CAPÍTULO 6
Mientras Nadine se servía un poco de té de una pequeña tetera de plata, miró a Trace al otro lado de la mesa y lo observó mientras él removía su café.
Él levantó la vista y sonrió.
—¿Y en qué está pensando Nadine Laidlaw ahora?
—En realidad, me pregunto por qué querías salir conmigo.
Se detuvo, dándose cuenta de cómo sonaba eso, y añadió:
—Quiero decir, después de lo que te hicimos.
—Estoy solo, soy nuevo en la ciudad y quiero conocerte mejor.
Dejó su taza, bajando la voz a un tono más íntimo.
—Llevo un tiempo preguntándome por ti.
—¿Qué quieres decir?
—Llevo suscrito al periódico desde antes de venir. Tanteando el terreno, podría decirse. Sabía que nuestro concesionario se instalaría aquí y quería averiguar más sobre la comunidad. ¿Qué mejor manera que el periódico?
—Eres muy meticuloso.
—Lo intento. He leído tus artículos. Eres una persona con principios muy firmes. Tienes valores sólidos que se reflejan en tu escritura.
Se inclinó hacia ella.
—Creo que ese pequeño error que cometió tu amiga no fue solo un error. Creo que este encuentro estaba escrito.
Nadine parpadeó, tratando de asimilar sus palabras. Aunque su declaración había sido agradable, creaba una sensación de incomodidad que no lograba identificar.
Él sonrió entonces, aliviando la intensidad del momento.
—Creo que es justo que pasemos esta noche conociéndonos mejor.
Tomó su café y bebió un sorbo.
—¿Por qué no empezamos contigo?
—No lo sé —dijo, ordenando sus ideas—. No hay mucho que contar.
—Inténtalo.
Nadine levantó las manos y luego, con una risa, comenzó:
—Nací aquí en Sweet Creek, fui a la escuela aquí, me fui y me licencié en periodismo, volví cuando mi padre murió y mi madre enfermó. Conseguí un trabajo en la Sweet Creek Chronicle, pasé de reportera a editora, que es lo que soy ahora.
—Ese fue un currículum conciso.
—He tenido una vida concisa.
Nadine se encogió de hombros. Tomó un sorbo de su té mientras miraba más allá de él, justo a tiempo para ver a Clint Fletcher levantarse de la mesa donde había estado sentado. ¿Cuánto tiempo llevaba allí?
En ese momento Clint miró alrededor y captó su mirada. Desconcertada, observó cómo se detenía y luego, para su consternación, se acercaba con paso tranquilo.
—Hola, Nadine.
Se volvió hacia Trace, y Nadine no tuvo más remedio que presentarlos.
—Trace, este es Clint Fletcher, mi jefe. Fletcher, este es Trace Bennet.
Forzó una sonrisa.
—Trace está abriendo un concesionario de maquinaria agrícola en la ciudad.
Trace se levantó y extendió una mano a Clint.
—Encantado de conocerlo.
—¿Le gustaría unirse a nosotros?
Pero para alivio de Nadine, Clint negó con la cabeza.
—No. Tengo que irme.
Su boca se curvó en una sonrisa cortés.
—Gracias por la oferta, de todas formas.
—Tendremos que quedar para hablar en algún momento —dijo Trace, sentándose de nuevo—. Puedes contarme todo sobre Sweet Creek.
Clint miró a Nadine.
—Nadine ha pasado toda su vida aquí y puede ponerte al día mejor que yo sobre lo que pasa en la ciudad.
Hizo tintinear las monedas en su bolsillo un momento.
—Espero que paséis una velada agradable.
—Y espero que sea la primera cita de muchas —dijo Trace, con un toque de humor en la voz.
—¿La primera? —preguntó Clint.
Nadine alzó la vista hacia él y luego apartó la mirada, sonrojándose de nuevo. Por supuesto que Clint captaría ese pequeño desliz; al fin y al cabo, era periodista.
—Supongo que Trace no cuenta la película como una cita —dijo ella.
Clint asintió, luego se dio la vuelta y se alejó.
—Tu jefe tiene una presencia bastante contundente, ¿no? —comentó Trace.
—Cuando quiere —dijo ella, con tono brusco.
—¿Ha vivido aquí mucho tiempo?
—No. Se mudó aquí cuando estaba en el penúltimo año de secundaria y vino a vivir con su tío y mi antiguo jefe, Dory Strepchuk. Era el dueño del periódico, y Clint se hizo cargo.
Nadine tomó otro sorbo de su té, ahora frío, y lo dejó con una mueca. No quería hablar de su jefe. Todavía podía sentir su mirada sobre ella, cómo evaluaba a Trace. Por alguna razón, no quería que él los viera juntos.
—Pero pareces conocerlo bien.
—Debería.
Nadine se rio brevemente.
—Salió con mi hermana.
—¿Tienes hermanas?
Nadine hizo girar su taza de té.
—Dos. Sabrina y Leslie. Gemelas. Ambas altas, rubias, hermosas. Lo cual yo no soy.
—¿Por qué te menosprecias así? —preguntó él.
Nadine se encogió de hombros, incómoda bajo su escrutinio.
—No es menosprecio, solo son los hechos.
—Eres una persona muy atractiva. Tienes unos ojos marrones tan hermosos y profundos, y un cabello tan bonito.
Hizo una pausa mientras le examinaba el rostro.
Nadine trató de no sentirse incómoda, trató de no permitirse creer lo que decía.
Él suspiró.
—Tienes una belleza natural...
—Saludable.
Nadine no pudo evitar el tono sombrío de su voz, ni pudo detener el leve rubor que le subió a las mejillas ante sus amables palabras.
—Puedes parar ya.
—Lo haré. Por ahora.
