La promesa de su corazón (Dulces corazones de Sweet Creek nº 2) CAPÍTULO 1 #3
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CAPÍTULO 1 #3

—Los cereales fríos son una comida equilibrada —resopló Nadine, empujando las sillas de madera con respaldo alto bajo la mesa con la rodilla—. Lo dicen en todos los anuncios.

Barbara dejó las bandejas en la encimera y apartó las manoplas del horno.

—Dios mío, niña, ¿te costaría tanto comprar unas manoplas nuevas? Estas ya no sirven para nada.

Ignórala, pensó Nadine. No entres al trapo.

—De todos modos, esta noche te preparo pollo con patatas y zanahorias —dijo la abuela, levantando la tapa de la sartén y dejando escapar otra oleada de especias aromáticas—. Así que ve a lavarte. La cena estará lista en un santiamén.

—Solo te vas a quedar un poco más, ¿verdad? —preguntó Nadine, recordando las promesas que su abuela había incumplido tan alegremente en el pasado.

La abuela le dirigió una mirada inocente.

—Me quedaré todo el tiempo que me necesites.

Nadine sostuvo esa mirada ingenua, intentando descifrar qué significaba, pero la abuela se limitó a guiñarle un ojo. Nadine enderezó la última silla y se dirigió al baño.

Echó un vistazo al baño y arrugó la nariz.

Esa mañana había tenido prisa y había dejado la ropa y las toallas tiradas en el suelo.

Ahora, los grifos brillaban, y unas toallas limpias de color melocotón colgaban de la barra, con una toallita gris del mismo tono que las paredes colocada en un triángulo perfecto sobre ellas.

La bañera resplandecía y había una alfombra limpia entre el lavabo y la bañera.

Mientras se cepillaba el pelo espeso, pensó en su querida, dulce e intrusa abuela. Y en cómo tenía que conseguir que volviera a su casa.

Cuando la madre de Nadine estaba en las primeras etapas de la enfermedad de Lou Gehrig, Barbara Laidlaw se mudó allí al mismo tiempo que Nadine regresaba de Edmonton para cuidar de su madre; las hermanas de Nadine ya estaban casadas y no podían hacer mucho.

Pero cuando Brenda fue trasladada al hospital, la abuela se quedó.

Barbara era perfectamente capaz de vivir sola, pero prefería alquilar su casa y quedarse para ayudar a Nadine.

La abuela «ayudaba» a Nadine limpiando, horneando, organizando, invitando a hombres «adecuados» a cenar y apuntando a Nadine como voluntaria en la iglesia o en cualquier otro evento comunitario que le llamara la atención.

Nadine solo conseguía un respiro de la abuela cuando una llamada desesperada a una de sus comprensivas hermanas acababa en una misión inventada para la abuela. De vez en cuando, Barbara le prometía a Nadine que pronto volvería a su casa.

Pero ese día nunca llegaba, porque la abuela siempre insistía en que la pobre Naddy todavía la necesitaba. A ojos de la abuela, el mayor problema era que la «pobre Naddy» seguía soltera, algo que había que solucionar antes de que ella volviera a su propia casa.

No es que la pobre Naddy no hubiera tenido su oportunidad en el amor.

Había estado saliendo con Jack cuando su madre enfermó.

Él la animó a volver para cuidarla. Siempre que podía, venía a visitarla, repitiéndole cuánto respetaba su devoción por su madre.

Salieron durante cuatro años, yendo y viniendo el uno a ver al otro.

Luego, una tarde, Nadine llevó a su madre a la ciudad para una cita médica y decidió pasarse a ver a Jack.

Encontrarlo con una rubia alta y esbelta había sido un cliché tan grande que todavía le daba vergüenza ajena.

Y descubrir que no era la primera mujer con la que había estado la hizo sentirse como una completa idiota.

Quizá si Nadine hubiera sido una rubia seductora, él se habría quedado.

Y quizás el ratoncito Pérez y Papá Noel la visitarían algún día. Jack era un infiel: estaba claro que tampoco había sido fiel a ninguna de las rubias con las que la había engañado.

Pero aun así...

Se miró en el espejo, analizándose. Como siempre, fue crítica con la forma almendrada de sus ojos marrones, lo abundante de su pelo, lo ancha de su mandíbula. Era, como diría su abuela cuando intentaba consolarla, una cara interesante.

Nadine apartó la mirada, abrió el grifo y se lavó esa cara interesante con agua y jabón, sin más.

Cuando terminó, cruzó el pasillo y echó un vistazo a la habitación que hacía las veces de dormitorio y despacho, y respiró aliviada. El viejo escritorio de persiana rebosaba de papeles; las revistas seguían apiladas en varios montones a su alrededor. La abuela no había invadido su territorio.

De momento.

Después de cambiarse, salió de la habitación y, con una mirada furtiva por el corto pasillo, abrió la puerta del dormitorio de invitados de enfrente.

En la «habitación de la abuela», las maletas estaban guardadas y la Biblia descansaba sobre la mesita de noche.

Fotos familiares enmarcadas cubrían la parte superior de la cómoda.

Parecía que la abuela se estaba instalando para largo.

Nadine cuadró los hombros y caminó decidida por el pasillo. Entraría en la cocina, respiraría hondo y diría...

