La promesa de su corazón (Dulces corazones de Sweet Creek nº 2) CAPÍTULO 11 #2
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CAPÍTULO 11 #2

Era Trace, deshacíendose en disculpas y promesas de venir enseguida, pero Nadine lo cortó.

—No importa, Trace. Se acabó.

Al pronunciar las palabras, sintió una punzada de pánico. ¿Estaba loca? ¿Estaba intentando sabotear deliberadamente cualquier posibilidad de encontrar pareja?

Pero, mientras escuchaba sus protestas y sus excusas, se dio cuenta de que cuanto más permitiera que la relación continuara, peor sería. Trace no era fiable, no era el tipo de hombre que quería para ella.

—No. Lo he pensado bien —lo interrumpió—. Estás demasiado ocupado y no me gusta que me dejen plantada.

—Nadine, no hagas esto. Esta noche fue un contratiempo, algo inesperado.

—¿Como tu visita con tu banquero?

Nadine recalcó la última palabra, dejándole claro que tampoco se creía su excusa del otro día.

—Estaba hablando con Allan Andrews. Llámalo.

Sonaba sin aliento.

—Por favor, no hagas esto, Nadine. Por favor.

Nadine ya había oído sus súplicas antes y le resultaban un poco embarazosas. Si iba a tener una relación significativa, la quería con alguien fiable y digno de confianza.

«Si iba a tener una relación». Cerró los ojos mientras las palabras la atormentaban y resonaban en su mente.

Estar casada no lo era todo. Tenía un trabajo estimulante y vivía en un buen lugar, y tenía su fe y su comunidad de la iglesia.

Por muy sola que se sintiera a veces, no estaba tan desesperada como para conformarse con un hombre que le mostraba tan poco respeto. Se respetaba demasiado para eso.

Siguió escuchando sus protestas y falsas promesas, esperando el momento oportuno para poner fin a la conversación. Fue un alivio poder decir por fin: —Adiós, Trace —y colgar.

Al hacerlo, negó con la cabeza. Por un momento sintió una punzada de tristeza, pero tras ella, una sensación de poder. Ella —la simple y corriente Nadine Laidlaw, soltera— había roto con un hombre muy guapo y codiciado.

Nadine caminó hacia la entrada de la oficina. Quizás se arrepentiría del impulso por la mañana, pero esa noche mandaba ella. Activó la alarma, cerró con llave la puerta principal y volvió por el pasillo hacia el aparcamiento, apagando las luces a su paso.

A lo mejor la abuela ha hecho magdalenas, pensó Nadine mientras sacaba las llaves del coche. Para endulzar sus «te lo dije».

Unos faros aparecieron en el callejón y la deslumbraron un instante. Nadine retrocedió hacia la oficina. Un todoterreno se detuvo junto a su coche y, sobresaltada, reconoció el vehículo de Clint.

El todoterreno se detuvo y Clint bajó, rodeando el vehículo para acercarse a ella.

—Hola —dijo—. ¿Vas a salir?

Nadine negó con la cabeza mientras la vergüenza se burlaba de su recién descubierta confianza.

—No, voy a casa.

—Creía que tenías una cita...

—La tenía —Nadine se encogió de hombros, muy consciente de que su jefe estaba de pie junto a ella, imponente con su altura. Llevaba el pelo revuelto y sin corbata, lo que le recordó a Nadine cómo lo había visto el día que cubrieron juntos el proyecto del FoodGrains Bank.

—Y —la animó a continuar—, ¿te dejó plantada?

Nadine negó con la cabeza mientras jugueteaba con el extremo de la bufanda.

—No, fui yo. No me apetecía seguir esperando —alzó la vista hacia él y descubrió que la estaba mirando. Bajó los ojos de nuevo—. ¿Qué haces tú aquí?

—Me dejé unos papeles que necesitaba —hizo tintinear las monedas en el bolsillo del pantalón—. Y tú, ¿qué vas a hacer?

Nadine se encogió de hombros.

—Irme a casa. Ver si la abuela me ha guardado algo de cena.

—Ya veo —hizo ademán de marcharse, pero se lo pensó mejor y volvió—. Yo, eh... —se detuvo y carraspeó. Nadine lo miró desconcertada. Parecía dubitativo, inseguro—. Yo tampoco he cenado. Podríamos ir a picar algo.

—¿Porque te doy pena?

Nada más decirlo, deseó poder tragarse sus palabras.

Clint exhaló un suspiro.

—Sé que disculparme por mi disculpa solo subraya lo estúpido de lo que dije aquella tarde, pero no tuve ocasión de explicarme.

Nadine frunció el ceño.

—¿Qué quieres decir?

—Estaba a punto cuando... bueno... llamó Trace.

Rebobinó mentalmente y entonces lo recordó.

—Me interrumpieron y no pude terminar. Así que... ¿puedo intentar compensártelo? ¿Te invito a cenar? Hay un par de cosas de las que quiero hablarte.

Nadine se detuvo, sorprendida; sus manos habían dejado de juguetear con la bufanda.

—Vale —aceptó, sin saber qué más decir y preguntándose qué querría contarle.

—Bien —Clint dio un paso atrás y se golpeó la pierna contra el guardabarros del todoterreno. Recuperó el equilibrio, se irguió y levantó la mano hacia Nadine—. Perdona.

No sabía por qué se disculpaba, pero aquella torpeza inesperada —y tan impropia de él— lo hacía parecer de pronto vulnerable.

—Bueno, ¿vienes conmigo o prefieres ir en tu coche? —dijo.

