La promesa de su corazón (Dulces corazones de Sweet Creek nº 2) CAPÍTULO 18 #2
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CAPÍTULO 18 #2

—Hola, Nadine —murmuró mientras parpadeaba y se incorporaba, sin soltarle la mano. Sonrió adormilado—. Ven aquí —dijo con la voz ronca por el sueño, y se levantó del asiento para atraerla hacia él.

La sorpresa la hizo perder el equilibrio cuando él la atrajo hacia sí. Los brazos de Clint la rodearon, su barbilla descansó sobre la cabeza de ella, y Nadine sintió el pecho de él subir y bajar en un suspiro prolongado.

Pensó que estaría enfadado, pero no parecía molesto.

—No digas nada —murmuró, estrechándola contra sí mientras le rozaba el cabello con la barbilla—. Me gusta más este sueño.

«Tienes que irte», se dijo Nadine, mientras atesoraba la sensación de aquellos brazos que la sostenían, de verse envuelta en su calidez. «No puedes quedarte aquí, esto no está bien», pensó. Él todavía está soñando.

En cambio, cerró los ojos y se permitió aquel único momento de deseos cumplidos, aquel breve sabor de lo que podría haber sido.

Dejó que su mano se deslizara alrededor del cuello de él, permitió que sus dedos le tocaran el cabello mientras por fin se relajaba en su abrazo.

Se sentía tan segura, tan aceptada y tan apreciada por ser simplemente ella misma.

Lo amaba.

Las palabras empezaron siendo un pequeño pensamiento, pero luego, mientras cerraba los ojos, fueron creciendo hasta estar tan cerca de sus labios que tuvo que pronunciarlas.

—Te quiero —susurró con una voz tan suave que ni siquiera estaba segura de haberlo dicho en voz alta.

Tragó saliva para deshacer el nudo de la garganta y luego, apartando la cabeza, se zafó de su abrazo y se quedó de pie frente a él.

La mano de él aún sostenía la suya. Desconcertada, se giró y lo encontró observándola con ojos alertas, sin rastro de sueño que nublara su mirada penetrante.

Nerviosa, volvió a tirar de la mano, pero Clint la retuvo con firmeza.

—¿Qué está pasando, Nadine? —preguntó él.

Ella solo pudo mirarlo, consciente de lo que acababa de hacer.

—Lo siento —susurró por fin.

—¿Por qué?

Su pregunta quedó suspendida en el aire, resonando en el silencio del despacho.

—Por todo —dijo, bajando la mirada hacia sus manos entrelazadas, sin querer soltar la suya al darse cuenta de que él había estado completamente despierto cuando la había estrechado así unos momentos antes—.

Por dejarte plantado anoche, por no haber sido sincera contigo, por escribir el artículo sobre Skyline...

Se detuvo, incapaz de decir más.

La mano de él le levantó la barbilla, sosteniéndosela. Sus ojos se encontraron con los de ella; su boca se curvó en una media sonrisa.

—No has hecho nada por lo que debas disculparte.

Se acercó más y, sin previo aviso, se inclinó y la besó.

Nadine se inclinó hacia él, y su mano subió hasta apoyarse en la camisa arrugada, como para sostenerse. Entonces los brazos de él volvieron a rodearla, su boca sobre la de ella.

No tenía sentido.

Tenía todo el sentido.

Nadine se dejó llevar a un lugar que nunca había imaginado que sería suyo.

Un lugar donde mente, corazón y espíritu se fundían en uno, un lugar de rendición y fuerza, de paz y tumulto; los brazos de Clint la rodeaban, el cuerpo de él calentaba el suyo y su boca acariciaba la de ella.

Nadine le devolvió los besos, aferrándose a él.

Cuando él terminó el beso y volvió a acomodarle la cabeza bajo su barbilla, ella no se atrevió a pensar qué podría significar todo aquello.

Permanecieron en silencio, como si ambos necesitaran absorber el momento.

Por fin, Nadine se apartó y lo miró.

—Sé que viste lo que escribí anoche. Quiero que sepas que no voy a publicar el artículo.

Clint frunció el ceño, como desconcertado por lo que acababa de decir.

—Lo escribí después de recibir la nota de Chantelle —Nadine bajó la mirada y jugueteó con el puño de la túnica—. Estaba alterada. Por fin teníamos respuesta a todas esas preguntas sobre mi padre.

Miró a Clint, rogando que la entendiera.

—Descubrí cómo murió, qué pasó...

Una ola de tristeza la invadió al recordar lo que Gordon había escrito sobre los gritos de su padre. Las palabras se le atragantaron, y una vez más se encontró en los brazos de Clint. Lágrimas calientes brotaron de sus ojos y le rodaron por las mejillas.

—Tranquila, Nadine. No pasa nada por llorar —murmuró mientras la abrazaba—. Leí la carta que adjuntaste al correo. Fue horrible.

Nadine asintió. Respiró hondo mientras las lágrimas remitían. —Lo siento. Últimamente no hago más que llorar cuando estoy contigo —dijo con una risa temblorosa.

—No pasa nada —dijo con suavidad, con la mano en el hombro de ella. Inclinó la cabeza y se lo apretó—. Quiero que sepas, Nadine, que creo que deberías publicar el artículo sobre tu padre.

