La promesa de su corazón (Dulces corazones de Sweet Creek nº 2) CAPÍTULO 12
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CAPÍTULO 12

Nadine daba vueltas a la sopa con la cuchara, intentando asimilar sus nuevos sentimientos hacia Clint. Intentando averiguar qué pensar de lo que acababa de contarle.

Todas sus defensas contra aquel hombre se habían desvanecido de golpe.

Alzó la vista hacia él, sorprendida una vez más de encontrar sus ojos fijos en ella. Bajó la mirada y se entretuvo desenvolviendo la galleta del envoltorio de celofán. Sentía que debía reconducir la conversación hacia algo más manejable.

Lo único que quería era marcharse y estar a solas con él, no en aquel lugar público donde todos se conocían. No con Anton y Carlos, los clientes habituales de la posada, que le lanzaban sonrisas cómplices, ni con Tess haciéndole gestos de aprobación a escondidas. Allí todos sabían demasiado.

—Cuando te marchaste de Sweet Creek, te fuiste a Europa, ¿verdad?

Era un tema mucho más seguro que pensar en la última vez que la había besado.

—A mis padres les dio un ataque de culpa compartido por el divorcio, y mandarme a ese viaje fue su forma de compensarlo.

Habló en voz baja, y ella volvió a pensar en su comentario sobre el divorcio. En cuánto le había dolido.

—Sabes, yo perdí a mis padres, pero parece que tú también los perdiste.

Clint le dedicó una sonrisa tierna.

—Perdí a mi padre años antes. Pasaba tanto tiempo en su... en sus negocios que apenas tenía tiempo para mí ni para mi madre.

Nadine notó que se ruborizaba, al recordar demasiado bien un comentario mordaz que había hecho en aquel mismo lugar cuando estaba sentada con Trace.

—Aquel viaje fue una de las cosas realmente buenas que me pasaron.

Clint guardó silencio un momento mientras trazaba círculos distraídos sobre el mantel con el dedo, la cena olvidada.

—Viajé por lugares de extrema riqueza y extrema pobreza.

Aprendí que lo que me había pasado era insignificante en el gran orden de las cosas.

Me detuve en iglesias más antiguas que cualquier libro que hubiera leído, visité castillos y museos, y recorrí campiñas que habían sido el hogar de generaciones de familias.

Y en una plaza abarrotada de Jerusalén, fue como si toda la historia que había visto en Europa, todo lo que había presenciado con tu familia, las innumerables veces que me había sentado en la iglesia con el tío Dory e incluso con mis propios padres, todo confluyera.

Me di cuenta de que había recibido el precioso regalo de la vida y una promesa de gracia.

Clint la miró con una leve sonrisa en los labios.

—Cambié y acepté esas promesas. Después, tuve que volver a casa.

Vaciló un momento, como si quisiera decir más pero no supiera cómo continuar.

Nadine se inclinó hacia delante, llena de preguntas, aunque sin saber por dónde empezar. Las confesiones de Clint abrían la puerta a conocerse de formas nuevas.

—Suena increíble. Me encantaría viajar más.

—Me imagino que cuidar de tu madre te lo impidió —dijo él.

—Sí. Así fue.

Pero no quería recrearse en el pasado. Estaba con un hombre con el que había soñado muchas veces. Ya no tenía novio y las cosas pintaban bien.

—Cuéntame más sobre Europa.

Mientras terminaban de cenar, así lo hizo.

Un tono cálido teñía su voz grave mientras hablaba de Roma, de visitar el Vaticano, de recorrer la campiña italiana, de París y sus monumentos famosos, de pasear junto al Sena, de montar en bicicleta por Holanda y de hacer senderismo por Inglaterra.

Nadine sintió una punzada de envidia mientras lo escuchaba, pero incluso después de todo aquello, lo que más le animaba era hablar de su mayor deseo: volver algún día a Sweet Creek y hacerse cargo del periódico de su tío.

Un deseo que había empezado como una idea pasajera y se había convertido en una necesidad real a medida que su vida cambiaba.

Tess les había retirado los platos y los cuencos y les había servido otra ronda de café, por suerte sin hacer comentarios. Clint apoyó los codos en la mesa y bebía a sorbos mientras le hacía preguntas y respondía a las suyas.

Ella jugueteaba con la cuchara mientras respondía a sus preguntas, formuladas en voz queda, y le contaba las pocas cosas valiosas que habían sucedido en su vida desde que él se había marchado de Sweet Creek. Varias veces lo pilló mirándola.

En esos momentos, el corazón le daba un vuelco.

No fue hasta que Tess pasó por quinta o sexta vez con el café que se dio cuenta de cuánto tiempo llevaban allí sentados. Miró el reloj de reojo.

—Dios mío —exclamó—. Ya son las diez.

Clint puso cara de no creerla. Se miró la muñeca.

—Tienes razón.

La miró y sonrió.

—No puedo creer que llevemos aquí sentados tanto tiempo.

Nadine tampoco.

—Debería irme.

—De todos modos, tenías planes para salir esta noche, ¿no?

—Sí, pero no me gusta quedarme fuera hasta muy tarde. La abuela se preocupa.

—Bueno, será mejor que nos vayamos.

Clint sacó unos cuantos dólares del bolsillo para la propina y los dejó sobre la mesa. También cogió la cuenta antes de que Nadine pudiera hacerlo.

—Yo invito —dijo ante su protesta—. Nunca he tenido ocasión de sacarte a cenar, y siempre he querido hacerlo. Vuelvo en un minuto.

