CAPÍTULO 1 #2
—¿Aparte de los que la abuela no para de traer a casa?
Elaine le guiñó un ojo.
—Nuestro guapísimo jefe, por ejemplo.
A Nadine le dio un vuelco el corazón y se preguntó si se le habría notado algo.
—No soy su tipo.
Elaine frunció los labios mientras la observaba.
—¿Cómo lo sabes? Creo que haríais buena pareja.
Nadine intentó ignorar el aguijonazo que le provocaron las palabras de Elaine.
Había crecido como una morena bajita, eclipsada por sus hermanas gemelas, un año menores que ella.
El hecho de que fueran altas, esbeltas y rubias y gemelas era una triple amenaza contra la que no podía competir.
Fueran donde fueran las tres, Sabrina y Leslie eran las que atraían todas las miradas.
Las gemelas habían sido las populares en el instituto, las que los chicos miraban cuando pasaban por el pasillo, mientras que Nadine solía pasar desapercibida.
Aunque Nadine quería mucho a sus hermanas, era muy diferente de ellas. A Sabrina y Leslie les encantaba salir, estar con gente, y eran el alma de cualquier reunión. Nadine prefería quedarse en casa, ayudar a su padre y trastear en el garaje.
Y todo eso le había parecido bien.
Hasta que Clint Fletcher llegó al instituto de Sweet Creek. Desde el primer día de clase, captó la atención de Nadine como ningún otro chico. Era alto, tenía una actitud seria que la atraía. Compartían muchas clases, y él era inteligente y centrado.
Pero, como casi todos los demás chicos que conocía, él se sintió atraído por sus hermanas. Cada vez que Clint iba a su casa, ella se quedaba en segundo plano, deseando en secreto que se fijara en ella en lugar de en Sabrina o Leslie.
Nunca lo hizo. Coqueteó con Sabrina y salió con Leslie durante los tres años que estuvo en Sweet Creek.
Nadine había intentado olvidarlo. Incluso había logrado sentir cierta atracción por Paul, un chico con el que salió durante unos meses.
Durante un tiempo, pensó que había encontrado en Paul un alma gemela.
Pero en las últimas semanas de relación sintió que él no estaba del todo comprometido, así que, para ahorrarse la humillación de que la dejaran, se adelantó y lo dejó ella primero.
Por desgracia, seguía pensando en Clint.
Cuando Leslie rompió con Clint y Nadine empezó la universidad en Edmonton, pensó que eso la ayudaría a olvidarlo; pero la primera vez que se lo encontró en Whyte Avenue —mientras ella estaba en una cita y él iba con otra rubia— el corazón le dio el mismo vuelco que en el instituto. Y eso la sacó de quicio.
—No me interesa. Fin de la historia —Nadine pronunció las palabras con renovada convicción. Después de salir con Jack y de que la engañara de aquella manera, había pasado de los chicos para mucho, mucho tiempo.
—Vale, nada de Clint. Pero ¿qué vas a hacer con la abuela?
—Debería decirle que se vaya —dijo Nadine con un suspiro angustiado.
Elaine se rio.
—Esa dulce mujercita te mirará con esos ojazos azules, te sonreirá y te dará un plato de galletas. Y luego te dirá que va a invitar a cenar a otro hombre soltero y totalmente inadecuado.
Nadine gimió, pensando en los últimos dos tipos que su abuela había invitado.
—Lo sé. Cada vez está peor. En serio, no sé qué hacer.
—Consíguete un novio. O invéntate uno.
—Como si pudiera hacer eso —respondió Nadine—. No tengo memoria suficiente para mentir.
—Dios ayuda a los que se ayudan a sí mismos.
—Eso ni siquiera está en la Biblia.
—¿Y qué? Soy gerente de oficina, no teóloga.
Elaine se levantó sin soltar el ordenador.
—Será mejor que termine con la reunión con Clint. Le prometí a mi familia comida de verdad esta noche. ¿Te apuntas?
—Gracias, pero esta noche voy a disfrutar del apartamento vacío, poner música y cenar dos tazones de cereales.
Mientras salían de la oficina de Nadine y caminaban por el pasillo, Elaine arrugó la nariz.
—Vaya nochecita te espera.
Elaine se detuvo frente a la puerta del despacho de Clint.
—Hasta mañana, bala perdida.
—Esa soy yo —bromeó Nadine mientras se despedía con la mano.
Nadine salió al cálido atardecer de septiembre. A pesar de las risas compartidas con Elaine, la invadió una sensación de melancolía.
Era un glorioso día de otoño. Esa mañana había ido andando al trabajo para disfrutar de los últimos días cálidos.
Nadine paseó por las aceras arboladas de su ciudad natal, con las manos en los bolsillos, la chaqueta abierta y la mochila al hombro. Arrastraba las zapatillas por la alfombra de hojas de la acera.
Qué mundo tan hermoso, pensó Nadine, entornando los ojos hacia las montañas que se alzaban al final de Main Street.
Sus picos de granito, salpicados de nieve, se recortaban contra el intenso azul del cielo, en vivo contraste con las hojas naranjas y amarillas de los álamos que bordeaban la calle.
Sweet Creek se extendía protegido en el valle formado por el río Elk, que atravesaba el centro del pueblo.
