CAPÍTULO 7 #2
Permaneció despierta esa noche y fue honesta consigo misma, ya que no había nadie más con quien pudiera serlo sin peligro.
Él no hablaría, y ella había descubierto por qué: no era falta de sentimiento; una mujer conoce la falta de sentimiento como conoce una despensa vacía.
Eran las dos prisiones. La de él: que un hombre con dos años de quiebra en su propia estima se juzgaba a sí mismo como ningún regalo, juzgaba que su nombre le traería la ruina de ella el día que su secreto saliera a la luz, y a él con ella, y por eso callaba por lo que él llamaba honor y ella llamaba su libro de cuentas otra vez, una deuda más que no cargaría sobre nadie.
Y la de ella, la prisión más clara: que Hannah Wells no existía para poder casarse, y Hannah Bly valía ochenta libras para cualquier delator de Londres en cuanto las amonestaciones la nombraran, y la desgracia de una esposa era la del marido ahora y para siempre, y ella no, no le colgaría su horca al cuello al único hombre que había creído en ella sin nada que ganar.
Así que continuaron, cuidadosos, rebosantes, hablando de fiebres y filtros y queriendo decir todo lo demás, y el verano maduró a su alrededor.
Al otro lado del río, Absalom Crane pasó ese mismo verano a la escucha, paciente como una araña en un desagüe.
Tenía su propio hogar, a su manera, Crane: habitaciones sobre la tienda, elegantes y frías, atendidas por un ama de llaves sorda elegida precisamente por su sordera.
Ni esposa, ni retratos, ni perro, ni iglesia más allá del banco delantero que formaba parte del escaparate de la tienda tanto como los dorados.
Lo que tenía estaba en la oficina trasera, en un armario cerrado con llave: treinta años de libros de cuentas llevados de su propia mano hasta el último cuarto de penique, y en las malas noches, porque incluso Crane las tenía, sacaba un volumen y leía hasta serenarse, las columnas desfilando, los totales cuadrando, el único lenguaje que nunca le había mentido ni le había pedido nada.
Había sido un niño descalzo de un patio de Rotherhithe, aunque había gastado dinero en ayudar a la parroquia a olvidarlo, y en algún lugar de un año que ningún libro de cuentas registraba había decidido que lo que los peniques costaban a quienes los pagaban no tenía por qué importarle.
No era cruel, habría dicho él. Era aritmética con patas.
El negocio no había mejorado. La investigación judicial le había hecho daño, no fatal —el forense había aplazado el caso con la herbolaria todavía como presa y el nombre del cordial apenas rozado por el testimonio del cirujano—, pero daño al fin, un olor que no había manera de quitar.
Peor aún, había aparecido una carta en una revista médica en primavera, algún médico entrometido escribiendo sobre el abuso de remedios patentados antimoniales, citando anónimamente una muerte reciente en el sur de Londres, y aunque no se imprimió ningún nombre, el gremio lo había leído, y dos casas mayoristas habían reducido discretamente sus pedidos a la mitad, y el joven Frederick Venn, ese verano, había empezado a venir a la tienda a la hora de cierre con unas copas de más, buscando que lo tranquilizaran, lo cual era tedioso, y dejando entrever sus remordimientos, lo cual era peligroso.
Crane lo manejaba como manejaba todo, con suavidad, con pesar.
Pero reconocía un cabo suelto cuando lo veía paseándose a plena luz del día, y sabía, mejor que nadie, que había una testigo viva que había observado todo el entramado desde dentro de la casa Venn, que había desaconsejado el cordial, visto las gotas, hecho que la señora le prometiera lo de la maceta.
Mientras Hannah Bly anduviera suelta, los nervios de Frederick y el nombre de Crane pendían de su silencio, y el silencio comprado con miedo tenía la costumbre de exigir renovación.
Frederick Venn acudió al Medical Hall a la hora de cierre un jueves de julio, como acudía casi todos los jueves ya, cuando los postigos estaban a medio echar y el chico de la tienda despachado a casa, y Crane, al oír el golpe característico, guardó el libro de cuentas que había estado leyendo para consolarse y compuso el rostro para la labor pastoral.
El joven bebía más temprano que antes, eso fue lo primero que inventarió el ojo del tendero, y gastaba por encima de su asignación otra vez —el abrigo era nuevo— y dormía mal —el resto de la cara pagaba el abrigo.
Merodeó por la tienda en penumbra mientras Crane encendía la lámpara del despacho, cogiendo cosas y dejándolas, y comenzó, como siempre comenzaba, muy lejos de su tema: la tiranía de su padre en el almacén, la injusticia de sus perspectivas, lo insulso de sus diversiones.
Crane le sirvió un brandy y asintió a todo con el tono de un hombre tristemente familiarizado con cómo trata el mundo al mérito.
Entonces, en el fondo del segundo vaso, como siempre, el verdadero motivo.
—Me lo dirías, ¿verdad? —dijo Frederick, dirigiéndose al mostrador—, si hubiera algo moviéndose. Sobre el, sobre el asunto del invierno pasado. Un hombre en tu posición se entera de cosas.
—No hay nada moviéndose.
Crane lo dijo como lo decía cada jueves, sin prisa, levemente sorprendido, como un boticario al que le preguntan por el tiempo.
—El asunto está cerrado, señor Venn. La mujer huyó, lo cual fue una confesión que todo el mundo presenció. La orden duerme en un cajón del tribunal y dormirá allí hasta que ella sea tan necia como para despertarla. No hay nada que se mueva.