CAPÍTULO 11
—No me podía creer lo cabreado que estaba ese tipo cuando sacaste las fotos —dijo Allison a Nadine mientras volvían a la oficina—. Pensé que te iba a quitar la cámara de las manos.
—Esa historia tiene más miga —dijo Nadine con gravedad.
A ella misma le había sorprendido lo rápido que el personal administrativo de Skyline había llegado al lugar del accidente. Nadine consiguió sacar algunas fotos de los paramédicos mientras atendían al camionero herido, antes de que los de Skyline se lo impidieran.
—Tendré que esperar a ver qué pasa con él —continuó Nadine—. Tenemos por norma no publicar fotos de víctimas mortales. Si no sobrevive, decidiremos en redacción qué fotos sacamos.
—A mí me pareció que saldría de esta —dijo Allison—. El camión estaba peor que él.
Al ver el semirremolque destrozado en la cuneta, Nadine había sentido cierta resistencia a sacar fotos. Por suerte, los paramédicos ya estaban allí, y por lo que pudo ver, el hombre no estaba demasiado malherido.
—Estoy casi segura de que sobrevivirá, pero quiero asegurarme.
—Yo publicaría las de la gente de Skyline intentando que no sacaras la foto —dijo Allison cuando llegaron a la oficina de Nadine.
—Con eso no voy a ganar puntos con el jefe.
Sonrió a Allison.
—¿Tienes dónde quedarte esta noche o vuelves a casa?
Allison se encogió de hombros.
—Me quedo en casa de una amiga. Me prometió que me ayudaría a buscar piso si conseguía el trabajo.
—Bien, porque parece que vas a tener que buscarte un sitio.
Nadine dejó caer la bolsa de la cámara al suelo.
—Mañana por la tarde cubrirás una feria ganadera en Eastbar. Te recomiendo pantalones.
Allison se miró el vestido.
—Menuda pinta llevábamos las dos, saliendo disparadas del coche, vestidas de punta en blanco.
Miró las piernas de Nadine.
—No sé cómo has conseguido que no se te corran las medias.
—Menos mal, porque se supone que tengo una cita esta noche.
—Si me permites que te lo diga, no pareces muy entusiasmada —dijo Allison.
—Probablemente no —admitió.
—Yo, personalmente, lo plantaría y me lanzaría a por el jefe —dijo Allison con una sonrisa—. No llevo mucho aquí, pero si un tío me mirara como él te mira a ti, no perdería el tiempo con alguien que no me gusta.
—Para el carro —dijo Nadine con firmeza—. Primero, es tu jefe y el mío; y segundo, Clint Fletcher me mira como si quisiera despedirme pero no supiera cómo.
Incluso mientras lo decía, las palabras de Allison le provocaron un vuelco inesperado en el corazón. A pesar de aquel beso de consuelo, no había podido dejar de pensar en él. Y eso no le gustaba.
—Lo siento —dijo Allison, arrepentida de pronto—. No sabía que sintieras eso por él.
—No siento nada de ningún tipo. Es mi jefe, y esa es la única relación que tenemos.
Qué remilgada sueno.
—Perdona otra vez. No es precisamente la mejor manera de empezar, ¿verdad?
—No, perdona tú —la tranquilizó Nadine, molesta consigo misma por el desliz—. Siempre me pongo nerviosa después de cubrir un accidente.
Miró el reloj.
—Bueno, todavía me queda trabajo, y tú deberías irte ya a casa de tu amiga.
Volvió a mirar a Allison y le tendió la mano.
—Gracias otra vez. Creo que será un buen artículo.
Allison sonrió aliviada y le estrechó la mano.
—Eso espero. Y gracias otra vez por el trabajo.
Metió la libreta en el bolso y echó a andar por el pasillo; su melena rubia se balanceaba con cada paso.
Nadine la vio alejarse. Allison creía que Clint la miraba de una manera especial. ¿Sería verdad?
Nadine desechó la idea y entró en su despacho. Acercó la silla al escritorio, repasó un montón de notas con mensajes y empezó a devolver las llamadas.
Cuando terminó, la oficina estaba vacía. Le había dicho a Trace que la recogiera allí, porque no tenía ganas de aguantar la desaprobación flagrante de su Abuela hacia él. Así que abrió otra ventana en el ordenador, supuestamente para trabajar en un artículo, pero acabó jugando a un videojuego.
Muy apropiado. Una vez más, solos mi ordenador y yo.
Suspiró, cerró el juego y puso el ordenador en suspensión.
Miró el reloj: las seis y media. Trace llegaba tarde otra vez. Lo llamó al móvil, pero saltó el buzón de voz. Ni de broma iba a dejarle un mensaje.
Dejó el bolso sobre el escritorio, metió unos papeles que revisaría en casa y cerró la cremallera, todo mientras apretaba los dientes al notar ese hormigueo inoportuno y demasiado familiar en los ojos.
Nunca había sido de lágrima fácil, pero desde que murió su madre, las emociones le afloraban a la menor ocasión.
Que Trace te deje plantada no es para llorar, se reprendió. No es tan importante.
Pero últimamente lloraba cada vez más, y le fastidiaba muchísimo cada vez que pasaba.
Excepto una vez, pensó. Cuando Clint le había secado las lágrimas.
A Nadine se le encogió el estómago al recordar las manos de Clint en su cara, su delicado consuelo. Por un instante, se permitió el lujo de revivir aquel contacto, el aroma de su aftershave y su cercanía.
