La promesa de su corazón (Dulces corazones de Sweet Creek nº 2) CAPÍTULO 10
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CAPÍTULO 10

—Lo siento, Nadine, pero te dije que estaba liado con una reunión...

Nadine intentó sonreír al cambiar el teléfono a la otra mano.

—Tienes bastantes reuniones, Trace.

—Es este nuevo negocio. Es mucho trabajo ponerlo en marcha.

—Lo que sea.

Nadine se acuclilló junto al archivador y lo abrió de un tirón brusco, reflejo de la incertidumbre que la acosaba desde hacía días.

Incertidumbre sobre Trace y, aún más, sobre Clint.

—De verdad, Nadine. No te estoy mintiendo. Estaré en la ciudad por la mañana. ¿Puedo pasarme entonces?

—No. Tengo que entrevistar a un reportero para el puesto vacante.

—¿Qué tal el jueves por la noche?

Vaciló, sin saber si quería exponerse a la soledad que podía provocar la poca formalidad de Trace.

—Vamos —dijo él con voz suplicante—. No me hagas sufrir.

—¿Por qué me cuesta tanto creerte?

—Nadine. De verdad quería ir anoche.

Aun así vaciló, incapaz de quitarse de encima la sensación de que él la había estado evitando.

—Cuando las cosas se calmen, tendré mucho más tiempo. Tengo algunos cabos sueltos que atar, y en cuanto lo haga, seré todo tuyo. Tienes que creerme.

Nadine no sabía si estaba imaginando el tono suplicante de su voz.

Pensó en Clint y en el tiempo que habían pasado juntos ese día.

Salir con Trace le daría la distancia emocional que necesitaba respecto a Clint.

Trace se estaba volviendo menos importante, mientras que lo que sentía por Clint podía hacerle más daño a largo plazo.

Ella y Clint estaban en bandos opuestos de una batalla que estaba decidida a ganar.

—Digamos que mañana por la noche —dijo con un suspiro, esperando no arrepentirse.

—Genial, eso es genial —se entusiasmó él—. Te recojo a las cinco en punto. Estoy deseando verte.

Jugueteó con el cable del teléfono, frustrada por su propia actitud vacilante.

—Hasta mañana, Trace.

—Seguro, Nadine. No te defraudaré.

—Eso espero —dijo Nadine. Colgó y dejó caer el teléfono en la base con una mueca. «Vaya vida la mía», pensó. «Otro potencial perdedor como "novio"».

Sacudiendo la cabeza, Nadine recogió unos papeles del escritorio y los metió en la carpeta correspondiente del archivador.

Estaba comportándose de una manera típicamente femenina, aunque no se vistiera como tal.

Se miró los vaqueros azules que llevaba hoy, como casi todos los días.

Pasó el dedo por la tela y recordó la reacción de Clint cuando se había puesto falda.

Recordó su mirada de sorpresa y cómo sus ojos parecían haberse demorado en ella.

Tan diferente de su mirada habitual, penetrante. Cuando abandonaba esa actitud distante, sus ojos brillaban, su boca habitualmente firme se suavizaba, y de repente resultaba encantador, infinitamente atractivo.

Recordó esa mañana: cómo el viento le había alborotado el pelo peinado, cómo se le habían arrugado los ojos al sonreír. Sus manos colgaban entre las carpetas mientras revivía cada vez que sus miradas se habían cruzado, cada vez que parecían conectar.

El timbre metálico del teléfono interrumpió sus pensamientos y Nadine volvió en sí, reprendiéndose mentalmente. «¿Qué demonios me pasa? Aquí suspirando por Clint Fletcher».

«Estoy perdiendo la cabeza», pensó mientras se levantaba y cogía el teléfono.

—Diga —contestó bruscamente, cerrando el archivador de una patada.

—¿Es Nadine Laidlaw? —preguntó una voz áspera de mujer al otro lado.

—Sí.

Nadine frunció el ceño, intentando identificar a la interlocutora.

—Le envié una carta. La de Skyline. ¿La recibió?

A Nadine se le cortó la respiración mientras buscaba a tientas una silla detrás de ella.

—Sí, la recuerdo. Dijo que sabía algo y quería hablar.

—No puedo decírselo por teléfono. Quiero reunirme con usted en algún lugar. ¿Estará en el torneo de voleibol la semana que viene?

Nadine esperaba que para entonces hubieran contratado a un nuevo reportero que cubriera el partido. Pero no podía arriesgarse, no después de tanto tiempo. Tenía que reunirse con esa mujer donde y cuando ella dijera.

—Si se refiere al del instituto, la respuesta es sí.

Garabateó una nota en un bloc con las manos temblorosas.

—Bien. Tengo un hijo en el equipo. Estaré allí.

—¿Y quién es usted?

—No importa.

La mujer suspiró.

—No importa quién soy. Llevaré una sudadera verde y pantalones grises.

Hizo una pausa.

—No quiero hacer esto, pero no me queda más remedio.

Nadine tragó saliva, con el corazón latiéndole desbocado, mezcla de emoción y miedo.

—Me alegro. Me alegro de que esté dispuesta a hablar conmigo.

Se secó la mano sudorosa en la pernera del vaquero.

—Nos vemos en el torneo, entonces.

Un clic seco en el oído señaló el final de la conversación. Nadine colgó lentamente el auricular. El corazón no se le calmaba, los pensamientos le daban vueltas. Seis años llevaba especulando sobre las circunstancias de la muerte de su padre. Seis años haciendo preguntas sin obtener respuestas.

