CAPÍTULO 2 #2
—No, gracias —Nadine frunció el ceño mientras su enfado se desvanecía. Su abuela lo había vuelto a hacer. Le había cortado las alas y luego había cambiado de rumbo.
—Bueno, deberías irte ya. Asegúrate de llegar a casa a tiempo esta noche. Tenemos invitados a cenar.
Nadine se detuvo. Su frustración buscaba una salida, buscaba palabras. —¿Quién? —balbuceó, incapaz de dar con las palabras adecuadas para hacerse entender.
—Sé que dijiste que dejara de entrometerme, pero invité al Dr. McCormack a cenar hace un par de días. No puedo cancelarlo ahora, sería de mala educación —dijo la abuela rápidamente.
—No estaré en casa —dijo con firmeza, sin importarle la metedura de pata que, según su abuela, eso supondría.
—¿Por qué no? No trabajas esta noche, ¿verdad?
No, no trabajaba, y tenía que actuar rápido para evitar que se repitiera lo de anoche y tantas otras noches. —En realidad, voy a... —¿qué, qué? Iba a hacer... ¿qué? Su mente repasó las posibilidades y se aferró a una con desesperación—. Tengo una cita.
—¿Una cita? ¿Con quién?
Ay, Dios. ¿Quién? Un nombre. Necesitaba un nombre; ya veía formarse el ceño fruncido de sospecha de su abuela. —Eh... Trace.
La abuela frunció el ceño. —Nunca he oído hablar de ese tal Trace. ¿Qué clase de nombre es ese? ¿Cómo se apellida?
Esto se estaba complicando. El nombre de Trace le había venido a la cabeza sin más.
Ahora necesitaba también un apellido. —Trace...
Bennet —añadió rápidamente. Buen nombre, nombre respetable, pensó, y los nombres pegaban bien juntos—.
Es un tipo estupendo. Lo conocí hace dos meses en la Agribition de Edmonton, cuando estaba haciendo un reportaje sobre la familia agricultora del año —se lavó las manos y tiró el corazón de la manzana al cubo del compost, incapaz de mirar a su abuela a los ojos, y se mordió el labio para frenar aquella sarta de sandeces y mentiras.
—Nunca me habías hablado de él —la abuela parecía dolida.
Nadine se encogió de hombros con indiferencia, ignorando una punzada de culpa. Se recordó las historias que la abuela le había contado a Patrick y que le había anunciado la visita del Dr. McCormack apenas segundos después de que Nadine le pidiera expresamente que no invitara a posibles novios.
—He quedado con él en Eastbar —dijo Nadine, volviéndose hacia su abuela con una sonrisa—. Tengo que hacer una reseña de una película nueva que ponen allí —respiró hondo, sabiendo que tenía que parar antes de enredarse demasiado en la mentira.
La abuela se recostó en la silla, casi haciendo pucheros. —Qué lástima. Tenía muchas ganas de que conocieras al Dr. McCormack. Es bastante guapo.
—Bueno —Nadine se encogió de hombros, intentando parecer arrepentida—. Lo siento, pero no puedo cancelar una cita con Trace —le dio un beso rápido en la mejilla a su abuela—. Hasta luego —añadió, enderezándose.
La abuela le cogió la mano y se la apretó mientras Nadine se incorporaba. —¿Y nunca me habías hablado de él?
Genial, sonaba sospechosa.
—Es que... no estaba segura de lo que sentía... —lo cual era cierto. ¿Cómo se inventan sentimientos por un tipo que no existe?
—¿Y cómo te sientes ahora? ¿Te gusta ese hombre?
Nadine casi cedió ante la expresión de genuina preocupación de su abuela.
La abuela solo quería lo mejor para ella, pensó.
Pero recordó a Patrick y al Dr. McCormack y se armó de valor, sabiendo que el arma más poderosa de la abuela era su preocupación y consideración.
La ablandaría con una sonrisa y luego se daría la vuelta y organizaría un encuentro con otro hombre.
Irguió los hombros, luchando contra la culpa y recordándose que debía ser fuerte. —Nos estamos conociendo, abuela. Estas cosas llevan su tiempo.
—Bueno, entonces no debería importarte que invite a otra persona, ¿verdad?
No se daba por vencida, pensó Nadine con incredulidad, sin apartar la vista de su abuela. La obstinada determinación de Barbara le recordó que ella tampoco debía ceder. Su autorreproche se esfumó.
—Ahora tengo novio, abuela. No tienes que preocuparte por mí. Nunca has tenido que hacerlo.
