CAPÍTULO 17
Nadine se apoyó contra la pared de ladrillo del gimnasio mientras observaba el todoterreno de Clint alejarse. ¿Qué estaba pasando? ¿Se dirigía hacia su apartamento?
—¿Sigues aquí? Pensé que te habías ido.
A Nadine se le paró el corazón al oír la voz demasiado familiar de Chantelle. Se volvió.
—Y me fui, pero esperaba encontrarme con alguien.
—¿Ese tipo nuevo del periódico? —Chantelle se pasó la mano por el costado del pantalón y señaló con la barbilla en la dirección en que se había ido el coche de Clint—. Se acaba de ir.
Un escalofrío le recorrió el pecho a Nadine.
—¿Cómo lo sabes?
Chantelle hizo estallar el chicle.
—Lo reconocí y hablé con él. Le conté parte de lo que te conté a ti. Pensé que no pasaría nada si dos personas conocían la historia.
Nadine tenía las manos heladas y el corazón como un peso muerto. Clint sabía por qué había venido, por qué no estaba cuando él llegó.
—Al principio no parecía muy interesado —advirtió Chantelle—. Pero cuando le dije que era sobre Skyline, parecía tan furioso como yo me sentía.
Cada palabra que pronunciaba añadía más peso a la opresión en su pecho. Nadine asintió y corrió hacia su coche. Le dolía la cabeza y aún le dolía el costado cuando aparcó en la entrada. No había ningún todoterreno plateado aparcado frente al apartamento.
Nadine apoyó la cabeza en el volante y se permitió llorar unos instantes. ¿Valía la pena la carta? Aunque demostrara que su padre era inocente, ¿cambiaría algo? No pensaba hacer nada con ella. Pero ¿Clint lo sabría?
Nadine recordó la amargura de Chantelle y supo que ella también sentía esa misma necesidad ardiente de venganza. Pero había aprendido que no le correspondía hacer justicia; había hecho lo que estaba en su mano y tenía que soltar el asunto.
Pero Clint. ¿Qué estaría pensando en ese momento?
Se le revolvió el estómago de nuevo al imaginarlo hablando con Chantelle, escuchando lo que ella tenía que contarle.
«¿Podemos rebobinar y empezar de nuevo, Señor?», pensó. «Me gustaría otra oportunidad. Esta vez elegiré bien».
Mientras miraba las luces de su apartamento, más brillantes de lo normal a través de las lágrimas, supo que había tenido su oportunidad y había tomado sus decisiones. La carta que llevaba en el bolsillo no valía la oportunidad con Clint Fletcher que estaba tirando por la borda.
Se mordió el labio y se permitió unos minutos más de llanto. Después, secándose las mejillas con las palmas, abrió la puerta y caminó con paso pesado hacia el apartamento.
Nadine entró sigilosamente al apartamento y, con un suspiro cansado, se quitó los zapatos por segunda vez en quince minutos.
—¿Eres tú, Nadine? —llamó su abuela desde la sala de estar.
—Sí —respondió, de repente agotada hasta los huesos. Quería ir a su habitación, meter la cabeza debajo de una almohada y quedarse allí hasta que sintiera ganas de salir. Lo cual, en su estado mental actual, podría ser nunca.
—Ven a sentarte conmigo un momento y cuéntame qué está pasando.
Nadine se detuvo en la entrada de la sala de estar.
—No pasa nada, abuela. No coincidí con Clint. No sabía cuándo iba a venir, eso es todo.
Barbara se volvió hacia su nieta, con la boca apretada.
—Dejas al pobre hombre sentado aquí durante casi una hora, ¿y dices «eso es todo»?
—¿Qué más quieres que diga? —refunfuñó Nadine. No necesitaba que su abuela la reprendiera; ya se despreciaba bastante a sí misma—. No quiero hablar de eso, abuela.
—Bueno, yo sí. Clint Fletcher es un joven excelente. Es guapo, inteligente y un cristiano sincero. Una combinación bastante potente, yo diría.
«Yo también lo diría», pensó Nadine mientras se dejaba caer en una silla cercana.
—¿Dónde estabas, Nadine?
—En primer lugar, no pensé que Clint vendría aquí temprano. Se suponía que nos encontraríamos a las seis y media —respondió, ignorando la pregunta de su abuela.
—Dijo que llamó a la oficina. ¿Dónde estabas? —repitió Barbara.
Nadine vaciló, preguntándose qué decir.
En lugar de responder, Nadine metió la mano en el bolsillo y sacó el sobre que Chantelle le había dado.
