CAPÍTULO 7
—¿Llevas falda, Nadine?
La Abuela dejó su taza de té y se quedó mirando a su nieta mientras esta entraba en la cocina.
—Trace viene a recogerme justo después del trabajo. Tenemos una cita esta noche.
Había combinado la falda con un jersey holgado y, en un arrebato de capricho, se había enrollado un pañuelo vaporoso estampado alrededor del cuello, metiendo los extremos por dentro.
Se había rizado el pelo y se había tomado su tiempo para aplicarse el rímel en las pestañas y un ligero toque de sombra dorada en los párpados.
No recordaba cuándo había comprado ese maquillaje que rara vez usaba; ¿quizás para la boda de Leslie?
¿O fue la de Sabrina? Le sorprendió que el rímel no se hubiera secado.
—Estás muy guapa —dijo la Abuela con aprobación—. El maquillaje también te queda bien. Te resalta esos ojos tan bonitos.
—Gracias, Abuela.
Nadine se rio mientras se inclinaba para besar la mejilla de Barbara.
—Estoy intentando no sentirme disfrazada —admitió, sentándose a desayunar.
Se preguntó si aguantaría hasta el final del día antes de que el pelo rozándole la barbilla la volviera loca.
—Bueno, vas a hacer girar más de una cabeza, estoy segura.
La Abuela asintió con aprobación, y Nadine se sintió un poco mejor.
—Clint Fletcher no te va a reconocer.
—No me he arreglado para mi jefe —dijo Nadine con más brusquedad de la que pretendía.
—Por supuesto que no.
Barbara sonrió.
—Seguro que a Trace le encanta cómo vas.
Los comentarios alentadores de su abuela la reconfortaron.
—Gracias, Abuela.
Desayunaron en silencio: la Abuela con el periódico y Nadine repasando sus notas para la entrevista del día siguiente. Cuando salió del apartamento, se sentía lista para comerse el mundo.
—Buenos días, Julie.
Nadine entró en la oficina con paso ligero y se detuvo en el escritorio para ver si tenía correo o mensajes.
Julie levantó la vista del anuncio que estaba redactando con una sonrisa que se le congeló en el rostro al ver a su editora.
—¿Nadine? —dijo con un hilo de voz.
Nadine le devolvió la sonrisa y se pasó la mano por el pelo.
—¿Estoy tan diferente hoy?
—Bastante diferente, sí.
Julie sacudió la cabeza.
—La Nadine que yo conozco no se pondría falda más que para ir a la iglesia, y desde luego jamás se maquillaría los ojos.
—La gente cambia —murmuró mientras sacaba el correo de su casillero.
—Y tanto.
La voz incrédula de Clint a su espalda la hizo levantar la cabeza de golpe.
Nadine mantuvo la mirada al frente, de pronto cohibida por su aspecto.
«¿Y a ti qué más te da lo que él piense?»
Esbozó una sonrisa y se volvió hacia Clint, que estaba en la puerta de su despacho, con un hombro apoyado en el marco y las cejas enarcadas.
Una réplica mordaz para desviar su comentario le vino a la mente, pero inmediatamente después, la advertencia de Elaine.
Vaciló, cruzando la mirada con él. La expresión de Clint se volvió seria mientras el momento se alargaba.
Se enderezó, los párpados entornados, los labios relajados.
Ella no podía apartar la vista y, por alguna razón desconcertante, no quería hacerlo.
Turbada, revolvió los sobres y se le cayeron un par. Cuando se agachó a recogerlos, otras manos se le adelantaron. Sin mirar a Clint, los cogió y escapó a su despacho.
«¿Qué te pasa?», se reprendió mientras dejaba caer la mochila al suelo. Sacudió la cabeza, como para poner orden en sus pensamientos, y dejó el correo sobre el escritorio ya desbordante. «Clint Fletcher es tu jefe, tú eres Nadine Laidlaw, y te has arreglado para tu cita con Trace».
Rodeó el escritorio para encender el ordenador. Había reservado ese día para despachar papeleo y terminar algunas columnas que tenía pendientes. Con un poco de suerte, habría acabado para cuando llegara Trace.
A lo largo de la mañana, revisó sus artículos, se saltó el almuerzo y salió a hacer una entrevista.
Trace llamó mientras Nadine estaba fuera y dejó un mensaje: pasaría a recogerla un poco más tarde de lo previsto.
Pasó la mayor parte de la tarde revisando los currículos de quienes habían solicitado el puesto del otro reportero.
Ella y Wally estaban haciendo el trabajo de uno y medio cada uno para cubrir la vacante, y aquello los estaba agotando.
Clint echaba una mano cuando podía, pero la carga de trabajo seguía siendo excesiva.
El día pasó volando. Cuando Nadine por fin se recostó en la silla, se sorprendió al ver que eran casi las seis menos veinte.
Parpadeó y levantó la mano para frotarse los ojos. Justo a tiempo, se acordó del rímel y se detuvo.
Nadine hizo clic para guardar el archivo en el que estaba trabajando y apagó el ordenador. No quería trabajar más. Trace llegaría en cualquier momento.
Giró el cuello y contempló su escritorio con satisfacción, complacida con los espacios vacíos que ahora podía ver.
Tenía otra entrevista mañana y el sábado un torneo de voleibol que cubrir.
Por suerte, este era en la ciudad, así que no tendría que desplazarse.