—Voy en mi coche —quería poder marcharse cuando quisiera—. Nos vemos en el Inn.

Él asintió y retrocedió otro paso.

—De acuerdo. Ahora nos vemos —se alejó a paso rápido hacia la oficina, dejando a Nadine preguntándose qué le pasaba a su jefe, siempre tan tranquilo y dueño de sí mismo.

Por un instante recordó cómo la había tocado el día anterior, su preocupación. Se rio y apartó aquellos pensamientos absurdos. Clint había dicho que quería hablarle de un par de cosas. Temía que una de ellas fuera Skyline.

Pero mientras salía marcha atrás del aparcamiento del Sweet Creek Chronicle, no pudo evitar recordar cómo había sonreído él cuando ella dijo que sí.

Clint se acomodó a la mesa y observó a Nadine, sentada frente a él. Ella paseaba la mirada por el restaurante, mirando a cualquier parte menos a él. Por un momento, lamentó haberla invitado. Parecía incómoda, aunque había aceptado venir.

Últimamente no podía quitársela de la cabeza. Cada día buscaba la manera de acercarse a ella, de conectar de algún modo.

—¿Menús o solo café? —Tess Kraus estaba junto a la mesa, sonriendo mientras los miraba alternativamente con gesto cómplice—. ¿O prefieren que les deje solos?

—Café y menús —dijo Clint, lanzándole una mirada de advertencia.

Tess Kraus era una de esas camareras que parecían saberlo todo y disfrutaban presumiendo de ello.

—Pues a comer —dijo, sirviéndoles café con una mano mientras colocaba los menús con la otra—. Os dejo un momento y ahora vuelvo.

¿Por qué había sonado aquello como una amenaza?

—Por lo visto, esta semana le tocan mechas naranjas a Tess —comentó Nadine, cogiendo el menú y echándole un vistazo.

—Desde luego, es todo un personaje.

—Me pregunto si a mí me quedarían bien las mechas de colores —Nadine se tocó el pelo, castaño y abundante, que ahora llevaba suelto enmarcándole el rostro y suavizándole los rasgos.

Nada fuera de lo común. Nadine nunca parecía sentirse cómoda en su presencia, y eso, a su vez, lo ponía tenso a él.

No le gustaba. Quería que estuviera tan relajada con él como lo había estado con la gente aquella tarde del proyecto del FoodGrains Bank.

Quería que lo mirara con una sonrisa iluminándole los ojos, como aquel día.

—No se me ocurre por qué querrías hacerlo —dijo Clint, con una sonrisa que esperaba aliviara la tensión.

No tenía mucha hambre y había invitado a Nadine a cenar por impulso, en parte porque quería explicarle aquel estúpido momento en que le había pedido disculpas de forma tan torpe por besarla.

Pero también tenía otra razón importante.

Skyline. Otra vez. Deseaba que simplemente lo dejara estar, que dejara de pincharlos.

Cada vez que lo hacía, él pagaba las consecuencias, y odiaba estar en conflicto con ella.

Y ahora, después del accidente en el que estaba implicado un empleado de Skyline, temía que se lanzara con una de sus diatribas editoriales.

—Entonces, ¿qué va a ser para ustedes dos? —Tess volvió como había prometido, con su sonrisa aún teñida de un leve aire burlón.

—La hamburguesa de pollo y la ensalada de patata —dijo él.

—Se las recomiendo encarecidamente —respondió Tess—. ¿Y para madame?

—Tomaré un cuenco de sopa de cebada con ternera —dijo Nadine, regalándole a Tess el tipo de sonrisa que Clint deseaba que le dedicara a él.

—También excelente. —Tess recogió los menús y se fue.

—¿Así que solo vas a pedir sopa? —preguntó Clint, intentando mantener la conversación con Nadine en un tono distendido.

Por ahora.

—No tengo mucha hambre —explicó ella, tamborileando con los pulgares y luego echando un vistazo al restaurante.

Se quedaron en un silencio tenso que Clint sabía que le tocaría romper a él.

No quería hablar de las hermanas de Nadine. No después de la última vez que le habían dado una paliza verbal por dejar a Leslie, a pesar de las circunstancias atenuantes.

—¿Crees que Allison funcionará en el periódico? —preguntó, cambiando a un tema más seguro.

—Creo que sí. Es lista, rápida y tiene ganas de aprender. —Nadine jugueteó con los cubiertos que tenía delante—. La he puesto a cubrir la feria ganadera de Eastbar mañana. Si te parece bien.

—Tú eres la editora —dijo Clint, levantando las manos en señal de rendición—. Es cosa tuya.

—Me alegra saberlo.

No estaba seguro de si había detectado sarcasmo en su voz, así que lo dejó pasar.

Desenrolló sus cubiertos, deseando saber por dónde seguir. ¿Ir directamente a Skyline? ¿O a la chapucera disculpa que le había dado después de besarla?

—Entonces, ¿cuánto tiempo estuvo enferma tu madre? —preguntó, con la esperanza de que hablara de ella y, a partir de ahí, poder explicar por qué había dicho lo que dijo sin quedar demasiado en ridículo.

Desde que se había marchado aquella tarde, no podía quitarse de la cabeza aquel beso y cómo ella le había respondido. Si lograba superar la incomodidad, tal vez...

Nadine frunció los labios, cogió la servilleta y empezó a juguetear con ella.

—La mayoría de los enfermos de ELA viven entre uno y tres años después del diagnóstico. En el caso de mi madre, aguantó un poco más.

—¿Y eso?

Nadine plegó la servilleta como si sopesara su respuesta. Luego alzó la vista y le sostuvo la mirada.