La promesa de su corazón (Dulces corazones de Sweet Creek nº 2) CAPÍTULO 7 #3
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CAPÍTULO 7 #3

Nadine se limitó a negar con la cabeza ante sus generosos cumplidos y se colgó la mochila al hombro mientras lo guiaba hacia la salida del gimnasio.

Al pasar junto al grupo de adolescentes que celebraban, algunas de las chicas lanzaron miradas de admiración hacia Trace.

Nadine sabía que no debería sentirse orgullosa, pero así era.

Nada subía más el ego de una chica que saber que otras mujeres, por jóvenes que fueran, pensaban que su acompañante era guapo.

Lo miró y lo pilló sonriéndole.

—Te he echado de menos, Nadine —dijo.

Nadine apartó la mirada, con sentimientos encontrados.

Por un lado, se sentía abrumada por su encanto, su obvia atracción hacia ella, pero no podía evitar sentirse incómoda con la rapidez con la que él había querido hacerla suya.

Su intensidad no le cuadraba, por una razón que no lograba identificar.

Caminaron hasta su camioneta y, mientras lo hacían, el móvil de Nadine sonó. Lo sacó y contestó. Era la abuela.

—Llegaré a casa dentro de un rato, abuela. No me esperes despierta.

Nadine puso los ojos en blanco ante la respuesta de su abuela y colgó.

—Son útiles, ¿verdad? —dijo Trace con una sonrisa mientras le abría la puerta.

—En realidad no. Ojalá no tuviera que llevarlo encima, aunque es una gran herramienta para una reportera.

Nadine se subió al coche y dejó el teléfono en el asiento mientras se abrochaba el cinturón.

—¿Adónde quieres ir esta noche? —preguntó Trace mientras arrancaba y salía marcha atrás del aparcamiento del instituto.

Nadine se encogió de hombros mientras reprimía un bostezo. Había estado ocupada todo el día y no había pensado en la cena.

—Pareces cansada —dijo Trace mientras salía a la calle—. ¿Qué tal algún sitio tranquilo?

Le sonrió, aceleró y se dirigió calle abajo.

Una vez más, terminaron en el Riverside Inn. Ella pidió sopa y ensalada, y Trace pidió una hamburguesa.

Nadine se sintió un poco mejor después de comer. Trace resultaba una compañía muy amena y la hacía reír. La conversación se mantuvo ligera, algo que Nadine agradeció. También le alivió que Trace dijera que tenía que marcharse temprano.

Y se alegró de que Clint no estuviera en el hostal esa noche, como la vez anterior.

—Parece que tu abuela sigue despierta —comentó mientras caminaban hacia el apartamento.

—Suele acostarse antes.

Nadine negó con la cabeza. Sabía que desde que había empezado a «salir» con Trace, su abuela la esperaba despierta.

—Te invitaría a pasar, pero con la abuela levantada...

Trace se encogió de hombros.

—No quiero molestarla. Además, tengo pensado venir mañana después de misa. Si te parece bien —añadió rápidamente.

Nadine le devolvió la sonrisa mientras una sensación de bienestar le brotaba por dentro.

—Me encantaría.

Trace la atrajo hacia sí y bajó la cabeza para besarla. Alguien tosió en el pasillo, a sus espaldas.

—Nadine, ¿vas a entrar? —exigió Barbara con voz quejumbrosa. Asomó la cabeza canosa por el pasillo.

Trace se apartó y le guiñó un ojo a Nadine.

—Será mejor que te deje.

Le acarició la barbilla con un dedo y luego miró más allá de ella.

—Hola, señora Laidlaw. ¿Cómo está?

—Cansada —respondió la abuela. Esta vez su tono fue un poco más cordial; quizá empezaba a aceptar a Trace.

—Lo siento.

Trace volvió a mirar a Nadine.

—Supongo que aquí nos despedimos, ¿no?

Nadine asintió, curiosamente aliviada de que la abuela hubiera aparecido. Volvía a sentir que Trace iba demasiado deprisa. Demasiado deprisa para ella, al menos.

Trace sonrió.

—¿Nos vemos mañana en misa?

—Me gustaría —respondió ella en voz baja.

—Bien.

Le guiñó un ojo y, tras despedirse de la abuela con un gesto rápido, se marchó.

Nadine lo observó abrir las puertas y alejarse por el sendero con paso tranquilo. Se subió a la camioneta, la saludó con la mano y se marchó.

—Entonces —dijo la abuela a sus espaldas—. ¿Por qué no ha entrado?

Nadine suspiró y se volvió hacia su abuela.

—Creo que te tiene miedo.

Barbara resopló.

—Me parece demasiado refinado para mi gusto.

—¿Cómo puedes decir eso? Lleva vaqueros y botas camperas.

Barbara se encogió de hombros y se sentó en una silla de la cocina.

—Es solo una impresión.

Nadine abrió el grifo y llenó un vaso de agua fría.

—No sé por qué te cae mal.

—No me cae mal, Naddy. Qué cosas dices.

Barbara parecía dolida.

Nadine se bebió el agua de un trago y dejó el vaso en el fregadero.

—No lo tratas muy bien. La última vez que pasó por aquí, me preguntó qué te había contado de él.

Barbara jugueteó con el cinturón de la bata, con la mirada baja.

—No me fío de él, Naddy —murmuró. Alzó la vista, sus ojos azules llenos de preocupación—. Es que no me siento cómoda con él. Preferiría que salieras con...

Nadine levantó una mano.

—Para ahí, abuela.

Ladeó la cabeza y observó a su abuela.

—Creo que no te gusta porque no lo elegiste tú para mí.

—Ya he dicho que no me cae mal —protestó Barbara.

—Pues trátalo mejor mañana, porque va a venir —anunció Nadine en tono de advertencia.

—Lo haré, Nadine. No soy maleducada.

—No, no lo eres —concedió Nadine—. Pero sé que puedes sonreír y clavar el aguijón a la vez.

—Seré amable y atenta.

Pero Barbara no tuvo que esforzarse, porque Trace no apareció en misa al día siguiente y, por tanto, tampoco fue a casa de los Laidlaw para el almuerzo dominical que Nadine se había levantado tan temprano a preparar.

Nadine intentó ocultar su decepción y Barbara intentó ocultar su triunfo; ninguna lo consiguió. Así que el domingo no fue la bendición que debería haber sido.