La promesa de su corazón (Dulces corazones de Sweet Creek nº 2) CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

Nadine desplegó la última edición del Sweet Creek Chronicle, apoyó los codos en el escritorio y comenzó su cacería matutina de erratas. Daba igual lo moderna que fuera la tecnología o lo agudo que fuera el ojo del corrector de estilo: en un buen día solo se colaba una errata, en uno malo...

Nadine suspiró, sacó el bolígrafo rojo y rodeó la falta de ortografía que le saltaba a la vista.

Echó un vistazo a unos cuantos artículos más, pasó algunas páginas y se detuvo en su artículo sobre Skyline. Lo leyó por encima y después lo releyó para asegurarse de haber sido equilibrada y justa.

Nadine intentó leerlo con ojo crítico, lo cual era difícil cuando las palabras le resultaban tan familiares. Le había costado un par de borradores dejarlo a punto.

«Sus prácticas laborales son cuestionables, y cuando esta reportera solicitó una copia de su código de seguridad, la despacharon sin más.

¿Qué tienen que ocultar? ¿Y por qué siguen obteniendo subvenciones gubernamentales por las buenas o por las malas...

?», leyó Nadine. Y a partir de ahí el tono se volvía más duro.

Porque cuando se trataba de Skyline, las emociones le sobraban. Nadine se recostó y cerró los ojos, reviviendo la ira impotente, la frustración y el dolor por la vida de su padre, desperdiciada por una empresa de mentirosos. Les habían arrebatado tanto, con tan poca explicación.

«Quiero llevar a estos tipos ante la justicia, Señor», rezó, como tantas veces hacía cuando pensaba en Skyline y en todo el dolor que habían causado.

«Muéstrame el camino correcto; muéstrame cómo hacerlo».

Pero la oración no le trajo paz ni respuesta.

Solo sabía que se sentía mejor haciendo algo en lugar de quedarse de brazos cruzados, como un David indefenso frente a un Goliat indiferente.

—Llamada para ti en la línea uno, Nadine —anunció la voz de Julie por el intercomunicador—. Es Trace. Ah, y hace unos minutos te llamó una mujer. No dejó su nombre.

—Gracias, Julie.

Nadine respiró hondo y descolgó el teléfono.

—Hola, Trace.

—Hola, guapa. ¿Qué tal todo?

—Bien. Te eché de menos el domingo —dijo ella.

—Sí. Lo siento.

No sonaba tan arrepentido como debería, teniendo en cuenta todo el trabajo que se había tomado con el almuerzo.

—¿Cómo estás por lo demás? —preguntó ella.

—Tengo que cancelar lo de esta noche. Debo ir a Edmonton a reunirme con uno de los ejecutivos con los que voy a trabajar.

—¿A qué hora volverás?

—No estoy seguro. Lo siento.

Esta vez sonaba más arrepentido.

Nadine dejó escapar un suspiro de decepción.

—Vale —dijo.

—Oye, Nadine, lo siento de verdad.

—Ya, claro.

No pudo evitar el sarcasmo en su voz al recordar la otra promesa rota del domingo. No debería importarle tanto. Todavía no tenía claro qué sentía por Trace, pero era tan maravilloso sentirse deseada, tener a alguien a quien esperar.

—Pues ya nos veremos.

Colgó el teléfono y se dejó caer en la silla. «Vaya comienzo de semana», pensó. Y mañana tenía que ir al proyecto FoodGrains, lo que la tendría ocupada todo el día. Normalmente no le importaba, pero el periódico seguía falto de personal y se suponía que Wally iría con ella.

Wally era buen escritor, pero le costaba concentrarse cuando salía con un grupo grande. Se pasaba tanto tiempo de cháchara que a menudo se olvidaba de tomar notas.

Un golpe seco en la puerta la hizo incorporarse.

—Adelante —dijo, mientras doblaba el periódico.

La puerta se abrió y entró Clint.

Dejó caer el periódico sobre el escritorio y se plantó frente a ella con los ojos entrecerrados.

—Pensé que no ibas a publicar el artículo —dijo en tono tenso.

Nadine miró el periódico abierto por la página de su artículo sobre Skyline.

—Eso lo pensaste tú, Fletcher, no yo.

—Te llamé a mi despacho la semana pasada y te pedí que no publicaras el artículo.

Su voz sonaba calmada, pero Nadine percibía la ira contenida.

Nadine se armó de valor para sostener la mirada furiosa de Clint, tan cerca de la suya, intentando no recordar aquel instante en la sala del café; aquel breve momento de conexión.