Le guiñó un ojo.
—Entonces, ahora sé que tienes dos hermanas y una abuela. ¿Qué hay de tus padres? —la animó.
Nadine bajó la mirada hacia su té, rodeando la taza con los dedos como si quisiera calentarla. —Mi padre murió en un accidente en el aserradero hace unos seis años. Mi madre falleció hace unos seis meses.
—Cuánto lo siento.
—Tenía ELA, la enfermedad de Lou Gehrig. Fue lo mejor.
Apartó la mirada, deseando cambiar de tema. La muerte de su madre no era ninguna novedad, pero últimamente parecía despertar una tristeza y unos remordimientos que no quería afrontar; no delante de un desconocido, por muy amable que fuera.
—¿Y qué hay de tu familia? —preguntó para desviar la conversación.
Y Trace le habló de los Bennet. Seguían viviendo en el Valle del Fraser, donde tenían una granja lechera.
Trace había trabajado para un distribuidor internacional de maquinaria agrícola y desde allí había ido ascendiendo.
Ahora estaba listo para montar su propia franquicia.
Llevaba un año buscando posibles ubicaciones y se había decidido por Sweet Creek.
—Pero he estado buscando algo más que un sitio donde abrir un concesionario.
Le guiñó un ojo a Nadine.
—Desde luego, no esperaba encontrar a alguien tan guapa con quien salir tan pronto.
—No hablemos de eso, ¿vale? —suplicó ella.
—¿Cuántas veces tengo que decírtelo? Lo estoy pasando muy bien.
Negó con la cabeza.
—Ahora tienes que contarme más de ti. ¿Cuáles son tus esperanzas, tus sueños?
¿Esperanzas y sueños? ¿Acaso había tenido la oportunidad en los últimos años de descubrir qué quería?
—¿Te has quedado en blanco? —la pinchó.
Ella negó con la cabeza.
—He pasado tanto tiempo cuidando de mi madre y trabajando que no he tenido ocasión de soñar ni hacerme ilusiones.
Miró a Trace y ahuyentó la melancolía con una risa suave.
—Supongo que solo quiero marcar la diferencia.
—Es un buen objetivo.
—¿Y tú?
Él se rio.
—Siempre periodista, ¿eh?
—Gajes del oficio —dijo ella.
Él se recostó y empezó a hablar. La conversación fue derivando del pueblo a la política, a libros que habían leído, a películas que habían visto.
El resto de la velada pasó volando, y pronto llegó la hora de irse. Cuando Trace se detuvo frente al edificio de Nadine, ella vio una luz encendida en el salón de su apartamento. La abuela la esperaba despierta.
Entraron en el edificio y Trace se detuvo ante la puerta del apartamento, prolongando la despedida.
—¿Podré verte la próxima vez que venga al pueblo?
Trace le tomó la mano y empezó a juguetear con sus dedos.
—Claro —dijo Nadine, conteniendo un estremecimiento de emoción—. Gracias por esta velada tan encantadora. La he disfrutado muchísimo.
La puerta a sus espaldas se abrió con un crujido.
—Nadine, ¿sigues ahí fuera?
Nadine se tensó al oír la voz de su abuela.
—Sí, abuela.
—Deberías entrar.
La abuela salió al pasillo, ciñéndose la bata de forro polar.
—Es tarde.
Nadine miró a Trace, quien, por suerte, no había cambiado de expresión al ver a aquella mujer menuda.
—Trace, te presento a mi abuela Laidlaw. Abuela, este es Trace Bennet.
La abuela mantuvo los brazos cruzados sobre el pecho y se limitó a asentir.
—Así que por fin le conozco, señor Bennet.
—Encantado de conocerla.
Trace le tendió la mano. Ella se la estrechó a regañadientes.
—Y, por favor, llámeme Trace.
—Lo haré.
Lo repasó con la mirada y le dedicó una sonrisa cortés.
—Es tarde, Nadine, y estoy segura de que tanto tú como el señor Bennet tenéis que madrugar mañana para trabajar.
—Enseguida entro, abuela —respondió Nadine en tono de advertencia.
La abuela le estaba hablando como si fuera una adolescente que hubiera llegado tarde. Aquello era pasarse de la raya.
Barbara no mostró el menor arrepentimiento. Echó otra mirada hacia donde estaba Trace.
—Encantada de conocerle —dijo, aunque su tono decía todo lo contrario.
Cuando se marchó, Nadine se volvió hacia Trace.
—Perdónala. Le dan manías. Y la manía que le ha dado esta noche es negarse a que le caiga bien nadie que no haya elegido ella misma para mí.
—No pasa nada.
Trace se metió las manos en los bolsillos y encogió los hombros.
—Pero sigo queriendo volver a verte.
Le dedicó una sonrisa y se irguió. Por un momento, Nadine pensó que iba a besarla, pero él se limitó a rozarle la mejilla con un dedo.
—Te llamaré —susurró.
Y se marchó.
Nadine lo vio marcharse y suspiró. Caminó hasta las puertas de cristal y lo observó alejarse.
Desde que dejó a Jack y volvió a Sweet Creek, no había tenido tiempo de salir con nadie. Desde que su madre enfermó, no había tenido una cita de verdad hasta esa noche.
Nadine arrugó la nariz y soltó una risa breve: incluso esta cita había sido un montaje.
—Entrega especial para ti, Nadine.
Julie irrumpió en el despacho de Nadine dos días después con un enorme ramo de rosas blancas.
Nadine alargó la mano hacia las flores, sorprendida y encantada.
—¿De quién son?
—Eso mismo me gustaría saber a mí. Toma, esto venía con ellas.
Julie le entregó un sobre. Nadine lo abrió, sacó la tarjetita y sonrió. Trace.