—¿Azúcar o miel en el té? —la abuela colocó una taza humeante sobre la mesa justo cuando Nadine entraba resuelta en la cocina. Su determinación flaqueó cuando la abuela la agarró del brazo y la condujo hacia una silla—. La cena está lista.

Nadine abrió la boca para hablar, pero la abuela ya se había dado la vuelta para servir la comida. Nadine suspiró mientras la abuela colocaba los platos sobre el mantel planchado y se acomodaba en una silla, sonriendo.

—Qué bien estar de vuelta. Te he echado de menos, Naddy.

Extendió la mano.

—¿Quieres bendecir la mesa tú, o lo hago yo?

—Hazlo tú.

Nadine temía que, si lo hacía ella, acabaría preguntando en voz alta cómo pedirle educadamente a su abuela que se marchara.

Barbara pidió paz, protección y una bendición para la comida. Cuando terminó, empezó a comer con un vigor que nunca dejaba de sorprender a Nadine.

—Bueno, ¿qué pasó mientras estuve fuera? —preguntó Barbara.

—Poca cosa —respondió Nadine, pensando en la tranquilidad de los últimos días—. Mark y Sheryl han anunciado la fecha de su boda. Ella me ha pedido que sea dama de honor.

—Vaya, qué bien. A lo mejor en la boda conoces a alguien interesante.

—Abuela —dijo Nadine en tono de advertencia.

Con un encogimiento de hombros fatalista, la abuela siguió a lo suyo:

—Pensé que a lo mejor ese chico tan majo, David, habría llamado —dijo con retintín—. No me acuerdo de su apellido. Lo conocimos en el supermercado.

—David Branscome está en paro por decisión propia y vive con sus padres. No es precisamente un buen partido.

La abuela ni se inmutó.

—Una buena mujer puede cambiar mucho a un hombre.

—David ya tiene una buena mujer. Su madre —dijo Nadine.

Terminó de comer y dejó los cubiertos en el plato.

—Estaba delicioso, abuela. ¿Te importa si paso del postre? Tengo trabajo pendiente.

—Trabajas todo el día... ¿De verdad tienes que trabajar también por la noche? —preguntó la abuela.

—No es nada importante, en realidad. Solo quiero dejarlo listo antes de mañana —dijo Nadine, intencionadamente imprecisa.

Se levantó y recogió los platos.

Nadine dudaba en mencionar la carta. Sam era el hijo de Barbara, y no quería despertar falsas esperanzas de que por fin pudieran resolver el misterio de su muerte.

—Necesito repasar unos datos sobre Skyline —añadió con cautela.

La abuela se volvió hacia ella con gesto apenado.

—Ay, cariño, eso siempre te pone de mal humor. ¿No tienes nada mejor que hacer?

—Acaban de recibir unas subvenciones del gobierno bastante dudosas —dijo en tono desenfadado.

Nadine llevó los platos a la encimera y los dejó allí.

—No tardaré mucho.

Salió de la habitación antes de que la culpa por sus evasivas la abrumara. Nunca se me ha dado bien mentir, pensó.

Ya en su dormitorio, cerró la puerta y se apoyó en ella, pensando en la misteriosa carta y en todo lo que presagiaba.

La carta prometía respuestas, quizá pruebas contundentes que podría esgrimir contra Skyline. Una vez más, Nadine se preguntó cuál sería la voluntad de Dios en todo aquello. ¿Por qué había llegado la carta ahora, después de tanto tiempo?

Con un leve suspiro, se acercó al escritorio y encendió el ordenador. Mientras arrancaba, releyó la carta.

Estimada Sra. Laidlaw:

He leído sus artículos sobre Skyline en el periódico. Sé que no le tiene ningún cariño a Skyline. Yo tampoco. Tiene razón. Necesito hablar con usted sobre su padre. En persona. Tengo información que creo que puede usar contra Skyline. La llamaré.

No estaba firmada ni tenía remite.

Nadine se volvió hacia el ordenador y abrió el archivo de Skyline, donde guardaba copias de cada carta que había escrito a la dirección de la empresa y a varios departamentos gubernamentales de seguridad laboral.

La correspondencia le había valido algunas respuestas corteses redactadas en el lenguaje vago de los burócratas.

Las había escaneado y guardado en el archivo.

Nadine las abrió todas y las leyó en orden cronológico para refrescar la memoria.

Releerlas le recordó una vez más lo que ella y su familia habían perdido: un padre trabajador que la quería incondicionalmente; un padre que escuchaba con paciencia sus cuitas amorosas, que arreglaba bicicletas caprichosas y coches problemáticos para unas hijas demasiado ocupadas para darse cuenta de lo afortunadas que eran.

Nadine apoyó el codo en el escritorio, evocando a Sam Laidlaw subiendo por el camino a última hora de la tarde, con olor a diésel y serrín, alzando a cada una de sus hijas en sus fuertes brazos entre risas por sus chillidos, apartando a Brenda de los fogones para hacerla girar y envolverla en un abrazo cálido y apretado.

Su padre silbaba mientras ordenaba las herramientas, dejándolas listas para el trabajo del día siguiente.

A ella le encantaba ayudarlo en sus proyectos: una estantería para el salón, una mesa nueva para la cocina.

A él le encantaba trabajar la madera en todas sus formas.