—El artículo es correcto, y los hechos han sido verificados por suficientes fuentes como para sentirme más que justificada al publicarlo —respondió, notando cómo crecía su propia ira—. También te dije que podíamos convocar una reunión de editores y decidir entre todos si publicarlo o no.

Clint la miró desde arriba, con la mano apoyada en el escritorio.

—No debería tener que llegar a un pulso de autoridad, Nadine.

—Puede que no —reconoció ella—, pero la editora de un periódico debería ser precisamente eso: una editora. Que yo sepa, eso me da cierta autoridad sobre lo que se publica.

—Y que yo sepa, mi nombre también aparece en la cabecera —se irguió—. Como propietario.

Le sostuvo la mirada desafiante.

—Ojalá pudiéramos trabajar juntos en esto, Nadine —dijo con un suspiro.

Nadine lo observó mientras el corazón le daba un vuelco.

Parecía vulnerable. Por un momento, sintió una punzada de compasión mezclada con atracción.

Le molestaba más de lo que estaba dispuesta a admitir.

Le traía a la memoria las innumerables fantasías que había tejido sobre él años atrás y, si se atrevía a reconocerlo, también más recientemente.

Y ahora, para su consternación, todos esos sueños y emociones amenazaban con minar su determinación. Estaba decidida a llevar hasta el final la misión que se había impuesto, y sus sentimientos volubles hacia Clint no debían interferir.

Respiró hondo y se concentró en Skyline y en el dolor que habían causado a su familia.

—No sé si podemos —dijo, con la voz más cortante de lo que pretendía—. Skyline tiene las manos manchadas de sangre. Han muerto hombres trabajando para ellos. Tenemos la responsabilidad de pararles los pies.

—Tu padre fue una de esas vidas —dijo él.

Nadine asintió.

Clint soltó el aire y se frotó el cuello.

—¿Esto ayudará? —preguntó, señalando el periódico abierto.

Nadine se puso de pie y se recordó por qué estaba haciendo esto: Justicia.

—Quiero dejarles claro que informamos sobre algo más que deportes locales y reuniones de la junta de la biblioteca.

Se inclinó hacia delante para dar más peso a sus palabras.

—Tenemos el deber de exponer a empresas como Skyline. Son unos estafadores y mentirosos, y si hicieran lo mismo en cualquier otro lugar, tendrían a una jauría de periodistas encima y demandas hasta las cejas.

Respiró hondo, temiendo empezar a sonar estridente.

—Necesito hacer esto, Clint.

Clint la miró desde el otro lado del escritorio y su expresión se suavizó.

—Entiendo por qué, pero...

Nadine esperó a que dijera algo más. Sus miradas se encontraron, se sostuvieron, y por un momento pareció que todo lo demás se desvanecía.

Nadine se sintió atrapada por la misma extraña sensación de la otra noche en la sala de descanso.

Una vez más, sintió el tirón de la atracción y el magnetismo de su personalidad, y supo que los sentimientos que afloraban eran los mismos que la habían atormentado hacía tanto tiempo.

Se obligó a bajar la mirada y romper la intensa conexión, y se entretuvo con los periódicos del escritorio.

Volvió a doblar el periódico y se lo entregó, sin levantar la vista más allá de la corbata oscura ceñida al cuello de su camisa gris.

—Aquí tiene su periódico —dijo.

Clint carraspeó.

—Gracias —dijo al cogerlo.

Golpeó el periódico contra el muslo, todavía cernido sobre ella.

Vaciló y finalmente se marchó.

Cuando la puerta se cerró tras él, Nadine se apretó los dedos contra los ojos mientras unas lágrimas no deseadas la asaltaban. Dejó caer el rostro entre las manos y, en la privacidad de su despacho, permitió que la confusión de sus emociones la abrumara.

Echaba de menos a su padre, aún lloraba a su madre. Se sentía sola aunque estuviera rodeada de gente que se preocupaba por ella. Trace la había dejado plantada por segunda vez en dos días.

Y ahora se estaba enamorando de Clint Fletcher otra vez.

¿Cómo suceden estas cosas? ¿Cómo puede el corazón funcionar con tanta independencia de la mente?

¿Era idiota? ¿Cómo podía enamorarse de un hombre cuya presencia la intimidaba tanto que recurría a desviar su atención con comentarios hirientes?

Alzó la mirada al cielo.

«¿Por qué, Señor? ¿Por qué me estoy enamorando de este hombre? A él no le gusto de esa manera, nunca le he gustado. Por favor, quítame estos sentimientos. Por favor».