—¿De qué hablas? Creía que Matthew había dicho que Skyline estaba amenazando al periódico con una demanda.

—De momento solo son las amenazas de siempre —Clint recorrió con el dedo el rastro de una lágrima por la mejilla de Nadine, siguiendo el camino con la mirada—.

Mentiría si dijera que no me preocupa, pero tu batalla con Skyline me ha mostrado algo importante, me ha recordado por qué entré en este negocio: para publicar la verdad, para exponer la maldad y la corrupción —esbozó una sonrisa irónica mientras le apartaba el pelo de la cara y se lo colocaba detrás de la oreja—.

He aprendido de ti en todo esto. Me has enseñado cómo debe un hijo querer a sus padres, y lo fuerte que puede ser el amor. Yo nunca quise así a los míos.

—Por favor —suplicó, negando con la cabeza—. No me pongas de ejemplo de amor filial. Mi madre y yo tuvimos una relación completamente distinta.

—Puede ser, pero hiciste por ella lo mismo que por tu padre. Te sacrificaste. Una carrera, un matrimonio...

—Romper mi compromiso con Jack no fue ningún sacrificio —lo interrumpió.

—Me alegra oírlo —jugueteó con un mechón de su pelo, y el roce casual le provocó a ella un delicado escalofrío—.

Siempre has sido alguien que se mantiene fiel a sus creencias.

Tu fe en Dios y tu fortaleza siempre han sido un ejemplo para mí.

Muchas veces he deseado tener esa misma fuerza, esa misma capacidad de afrontar los problemas sin rodeos.

Nadine sintió vergüenza mientras él hablaba. La estaba pintando mucho mejor de lo que era. —Por favor, Clint. No soy así. Luché muchas veces con Dios por la enfermedad de mi madre. Cuando murió, sentí alivio y tuve que pedirle a Dios que me perdonara también por eso.

—Eso no importa, Nadine —dijo él—. Tienes una belleza, una fortaleza de carácter, una fe profunda —continuó, con la mirada fija en las manos que seguían jugueteando con su pelo—.

No eres de esas personas a las que se puede conocer en una noche, ni en una semana, ni siquiera en un mes.

Siempre me intrigaste y me asustaste a partes iguales.

Sus palabras despertaron un leve estremecimiento en lo más profundo de su ser.

—Creo que siempre te he querido. Sé que es así —se corrigió—. No sé exactamente cómo decir esto, salvo con total sinceridad —su mano se detuvo sobre el hombro de ella, y con el dedo le acarició el cuello—. Yo también te quiero, Nadine.

Vio moverse sus labios, oyó las palabras mientras se posaban en ese rincón vacío y solitario de su corazón que había mantenido cerrado durante tanto tiempo. Como en trance, negó despacio con la cabeza. —¿Qué has dicho?

—Que te quiero.

Nadine cerró los ojos, como si quisiera retener las palabras en su mente.

Resonaron y retumbaron, ahogando tantas otras vocecitas que había guardado: voces de amigas de sus hermanas, de antiguos novios.

Voces que la habían humillado y herido, a veces sin querer.

Volvió a abrir los ojos y entonces, sorprendida de su propia audacia, alargó la mano y atrajo la cabeza de Clint hacia la suya.

Sus labios se encontraron, buscándose al principio, luego moviéndose más despacio mientras el dolor se aliviaba y la soledad se colmaba. Al fin, Nadine se apartó, con el corazón tan lleno como cuando sintió por primera vez el amor de Dios.

—Yo también te quiero, Clint. Te he querido durante años —dijo con sencillez, con las manos apoyadas en los hombros de él y las de él entrelazadas tras su cintura.

Él respiró hondo, como si hubiera estado conteniendo el aliento desde que se declaró. —Entonces, ¿eso significa que si te pido que te cases conmigo dirás que sí?

—Es muy probable —respondió ella.

Él volvió a estrecharla, y mientras ella se recostaba contra su pecho, dejó que sus brazos lo rodearan, disfrutando de su firmeza.

—Funcionó, ¿sabes? —dijo en voz baja, con la mejilla apoyada en su camisa.

—¿A qué te refieres?

—A mi vida —Nadine levantó la cabeza para mirarlo—. Parecía tan desorganizada, como si todo lo que empezaba acabara tomando un rumbo distinto. Pero Dios cogió todas esas piezas dispersas e hizo que encajaran.

Clint le sonrió. —Y ahora espero que tu vida pueda formar parte de la mía. Sé que no podemos esperar una vida sin problemas, pero aun así elijo el tipo de matrimonio que tuvieron tus padres, con su fe y su amor. Construyeron sobre cimientos sólidos, y rezo por que nosotros también lo hagamos.

Mientras Nadine le devolvía la sonrisa, elevó una oración de agradecimiento.

Y entonces se puso de puntillas y besó a su hombre. Se apartó y le sonrió.

—Solo me queda una cosa por hacer —dijo Nadine—. No me gusta pedírtelo, pero voy a necesitar tu ayuda.

Clint asintió. —Vale. Suena interesante, pero estoy dispuesto a acompañarte.

—Es ir a mi apartamento. Tengo que hablar con la abuela.