La promesa de su corazón (Dulces corazones de Sweet Creek nº 2) CAPÍTULO 18
91%

CAPÍTULO 18

Clint se frotó los ojos, agotado. Aquel día había sido uno de los más largos de su vida.

Durante todo el camino de vuelta desde Cranbrook, había estado feliz e ilusionado, deseando ver a Nadine.

Cuando llegó al apartamento de ella y no la encontró, se quedó charlando con la Abuela.

Hasta que Allison llamó preguntando por qué Nadine estaba en el gimnasio.

Él también se lo preguntaba, pero pensó que iría a buscarla allí.

Fue entonces cuando una mujer llamada Chantelle lo interceptó y descubrió exactamente lo que Nadine se traía entre manos.

Suspiró y releyó el correo electrónico de su abogado. Skyline aún no había presentado nada, pero sus abogados seguían con las amenazas.

No sabía si ignorar la amenaza o preocuparse. El informe del contable y la carta de Matthew abordaban aspectos distintos del negocio, pero ambos decían lo mismo: una batalla prolongada con Skyline dejaría al periódico tan en números rojos que Clint se arriesgaba a perderlo todo.

Clint dejó caer la cabeza contra el respaldo de la silla.

A juzgar por el tono del correo que acababa de leer, Nadine estaba decidida a llevar a Skyline ante la justicia, sin importarle los deseos ni las necesidades de él.

Creía haberle dejado claras las consecuencias para el periódico, haberle dado razones suficientes para dar marcha atrás. Pero no había bastado.

«¿Creíste que estaba tan enamorada de ti que renunciaría a una batalla de seis años solo porque se lo pediste?».

¿Qué podía significar él para ella después de haber pasado juntos solo unas cuantas noches? Nadine había dejado claro lo que pensaba de él desde el primer momento en que se conocieron.

No podía haber imaginado la manera en que ella lo miraba cuando compartían una comida, cómo parecía recostarse contra él cuando iba a su oficina. Recordaba con demasiada claridad cómo ella se había dejado abrazar aquella noche en el coche. Su reacción tenía que ser algo más que gratitud.

Las reuniones de esa semana no podían haber caído en peor momento. ¡Cuánto había deseado quedarse y reforzar el frágil vínculo que había comenzado la noche anterior! Él y Nadine no habían tenido oportunidad de consolidar su relación, si es que tenían una.

Clint se levantó, se quitó la corbata, la arrojó a un rincón y se remangó.

Con las manos en los bolsillos, caminó hacia la ventana y miró más allá de su reflejo borroso, hacia la escasa luz de las farolas.

¿Hacía solo unos meses que había estado allí mismo con una sensación de ansiosa expectación, dándose cuenta de que su vida había llegado, si no a cerrar el círculo, al menos a un punto en el que sabía que debía estar?

Era como si Dios lo hubiera empujado hasta allí cerrando algunas oportunidades y abriendo otras.

Su trabajo en el periódico de la ciudad había dejado de satisfacerle.

El tío Dory, de buenas a primeras, le había ofrecido su parte del negocio.

Se había enterado de que Nadine seguía soltera.

Clint apoyó la frente en el cristal; el frescor le aliviaba la cabeza cansada.

Durante unos días, había pensado que su vida por fin encajaba y adquiría cierta cohesión: tenía un negocio que amaba y el afecto de una mujer en la que había pensado durante años. Era como si todo lo que había estado buscando estuviera allí, reunido en un solo lugar.

Ahora parecía que iba a perderlo todo.

Skyline era culpable de la muerte del padre de Nadine, al menos según la carta escaneada que ella había adjuntado al correo. Clint supuso que sería la carta a la que Chantelle se refería cuando lo acorraló en el gimnasio del colegio.

¿Podía culpar a Nadine por querer llevar a esa empresa ante la justicia? Cuando leyó la carta, a él también le indignó lo que decía.

«Skyline tiene el dedo en el gatillo».

La advertencia de Matthew le resonaba en la cabeza.

No podía estar mal querer llevar un negocio próspero y tomar todas las medidas necesarias para que sus empleados conservaran sus puestos. Intentaba mantener el periódico en perspectiva y encontrar un equilibrio entre su fe y su trabajo.

Pero ¿podía culpar a Nadine por querer publicar aquello?

Se enderezó y se pasó la mano por el pelo, pensando en su padre y en cómo aquella demanda se había apoderado de la vida de él.

Le había advertido a Nadine que no cayera en la misma trampa, pero ¿la estaba protegiendo a ella? ¿O a su periódico?

Clint negó con la cabeza y se frotó la nuca. No quería juzgar a Nadine. Quería amarla y cuidar de ella. Quería demostrarle ese amor, pero no sabía cómo.

«Sí lo sabes».

Clint se detuvo en seco; aquella voz lo había frenado. Venía de su propia conciencia. Siguiendo una corazonada, caminó hacia su maletín y lo abrió. No lo había vaciado después de la reunión y lo había traído consigo tras la cita frustrada con Nadine de esa noche.

En una esquina estaba su Biblia. Clint la sacó, cerró el maletín y se incorporó.