Se detuvo, como esperando algo, cualquier cosa: una sensación de paz, una voz queda que la guiara. Pero no sintió nada, no oyó nada. Nadine sintió como si sus oraciones solo llegaran hasta el techo.

Y más tarde esa noche, mientras estaba sentada sola en el hostal, fingiendo estar en su cita para que su abuela la dejara en paz, se preguntó qué había hecho para merecer la soledad que parecía rodearla.

—Dos cámaras, libreta, grabadora.

Nadine se apartó el pelo de la cara y volvió a atarse la coleta, con el lápiz en la boca. Parecía lista para salir.

Durante los últimos años había estado cubriendo el proyecto local del FoodGrains Bank, un esfuerzo conjunto de la comunidad de Sweet Creek para cultivar alimentos destinados a personas de países empobrecidos. Cada año era una celebración comunitaria y este año, para variar, el tiempo era perfecto.

Miró a Wally, que estaba en la puerta de su despacho, pálido.

—Creo que todavía tengo la gripe —murmuró Wally.

—Pensé que ya se te había pasado.

—Quizá fue tu artículo sobre Skyline lo que la hizo volver —bromeó.

A Nadine no le hizo gracia. Ella y Clint se habían estado evitando desde su enfrentamiento, y la tensión entre ellos era palpable en toda la oficina.

Wally gimió de nuevo y se dobló sobre sí mismo.

—Creo que será mejor que me vaya a casa —dijo, agarrándose el estómago.

—Vale —refunfuñó, molesta con él por seguir enfermo y culpable por su propia reacción.

El proyecto solía requerir dos reporteros y dos fotógrafos. Así lo había hecho siempre. Demostraba a la gente del proyecto que el periódico se tomaba el evento en serio.

—Te dejo en casa de camino. ¿Puedes llegar hasta mi coche?

Asintió y se levantó despacio.

Nadine cerró la cremallera del bolso.

—Necesito otra tarjeta SD y una batería. Te espero fuera.

Wally solo gimió en respuesta y salió tambaleándose. Nadine cogió lo que necesitaba y lo siguió por el pasillo.

Al cerrar la puerta, se encontró con Clint, que venía por el pasillo con el ceño fruncido.

—¿Qué le pasa a Wally? —preguntó.

Nadine tragó saliva e intentó que su corazón acelerado se calmara. Era la primera vez que hablaban desde la mañana anterior.

—La g-gripe... creo —dijo.

—¿No lo necesitabas hoy? —preguntó frunciendo el ceño con impaciencia.

—Supongo que tendré que arreglármelas sin él.

—Ibas al proyecto del FoodGrains, ¿verdad?

Nadine se limitó a asentir, deseando poder marcharse sin más. Ya le resultaba bastante incómodo estar cerca de Clint antes del artículo de Skyline; desde ayer, sus sentimientos recién despiertos lo habían empeorado todo.

Clint golpeteó el fajo de papeles que llevaba, con los labios apretados.

—¿Necesitas ayuda? —preguntó en tono despreocupado.

Nadine levantó la cabeza de golpe. ¿Por qué querría venir, sobre todo después de todo lo que había pasado?

—No, no —dijo apresuradamente—. Prefiero hacerlo sola.

Clint asintió y Nadine se dio cuenta de que había sonado como si lo estuviera rechazando. La reprimenda de Elaine pugnó con su propia confusión respecto a su jefe mientras esbozaba una sonrisa forzada y rectificaba.

—Quiero decir... no pasa nada. No quiero molestarte. Ya has cubierto bastante a Wally estos días.

—No me importa. Me vendría bien salir un rato. Además, sé que siempre lo haces con dos personas.

Nadine miró su traje y corbata, y él bajó la vista también.

—No te preocupes. Me cambio —dijo.

Nadine se mordió el labio. Se preguntaba cómo sería tenerlo cerca toda una mañana y deseaba que lo llamaran para alguna emergencia. Pero era el jefe. Si quería venir, ¿cómo iba a decirle que no?

—Claro —dijo, fingiendo entusiasmo.

—De acuerdo.

Clint asintió sin sonreír.

—Nos vemos en casa de Mark Andrews en una hora más o menos.

Sus ojos se encontraron con los de él y, una vez más, a pesar de todo lo que había pasado entre ellos, sintió el tirón de la atracción. Se sostuvieron la mirada hasta que ella apartó la vista.

Tenía que andarse con cuidado. Enamorarse de ese hombre sería un error.

Además, tenía novio. ¿O no?