se encontraba su hermana.

¿Qué le sucedía? Le había comentado que él ya conocía la situación en la que se encontraban.

Luego, no creía que fuese un problema que él acudiese a Tullibole.

¿Y qué mejor ocasión que hacerlo como su prometido?

, se preguntó pensando en esa posibilidad.

—¿Cree que se encuentra en condiciones de viajar, James? —interrogó Keira sin dejar pasar la ocasión de que fuesen juntos.

—No creo que la herida me impida montar a caballo.

—¿Lo ves? —Miró a su hermana con una sonrisa enigmática, que no pareció gustarle nada—. Es más, creo que os voy a dejar para que sigáis hablando. Nos vemos luego, Fiona. Señor McLean, disfrute de la compañía de mi hermana.

—Gracias, señorita.

Fiona abrió la boca para decirle algo, pero, cuando quiso reaccionar, Keira había desaparecido del salón dejándola a solas con él.

—No le haga caso. No está obligado a asistir a la recepción de los Moncreiffe si no quiere. Puede permanecer en el castillo.

—Lo cierto es que no me importará acudir con ustedes. Y no hace falta que se preocupe por la herida. Está mucho mejor.

—Debería echarle un vistazo, si me lo permite. Y ver por mí misma si es cierto.

—Parece que no se fía de mi palabra —sonrió con diversión al escucharla.

—Claro que me fío de usted, pero me quedo más tranquila si la examino. —Se había levantado de la silla y se dirigía hacia él cuando James la miró sorprendido por su reacción.

—Pero... ¿Aquí y ahora?

A ella le pareció confundido e incluso algo tímido.

—¿Qué mejor momento? Termine de desayunar mientras voy por tela. Cambiaremos el vendaje.

—Como guste —asintió viéndola salir del salón mientras él se quedaba a solas. Lo cierto era que la fiesta del clan Moncreiffe no había podido llegar en mejor momento. Le plantearía quedarse en el castillo y ayudarla con su problema. La vio regresar en compañía de Amy, el ama de llaves.

—Está bien. Veamos esa herida, caballero —le dijo haciendo un gesto con la mano hacia el costado de él.

—¿No se fía de su criterio y trae refuerzos? —le preguntó en modo irónico consiguiendo que el rostro de ella se encendiese, lo que sin duda fue toda una sorpresa para él. La encontraba más bonita con el ligero color. Se subió la camisa dejando a la vista el vendaje.

—Estese quieto un momento en lo que se lo retiro.

James creyó que sería algo sencillo, pero, cuando notó las yemas de los dedos de ella sobre su piel, la sintió erizarse hasta límites insospechados. Jadeó sin pretenderlo, lo cual captó la atención de las dos mujeres.

—¿Le duele? ¿Le hago daño?

—No, no se trata de eso, sino de que sus dedos están poco menos que helados. ¿Dónde diablos los ha tenido metidos? ¿En un cubo de hielo? —La contempló reírse de manera cínica mientras seguía atareada quitando el vendaje hasta dejar la herida al descubierto.

—No sea tan quejica. Es cierto que tiene buen aspecto. ¿Qué opina, Amy?

La mujer se acercó fijándose en cómo la herida había cerrado.

—Es complicado que se le abra. Pero debería tener cuidado cuando ande con Balfour por ahí.

—Lo haré. Descuide.

—No obstante, volveremos a vendársela —le dijo Fiona cogiendo el lienzo para cubrírsela.

—Si no me necesitas, jovencita, regresaré a mis quehaceres. Le dejo en las mejores manos. —El comentario de la mujer le provocó una sonrisa a James.

—No le haga caso.

—Bueno, supongo que tiene experiencia, dado que es la jefa del clan, y no tienen un doctor. —La contemplaba trajinar con la tela, una daga y un ungüento.

—Voy a ponerle un poco de esta crema para suavizar la piel alrededor de la herida. Trate de no moverse si siente fríos mis dedos —le aconsejó riendo para ella misma.

—Lo tendré en cuenta.

Fiona aplicó con cuidado la crema tratando de no rozarle la herida.

Cuando terminó, cogió el lienzo de tela y comenzó a cubrirlo pasándolo alrededor de su cintura.

La cercanía del cuerpo del él con el suyo comenzó a provocarle una ola de calor y ciertos sudores.

No quería levantar la mirada porque sabía que se encontraría con la de él, fija en su cabeza.

Su pulso parecía ganar velocidad sintiendo su cercanía, así como su respiración.

James no apartaba su atención de la espesa cabellera de color oscuro de ella. Y cuando terminó se apartó de él unos pasos con gesto satisfecho.

—Creo que en breve estará repuesto y podrá irse. Salvo que quisiera hacerlo ya.

Los dos se quedaron en silencio durante unos segundos, observándose de manera fija, como si fuese un duelo.

Fiona entreabrió los labios notando que le faltaba el aire.

