La promesa de un McLean (Rebeliones en Escocia 2) Capítulo 3
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Capítulo 3

—¿E n serio piensa quedarse mucho por aquí? —Balfour miró a James con curiosidad.

—En principio, quiero reponerme de la herida.

—Esos malditos sassenach . Después de la derrota que les hemos infligido en el paso de Killiecrankie nos tocará prepararnos para la respuesta de Londres.

—No queda otra.

—¿Por qué siguió a Claverhouse?

—Porque la gente de las Tierras Altas somos leales a la familia real Estuardo. Es nuestro legítimo monarca y no el que ha impuesto el Parlamento inglés.

—Lo entiendo, pero no sé qué se ha conseguido, salvo ganar una batalla, como dice la gente.

Guillermo de Orange seguirá en el trono y Jacobo en Francia.

Los hombres que han combatido y siguen vivos, como usted, regresarán a sus casas como si nada de esto hubiese sucedido. ¿O piensa tal vez seguir la lucha?

—Al menos se intentó cambiar la situación. Hemos dejado claro a Londres que no queremos un rey impuesto. En cuanto a su otra cuestión, no, no. No me quedan ganas de seguir la lucha.

Balfour se rio y sacudió la cabeza.

—¿Cree que eso le va a importar a Londres?

¿Qué les hayamos ganado una batalla por una mala táctica del general McKay?

No. Si es necesario traerán más soldados para sofocar cualquier rebelión y pacificar el país.

Creo que Claverhouse se precipitó al enfrentarse a Inglaterra.

En fin, venga conmigo para que le enseñe los alrededores del castillo.

—Dígame, ¿cómo es que Fiona no se ha casado? Me refiero a que cómo es posible que no haya un hombre dirigiendo el clan.

—Podría haberlo.

—¿En serio?

—Me refiero a su tío Mordacai.

—¿Y qué inconveniente hay para que no lo sea?

Balfour sonrió.

—Las muchachas no quieren ni verlo. Es ambicioso, ladino, capaz de lo peor para lograr sus fines. Estaría dispuesto a arrebatarles el castillo y a echarlas. Fui testigo de las continuas disputas entre los dos hermanos. Y ahora que el padre de ellas ha fallecido...

—Tal vez debería buscarse un esposo que la proteja de ese tío suyo.

—Pues vaya a verla y dígaselo usted. Y después regrese a contarme su respuesta. —Hizo un gesto con la mano en dirección al castillo y sonreía—. Lo que quiere es quedarse sola al frente del clan. Dedicarse en cuerpo y alma a este. Dígame, ¿está usted casado o comprometido con alguna lugareña?

—No. No me he preocupado por buscarme una esposa. Son tiempos complicados los que nos tocan vivir.

—¿Lo dice por la pequeña rebelión de Claverhouse? No se preocupe, que ya ha sido sofocada.

—Pero no descarto que pueda repetirse en algún otro momento. Y, la verdad, no me gustaría que mi mujer se quedase viuda, como le ha sucedido a la marquesa de Montrose.

—Cierto, la pobre Jane se quedará sola al frente del clan Graham de su fallecido esposo.

—¿Lo ve? A eso mismo me refiero.

—Pero en algún momento tendrá que casarse, independientemente de si hay guerras o no. Cuando sea el jefe de los McLean, ¿no?

—Para eso confío en que quede mucho tiempo.

—Entonces, ¿no tiene ninguna muchacha a la vista que le pueda interesar?

—¿No estará pensando emparejarme con Fiona? Después de lo que me ha contado de ella...

—Descuide. Ya le he dicho que no quiere casarse. No le gusta que se le mencione si quiera.

—Antes hemos estado charlando de ello y no pareció que se sintiese a disgusto con el tema.

—Entonces, es porque usted le cae bien, McLean. O porque es su invitado y no querrá que queden a mal el tiempo que permanezca en las tierras del clan Menzies.

James sonrió escuchando las explicaciones del viejo Balfour y de paso pensaba en la joven Menzies. Era bonita, atenta y muy entregada a la causa siendo la dueña del castillo. Y le había sorprendido no encontrarla casada, pero ya le había contado el viejo escocés que no era lo que ella quería.

—Estoy en deuda con ella por salvar mi vida. Le he pedido que me diga cómo quiere que la compense.

—¿Y qué le ha dicho? —Balfour entrecerró los ojos mirándolo con inusitada expectación.

—De momento no me ha pedido nada.

—Lo imaginaba.

—Pero no quiero aprovecharme de la situación y pasar aquí unos días sin darle nada a cambio. No lo veo justo.

—Bueno, no se preocupe. Tal vez, con el paso de los días, ella le pida algún favor. No desespere. Aunque ya le advierto de que la joven Fiona Menzies es un caso aparte.

—Ya me he dado cuenta en lo poco que la he tratado.

—Ella es así. Todavía estoy por ver si alguien consigue hacerla cambiar de opinión —sonrió el viejo Balfour—. Sería capaz de esgrimir una claymore ante esa persona para hacerla desistir. Véngase conmigo a echar un vistazo a los animales. De ese modo, se sentirá algo mejor haciendo algo por ella.

James asintió sin decir más y siguió pensando en la joven Menzies.

***

Fiona estaba sentada en el salón delante del fuego.

Su mirada permanecía fija en las llamas danzarinas.

Escuchar el crepitar de la madera la mantenía relajada.