Nadine había crecido a la sombra de los picos de las Hermanas Gemelas, la montaña Hartley y las crestas de la cordillera Kootenay.
Como buena chica de pueblo, había planeado su huida desde que empezó el instituto.
Quería estudiar periodismo y fotografía, encontrar trabajo en un periódico urbano o una revista pequeña, y abrirse camino hasta un puesto en un gran diario donde pudiera hacer periodismo de investigación de verdad.
Había conseguido unas prácticas en el City Beat —una pequeña revista mensual—, un apartamento con encanto en Edmonton y un novio.
Entonces mataron a su padre, su madre enfermó y necesitó ayuda, y Nadine tuvo que renunciar a todo.
Durante cinco años, Brenda Laidlaw luchó contra la enfermedad de Lou Gehrig.
Cuando le diagnosticaron la enfermedad, el médico le dio solo tres años de vida, pero no había contado con el temperamento ni la tenacidad de Brenda Laidlaw.
Ella juró no descansar hasta descubrir la verdad sobre la sospechosa muerte de su marido.
Lo más triste de la enfermedad era que, mientras el cuerpo de Brenda le fallaba, su mente seguía comprendiendo y luchando.
Seis meses atrás, la madre de Nadine perdió la batalla.
Aunque su muerte no fue inesperada, Nadine se sumió en un profundo dolor que aún la asaltaba sin previo aviso.
Y entrelazada con el dolor estaba la rabia hacia la empresa que, según Nadine, era responsable de la muerte de su padre y que nunca había mostrado la menor compasión.
Nadine inspiró hondo el aire otoñal, intentando ahuyentar la congoja que le provocaban los pensamientos sobre sus padres. Intentando espantar la soledad que traían consigo esos recuerdos.
Mientras Leslie y Sabrina tenían maridos que las ayudaban a sobrellevar el dolor, Nadine solo contaba con su abuela, que, por muy cariñosa que fuera, también arrastraba su propio duelo.
Nadine se cambió la mochila de hombro al doblar la esquina hacia su apartamento, decidida a sacudirse el ánimo sombrío. Al menos podía esperar una tarde tranquila en casa, con la abuela todavía en casa de Sabrina.
Silbando bajito, se acercó a su casa, pero entonces vio un pequeño coche rojo aparcado frente al edificio de ladrillo de dos plantas y se le cayó el alma a los pies.
La abuela había vuelto.
Para asegurarse, Nadine echó un vistazo al interior del coche. Efectivamente, solo su abuela conduciría un coche con fundas de asiento de ganchillo con motivos de cuadraditos.
«Las compré en eBay por cuatro duros», le había dicho la abuela.
Nadine alzó la vista al cielo en busca de paciencia, sacudió la cabeza y abrió una de las puertas dobles de cristal del portal.
Recorrió el pasillo hasta su piso, abrió la puerta —que no estaba echada— y entró.
El delicioso aroma de galletas de chocolate con mantequilla de cacahuete en el horno y pollo haciéndose llegaba desde la cocina hasta la entrada, provocando un rugido amenazador en su estómago que casi —aunque no del todo— compensaba la inesperada presencia de su abuela.
Nadine dejó la mochila sobre la mesa de la entrada, se quitó las zapatillas, respiró hondo y dobló hacia la cocina.
Una mujercita de apenas metro y medio, con el pelo canoso cortado a lo garçon, estaba encaramada en un taburete de la pequeña cocina en forma de U. Canturreaba mientras hacía bolitas de masa y las colocaba en filas perfectas sobre la bandeja de horno.
Nadine carraspeó para anunciar su llegada.
Su abuela se volvió, y las notas de «Más cerca, oh Dios, de ti» se apagaron mientras Barbara le dedicaba una sonrisa radiante a su nieta.
—¡Naddy! Ya estás en casa.
La abuela saltó del taburete, se acercó y levantó la cabeza para recibir un beso.
—Hola, abuela. Me sorprende verte de vuelta tan pronto.
¿Qué haces aquí, abuela? ¿Cuánto tiempo piensas quedarte, abuela?
Las preguntas silenciosas se agolparon en su mente.
—Sabrina estaba perfectamente y no necesitaba ayuda con el bebé —explicó la abuela—, así que decidí volver.
A Nadine se le cayó el alma a los pies mientras reprimía una oleada de frustración —que no venía a cuento— ante la rápida recuperación de su hermana.
—Y por el aspecto del lugar, he llegado justo a tiempo.
La abuela sacudió la cabeza.
—En serio, Nadine. ¿Cereales para cenar?
Nadine ignoró la reprimenda y echó un vistazo a la cocina en busca de cualquier cambio que su abuela pudiera haber hecho.
Efectivamente, había vuelto a mover la mesa de la cocina a la esquina.
Barbara decía que así la cocina quedaba más amplia, pero a Nadine le gustaba la mesa justo debajo de la lámpara.
Daba mejor luz, sin sombras, lo que facilitaba la lectura de los distintos periódicos a los que estaba suscrita.
Y había reorganizado la sala de estar.
En serio.
Sonó el temporizador y la abuela volvió a sus galletas. Abrió la puerta del horno para sacar la siguiente tanda.
—Cuando vi todos esos cuencos de cereales apilados en el fregadero, supe que no debería haberme ido.