La promesa de su corazón (Dulces corazones de Sweet Creek nº 2)
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CAPÍTULO 1
Nadine dobló la carta que acababa de leer y la deslizó cuidadosamente en el sobre, como si cualquier movimiento brusco pudiera alterar y desordenar las inquietantes palabras. Dejó el sobre en el escritorio y pasó el pulgar por el borde afilado.
Se recostó en la silla de oficina y se llevó las manos a la cara. ¿Sería esto? ¿Les ayudaría por fin esta carta a descubrir la verdad sobre la muerte de su padre?
Seis años antes, su padre, Sam Laidlaw, trabajaba para Skyline Contractors como talador.
Murió en el trabajo en circunstancias misteriosas, y la única información que su afligida viuda e hijas habían recibido era el informe oficial del incidente publicado por la empresa, que insinuaba que Sam había muerto por su propia negligencia.
Pero Nadine sabía mejor que nadie con cuánto cuidado realizaba él su trabajo: la seguridad era primordial para él, dentro y fuera del trabajo.
Aunque no creía a la empresa, no pudo seguir investigando sus sospechas.
Y hoy había recibido esta carta sin remitente y con un matasellos de «Prince George», lo que tampoco acotaba mucho las posibilidades. La carta anónima no daba información específica, pero dejaba entrever que alguien sabía algo sobre los acontecimientos que rodearon la muerte de su padre.
Desde el día del accidente, Nadine y su madre habían luchado por descubrir la verdad. Aunque las hermanas gemelas menores de Nadine, Sabrina y Leslie, lo echaban mucho de menos, parecían haber pasado página.
Pero Nadine no se rindió. Aunque no podía dedicar al caso tanto tiempo como quería, estaba decidida a limpiar el nombre de su padre, por así decirlo.
Había hecho llamadas, escrito cartas y asistido a reuniones con los supervisores de su padre y los altos cargos de la empresa.
Pero nada, la empresa no se movía de su postura: Sam murió porque no había tenido cuidado.
Esta carta era el primer avance en seis años. Ojalá pudiera compartirlo con su madre.
Seis meses atrás, tras una larga batalla contra la enfermedad de Lou Gehrig, Brenda Laidlaw había fallecido. Su carácter decidido no le sirvió para vencer la enfermedad, como tampoco le había servido para descubrir qué le había sucedido a su marido.
Nadine deslizó el sobre en la mochila, deseando que los dedos dejaran de temblarle, que pudiera liberar la tensión que la carta había creado.
Cogió la cazadora de ante de aviador del perchero junto a la pared y se la puso sobre el grueso jersey de punto. «Ropa de otoño», pensó mientras se sacaba la melena del cuello y volvía a recogérsela en una coleta.
Le fastidió ver trozos de paja todavía pegados a los pantalones de pana, y los fue quitando para tirarlos a la papelera desbordante bajo el escritorio.
Esa tarde había recorrido campos de agricultores para hacer fotos de la cosecha para el periódico.
Nunca conseguía ir arreglada. De pequeña, siempre era la que tenía tierra en los codos y rotos en los vaqueros.
Sus hermanas gemelas siempre parecían listas para la foto, con el pelo brillante y conjuntos coordinados.
—Oye, Naddy, ¿todavía andas por aquí? —Elaine, su amiga y la jefa de administración del Sweet Creek Chronicle, se detuvo en la puerta con un portátil bajo el brazo.
Se apartó el flequillo oscuro de los ojos de un soplido y se asomó.
—En realidad, ya me iba a casa —dijo Nadine sonriendo—. ¿Qué pasa con el portátil? ¿Te lo llevas a casa para jugar al «Minecraft» con Drew?
—Como si mi marido fuera a jugar —Elaine se dejó caer en una silla frente al escritorio de Nadine, con el portátil aún en las manos—. Clint quiere que revise los registros de circulación. Quiere recuperar a algunos de los antiguos suscriptores.
—Tú también pareces cansada —dijo Nadine al fijarse en las tenues ojeras bajo los brillantes ojos verdes de Elaine.
—El gran jefe no tiene nada que ver con Dory como gerente —dijo Elaine con un suspiro—. Tengo que ponerme al día, eso es todo.
—Disculpen, ¿puedo pasar? —la voz grave que llegó desde la puerta hizo que tanto Nadine como Elaine dieran un respingo.
Elaine lanzó a Nadine una mirada de alarma y se volvió hacia Clint Fletcher.
—Justo iba a llevarte la información, Clint.
—Está bien, Elaine. No tengo prisa —Clint entró en la habitación y su presencia la llenó por completo.
Una corbata burdeos ceñía el cuello de la impecable camisa gris, el espeso cabello castaño lucía atractivamente despeinado y el rostro permanecía impasible como de costumbre.
Clavó los ojos color avellana en Nadine mientras le entregaba un sobre.
—Lo recibí con mi correo y lo abrí por error. No me di cuenta de que iba dirigido a ti hasta que lo leí. Lo siento.
Nadine cogió el sobre.
—Gracias, Fletcher. Seguro que fuiste discreto —dijo sin poder evitar el tono burlón.
Clint siempre la ponía nerviosa, y llamarlo por el apellido con sarcasmo era su defensa favorita.
