La promesa de un McLean (Rebeliones en Escocia 2) Capítulo 1 #3
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Capítulo 1 #3

—Que podría volver a abrirse en cualquier momento. Además, si, como dice, los ingleses andan patrullando la región en busca de rebeldes jacobitas, en su estado no tardarían en apresarlo.

—Mi hermana tiene razón. No debe abandonar el castillo —le sugirió Keira, consciente de que así debía ser. Miró a Callum y ambos parecieron tener el mismo pensamiento cuando se fijaron en James y en su hermana.

—Es lo que hará, dado que se encuentra en mi casa —dijo Fiona con autoridad—. El jefe del clan debe velar por todos sus miembros.

—Pero... ¿es usted el jefe de los Menzies? —James se mostró contrariado por aquella información—. ¿Y su padre? ¿Su marido?

—Nuestros padres fallecieron —dijo mirando a Keira y a Callum—. Y no tengo marido.

—Entonces... ¿Es usted la máxima autoridad en este lugar?

—Así es. Y como tal le pido que se quede el tiempo que precise hasta que cicatrice la herida.

Y ahora será mejor que le busquemos una camisa nueva.

—No podía dejar de contemplar el torso de él y sentirse algo nerviosa—.

Más tarde se instalará en una de las habitaciones libres.

Procure no moverse demasiado —le advirtió al verlo incorporarse.

—No se preocupe; seguiré sus órdenes, jefa de los Menzies —inclinó la cabeza de manera respetuosa y sonrió. Aunque debió volver a sentarse al darse cuenta de que todo le daba vueltas.

—Se lo dije. No se incorpore —sonrió con picardía y decidió retirarse, pero se giró en el último momento—. No deje que mi hermano lo atosigue con lo sucedido en el paso de Killiecrankie.

—Descuide —le dijo devolviéndole la sonrisa—. ¿No acudieron a la llamada de Claverhouse?

—No. Los hombres del clan Menzies permanecieron aquí excepto aquellos que desacataron mis órdenes y se marcharon —le respondió con determinación, dejando claro que ella había sido la que había dado orden de no hacerlo.

No eran demasiados y enviar a la muerte a unos pocos complicaría la vida de los que se quedasen.

Sin embargo, un puñado de hombres se habían ido sin su permiso.

Fiona salió del salón en compañía de Amy y de Balfour.

—Deberemos tener cuidado si se presentan soldados —le advirtió este.

—Lo sé. Pero no podemos dejar que se marche en su estado.

Además, nuestros hombres no combatieron por Jacobo Estuardo, lo cual no nos creará problemas.

Dejaremos que se quede hasta que considere que ya está recuperado para regresar a su casa.

Voy a buscarle una camisa y algo de ropa.

Hay que quemar la suya para borrar cualquier rastro —dijo Fiona segura de lo que iba a hacer.

Amy y Balfour se quedaron solos. Y al parecer ninguno se atrevía a decir nada.

—Ella es la que manda ahora —dijo él cruzando los brazos sobre su amplio pecho.

—La señora tiene toda la razón. No podemos echarlo a la calle como si fuese un pordiosero. No es propio de este clan hacerlo. E incluso vendrá bien a este sitio tener a alguien joven como él. —La mujer asintió y se giró alejándose de Balfour.

Por el camino se cruzó con Fiona, que llevaba una camisa de hilo y un kilt con el tartán del clan Menzies.

—¿Es para él?

—Sí, claro.

—Has actuado como lo haría tu padre. Mostrándote firme y serena para que el MacLean no se marche de aquí.

—Sí, bueno... Creo que era mi deber como jefa del clan y señora del castillo.

—Le comentaba a Balfour que su presencia le hará bien a este lugar.

Fiona experimentó un ligero sobresalto al escuchar a Amy. ¿Qué querría decir con ello?

—Si tú lo dices. Voy a darle la ropa para que se la ponga. Solo faltaría que se quedase frío.

No quería pensar en el significado del comentario de Amy.

Solo en que MacLean se repusiese y pudiese regresar a su hogar.

Suponía que él querría hacerlo cuanto antes.

Aunque al regresar al salón no esperaba encontrárselo charlando con Callum como si fuesen amigos de toda la vida.

Experimentó un revuelo en el pecho que la hizo detenerse y observarlos.

Le llamó la atención el trato cordial para con su hermano pequeño.

No le importaba responder a todas sus preguntas, y eso que Callum podía llegar a ser bastante pesado cuando se lo proponía.

Decidió dejar de espiarlos y entrar en el salón.

—Siento interrumpir la conversación, que seguro que es muy interesante.

—James me estaba contando lo sucedido en Killiecrankie.

—Deberías dejarlo en paz. Necesita descansar.

Tenga una camisa. Espero que sea de su talla.

Y un kilt de nuestro clan —le refirió entregándole las prendas sin apartar la mirada de sus ojos y evitar fijarla en su torso desnudo—.

Quemaremos sus ropas. De ese modo borraremos todo rastro suyo.

Espero que no le importe vestir nuestros colores.

—Ni lo más mínimo. Gracias.

—¿Le duele?

James bajó la mirada hacia el vendaje y asintió.

—No. Ha hecho un buen trabajo para no ser usted una doctora.

—Procure descansar y no moverse demasiado o la herida se le abrirá.

—Gracias de nuevo por todo lo que están haciendo por mí. Prometo marcharme en cuanto la herida esté cerrada. No quiero causarles problemas.

—No.

—¿Disculpe? ¿Qué quiere decir?

—Que no es una molestia. Ni causa problemas. Y que puede quedarse el tiempo que precise.

—En todo caso, prometo marcharme en unos días. Me gustaría agradecérselo de alguna manera, pero... no tengo nada aquí con lo que pagarle. Claro que podría hacerlo si regreso a casa de mi familia y después vuelvo a cumplir con ello.

—No es necesario.

—Entonces, les echaré una mano aquí en el castillo hasta que mi deuda quede saldada, si le parece acertado. Usted es quien manda aquí.

Ella se humedeció los labios y se colocó el pelo detrás de la oreja. Se sentía nerviosa en su presencia de una manera que no lograba entender. Estaba dispuesto a ayudar allí y a pagar el hecho de que lo hubiesen atendido y le ofreciesen cobijo.

—Le repito que no hace falta...

—Y yo insisto en ello. De manera que piense en alguna forma en la que pueda devolverles lo que están haciendo por mí. Solo tiene que decírmelo.

Callum miró a su hermana y sonrió con ironía porque sin duda acababa de ocurrírsele la manera de cobrarle el favor. Y ella parecía haberlo entendido, porque al momento palideció. Apretó los labios y asintió.

—Deje que lo piense. De momento, es mejor que descanse. Si me disculpa.

—Claro. Ha de atender el castillo.

Ella abandonó el salón hecha un manojo de nervios cuando se le pasó por la cabeza lo que su hermano acababa de sugerirle con una sola mirada.

¿Cómo podía ser tan insensato de pensar semejante locura?

Decidió centrarse en los quehaceres del castillo para no pensar en esa proposición ni un minuto más.