Dicho esto, se dio la vuelta y se marchó antes de tener que volver a mentir.
Trace Bennet, Trace Bennet, se repetía mientras cruzaba la puerta. ¡Tengo que acordarme de ese nombre! Salió y echó a andar deprisa, consciente de que acababa de salir de Guatemala para meterse en Guatepeor.
Clint salió de su despacho al amplio vestíbulo.
Aún olía a pintura fresca y a cola de moqueta.
Había encargado la reforma nada más hacerse cargo, tirando un tabique e instalando un mostrador curvo a la altura del pecho que servía de recepción.
Las paredes estaban pintadas en tonos crema y verde cazador.
El personal lo llamaba «el restaurante», pero la mayoría coincidía en que el despacho ahora resultaba más profesional y acogedor.
Julie ya estaba en su escritorio, atendiendo el teléfono y haciendo malabarismos como siempre. Levantó la vista cuando Clint se acercó, se tapó el micrófono con una mano y arqueó las cejas en gesto interrogante.
—Cuando llegue Nadine, ¿puedes decirle que quiero verla enseguida? —preguntó.
Julie asintió y volvió a su llamada.
Justo cuando iba a volver a su despacho, la puerta principal se abrió con un tintineo de campanillas y Nadine entró frotándose las manos.
Tenía las mejillas sonrosadas y el pelo, recogido en su eterna coleta, relucía bajo las luces.
Llevaba los vaqueros de siempre y una cazadora de cuero gastada sobre un jersey holgado.
En cualquier otra persona, el conjunto habría parecido desaliñado, pero Nadine conseguía que resultara moderno, aunque él sabía que llevaba ese mismo jersey desde el instituto.
Una ráfaga de aire frío entró con ella. Nadine miró a Clint y enseguida apartó la vista. Él no pudo evitar una punzada de decepción. No era distinto de otras veces, pero aun así le molestaba.
Clint carraspeó.
—Cuando tengas un momento, Nadine, me gustaría verte en mi despacho.
—Vale. Ahora voy.
Sin dedicarle otra mirada, Nadine fue hasta el escritorio de Julie y se apoyó en el mostrador.
—¿Alguna carta de fans para mí? —preguntó con ese tono burlón que usaba con todo el mundo menos con él.
—Montones —dijo Julie, y le pasó unos cuantos sobres—. Y este no tiene remite. Ten cuidado. A saber de quién es. Igual es de un acosador.
—Te hace demasiada ilusión eso. Además, los trolls suelen escribirme por correo electrónico —dijo Nadine mientras cogía los sobres. Los ojeó, sacó uno y lo guardó rápidamente en la mochila que llevaba siempre a cuestas.
Por fin, Nadine se volvió hacia Clint con la barbilla alzada, como desafiándolo.
Clint contuvo un suspiro. ¿Por qué se molestaba siquiera con esta mujer?
Nunca bajaría la guardia. Nunca sentiría por él lo que él sentía por ella.
Pero al cruzar sus miradas, vio dolor y agotamiento detrás del desafío, y sintió el impulso de abrazarla, de consolarla.
Pero sabía cómo reaccionaría. Igual que siempre que intentaba acercarse a ella: con un comentario sarcástico y un desdeñoso encogimiento de hombros.
—¿Querías verme enseguida? —dijo ella.
—Si tienes un momento.
—Mejor aprovecha ahora, antes de que suene el teléfono.
Clint la hizo pasar a su despacho, pero antes de que se sentara le ofreció un café, que ella rechazó.
—¿No me vas a dejar ni demostrarte lo sensible y atento que soy? —bromeó, intentando aligerar el ambiente.
Ella alzó la vista con expresión impasible.
—Sé qué clase de hombre eres.
Había un filo en su voz que lo irritó. ¿Qué le había hecho él para que se mostrara tan arisca?
¿Y por qué se empeñaba en intentar acercarse a ella?
—Bueno, ¿de qué querías hablarme? —preguntó ella, recostándose en la silla.
Clint respiró hondo. Buscaba las palabras adecuadas mientras se recordaba que era el director general y que su prioridad era proteger el periódico, no su relación personal con la editora. Apoyó los brazos en el escritorio, consciente de que lo que iba a decir no mejoraría las cosas entre ellos.
—Quería preguntarte por un artículo sobre Skyline Contractors que encontré en los archivos del ordenador. Llevaba tu firma, pero está claro que no estaba listo para publicar. ¿Es noticia?
—Un exempleado me pasó información sobre ciertas irregularidades en sus informes de accidentes... —dijo ella despacio.
—¿Quién lo verificó?