CAPÍTULO 1 #4
Sus padres nunca ganaron mucho dinero, pero habían alcanzado una satisfacción que a menudo escapaba a quienes tenían más.
Sam estaba convencido de que Dios cuidaría de ellos.
Por desgracia, esa convicción generó cierta actitud de laissez-faire en sus tratos con bancos y aseguradoras, que no se mostraron tan comprensivos.
Como su padre era considerado trabajador autónomo, no tenía plan de pensiones de empresa ni seguro de vida.
Tampoco estaba asegurada la hipoteca. La miseria que pagaba la mutua de accidentes apenas cubría los gastos.
Brenda Laidlaw había trabajado menos de un año como cajera en el supermercado del barrio antes de que la enfermedad la dejara postrada en casa.
Vendieron la casa y la familia se mudó a un piso en el mismo edificio donde Nadine vivía ahora.
Nadine volvió al presente y miró a su alrededor.
Aquella habitación era suya desde la muerte de su padre.
Con su madre fallecida, el piso era demasiado grande para una mujer sola.
Había echado el ojo a un piso más pequeño y moderno en una urbanización aún en construcción.
Pero marcharse de allí sería como romper el último vínculo con su madre.
Y tienes a la abuela, se recordó con un suspiro.
Mudarse a un sitio más pequeño probablemente sería la mejor forma de conseguir que la abuela volviera a su casa, pero parecía una solución cruel e irrespetuosa.
Cuando se trataba de plantarle cara a Barbara, se interponían demasiados recuerdos: ecos de su abuela leyendo devocionales a su madre, cantando mientras la bañaba con una esponja y le daba de comer, limpiándole la boca con ternura a medida que Brenda perdía el control de su cuerpo.
La entrega de la abuela hacia ella y su madre había sido una bendición en su momento, pero ahora la asfixiaba. Nadine no sabía cómo liberarse de aquella generosidad abrumadora sin sentirse desagradecida y fría.
Nadine rodó los hombros, se frotó los ojos y volvió a la pantalla del ordenador. La abuela y el piso nuevo tendrían que esperar.
Un golpecito en la puerta interrumpió su trabajo.
—¿Qué pasa, abuela? —preguntó con el ceño fruncido, concentrada.
—Tenemos visita —anunció Barbara en voz alta.
Nadine miró por encima del hombro a su abuela, que estaba en el umbral, sonriéndole.
—¿Quién es? —susurró.
—¿No quieres arreglarte el pelo? —le susurró Barbara.
—No —respondió Nadine, irritada.
Habría preferido quedarse en su cuarto, pero no era capaz de ser tan maleducada con el misterioso visitante.
Nadine siguió a Barbara hasta el salón. Las lámparas de mesa de peltre proyectaban una luz tenue.
Nadine sintió cierto orgullo al contemplar el sofá de cuero color cervato con los sillones a juego.
Las mesas de centro y auxiliares de pino bruñido y latón complementaban los tonos cálidos del cuero.
Ella misma había cosido las cenefas de cuadros escoceses que colgaban de las barras de peltre y los cojines decorativos a juego.
Un hombre les daba la espalda. Se volvió cuando entraron, y Nadine reprimió un suspiro.
—Nadine, seguro que te acuerdas de Patrick Quinn. ¿No vivía unas casas más allá cuando estábamos en la calle 55?
Nadine le sonrió a Patrick, rezando para que su expresión forzada ocultara su irritación contenida. Intentó apartar los recuerdos de Patrick de niño: egoísta, mandón, burlándose constantemente de su pelo, de su gordura infantil y de que prefiriera estar con su padre antes que con sus hermanas.
—Te recuerdo como un chicazo —dijo Patrick con una amplia sonrisa—. Y mira en qué te has convertido.
¿En serio?
No le quedó más remedio que sentarse e intentar mantener una charla intrascendente. La charla resultó ser muy intrascendente: la abuela y Nadine le hacían a Patrick preguntas educadas sobre dónde trabajaba y vivía. Patrick había cambiado poco, o quizá se había vuelto aún más aburrido.
Al cabo de un rato, Nadine necesitó escapar. Estiró la pierna bajo la mesita y le dio un toque a su abuela.
Barbara ni se inmutó.
—Nuestra Nadine es toda una cocinilla —continuó la abuela, ignorando el siguiente empujón de Nadine, esta vez con más fuerza.
—No soy ni pequeña ni buena cocinera —interrumpió Nadine. Lanzó una mirada de advertencia a su abuela y luego se volvió hacia Patrick—. A la abuela le encantaría que fuera más hogareña, pero para mí, «cocina gourmet» significa echarle azúcar moreno en vez de blanco a los cereales.
La abuela ni se inmutó. —Qué bromista es nuestra Nadine.
—Siempre lo ha sido —dijo Patrick, y le guiñó un ojo.
«Ay, por favor».
Tras una dolorosa media hora, Patrick se despidió. Agradeció a Barbara y a Nadine la encantadora visita y, dedicándole una sonrisa pícara a Nadine, se marchó.
Barbara se volvió hacia Nadine. —Es un chico muy majo. ¿No crees?
«No lo era entonces y no lo es ahora».
—No es mi tipo, la verdad —dijo Nadine con sequedad.
—Quería volver a verte. Se le notaba. —Barbara se inclinó para poner las tazas en la bandeja y, al dar el reloj la hora, se enderezó—. Dios mío, Nadine. Será mejor que te acuestes. Yo recojo. Necesitas descansar.
Y dicho esto, Barbara se fue a la cocina con paso ligero.
Nadine negó con la cabeza. Tenía que hacer algo con Barbara, o su entrometida abuela acabaría controlando su vida.
Soltó un bostezo que le crujió la mandíbula y miró el reloj. Pero no esa noche.