—Fui a ver a una mujer que tenía más información sobre cómo murió papá.
Barbara había abierto la boca para lanzarle otra pregunta a Nadine, pero obedientemente la cerró.
Nadine se quedó mirando el sobre, preguntándose qué diría y, sin embargo, sin que le importara demasiado. Nada podía compensar lo que había dejado escapar. ¿Podría explicárselo? ¿Cómo sonaría?
«Me pediste que dejara en paz a Skyline, y luego te hago esperar mientras voy a buscar más munición contra ellos».
—¿La información está en eso?
Nadine asintió, agotada hasta los huesos.
—¿No vas a leerla?
Nadine se incorporó, sosteniendo el sobre entre los dedos.
—Supongo que más me vale. Para que dejar plantado a Clint no haya sido en vano.
Rasgó un extremo y sacó la fotocopia de la carta. Frunciendo los labios, la desdobló para leer la letra apretada y enrevesada.
Resultaba extraño leer algo que solo debía leerse después de que quien lo escribió se hubiera quitado la vida.
Pasó de largo las referencias a asuntos personales que solo le importarían a Chantelle.
Y entonces, a mitad de la carta, ahí estaba: el nombre de su padre.
Sam Laidlaw. Nadine aminoró el ritmo de lectura.
Como si eso fuera a ayudar, fue siguiendo las palabras con el dedo.
El corazón le latía con fuerza mientras leía, y le sudaban las manos.
—¿Qué dice, Naddy? Pareces aturdida.
Nadine terminó de leer, mirando fijamente la carta. Se dejó caer hacia atrás en el sillón.
—No fue culpa de papá, abuela —susurró, dejando caer la carta en su regazo—. No fue su culpa, tal como pensábamos. Ese pobre chico.
Barbara se levantó y le quitó el papel de las manos inertes a Nadine. Sostuvo la carta alejada de sí, entornando los ojos con fastidio. Se puso las gafas de lectura que llevaba colgadas al cuello. Sus labios se movieron despacio mientras leía, y cuando terminó, miró a Nadine.
—¿De quién es esto?
Nadine exhaló con fuerza y el flequillo se le levantó.
—Lo creas o no, es una nota de suicidio de un joven que trabajó con papá el día que murió.
—¿Suicidio?
La abuela se llevó una mano al pecho mientras la otra tanteaba en busca de algo donde apoyarse. Nadine se levantó de un salto y la sujetó del brazo.
—Tranquila, abuela. No se suicidó. Y esto es solo una fotocopia.
Sin soltar la carta, Nadine acompañó a su abuela de vuelta al sofá. La ayudó a sentarse y después alisó el papel, ya arrugado. Lo repasó una vez más, volviendo a leer el relato de la muerte de su padre.
Gordon Hayward se estaba formando como talador manual.
Lo habían mandado al bosque sin ninguna experiencia.
Hizo un desastre con los árboles, y unos días después enviaron a Sam Laidlaw para echarle una mano.
Sam le dijo a Gordon que esperara en la camioneta, donde estaría a salvo, mientras él arreglaba el estropicio.
Entonces pasó por allí un capataz de Skyline y mandó a Gordon de vuelta a talar, pese a sus protestas.
Gordon se acercó demasiado a Sam, y un árbol que estaba cortando se torció y le cayó encima a Sam.
Cuando el capataz volvió a ver cómo iba Gordon, lo encontró acurrucado delante de la camioneta, llorando.
El capataz le dijo que era responsable y que podría acabar pagando una multa.
Su familia dependía de su sueldo y escaseaban otros trabajos, así que Gordon firmó una declaración redactada por Skyline en la que afirmaba haber oído al capataz advertir a Sam sobre su forma de trabajar.
Iban a decir que Sam había sido negligente.
Gordon siguió trabajando para ellos hasta que encontró otro empleo. Pero los gritos de agonía de Sam lo perseguían. Saber que había incriminado y matado a un hombre inocente lo atormentaba, y ya no podía soportar esa carga.
—¿Cómo lo conseguiste?
La serena pregunta de la abuela devolvió a Nadine al presente. Ordenó sus ideas.
—Su hermana, Chantelle. La conocí en el gimnasio esta noche.
Nadine dobló la carta y la dejó sobre la mesita.
—Hace un tiempo recibí una carta suya diciéndome que tenía algo que debía ver. Por fin conseguimos hablar hace unos días y quedamos en vernos esta noche en el gimnasio.
—Ojalá pudiera decir que me alegro —susurró Barbara con los dedos en los labios—. Pero pensar en Sam tirado allí...
Se le quebró la voz y rompió a llorar.
