Capítulo 2
J ames decidió salir del castillo a dar un paseo.
De ese modo conocería el lugar donde se encontraba.
Había escuchado hablar del clan Menzies, pero no pensó que tuviese semejante sitio para vivir.
El castillo era inmenso con sus tres plantas y su buhardilla.
El interior era amplio y muy bien amueblado.
El salón contaba con una gran chimenea en la que ardía un generoso fuego.
Una mesa larga en color oscuro y media docena de sillas.
Algún tapiz, espadas y demás armas. Suponía que eran del padre de los tres chicos.
No había subido a la planta superior todavía, pero intuía que sería tan grande como lo que ya había visto.
Y, con respecto a sus habitantes, la mujer que estaba al frente del clan le parecía fuerte, responsable y dispuesta a ayudarlo en todo momento.
Firme en cuanto a sus órdenes para que no se marchase de allí.
Sin duda, ser la máxima autoridad del clan tenía sus responsabilidades. Por ese motivo no la había visto.
Fiona, por su parte, andaba buscando a James, pero no lo encontró descansando en el salón, donde lo había dejado con Callum.
No creía que se le hubiese ocurrido marcharse después de su última conversación.
Aunque él asegurase que su herida no era peligrosa, ella le había pedido que se quedase un tiempo.
El que hiciese falta para que se repusiera del todo.
Y de paso permitiría que los ánimos se calmasen y que los ingleses dejasen de buscar a los jacobitas prófugos.
Pensar en la estancia de él la distrajo de la situación personal que atravesaba hasta que recordó la mirada de Callum cuando James le pidió que pensase en la manera de compensar lo que estaba haciendo por él.
¿Cómo podía si quiera imaginar su hermano semejante locura?
No sabían si él estaba casado o prometido con alguna joven de las tierras donde residían los McLean.
Sacudió la cabeza olvidando el tema y prosiguió su particular búsqueda de James McLean.
Iba pensando en ello cuando, al levantar la mirada del suelo, se lo encontró en la biblioteca.
Él permanecía de pie frente a una estantería contemplando algunos libros.
Era la primera vez que ella podía fijarse bien en él.
Porque cuando lo atendió estaba más centrada en curarle la herida que en su aspecto.
Tenía una complexión fuerte, el pelo de color castaño y algo enmarañado, un mentón robusto y bien delineado.
Vestido con el kilt de los Menzies y la camisa que le había entregado.
Sin duda, era de su talla, ya que le quedaba perfecto.
Se humedeció los labios y caminó hacia él con paso algo dubitativo. Tenía la ventaja de que sus pisadas quedaban amortiguadas por la alfombra, lo cual evitaría que él volviese el rostro hacia ella sin previo aviso.
—¿Ve algo que le interese?
Se quedó contemplándola con una calidez y una curiosidad desconocida en él por aquella mujer. Allí estaba la señora del castillo observándolo con las cejas que formaban un arco sobre su frente. Se mordía los labios y mantenía los brazos cruzados sobre el pecho a modo de barrera entre ellos.
—Estaba recorriendo el castillo y me llamó la atención la biblioteca.
—Si le interesa algún ejemplar puede cogerlo. Leer le vendría bien para su descanso. Evitaría que se estuviese moviendo por todas partes.
—No se preocupe. No voy a hacer ningún esfuerzo que ponga en riesgo la herida y su trabajo —le aseguró con la mirada entornada en su dirección y una media sonrisa cautivadora a ojos de ella.
—Le estaba buscando para indicarle cuál será su habitación. Si le viene bien.
—Soy todo suyo.
Aquel comentario hizo que Fiona sintiese cómo la temperatura de su cuerpo se elevaba unas décimas hasta encender su rostro.
Aquel gesto de él y su espontánea reacción la hicieron volver a pensar en su situación personal.
Pero, al momento, la desterró de su mente.
¿Qué tipo de locura se apoderaba de ella para fijarse en él de aquella forma?
No se le podía ocurrir considerarlo como un posible pretendiente.
No debería dejarse llevar ni por los comentarios ni los gestos de Callum.
—En ese caso, venga conmigo.
—¿Le importa que le pregunte por su clan?
—No, claro. ¿Quiere saber algo en particular?
—Me basta con saber cuánta gente lo forma. Creo haberla escuchado decir antes que los hombres no siguieron a Claverhouse...
—Eso es. No somos muchos los que habitamos en el castillo. Los demás lo hacen en las inmediaciones. Hay algunas casas un poco más allá.
—¿Por qué impidió que sus hombres acudiesen a la llamada de este para combatir a los ingleses? ¿Cree usted que la decisión de Londres al sustituir a Jacobo Estuardo por su yerno Guillermo es lo adecuado?