Sin sentarse, hojeó el Nuevo Testamento hasta llegar a Corintios. Con una mano en el bolsillo del pantalón y la otra sosteniendo la Biblia abierta, leyó las palabras que lo habían marcado tantos años atrás.

«El amor es paciente, es bondadoso. El amor no es envidioso ni jactancioso ni orgulloso.

No se comporta con rudeza, no es egoísta...

». Clint se detuvo en esa última frase. ¿Era egoísta querer que su periódico diera beneficios?

John, su abogado anterior, y ahora Matthew le habían advertido de los peligros de una batalla con Skyline por el coste, no por cuestiones morales.

¿Estaba bien negarle a Nadine la oportunidad de exponer a Skyline con su artículo?

«Es tu periódico. Ella no debería usarlo como vehículo para su vendetta».

Sin embargo, él se había dicho que la amaba. Si Chantelle tenía razón, si a su hermano realmente lo habían coaccionado...

«¿Y qué? ¿Otra demanda que se prolongara eternamente?».

Clint se pasó la mano por la cara, deseando saber qué priorizar y encontrar una solución limpia que dejara a todos contentos.

Skyline lo demandaría si Nadine publicaba el artículo. ¿Y entonces qué?

«Vale, diriges un periódico de un pueblo pequeño, pero sigues teniendo la responsabilidad de sacar la verdad a la luz».

Se sentó y se recostó en la silla, con los pensamientos y las emociones librando una batalla en su interior.

Nadine suspiró y se dio la vuelta. Las seis en punto: el sol apenas había salido y ella estaba totalmente despierta. Lo estaba desde las cinco, tratando de encontrar una manera de no ir a la oficina ese día. Sería mucho más fácil quedarse en casa y evitar a Clint.

Una y otra vez revivió el día anterior, imaginando escenarios distintos: cortar a Chantelle Hayward, llegar a casa a tiempo y compartir la carta con Clint. O no haber ido al gimnasio y haber pasado una velada encantadora con él.

Y sobre todo, no haber enviado a toda la oficina el artículo que había escrito en un arrebato de ira. Especialmente a Clint.

Al final, apartó las mantas con frustración y fue al baño. Tenía que hacer algo en vez de quedarse en la cama reprochándose su estrechez de miras.

El enfado consigo misma la acompañó durante la ducha y siguió mientras se vestía.

Se arregló con especial esmero, sacando un conjunto que Sabrina y Leslie la habían animado a comprar la primavera pasada: unos pantalones estrechos de pana gris y una camiseta ajustada, también gris, con una túnica sin cuello encima en un inusual tono albaricoque que realzaba su cabello castaño.

Nadine terminó de frotarse el pelo con la toalla y se lo secó con el secador, decidiendo dejárselo suelto.

Como le gustaba a Clint.

La cocina aún estaba a oscuras cuando entró de puntillas.

Sacó una manzana, se sirvió un vaso de leche y desayunó apoyada en la encimera.

Nadine agradeció que su abuela siguiera durmiendo; lo último que quería ahora era un análisis pormenorizado de la noche anterior.

Ya era bastante malo que fuera a ver a Clint en unas horas.

Condujo hasta la oficina, y cuando aparcó en su plaza en la parte trasera del edificio, el corazón le dio un vuelco al ver que Clint ya estaba allí.

Con aprensión, abrió la puerta trasera y recorrió el pasillo oscuro, dejando atrás los cubículos de los correctores.

Uno de los ordenadores estaba encendido, con el salvapantallas moviéndose por el monitor.

Frunciendo el ceño, Nadine se acercó y pulsó una tecla.

El programa de correo electrónico estaba abierto, y en la pantalla aparecía el artículo que había escrito la noche anterior.

Miró alrededor, preguntándose dónde estaría Clint. Caminó hacia su despacho. Se detuvo en la puerta y echó un vistazo por el pasillo hacia la entrada principal y el despacho de Clint. La puerta estaba abierta, pero el interior estaba a oscuras. Desconcertada, Nadine se acercó más.

Una figura estaba desplomada sobre el escritorio, con un brazo extendido.

A la tenue luz del amanecer que se filtraba por la ventana, pudo ver que era Clint. Su cabeza se movió y removió los papeles que tenía debajo.

Estaba dormido.

¿Había pasado allí toda la noche?

Clint se movió y Nadine se giró para marcharse, pero él solo suspiró y volvió a acomodarse.

Con la sensación de ser una intrusa, entró en el despacho y se acercó al escritorio.

Lo observó un momento: el cabello le caía sobre la frente, los labios suaves ligeramente entreabiertos.

Tenía la mandíbula cubierta de barba incipiente y el cuello de la camisa abierto.

Un brazo descansaba extendido sobre el escritorio; el otro colgaba a centímetros de ella.

Parecía vulnerable y absolutamente atractivo.

Nadine sintió una suave punzada en el corazón al pensar en todo lo que podría haber tenido, y entonces, sin pensar, se inclinó y le apartó el cabello de la frente. Su mano se demoró en la mejilla de él.

No esperaba que abriera los ojos, y se quedó paralizada cuando la mano que colgaba atrapó la suya.