La promesa de su corazón (Dulces corazones de Sweet Creek nº 2) CAPÍTULO 3 #2
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CAPÍTULO 3 #2

Agarró un puñado de servilletas y, mientras limpiaba, se volvió hacia Clint Fletcher.

—Me has dado un susto de muerte —lo acusó, con el corazón desbocado.

—Vaya, eso sí que es una imagen interesante. Nadine sin su agudeza —dijo él, todavía de pie junto a ella, con una mano en el bolsillo del pantalón y la otra apoyada en la mesa.

Clint vaciló un momento y luego retiró una silla.

—¿Te importa si me siento contigo?

Intentó que su altura no la intimidara, que no le llamaran la atención lo anchos que se le veían los hombros con la chaqueta del traje. Pero sobre todo, intentó ignorar cómo se le aceleraba el corazón al verlo.

Se encogió de hombros como respuesta. Que lo interpretara como quisiera. Pero en el fondo, una parte de ella deseaba que se quedara, y enseguida se reprendió por seguir sintiéndose atraída por él después de tantos años.

—¿Qué historia estás cubriendo que te tiene fuera hasta tan tarde? —preguntó él mientras se sentaba.

Ella jugueteó con la taza.

—Fui a ver la película en Eastbar, que era espantosa, y decidí hacer tiempo antes de volver a casa.

—Supongo que la reseña no será favorable —dijo Clint. Cruzó las manos sobre la mesa y se inclinó hacia delante.

—No es probable —respondió Nadine, y se recostó en la silla—. Seguro que Evan Grimshaw, el dueño, volverá a acusarme de querer arruinarle el negocio.

—¿Con quién fuiste al cine? —preguntó Clint mientras se alisaba la corbata.

—Con nadie que conozcas —respondió ella, consciente de que tenía que mantener la farsa de la cita falsa.

Clint asintió, y por un momento Nadine estuvo tentada de soltar el nombre de Trace Bennet. Pero Clint, con sus preguntas rápidas e incisivas, la pillaría en la mentira.

—Supongo que no fue con tu abuela —dijo él con una media sonrisa.

—Ay, Dios, no. La abuela piensa que las películas y la televisión son desperdiciar el tiempo que Dios nos da.

—¿Tu abuela todavía vive contigo? —preguntó él—. Sé que se mudó cuando tu madre enfermó.

Nadine trazó con el dedo los círculos de humedad que la taza había dejado en la mesa.

—Técnicamente, no —respondió con un suspiro—. Es una anciana encantadora que cree que necesito que alguien me cuide, pero ya es hora de que vuelva a su casa. Me dio un respiro cuando se quedó con Sabrina después de que diera a luz, pero ha vuelto. Cree que necesito su... ayuda.

Y ahora estaba hablando demasiado. Clint aún conseguía ponerla nerviosa.

Un momento de silencio quedó suspendido entre ellos.

Clint se aclaró la garganta.

—¿Cómo están tus hermanas? —preguntó.

Nadine notó el tono de su voz y, al mirarlo, vio una expresión melancólica en su rostro. ¿Echaba de menos a Leslie? ¿Se arrepentía de haber roto con ella?

—Sabrina acaba de tener su primer bebé. Leslie está casada y también está embarazada; va a dejar el trabajo antes de dar a luz.

Mientras hablaba, le sostuvo la mirada, como desafiándolo, dejándole claro que, a pesar de la ruptura, a Leslie le iba de maravilla, muchas gracias.

—Leslie siempre fue muy casera. Igual que tú.

Clint le sonrió a Nadine con expresión dulcificada, y ella se preguntó si estaría pensando en Leslie. ¿Y por qué no iba a hacerlo?

Tan rápido como había llegado, el momento se esfumó. Él se levantó, se ajustó los puños de la camisa y volvió a ser su jefe.

—Bueno, será mejor que me vaya. Mañana tengo un día muy ocupado.

—El registro judicial —dijo Nadine con una sonrisa—. Poca cosa para nuestro estimado director general, cubrir a Wally.

Él hizo una pausa y, por un instante, pareció que iba a decir algo más.

—No me importa. Me gusta seguir implicado en el día a día. Me recuerda por qué me hice periodista.

Aquel pequeño atisbo de su vida la sorprendió.

—¿Echas de menos trabajar en un periódico grande? ¿Vivir en la ciudad?

Él tamborileó con los dedos sobre la mesa un momento, y sus rasgos se suavizaron.

—En realidad, no. Echo de menos parte de la emoción, pero ya he tenido bastante drama en mi vida.

Nadine se preguntó si se refería a sus padres.

Solo sabía lo que había oído de Leslie: que sus padres discutían mucho y que, aunque tenían mucho dinero, Clint no había sido feliz con ellos.

Pero notó que Clint no quería alargar la conversación, así que se limitó a dedicarle una sonrisa cortés en respuesta.

—Que tengas una buena noche —dijo ella.

Él asintió y, encogiéndose de hombros, se dio la vuelta y se marchó.

Nadine miró su taza de café medio llena. De repente se sintió sola. «Una soledad solitaria», pensó mientras dejaba dinero sobre la mesa para Cory y hacía una mueca al mirar el reloj.

Con suerte, la abuela ya estaría acostada y no tendría que inventarse más respuestas evasivas sobre su «cita».

Salió del hostal al frío de la noche otoñal. Calle abajo, oyó arrancar un vehículo que luego aminoró la marcha al pasar junto a ella.

Clint la miraba por la ventanilla de su todoterreno, y por una fracción de segundo lo sintió de nuevo: ese curioso vuelco en el corazón que él siempre conseguía provocarle.

Negó con la cabeza mientras él se alejaba. De verdad que tenía que superar esa tonta atracción.

A él no le gustaba el rumbo que estaba tomando con sus reportajes sobre Skyline, y ella sabía que tenía que concentrarse en averiguar qué le había pasado a su padre, no en coquetear con un jefe que le ponía trabas.