Después, sacudió la cabeza con rabia y apartó aquellos recuerdos. Solo había sido lástima lo que le había llevado a hacer lo que hizo.
Desde luego, no había parecido lástima.
Nadine se echó el bolso al hombro y se preparó para marcharse, pero vaciló al girar el pomo de la puerta.
Volver a casa significaba enfrentarse a Abuela y a sus miradas nada sutiles de «te lo dije». Sería demasiado humillante que Abuela la viera llegar después de otra cita cancelada.
¿Y entonces qué? Otra película a solas en Eastbar no le apetecía nada, y cenar sola aún menos.
Nadine dejó caer el bolso, frustrada. No quería salir sola, pero quería que su abuela se fuera de su casa. Quería estar sola, y cuando tenía la oportunidad, se sentía sola.
Blandengue. Eso era lo que era. Fácil de manipular y fácil de engañar. Trace era el ejemplo perfecto. ¿Cuántas citas había cumplido en comparación con las que había cancelado?
Aunque tampoco importaba tanto, pensó Nadine mientras se dejaba caer en la silla. Se había sentido incómoda con Trace desde el principio. Toda la relación era forzada y falsa.
Todavía se sentía inquieta con respecto a él. Algo en su relación no terminaba de encajar. Sin embargo, le costaba decidirse a romper del todo. ¿Qué tendría entonces?
«¿Y qué tienes ahora?», se recordó, meciéndose en la silla. «Estás completamente sola en esta oficina. Se suponía que ibas a salir con él, y otra vez no ha aparecido». Nadine suspiró y apartó la silla del escritorio. No le apetecía escribir el artículo sobre Skyline y no quería irse a casa.
Se levantó y deambuló por la oficina desierta. Incluso Clint se había ido. El pensamiento la hizo sentirse inexplicablemente sola.
Cada paso parecía pesado, cada paso resonaba en el edificio vacío, como burlándose de su soledad.
«Lo he intentado, Señor», oró, entrando en su pequeña oficina. «He intentado ser feliz con lo que tengo. ¿Qué me pasa?»
¿No se suponía que era una mujer liberada? ¿No había demostrado que podía competir con un hombre, que podía hacer el mismo trabajo? ¿No se suponía que eso bastaba para una mujer hoy en día?
Nadine se sentó en la silla, dejando caer la cabeza hacia atrás, con los ojos cerrados.
En el fondo, quería lo que tenían sus amigas: un marido, hijos; un hogar.
Quería sentarse en la iglesia y fruncir el ceño a los niños inquietos, cantar junto a su marido.
Quería tener ventanas para las que coser cortinas, ropa que lavar.
Quería una casa con un despacho desde el que pudiera trabajar a tiempo parcial.
Quería oír una puerta abrirse y cerrarse, sentir un vuelco en el corazón cuando su marido entrara en casa, sentir la misma sensación de plenitud que cuando su propio padre llegaba y llenaba ese vacío masculino que quedaba desde que se marchaba por la mañana. Y quería que ese hombre fuera Clint.
¿A quién pretendía engañar? Le frustraba lo fácilmente que sus pensamientos derivaban hacia él. Recordaba demasiado bien el contraste entre ella y Allison esa mañana, cómo Clint no parecía poder quitarle los ojos de encima a Allison.
Ella y Clint obviamente no estaban hechos el uno para el otro. Nadine pensó que estaba destinada a convertirse en una de esas viejas periodistas que acababan yendo a Sudamérica a hacer reportajes sobre templos mayas para revistas de viajes.
O tal vez se convertiría en una misionera soltera entregada que trabajaría en tierras lejanas, luego volvería y haría giras por iglesias con presentaciones de diapositivas, recaudando apoyo para la evangelización en lugares remotos.
Últimamente, sentía que los acontecimientos se le escapaban de las manos, con fechas de entrega siempre acechando. Habían estado faltos de personal demasiado tiempo, y eso la había agotado.
El dolor por la muerte de su madre todavía era demasiado reciente, y la culpa por no poder averiguar más sobre la muerte de su padre aún la atormentaba.
Nadine se llevó la mano al pecho como para contener la pena. Sacó la Biblia del cajón y la dejó sobre el escritorio.
Respiró hondo, y luego otra vez. Dios había respondido a sus oraciones dispersas sobre su búsqueda de justicia para su padre. La llamada telefónica de ayer era la confirmación de que tenía otra oportunidad para averiguar qué le había pasado.
Hojeó la Biblia distraídamente, intentando encontrar algo con lo que conectar.
Y entonces lo encontró: Isaías 55.
Nadine se detuvo, pasando los dedos con cuidado por las líneas familiares:
Venid todos los sedientos, venid a las aguas.
¿Por qué gastáis el dinero en lo que no es pan y vuestro trabajo en lo que no sacia?
Buscad al Señor mientras puede ser hallado.
Saldréis con alegría y seréis conducidos en paz.
Respirando despacio, siguió leyendo: advertencias, consuelo y promesas.
Esperó un momento para dejar que las palabras se asentaran en su corazón desgastado y cansado. Luego respiró hondo, sabiendo que no podía quedarse allí más tiempo.
Era hora de irse y enfrentarse a Abuela.
El timbre del teléfono la sobresaltó. Por un momento estuvo tentada de dejarlo sonar, pero su curiosidad innata la llevó a contestar.