Había conseguido dejar su mente en blanco por fin, después de estar todo el maldito día dándole vueltas y más vueltas al tema que la atormentaba.

El funesto testamento. ¿Cómo iba a hacer para no perderlo todo?

¿Y por qué diablos su padre le había hecho eso?

Cerró los ojos inclinándose hacia delante apoyando la cabeza en sus manos.

Mantuvo esa postura tratando de olvidarse de todo ajena a que James MacLean la contemplaba desde la entrada.

Él se detuvo cuando percibió su presencia.

No quiso interrumpirla, pues le parecía que estaba pensando en algo; o tal vez descansando.

Sin embargo, decidió quedarse un rato más admirando su belleza.

Se había soltado el pelo, dejándolo caer sobre la espalda y los hombros, ocultando su rostro con una tupida cortina de rizos.

Se fijó en la manera en la que la tela del vestido se ceñía a su cuerpo de una forma insinuante.

Sonrió tímido pensando en esto cuando ella se recogió el cabello y volvió la cabeza en su dirección, como si presintiese que él la estaba mirando.

Se sintió turbada al darse cuenta de que la estaba contemplando ensimismado. El calor que sentía por todo el cuerpo debido al fuego del hogar provocó que su rostro enrojeciese. Se incorporó del sillón con las manos entrelazadas y se quedó observándolo.

—No sabía que estaba usted ahí.

—No quise interrumpir sus pensamientos. Por ese motivo permanecía callado. Estaba usted pensativa e incluso preocupada, me atrevería a decirle. ¿Va todo bien? Ya sé que soy un intruso recién llegado y...

—Invitado —lo corrigió de inmediato.

—¿Cómo dice?

—Usted no es un intruso. Es nuestro invitado en el castillo.

—Le agradezco su aclaración. Como le decía, no tengo la confianza necesaria para preguntarle qué es lo que le pasa.

—Las esperadas preocupaciones que conlleva ser la autoridad del clan Menzies.

James asintió sin apartar la mirada de ella. Le daba la impresión de que estaba nerviosa.

—Creo que debería dejarla sola con sus devaneos.

—No, no se marche todavía —le pidió extendiendo su brazo como si pretendiese detenerlo. Luego le indicó el otro sillón para que se sentase.

—En ese caso... —Aceptó su invitación y ocupó el que quedaba frente al fuego, sin perder detalle de cada uno de los gestos de ella.

—¿Qué tal le ha ido el día? Solo lo he visto un momento en la cena. Supongo que Balfour lo ha tenido ocupado.

—Sí, podría decirse que el día ha sido muy provechoso gracias a Balfour.

—¿Cómo tiene la herida? ¿Le duele o le ha sangrado?

James sonrió bajando la mirada hacia el costado.

—La verdad es que no me he dado ni cuenta. Supongo que se irá cerrando con el paso de los días.

—Solo procure no hacer ningún movimiento brusco ni cargar con peso. O se le terminará por abrir.

—No me gustaría darle más trabajo del que ya tiene. Dígame, ¿se marcharon muchos siguiendo a Claverhouse?

La pregunta de él la dejó confusa. Se echó un poco hacia atrás sacudiendo la cabeza con el ceño fruncido.

—Un puñado de hombres desobedecieron mis órdenes, como le dije.

Algunos jóvenes y los que todavía podía manejar un arma.

Se marcharon al amanecer, sin que yo los viera ni los pudiese detener —le contó sintiendo todavía la rabia de aquel día cuando lo descubrió—.

Por el momento no ha regresado ninguno. Y mejor que no lo hagan...

—¿Por qué piensa que la desobedecieron?

—Por ser mujer —le respondió con claridad y determinación. Sin pensarlo si quiera.

—Parece muy segura de lo que dice.

—Lo estoy. No me cabe duda alguna de ello. Se marcharon los que no parecían estar dispuestos a que una mujer les diera órdenes.

—Pues, por lo que le he visto hacer, me parece que lo tiene todo controlado.

Ella sonrió y experimentó calor en las mejillas.

—Se lo agradezco. —Desvió la mirada del rostro de él hacia el fuego durante unos segundos. Su proximidad o su manera de mirarla parecían afectarle—. ¿Tan cruenta fue la batalla?

James percibió la inquietud en el tono de sus palabras. Volvió el rostro para fijarlo en él. Y se quedó prendido en el brillo hipnótico de sus ojos.

—Lo fue. Créame. Todavía no sé cómo logré salir con vida de allí.

—No había llegado su hora.

Sonrió ante aquel comentario.

—Sí. Eso debió ser. No era mi momento. Pero, dejando la batalla a un lado, dígame, ¿ha pensado en algo con lo que pueda compensarla? He estado echando una mano a Balfour, pero siento que no lo bastante después de lo que usted ha hecho por mí.

Fiona se humedeció los labios y apartó la vista hacia las llamas danzarinas. No podía mirarlo y que por su mente se pasase aquella alocada idea. Se limitó a sacudir la cabeza.

—No... Yo... No hace falta que...

—Insisto. A los MacLean nos gusta corresponder a aquellos que se portan bien con nosotros. Por eso se lo digo. No quiero marcharme y estar deuda con usted.

—Puede marcharse de regreso a su casa cuando lo considere oportuno —se lo dijo pensando en que, cuanto más tiempo pasase allí, más complicado se le haría despedirlo. Podría llegar a acostumbrarse a su presencia en el castillo. E incluso plantearle la cuestión del testamento.