Luego se colocó un mechón detrás de su oreja y dibujó una media sonrisa.

No sabía por qué lo había dicho. Una parte de ella así lo quería para no tener que complicarle la vida.

Por el contrario, si pensaba en esa posibilidad, su sueño de mantener el castillo y las tierras se esfumarían porque estaba segura de que no tendría otra opción de encontrar un prometido.

James la observaba como si fuese una especie de aparición.

Una ninfa de aquellos parajes agrestes que circundaban el castillo y las tierras del clan Menzies.

No, no quería irse de allí. No podía. Sentía la obligación de compensarla por lo que había hecho por él.

Comenzó a sacudir la cabeza, lo que provocó que ella lo contemplase con el ceño fruncido sin entender nada.

—No, no quiero marcharme.

Ella respiró aliviada al escucharle.

—Bueno, puede quedarse el tiempo que precise para reponerse. No voy a echarlo a la calle, ya se lo dije. —Lo vio cruzar los brazos y apoyarse contra le mesa mientras su manera de mirarla comenzaba a causarle estragos.

—¿Y si no pretendiese marcharme nunca?

—¿Cómo...? ¿De qué...? Pero ¿por qué...? —comenzó a balbucear, fruto de los nervios.

—Veo que no es capaz de formularme una pregunta. En ese caso, se lo repito: ¿y si decidiese quedarme?

—¿Por qué iba a hacer algo semejante?

—Por usted.

—¿Por mí? No lo entiendo.

—Cuando me acogió aquí y me curó, salvando mi vida, le dije que estaba en deuda con usted.

—Es algo que ya he olvidado.

—Yo no. Y por ese motivo insisto en ello. Y, si no me pide algo a cambio de su ayuda, yo se lo ofreceré.

Lo vio entornar la mirada y arquear las cejas de un modo que a ella le provocó un escalofrío. Su cuerpo se estremeció pensando en lo que él parecía querer decirle. Experimentó un ligero pálpito en el pecho.

—¿No estará pensando en lo que hablamos anoche? Porque nunca se lo pediría.

—¿Por qué?

—Porque no es justo ni para usted ni para mí. No pienso hacerlo.

Se mantuvo rotunda en sus explicaciones a pesar de que en el fondo deseaba que él fuese su falso prometido.

—Escuche, si yo aparezco en la velada de los Moncreiffe como su prometido, nada ni nadie podrá quitarle lo que es suyo.

—Pero ¿se da cuenta de lo que me pide? ¿De lo que eso supondría?

—¿Qué importancia tiene? No hace falta que nos comportemos como si en verdad estuviésemos comprometidos.

—Y, llegado el día, ¿se casará conmigo? —Se envaró ante él sin miedo a las consecuencias de su gesto.

Le sostuvo la mirada en un modo desafiante esperando que él se echase atrás dándole la razón.

Era atractivo, serio, amable y caballeroso.

Su mirada le causaba estragos por momentos, y ella se veía obligada a apartarse para no dejarse en evidencia.

Era un peligro del que quería escapar como fuese.

—¿Lo hará usted si se lo pido?

Fiona sacudió la cabeza sin poder creer en nada de lo que estaba sucediendo. ¿Qué clase de locura se había adueñado de él?

—No sabe lo que está haciendo.

—A lo mejor se sorprende. Tendremos que construir una historia creíble a ojos de todos. En especial para su tío.

Ella creía que se iba a caer del mareo que sentía.

—Todo esto es una completa locura, ¿no se da cuenta? ¡Inventar una historia!

James se acercó hasta ella y la sujetó por los brazos obligándola a levantar el rostro hacia él para mirarlo.

—Entonces, es que ambos estamos locos. —Por un instante deseó besarla allí mismo cuando ella le devolvía una mirada llena de intriga y temor a lo desconocido—. ¿Y si es esta locura lo que necesitamos para darnos cuenta de que, a pesar de todo, yo debía acabar aquí?

Ella se apartó unos pasos contemplándolo contrariada por lo que acababa de decir.

—¿Me está diciendo que algo dirigió sus pasos aquí para ayudarme? Creo que delira. A lo mejor se le ha abierto la herida y se le ha infectado. ¿No tendrá fiebre? —Fiona colocó su mano sobre la frente de él, pero no percibió un calor extremo.

—No estoy delirando. No sé lo que me trajo hasta aquí. Pero tal vez la razón sea usted. No se haga más preguntas y comencemos a planificar nuestra historia. Piense en salvar su clan. Usted es la persona que debe protegerlos. Ellos confían en usted.

Fiona se llevó la mano a la boca para ahogar sus carcajadas ante semejante disparate.

Ahora que él había accedido a ayudarla y ser su prometido ficticio, ¿a qué le tenía miedo?

¿A que la gente descubriese que era un engaño o a que ella misma pudiese acabar enamorada del apuesto McLean?

Eso terminaría con su promesa de mantenerse soltera al frente de su clan.