Y ahora.

Ahora estaba tan cerca, tan cerca.

Sintió la profunda convicción de que ahora, por fin, descubriría la verdad.

Era lo que Nadine había estado buscando.

Anhelaba acabar con aquella batalla. Aunque su abuela y Elaine la regañaban por lo que consideraban una obsesión con Skyline, una pequeña parte de ella sabía que tenían razón.

Incluso cuando su madre aún vivía, muchas veces había sentido la tentación de rendirse, dejarlo todo y aceptar que algunas preguntas quedarían sin respuesta.

Entonces volvía a casa o visitaba a su madre en el hospital.

Brenda estaba acostada en su cama, apenas capaz de hablar, pero siempre lograba transmitir que no descansaría en paz hasta que Skyline quedara al descubierto.

Una vez que hablara con su misterioso informante, quizá podría incluir algo en un artículo. Sabía que Clint se pondría furioso. No quería provocarlo, pero la nueva información era una oportunidad para aliviar la culpa que la asaltaba cada vez que pensaba en la muerte de su madre.

Pero de momento, tenía fotos que editar y varios artículos que escribir.

Nadine sacó la cámara y extrajo la tarjeta SD.

Si no editaba las fotos ahora, las llamadas telefónicas y el papeleo se comerían todo su tiempo.

Sostuvo la tarjeta un momento y la insertó en el portátil en lugar de en el ordenador de escritorio.

Después recorrió el pasillo y subió las escaleras hasta la sala de descanso.

Su nueva oficina no tenía ventanas, y tras pasar el día al aire libre, no quería sentirse encerrada.

Subió las escaleras, agradecida por los cambios que Clint había introducido a su llegada al Sweet Creek Chronicle.

Una de las primeras cosas que hizo fue vaciar el almacén del piso superior y convertirlo en sala de descanso para los empleados.

Había sido todo un acierto, ya que tenía grandes ventanales con vistas al valle.

Todos habían colaborado para comprar una cafetera nueva, y una tienda de muebles local les había cedido un par de sofás a cambio de publicidad gratuita.

Con un hondo suspiro, se dejó caer en el sofá, se quitó los zapatos y, sentada con las piernas cruzadas, abrió el programa de edición de fotos.

Mientras las fotos se cargaban en el programa, oyó pasos que subían por las escaleras, y entonces Clint apareció en la puerta con su portátil bajo el brazo.

—Tengo que editar unas cosas —dijo con una sonrisa tímida—. No tengo el programa en el ordenador de mi despacho. Y aquí es donde está el café.

—No tienes que darme explicaciones —dijo Nadine con una risa nerviosa—. Todo esto es tuyo.

—Técnicamente pertenece al banco —respondió Clint con una sonrisa tensa—. Pero volveré abajo. No quiero molestarte.

—No, por favor, no te vayas —dijo Nadine apresuradamente—. Puedo irme yo.

—O podríamos quedarnos los dos aquí —dijo Clint.

Nadine se limitó a encogerse levemente de hombros. No era lo que quería, pero él era el jefe, y la verdad es que no le apetecía trabajar en su despacho.

Así que se quedó donde estaba, trabajando en las fotos.

Mientras inclinaba, recortaba y retocaba las imágenes, era demasiado consciente del hombre sentado frente a ella. No quería que precisamente Clint tuviera ese tipo de poder sobre ella.

El silencio entre ellos se hacía denso. Nadine sentía que debía decir algo, lo que fuera, pero era como si su mente se hubiera quedado en blanco.

Pasó a la siguiente foto con la mirada fija en la pantalla, pero todo su cuerpo pendiente de Clint.

—Creo que hoy ha ido bien —dijo Clint, rompiendo el silencio, con la vista en su portátil.

—Sí, así es.

—Hoy te estás quedando hasta bastante tarde, ¿no?

—No me queda otra.

Le salió un hilo de voz.

—Me imagino que tu abuela te estará esperando.

—Sí.

«Conversación brillante, Nadine», se reprochó mientras intentaba pensar en algo que decir. Ajustó la barra de color de la foto para resaltar el azul.

—Es todo un torbellino —continuó él.

—Puede ser un poco abrumadora.

—Siempre fue muy amable conmigo cuando iba a vuestra casa —dijo Clint en voz baja.

—Sí, lo era.

Nadine estuvo a punto de soltar un gemido ante su patética respuesta, y tuvo que contenerse para no darse un golpe en la frente. «¿Qué te pasa? Pasas la mañana con él, luego te acorrala en la sala de descanso, te suelta unas cuantas preguntas tontas y te quedas paralizada».

Incluso mientras lo pensaba, sabía por qué.

Tenía que ver con las ensoñaciones a las que se había abandonado unos momentos antes en su despacho, y con haberlo visto toda la mañana.

Tenía que ver con una conciencia repentina e inoportuna de Clint como hombre atractivo.

Tenía que ver con viejas emociones y viejos sentimientos.

También con emociones nuevas. Y no le gustaba.

El silencio se prolongó. Entonces Clint carraspeó.

—Nunca te di el pésame como es debido por la muerte de tu madre. Se nota que ha sido muy duro para ti.

Una vez más, Nadine sintió que se le encogía el pecho mientras emociones aún dolorosas le atenazaban el corazón.

—Sí, lo ha sido.

Sorbió por la nariz y buscó un pañuelo en el bolsillo, pero lo tenía vacío.