Trace también quería salir con ella esa noche.
Fue al baño, se retocó el maquillaje, se cepilló el pelo e intentó calmar los nervios.
Después de tantos años, iba a tener una cita.
Sonrió a su reflejo en el espejo. Y no una cita organizada por la Abuela, sino una cita con alguien que quería estar con ella.
Nadine ladeó la cabeza mientras se estudiaba.
No era vanidosa, pero saber que alguien quería estar con ella la hizo mirarse de nuevo. Se guiñó un ojo y salió.
Media hora después, Trace todavía no había llegado. Nadine se había entretenido con tareas sueltas —limpiar la sala del café, recoger tazas desperdigadas por la oficina— para calmar la tensión nerviosa. «¿Y si no viene?»
Intentó contenerse, pero cada poco iba por el pasillo hasta la puerta principal para ver si Trace estaba esperando fuera. Se preguntó cuánto tiempo debería esperar.
Preparó café y se apoyó en la encimera a esperar que la cafetera terminara de gotear, mientras una incómoda melancolía se apoderaba de ella. Quince minutos más y entonces...
¿Qué? Se le encogió el estómago solo de pensar en enfrentarse a su abuela y contarle que la habían dejado plantada.
El suave siseo de la cafetera rompió el silencio de la habitación.
Nadine solía temer ese momento del día. Durante el último año, cualquier tarde libre la pasaba en el hospital.
Los últimos meses de vida de su madre estuvieron llenos de tensión e incertidumbre.
Cada vez que sonaba el teléfono, Nadine y su abuela se preguntaban si sería el hospital con malas noticias.
Sus hermanas venían a ayudar cuando podían, pero Nadine sabía que no disponían del tiempo que ella tenía.
Eso significaba que la mayor parte de las visitas y las consultas médicas recaían sobre sus hombros.
Los recuerdos siempre traían lágrimas, y aquella noche no fue diferente. Nadine sintió la punzada de dolor y cerró los ojos mientras la invadía. Intentó resistirse, pero no pudo.
La echo de menos, Señor, rezó, con la mano apretada contra la boca mientras las lágrimas le resbalaban por las mejillas y el dolor aumentaba. Sé que está mejor donde está, pero aún la echo tanto de menos. Respiró hondo, deseando poder contener las lágrimas.
Un ruido a su espalda interrumpió su pena. Se giró bruscamente, con el corazón acelerado.
—Lo siento —dijo Clint, de pie en la puerta de la sala de café, con la corbata aflojada y las mangas remangadas—. No sabía que seguías aquí.
Nadine se volvió de nuevo y se limpió las mejillas disimuladamente.
—No pasa nada —respondió, buscando una servilleta, lo que fuera para librarse de aquellas lágrimas humillantes.
—Nadine —se acercó a ella con la voz grave teñida de preocupación—. ¿Pasa algo?
Ella agarró unas servilletas y se las pasó por los ojos.
—¿Quieres café? —preguntó con la voz amortiguada por la servilleta.
—Puedo servirme yo —respondió él. Pasó a su lado y, afortunadamente, no la miró. Se quedó de pie de espaldas a ella; la camisa se le tensaba sobre los hombros mientras alcanzaba una taza. Se sirvió café y luego la miró por encima del hombro.
—Siento haberte avergonzado —se volvió para mirarla de frente—. No pretendo entrometerme.
Nadine miró la servilleta arrugada, ahora manchada de rímel. Negó con la cabeza ante su propia torpeza.
—Estoy bien —fue todo lo que pudo decir.
—¿Ha pasado algo? —insistió él.
—No. Nada —no quería que la viera así.
—¿De verdad?
Nadine vaciló; sus encuentros previos con Clint habían levantado una barrera entre ellos.
Recordó una vez más el comentario de Elaine.
Él había visitado su casa muchas veces, había conocido a su madre y conocía a su abuela.
Había formado parte importante de su vida durante un tiempo.
Tenía que admitir que era el tipo de viejo amigo al que se le podía contar la verdad.
—No ha pasado nada —dijo Nadine con una sonrisa temblorosa. Respiró hondo para serenarse—. Solo... echo de menos a mi madre —contuvo otro sollozo y no pudo seguir hablando. Otra oleada de lágrimas le resbaló por las mejillas.
Clint no dijo nada, y Nadine se lo agradeció. Se quedó allí, callado, esperando, escuchando; la mirada seria e interesada. Compasiva, pero sin rastro de lástima.
Nadine inspiró hondo mientras contemplaba la servilleta manchada.
—Es una tontería, ¿verdad? Lleva muerta seis meses y parece que estoy más triste ahora que cuando murió.
—Seis meses no es tanto tiempo —respondió él—. Creo que se tarda años en superar la muerte de alguien a quien amas.
Nadine asintió.
—Recuerdo que mi madre lloraba por mi padre hasta hace un par de años.
—Me parece admirable cómo tu madre amaba a tu padre —Clint soltó una risa breve—. Tuviste suerte de ver eso mientras crecías.
—Tú... nunca tuviste una relación cercana con tus padres, ¿verdad? —preguntó ella.
—Es difícil sentirse unido a una pareja que rara vez se hablaba, y mucho menos a su hijo —su voz sonó algo amarga.
Nadine se limpió la nariz con la servilleta, sorprendida por su confesión.