La promesa de un McLean (Rebeliones en Escocia 2) Capítulo 3 #2
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Capítulo 3 #2

—¿Qué ha pasado para que cambie de opinión? Cuando llegué herido y usted me atendió, dijo que me quedaría aquí hasta estar restablecido. Entonces, ¿puedo marcharme ya?

Fiona permanecía callada. La situación parecía complicarse más debido a sus cambios de opinión. Él tenía razón. Le había asegurado que se marcharía cuando estuviese recuperado. Pero eso fue antes de la conversación que había tenido con Amy y con Keira ese día.

—Entiendo que quiera marcharse. No puedo retenerlo aquí.

—¿Qué me dice de su tío?

—¿Qué pasa con él? —Frunció el ceño mirándolo contrariada por esa cuestión.

—Balfour me ha asegurado que no se llevan bien y que incluso, ahora que ha fallecido vuestro padre, podría arrebatarles el castillo y las tierras. ¿Es cierto eso? ¿Las echaría de aquí? —Hizo un gesto con la mano señalando el salón.

Fiona palideció al escucharlo. ¿Le había contado Balfour lo del testamento? La condición que había para que ella se quedase con el castillo. ¿Por qué?

—¿Qué más le ha contado Balfour? —Entornó la mirada temiendo que le hubiese revelado la verdad sobre el tema. Tal vez, sin pretenderlo, el viejo escocés le había allanado el camino para pedirle a James que se quedase haciéndose pasar por su prometido. Aunque fuese una completa locura.

—Que no quiere casarse. Que prefiere seguir soltera al frente del clan. Pero con el asunto de su tío... No lo tengo nada claro, si él está dispuesto a quedarse con todo.

Fiona percibió cierto tono de preocupación en su voz, pero también en la expresión de su rostro. Y, llevado por esta, posó su mano sobre la de ella con suavidad, transmitiéndole una calidez desconocida. Tragó saliva y se volvió a humedecer los labios, fruto de los nervios del momento.

—Así es.

—Pero imagino que habrá algo que pueda hacer para evitarlo.

Ella lo miró con los ojos entrecerrados, estudiando las posibilidades que tenía con él. No perdía nada por arriesgarse a contárselo. Al fin y al cabo, él había sacado el tema. Estaba segura de que se acabaría marchando y el problema sería solo de ella. ¿Qué más daba?

—Encontrar a un hombre que esté dispuesto a casarse conmigo.

James se apartó de ella lo justo para contemplarla con cierta incredulidad. Sacudió la cabeza ante aquella confesión que, sin duda alguna, acababa de paralizarle el pulso. ¿Cómo podía ser cierto algo así? Y entonces cayó en la cuenta.

—¿Necesita un hombre a su lado? ¿Es por eso? Ya se lo comenté cuando nos conocimos. Me extrañaba que usted fuese la jefa del clan. Que no hubiese un marido en el castillo.

—Esa es la única condición para que nuestro tío no nos lo arrebate todo.

—¿La única? ¿No existe otra posibilidad? ¿Me está diciendo que, si no encuentra un pretendiente, lo perderá todo?

—No, no la hay. Y ahora, si me disculpa, creo que debería retirarme a descansar. Este tema me agota, la verdad.

Se levantó del sillón retorciéndose las manos, fruto de los nervios. Le dirigió una última mirada y vio que él también se incorporaba quedándose de pie ante ella, observándola con curiosidad, algo que a Fiona no le sorprendía.

—Lamento escucharle decir esto.

—Yo también lo lamento.

—¿Y qué hará? Resignarse y entregarle todo a su tío.

—Tengo tres meses para encontrar un prometido, o al menos alguien que se haga pasar por tal. —Movió las cejas con toda intención, como si lo estuviese invitando a que diera el paso para que fuese él quien ocupara ese lugar.

—Y, al final, tendrá que casarse con él.

—En efecto, pero el tiempo que estemos prometidos servirá para pensar qué hacer al respecto.

—Un matrimonio no es algo que tomarse a la ligera. Es para toda la vida.

—Entonces, tendré que encontrar a alguien que esté tan loco como yo para llevar a cabo la farsa hasta el final.

—Un matrimonio sin ningún cariño.

—¿Acaso cree que los que se celebran lo son? —respondió con una sonrisa burlona—. Creo que por hoy ya es suficiente. Que descanse, señor McLean.

—Lo mismo le deseo. —James permaneció en el sitio viéndola alejarse y abandonar el salón sin volverse a mirarlo.

Ni él tampoco tuvo la valentía de salir detrás de ella para retenerla.

Pero ¿con qué intenciones?, se preguntó volviéndose a sentar con la mirada ausente, mientras las palabras de ella revoloteaban en su mente.

¿No estarás pensando en ofrecerte como un prometido ficticio?

, le preguntó una voz en su cabeza, como si de un amigo se tratase.

Sería una completa locura. Una majadería, se respondió él mismo.

Fiona se detuvo en el pasillo donde estaba su habitación apoyando la espalda contra el frío muro.

Cerró los ojos y suspiró dejando salir el aire, que se había visto obligada a retener cuando pensó que él aceptaría.

Sí. Durante unos segundos creyó que él se ofrecería como su ficticio prometido para ayudarla.

Algo egoísta por parte de ella pensarlo solo porque le hubiese curado la herida que traía y dado cobijo en el castillo.

No haría algo semejante. Cerró los ojos y permaneció allí parada durante unos segundos en los que soñó con esa posibilidad.

Además, por lo poco que lo había tratado, no se parecía en nada a otros hombres que había conocido.

James MacLean era educado, atento, servicial y atractivo, algo en lo que no había querido detenerse a pensar.

Hacerlo en ese instante le provocó una inesperada subida del calor de su cuerpo, obligándola a refugiarse en sus aposentos por temor a que alguien pudiese verla.

Luego comenzó a pasear por estos como una fiera en una jaula; con una mano sobre su frente mientras se ponía más y más nerviosa.

No podía dejar de pensar en él y en lo que ello le suponía.

Abrió la ventana y se asomó al frío de la noche con el propósito de relajarse.

—No termino de creerme que esté pensando en esa posibilidad. Y que al mismo tiempo una parte de mí quiera que suceda. ¿Por qué? No puede ser cierto que lo esté considerando.

Se apartó del viento nocturno de aquella región y se sentó sobre la cama.

Lo cierto era que, si no encontraba a alguien cuanto antes dispuesto a casarse con ella, lo perderían todo a manos de su tío.

No podía dejar que este se saliese con la suya.

Debía pensar en los demás miembros del clan Menzies.

Solo que... Era una idea descabellada. Con ese pensamiento se dejó caer hacia atrás sobre la cama y se relajó hasta quedarse dormida.