Capítulo 40 El testamento del guardián
Florencia, invierno de 1502
El frío se colaba por las rendijas de los postigos de madera, pero el anciano no hizo ademán de avivar las brasas del brasero.
En realidad, el frío más intenso no provenía del gélido invierno toscano, sino de la silla vacía que descansaba al otro lado de la estancia, junto al viejo caballete de pintura.
Hacía ya cuatro años que la tierra había cubierto el ataúd de su esposa.
Con ella se había marchado la luz de sus días, la mujer con la que había compartido sus años de paz en Siena, amparados por la sabiduría de su suegro, Samuel Ben Yehudá, antes de regresar a Florencia para abrir su propio taller.
Sin ella, la casa era solo un cascarón vacío y silencioso, y él, un espectro de manos nudosas y vista cansada que aguardaba pacientemente su hora.
Bartolomé tosió, un estertor seco que le arañó el pecho. Sabía que no le quedaba mucho tiempo. La muerte rondaba la alcoba, paciente, como un viejo amigo que espera en el umbral.
Con un esfuerzo que le costó el aliento, el anciano arrastró la silla de enea hasta la tosca mesa de roble iluminada por la luz vacilante de un único candil de aceite. Sobre la madera, descansaba un fajo de pliegos de pergamino en blanco, un tintero de latón y varias plumas de ganso recién afiladas.
Bartolomé miró sus propias manos. Estaban manchadas por las pecas de la vejez, surcadas de venas azuladas y temblaban levemente.
Eran las mismas manos que habían trabajado el misal como regalo a la hermosa Giovanna Tornabuoni, las mismas que habían estrechado las de Domenico Ghirlandaio, y las mismas que, décadas atrás en Roma,
habían mezclado los pigmentos para ayudar al maestro Juan de Fiesole a plasmar la gloria divina en los frescos de la capilla papal.
Cerró los ojos un instante y el recuerdo lo asaltó con una nitidez asombrosa. Rememoró el día en que llegó a Roma acompañando a Juan de Fiesole y el mismísimo Papa Nicolás V lo observó con curiosidad y le preguntó:
—«¿Qué edad tienes, muchacho?»
—«Para el próximo invierno cumpliré dieciocho años, Santidad».
Abrió los ojos y devolvió la vista a la fría estancia en Florencia. Ahora, a sus setenta y dos años, el invierno ya no era una promesa de juventud, sino el aliento helado de la muerte.
Qué lejos quedaba su España natal y aquella noche de sangre en el puente de San Ángelo que partió su vida en dos.
Había tenido que renunciar a su tierra para sobrevivir a la cacería de la Hermandad, refugiándose en el arte, junto a más piadoso de los hombres que había conocido, convertirse a la fe judía y cambiar sus hábitos de monje por los legajos de notario bajo el cielo de la Toscana.
Durante los últimos días de su agonía solitaria, un terror frío se había apoderado de él.
El manuscrito de Fernando López de Baeza llevaba décadas oculto, sellado en la esfera de bronce de Tommaso di Curradi.
Estaba tan perfectamente escondido que corrían el riesgo de que jamás fuera encontrado.
¿Qué sentido tenía todo lo que habían sufrido si el documento se pudría eternamente bajo la tierra?
La verdad necesitaba un hilo del que poder tirar en el futuro. Un mapa cifrado.
Mojó la punta de la pluma en la tinta oscura. La gota quedó suspendida un instante antes de tocar el pergamino, como si el propio tiempo contuviera la respiración.
Y entonces, Bartolomé comenzó a escribir:
Mi nombre es Bartolomé Sánchez de la Vega, y el estigma que me ha marcado durante toda mi vida es que… conozco la forma de demostrar la existencia de Dios.