La promesa de su corazón (Dulces corazones de Sweet Creek nº 2) CAPÍTULO 7 #2
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CAPÍTULO 7 #2

—Pero te enviaron a ese viaje a Europa.

—Gastar dinero era la solución más fácil para todos los problemas de mis padres.

—Leslie nos contó que viniste a Sweet Creek por algún problema en el que te habías metido.

Clint soltó una risa áspera.

—En parte, sí. La verdad es que creo que mis padres lo vieron como una forma de sacarme de su lío.

—¿Lío?

Clint sostuvo su mirada un momento y luego sacudió la cabeza.

—No importa. Solo sé que cuando conocí a tu familia, sentí envidia.

Su voz adquirió un leve tono de añoranza, y una vez más, Nadine se sintió confundida.

—No teníamos mucho.

—Teníais todo lo que alguien podría desear.

—¿Y eso era?

—Padres que se preocupaban por sus hijos. Siempre admiré la fortaleza de tu madre —continuó Clint mientras dejaba la taza de café—. Hizo un buen trabajo criándoos, enseñándoos lo que importa. Seguro que estaba muy orgullosa de ti.

Nadine se encogió de hombros.

—Bueno, al menos Sabrina y Leslie consiguieron casarse.

Clint no dijo nada, y Nadine sorbió por la nariz una vez más y se limpió los ojos.

—No tienes nada de qué avergonzarte —dijo Clint finalmente—. Jack fue un tonto al dejarte ir, y espero que Trace sea digno de ti.

Nadine alzó la vista al oírlo y parpadeó para contener más lágrimas mientras encontraba la mirada firme de Clint. Lo observó de nuevo, como si lo viera con otros ojos.

—¿Fuiste un tonto al dejar escapar a Leslie? —susurró, incapaz de contenerse.

Clint respiró hondo y lentamente.

—Ambos decidimos que era lo correcto —dijo.

—¿Ambos? —era la primera vez que Nadine oía algo así. Según Leslie, la ruptura había sido cosa de Clint.

—Si quieres saber más, deberías preguntarle a tu hermana —dijo Clint con una sonrisa de resignación.

—¿Por qué no me lo cuentas tú ahora? —preguntó Nadine, que intuía que había más en la historia de lo que su hermana siempre le había contado.

Un golpe repentino en la puerta principal los sobresaltó a ambos.

—Hola, ¿hay alguien ahí?

La voz amortiguada de Trace llegó por el pasillo.

—Bueno. Parece que tu cita por fin ha llegado —Clint se apartó, con voz seca.

Nadine se volvió para marcharse, pero Clint la sorprendió al agarrarle el brazo.

—Espera un momento —dijo, y cogió una servilleta.

La atrajo hacia sí tirándole suavemente del brazo.

—Tienes el rímel corrido —dijo.

Nadine sintió una sensación de lo más peculiar al alzar la vista. Sus ojos color avellana la atraparon. Sintió el calor de su mano en el brazo y el roce de sus dedos en la mejilla mientras le limpiaba la mancha. Levantó la mano para apoyarla en su hombro mientras se dejaba llevar hacia él.

Otro golpe fuerte en la puerta rompió el momento.

—Será mejor que vayas antes de que tu ardiente pretendiente eche la puerta abajo —dijo Clint con sequedad mientras la soltaba.

Nadine asintió, sin aliento. Se detuvo en el umbral y miró hacia atrás, hacia Clint. Pero él tenía el café en la mano y bebía con la mirada baja.

Apartando de su mente los sentimientos que él había despertado, corrió por el pasillo.

—Vaya. Estás estupenda —la saludó Trace con admiración—. No creía que pudieras estar aún más guapa.

Nadine sonrió y quitó importancia a sus cumplidos con un gesto.

Trace le cogió las manos.

—Ya sé lo que eso significa, tontita. Oye, siento llegar tarde —dijo—. Me quedé atascado en el banco.

La acercó más y la besó en la mejilla.

—¿Me perdonas?

—Me estaba preguntando si me ibas a dejar plantada.

—¿Estás de broma? —Trace la atrajo hacia sí—. Un tipo tendría que estar loco para hacerle eso a alguien como tú.

La besó de nuevo.

—La película acaba de empezar. Podemos cenar después.

Nadine corrió de vuelta por el pasillo y cogió el bolso de su despacho. Salió y, tras detenerse un momento, volvió a la sala del café. Clint seguía de pie junto al mostrador, con la taza de café en las manos.

Él la miró.

—¿Sigues aquí? —fue todo lo que dijo.

Nadine se mordió el labio, incapaz de pasar por alto lo que acababa de suceder, sin saber qué pensar al respecto.

—Gracias —dijo finalmente, con la esperanza de que él entendiera a qué se refería—. Por todo.

—Cuando quieras, Nadine —respondió él en voz baja—. Cuando quieras.

—Vamos, preciosa —llamó Trace—. Se nos hace tarde.

—Nos vemos el lunes —dijo ella, y se volvió y se marchó.

Nadine comprobó la foto que había tomado mientras el ruido del equipo ganador bullía a su alrededor. Era sábado por la noche. El equipo local había ganado su torneo invitacional de voleibol y lo celebraba como auténticos campeones de instituto.

Estaban gritando como locos.

Nadine comprobó las últimas tomas, apagó la cámara y la metió junto con la otra que llevaba colgada al cuello en su bolsa grande de fotografía. Cargaría las fotos en el ordenador esa noche y vería qué podía hacer con ellas antes del cierre del lunes.

—Ahí estás.

La voz de Trace a su espalda la hizo girarse, sorprendida. Llevaba una chaqueta vaquera, vaqueros y botas camperas. Parecía sacado de un póster de rodeo: rudo y casi demasiado guapo.

—Hola —le sonrió, y él se acercó y le colocó un mechón de pelo detrás de la oreja—. Llegas pronto.

—He llegado incluso antes de lo que crees. He visto el partido final.

—Son bastante buenos, ¿verdad?

—No sabría decirte —le quitó la bolsa y le guiñó un ojo—. Me distraía una reportera mona que había en la banda haciendo fotos.