Reprimió un destello de inquietud mientras echaba un vistazo disimulado a la carta, por si era más información sobre su padre. Por suerte, era simplemente otra invitación a un evento de networking con otros profesionales del periodismo.
«Paso».
—También quería saber si podrías pasarte por mi despacho mañana a primera hora —dijo Clint.
—¿Otra minicumbre editorial? —Nadine soltó una risa nerviosa, incómoda por el tono serio de Clint.
—Algo así —respondió él, con expresión aún seria.
Se volvió hacia Elaine.
—Tráeme la información al despacho cuando puedas.
Y se marchó.
Elaine cruzó una mirada con Nadine y arqueó las cejas.
—Espero que no estés metida en líos. Otra vez.
Nadine puso los ojos en blanco al oír eso último.
Desde que Clint había llegado, las rutinas del periódico se habían reorganizado y puesto patas arriba. Dory Strepchuk, la anterior directora general, prefería un estilo editorial más flexible y había dejado que Nadine tomara muchas decisiones editoriales por su cuenta.
Clint, en cambio, dejó claro desde el principio que quería participar en las principales decisiones editoriales no solo del Sweet Creek Chronicle, sino también de las otras cabeceras del grupo, el Eastbar Echo y el Fort Henday Times.
—Me pregunto si nuestro estimado jefe sabe que tengo nombre —dijo Nadine—. A ti te llama por tu nombre, a Wally lo llama por su nombre, a Julie la llama por su nombre. Pero a mí, no sé cómo, siempre evita llamarme de ninguna manera.
—No ayuda que tú siempre lo llames Fletcher.
—Para mí siempre ha sido Fletcher. Llevo nueve años llamándolo así.
Desde el primer día que salió con Leslie hasta que rompió con ella y le partió el corazón —se quejó Nadine.
Se echó la mochila al hombro, todavía alterada por la visita de Clint y el tono críptico con que había hablado de la reunión del día siguiente—.
¿Y a qué viene ese traje y esa corbata que lleva siempre?
—resopló, sin haber acabado aún con el tema de Clint Fletcher—.
Antes, cuando vivía en Sweet Creek, nunca se vestía así.
—Ahora es un hombre hecho y derecho. No como tú, que sigues llevando la misma ropa que en el último año de instituto.
—Esto me lo tejió mi madre —protestó Nadine, bajando la vista hacia el voluminoso jersey color crema.
—¿Y los pantalones?
Nadine quitó importancia al comentario de Elaine con un gesto de la mano. Prefería sus viejos y fieles vaqueros o pantalones de pana. Por lo general, solo se arreglaba para ir a la iglesia.
No le gustaba ir de compras. De vez en cuando, sus hermanas volvían a casa y la arrastraban a alguna tienda.
Las dos se reían juntas mientras se probaban ropa y se animaban mutuamente a comprar cosas nuevas.
Nadine, en cambio, se resistía todo lo que podía, compraba algo para que la dejaran en paz, volvía a casa y colgaba lo comprado en el armario, incómoda con la idea de ponerse cualquier cosa que sus hermanas la hubieran obligado a elegir.
—No pasaría nada por arreglarte de vez en cuando —continuó Elaine—. No destruiría tu imagen de editora dura. Ponte una falda, luce esas piernas.
—Déjalo ya, Elaine. Además, los pantalones son más prácticos para subirse a tractores y saltar vallas.
—Y para mantener a los chicos a raya... —Elaine dejó la frase en el aire, esperando un momento, como para que el comentario calara.
—Ya pasé por eso —respondió Nadine, buscando las llaves del coche en el bolsillo. Jack no era una experiencia que quisiera repetir.
—Hace dos años, por cierto —la reprendió Elaine—. Creo que ya es hora de que vuelvas a intentarlo.
—No empieces —le rogó Nadine—. Suenas igual que mi abuela.
No estaba en absoluto en condiciones de volver a salir con nadie; Jack había sido un error que no quería repetir.
Cuando descubrió que a) había salido con ella solo para acercarse a alguna de sus hermanas, y b) la había estado engañando durante tres de los cuatro años que estuvieron juntos, se sintió traicionada y como una romántica tonta, cegada por el amor.
También tuvo que aceptar que no solo Jack había sido un error, sino que su corazón nunca había estado del todo en la relación. Había otro que ocupaba un rincón de su corazón. Que nunca había correspondido a sus sentimientos. Que también había preferido a una de sus hermosas hermanas.
Su jefe. Clint Fletcher.
Elaine levantó la mano.
—Ahora te has pasado. Quiero mucho a tu abuela, pero esa comparación no me parece precisamente un halago.
—Tienes sus ojos chispeantes.
—Ojos traviesos —respondió Elaine con una sonrisa.
—Por suerte, tengo unos días de tregua en lo de buscarme novio. Mi hermana Sabrina no se ha encontrado bien desde que nació Megan. Con suerte, la abuela se quedará allí y volverá loca a Sabrina durante al menos una semana.
—Volverá —dijo Elaine—. Tu querida abuela no se irá hasta que tengas novio o hasta que le digas muy firmemente: «Barbara Laidlaw, es hora de que te vayas a casa». Y como no vas a hacer ninguna de las dos cosas, estás atrapada. Así que mi consejo es que te busques un novio.
—Claro. Iré a la «tienda de chicos» más cercana y me llevaré uno.
—Bueno, hay muchos chicos disponibles en Sweet Creek.