Nadine la estrechó con fuerza, luchando por contener sus propias emociones.
Seis años de especulaciones, por fin resueltas. Su padre, muerto por la negligencia de un talador inexperto, encubierto por una empresa irresponsable. Nadine apretó los dientes al pensar en Gordon oyendo los gritos de agonía de su padre.
Su padre, muriendo solo.
Ahogó un sollozo, esforzándose por mantener la compostura.
Barbara se irguió y se secó las lágrimas de las mejillas arrugadas. Se volvió hacia Nadine y le acarició la mejilla con ternura, los ojos aún brillantes por el llanto.
—Siento que hayas tenido que ser tú quien descubriera esto, Nadine. Has trabajado tanto en esto, has hecho tanto.
Nadine negó con la cabeza.
—No hice nada. Nada ha cambiado. Papá sigue muerto.
—Sí, pero es bueno saber que no fue culpa suya.
Barbara sorbió por la nariz y se levantó a buscar pañuelos.
Nadine se dejó caer contra el respaldo del sofá con las manos entrelazadas sobre el vientre.
Su mente se perdió en el pasado. Imaginó sin esfuerzo a su padre sentado en su sillón reclinable de cuero en la antigua casa, una corona de aromático humo de pipa rodeándole la cabeza mientras leía el Sweet Creek Chronicle.
Su madre andaría trajinando en la cocina, dando los últimos toques a la cena, y ella y sus hermanas estarían desparramadas por los muebles y el suelo, con los libros esparcidos a su alrededor mientras fingían hacer los deberes.
El hogar era un refugio acogedor entonces.
¿Qué habría pasado si él hubiera vivido?
—Tengo que escribir algo sobre esto.
Nadine cogió la carta de la mesa y pasó junto a su abuela.
Tenía que hacer algo, lo que fuera, en lugar de darle vueltas a lo que podría haber sido, a su padre abandonado a su suerte.
No había tenido intención de escribir un artículo, pero ahora se daba cuenta de que no tenía nada que perder que no hubiera perdido ya.
Clint había hablado con Chantelle. Sabía lo mismo que Nadine. Sabía que ella estaría furiosa con Skyline.
Encendió el ordenador, buscó el archivo de Skyline, abrió un documento nuevo y se puso a escribir.
Los dedos le volaban sobre el teclado, el repiqueteo de las teclas marcando el ritmo de su ira y su determinación, la culminación de años buscando la verdad.
Las palabras fluían por la pantalla, furiosas, frustradas, exigiendo justicia.
Una hora después levantó la vista de la pantalla y se frotó el cuello, agarrotado. Guardó el artículo, se lo envió por correo electrónico al ordenador de la oficina y respiró hondo, despacio.
Se recostó en la silla con los ojos cerrados, preguntándose cómo incorporaría el artículo en el periódico. ¿Editorial? ¿Vincularlo con el accidente de la semana pasada?
Nadine se pasó las manos por la cara y suspiró profundamente.
¿Por qué hacerlo siquiera?
Se inclinó hacia delante y pulsó en imprimir. Necesitaba tenerlo en la mano y leerlo en papel.
Fue leyendo las páginas a medida que salían de la impresora; su instinto de editora quedó satisfecho con lo que había escrito. El artículo tenía garra, contundencia, y fluía con naturalidad: la culminación perfecta de todos sus artículos y editoriales sobre Skyline.
Bajó los papeles con un suspiro. Tenía un artículo magnífico, escrito con emoción y con razón. Después de seis años, sus instintos sobre la muerte de su padre habían resultado acertados. Esa noche todas las preguntas habían quedado respondidas, todos los cabos atados.
Luego lo releyó, pensando en la ira de Chantelle —cómo le brillaban los ojos, la ferocidad de su voz—, y se preguntó si le habría hablado a Clint de la misma manera. Qué pensaría Clint de ella ahora, después de haberle prometido que dejaría en paz a Skyline.
Volvió a abrir el correo electrónico y el horror la invadió al leer el encabezado.
Lo había enviado por error a toda la oficina.
Incluido Clint.
«¿Qué he hecho, Señor?», rezó mientras dejaba caer los papeles sobre el escritorio y se desplomaba en la silla.
«He renunciado a algo precioso solo para demostrar que tenía razón».
Hizo girar la silla de un lado a otro, la cabeza llena de reproches que pugnaban con los recuerdos de Clint sonriéndole desde el otro lado de una mesa, abrazándola, consolándola.
Todo lo que había deseado de niña le había llegado como un regalo, y acababa de tirarlo todo por la borda.