Intrigada por aquel comentario final, Nadine lo observó cruzar a grandes zancadas el restaurante desierto.

Recogió la bufanda que se había quitado, el bolso y la mochila, y se levantó, preguntándose qué habría querido decir y si estaría dándole más importancia de la que tenía a aquel comentario casual. Cuando llegó al mostrador, él ya estaba guardándose la cartera.

—Te llevaría a casa, pero imagino que querrás ir en tu coche, ¿no?

Nadine asintió, arrepintiéndose de haber venido en coche y preguntándose qué habría pasado si él la hubiera llevado a casa.

—Muchas gracias por la cena —dijo.

Clint asintió y, adelantándose, le abrió la pesada puerta de cristal. Caminaron en silencio por la calle desierta hasta el coche de ella. El aire nocturno traía un frescor de las montañas, presagio del invierno que pronto envolvería el pueblo.

Nadine rebuscó en el bolso hasta dar con las llaves.

—Deja, ya lo hago yo —dijo Clint, y le quitó las llaves de la mano. Se detuvo un momento y luego le envolvió los dedos con los suyos.

—Me alegro de que no tengas mechas naranjas en el pelo —dijo—. Y me alegro de que lo lleves suelto.

El corazón le dio un brinco con su contacto. Y por un momento no pudo hablar; solo un momento, eso sí. No era propio de ella quedarse callada mucho tiempo.

—Quería verme bien.

—Para Trace.

Lo dijo sin rencor, aunque su boca se tensó.

Ella asintió, pero luego le sostuvo la mirada, esperando que él comprendiera.

—Trace fue un error. Una broma en muchos sentidos. Una forma de quitarme a mi abuela de encima.

—¿Entonces no era importante para ti?

—No creo que te hubiera besado si lo fuera. No soy así.

—Tu hermana sí lo era.

—¿Qué?

El comentario pareció salir de la nada.

—¿Mi hermana era qué?

—Lo siento. Yo... se me escapó. No es nada.

Nadine le agarró la mano y se la apretó con fuerza, frunciendo el ceño.

—Puede que no sea nada, pero presiento que hay algo más que quieres decir. ¿Estás hablando de Leslie?

Clint tenía el rostro contraído de dolor, y Nadine cerró la puerta del coche que acababa de abrir. Hacía unas semanas, lo había acusado de romperle el corazón a su hermana. Ahora, parecía que la historia tenía más matices.

—Dime a qué te referías. Por favor.

—Caminemos y hablemos —dijo él, alejándose de ella.

Nadine se rodeó el torso con los brazos, y juntos echaron a andar calle abajo.

Clint metió las manos en los bolsillos, mirando al frente. En la tenue luz, sus ojos quedaban en sombra, acentuados por sus cejas oscuras.

—¿Qué quisiste decir cuando dijiste que Leslie era... qué era?

Esto le valió otro suspiro y otra mirada de soslayo.

—Por favor. Dímelo.

—Le prometí que no lo haría.

El corazón de Nadine dio un vuelco ante sus palabras, ante el tono serio de su voz.

—Sabes que podría coger el teléfono y llamarla yo misma. Han pasado unos años.

—Lo sé, pero lo prometí.

—¿Qué prometiste?

Clint le lanzó una mirada sardónica.

—Realmente eres periodista, ¿verdad?

—También editora —dijo ella con una sonrisa.

Clint apartó la mirada, como si sopesara su respuesta.

—Entonces, ¿qué pasó? ¿Por qué rompiste con ella? ¿Pasaba algo más?

Él respondió con otro momento de silencio mientras llegaban al final de la calle, giraban y tomaban el sendero hacia el río. Hacía más frío entre los árboles, y Nadine se estremeció.

—¿Estás bien? —preguntó él, con un deje de preocupación.

—Lo estaré en cuanto me digas qué pasó.

Mantuvo un tono ligero. No quería asustarlo, y sus evasivas la ponían cada vez más nerviosa.

Cuando llegaron a un banco más adelante, pasada la curva, ella se sentó y Clint se unió a ella, apoyando los codos en las rodillas mientras observaba correr el río. Solo se oía el gorgoteo del agua deslizándose sobre las rocas.

Entonces Clint se volvió hacia Nadine, con expresión seria.

—Tienes que entender que esto no me resulta fácil de decir.

Se mordió el labio, y Nadine luchó contra el impulso de agarrarlo por el hombro y sacudirlo hasta que hablara. En cambio, esperó, sabiendo que el silencio era el mejor aliado de una entrevistadora.

—Tu hermana y yo llevábamos mucho tiempo saliendo.

Clint entrelazó las manos, tamborileando con los pulgares mientras miraba fijamente el río.

—Ella parecía distraída, y yo sentía que me estaba evitando. El problema era que yo también tenía mis propias dudas sobre la relación. Había alguien más que me atraía.

Se detuvo ahí y Nadine sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Cuando él la miró, a ella se le cortó la respiración.

—No sé si te diste cuenta entonces, pero eras tú.

El corazón de Nadine retumbó en su pecho y solo pudo mirarlo fijamente.

—Yo... yo... nunca lo supe. Pensé que tú y Leslie os ibais a casar. Ese era el plan.

—No creo que ese fuera nunca mi plan, aunque para Leslie puede que sí.

—Entonces, ¿por qué te estaba evitando?

Nadine se sentía confundida, como si avanzara a tientas por una espesa maleza, incapaz de ver hacia dónde iba, incapaz de saber cuál era el camino correcto.

—Porque me estaba engañando.