—No lo sé. Solo sé que no quería que los hombres en edad de combatir de mi clan se largaran a una lucha estéril. Y eso que algunos lo hicieron, como me enteré al día siguiente. Se marcharon de madrugada desobedeciendo mi orden —le refirió molesta, como era de esperar.
—Sabía de antemano que los jacobitas perderíamos...
—Era de suponer —le rebatió con ironía, segura de sus palabras.
—¿Por qué lo dice? —Ella había despertado el interés en él, sorprendido por su determinación.
—Porque esa idea surgió de un único hombre que atrajo a su causa a los más descontentos con Londres.
No consiguió organizar a todos los clanes escoceses bajo una única bandera, un único propósito.
Los ingleses se aprovecharon de nuestra debilidad.
De nuestra falta de unión. Los clanes de las tierras bajas, cercanos a la frontera simpatizan más con los ingleses.
Y, por otra parte, ¿qué clan estaría dispuesto a dirigir a los demás sabiendo las diferencias que existen entre todos?
—Se quedó contemplándolo después de la explicación que acababa de darle como si esperase algún gesto por su parte.
Hablar de la situación que atravesaba la nación le hacía no pensar en aquel apuesto McLean como lo que no podía ser.
—Es usted un ejemplo de fuerza y determinación.
—¿Por qué lo dice? —Entrecerró sus ojos, intrigada, sin apartar su atención de él.
—Por sus convicciones políticas para este país.
Y, además, dirige usted sola a su clan. Entiendo que no está casada, salvo que él esté fuera, porque no he visto a ningún hombre, excepto a su hermano y al que me ayudó a llegar hasta aquí —matizó planteándose esa posibilidad.
Pero entonces la vio negar con la cabeza.
—No estoy casada. Y sí, dirijo el castillo con la ayuda de los demás que habitan aquí.
—Por un momento se le pasó la posibilidad de contarle cuál era su situación aprovechando su comentario acerca de la existencia de un posible esposo.
Contarle por qué no se había casado, pero que en tres meses debería estarlo si quería seguir viviendo allí.
—No me ha quedado duda pese al poco tiempo que llevo en este.
—No he necesitado a un hombre, hasta ahora. ¿Qué me dice de usted?
—¿De mí? —James sonrió divertido y la herida le tiró, obligándolo a detenerse. Torció el gesto aguantando el ligero dolor.
—¿Le duele? —Había preocupación en el tono de sus palabras y en cómo fruncía el ceño.
—Solo si me río.
—En ese caso procure no hacerlo.
—Pues no me haga preguntas de ese tipo. —La observó cambiar el gesto, como si aquel comentario le hubiese parecido ofensivo, lo que llevó a James a explicarse—.
No me río de usted, sino de su cuestión.
No, no estoy casado. Ni hay una prometida que esté esperando mi vuelta al hogar de los McLean.
No me queda mucho tiempo para andar buscando una.
Ella asintió.
—Esta es su habitación. —Le abrió la puerta para que entrase en una amplia e iluminada estancia cuya ventana daba al camino por el que había llegado al castillo.
No era nada ostentosa, sino más bien sencilla y amueblada de manera funcional. El hogar estaba encendido y el calor que desprendía servía para hacer el lugar más agradable. La ventana daba a los jardines que él todavía no había visitado.
—Espero que se encuentre cómodo entre nosotros.
La voz de ella, o más bien su tono pausado y en cierto modo lleno de esperanza, obligó a James a girarse. La contempló mientras se preguntaba qué era lo que la inquietaba. Porque la notaba algo nerviosa cuando estaba con él.
—Se lo agradezco. Estaré bien, descuide. Pero insisto en que podría marcharme de aquí y evitar que usted y los miembros del clan pudiesen tener problemas con los soldados ingleses del general McKay. No olvide lo que le advertí: andan en busca y captura de supervivientes de la batalla.
—Y yo le repito lo que le dije cuando llegó: quédese tranquilo. No vamos a entregarlo a los ingleses. Desde este momento, usted no ha combatido en el paso de Killiecrankie —sonrió con ironía al dirigirse a él—. Es usted un invitado del clan Menzies.
—En ese caso, no tengo más que decirle, salvo que me indique en qué puedo serle útil. No me gusta estar de más. Sobre todo en un sitio donde estoy invitado —entornó la mirada con los brazos extendidos a ambos lados y las palmas de las manos abiertas.
Ella no pudo volver a pensar en la alocada idea que había cruzado su mente. Sacudió la cabeza y desechó contárselo.
—Hable con Balfour. Es el encargado del mantenimiento del castillo. Tal vez él necesite ayuda.
—En ese caso, iré a buscarlo.
—Pero le recuerdo que está herido. Procure que no se le abra —hizo un gesto con la cabeza en dirección al costado de él.
James pasó al lado de ella, rozándola de manera leve, e intentó no quedarse mirándola de manera fija y curiosa. Pero algo lo empujó a hacerlo.