Capítulo 41 El eco de la eternidad
La luz del alba comenzaba a filtrarse por los altos ventanales de la librería, dibujando motas de polvo dorado sobre la mesa donde descansaba “La Profecía Olvidada”, de Fernando López de Baeza.
Llevaban horas despiertos, pero el cansancio había sido devorado por la magnitud de lo que tenían ante sus ojos.
Paulo caminaba de un lado a otro del salón, frotándose el rostro, tratando de procesar las implicaciones globales del texto.
—Es de una ironía enfermiza —dijo de pronto el periodista, deteniéndose frente a la estantería de incunables—.
Pensad en ello. El ser humano lleva décadas gastando miles de millones de euros en radiotelescopios, enviando sondas al espacio profundo y financiando el proyecto SETI.
Llevamos medio siglo escudriñando el cosmos, buscando desesperadamente una mínima señal matemática que nos confirme que hay una inteligencia superior ahí fuera.
Y resulta que la prueba irrefutable de la existencia del Creador no estaba en las estrellas.
Está enterrada en las arenas del desierto en Irak.
Ysabella acarició suavemente el borde del pergamino.
—Fernando López de Baeza encontró el código fuente de nuestra realidad —reflexionó ella, con la voz teñida de asombro y temor—.
Una regla inquebrantable que el propio Dios no puede violar sin negar su propia palabra.
Fernando menciona en otra parte de su manuscrito unas palabras del profeta en Isaías capítulo 55: versículo 11, citando la promesa inalterable del propio Creador: «Así será la palabra que sale de mi boca; no volverá a mí sin resultados, sino que cumplirá con aquello para lo que la envié».
El decreto está sellado para siempre. Babilonia debe permanecer desolada.
—Pero publicarlo lo cambia todo, Paulo —intervino Martín, ajustándose las gafas, visiblemente tenso—. Si revelamos este manuscrito al mundo, le estaremos dando las instrucciones exactas a cualquier superpotencia, o a cualquier consorcio de multimillonarios, para que pongan a prueba a Dios.
—Ese es el verdadero terror de la Hermandad —asintió el inspector Cámara desde la puerta, con los brazos cruzados—. Si alguien con los recursos suficientes decide ir a las ruinas del Éufrates y comenzar a levantar esos muros desafiando la maldición... el Creador tendrá que responder.
—Y la organización o el Estado que se enfrente a esa labor, tiene que contar con que el experimento será un fracaso terrenal absoluto —añadió Ysabella, mirándolos a todos a los ojos—.
Provocar a Dios significa desatar su ira para obligarlo a manifestarse.
Si Babilonia comienza a levantarse, la tierra temblará o el fuego caerá, tal y como le ocurrió a Juliano el Apóstata.
Quien asuma esa obra de ingeniería deberá aceptar que sus trabajadores, su dinero y sus cimientos serán aniquilados.
Es un suicidio logístico. Pero al mismo tiempo...
—Al mismo tiempo, será el mayor triunfo de la historia humana —completó Paulo, con un brillo febril en los ojos—.
Porque cuando el primer rayo divino destruya esa nueva Babilonia frente a las cámaras de todo el planeta, el ateísmo habrá muerto para siempre.
Sabremos, empírica y científicamente, que Él está ahí.
El silencio se hizo absoluto. La decisión estaba tomada. No iban a permitir que la Hermandad siguiera asesinando para mantener a la humanidad en la oscuridad. El mundo tenía derecho a conocer el límite de su propia existencia.
Madrid. 21:55 horas.
El murmullo frenético del plató de televisión contrastaba con la quietud letal que habían dejado atrás en la librería.
Paulo había movido todos sus hilos. No había acudido a los periódicos, donde los directores o los consejos de administración, quizá infiltrados por la Hermandad, podrían detener la rotativa.
Había acudido al programa de máxima audiencia de la cadena nacional, un formato de directo absoluto, sin guiones previos ni posibilidad de censura, presentado por un viejo colega que le debía la carrera.
En los pasillos y en las entradas del estudio, el inspector Cámara y media docena de agentes de su máxima confianza vigilaban los accesos. Nadie ajeno a la cadena entraría allí esta noche.
Bajo los potentes focos, Ysabella estaba sentada junto a Paulo en la mesa de debate.
Frente a ellos, protegido por un cristal de museo, descansaba el manuscrito original de Fernando López de Baeza y la pesada Esfera de Piero.
Ysabella sentía el pulso latiéndole en las sienes, pero al mirar el viejo cuero curtido, sintió que su abuelo Lorenzo estaba allí con ella.
También Bartolomé y Fernando y Fra Angélico.
Todos los guardianes de la historia culminaban su viaje en aquel escritorio.
—Un minuto y entramos, Paulo —avisó el regidor por el auricular, mientras la sintonía del programa empezaba a sonar en el estudio—. El país entero os está mirando. Diez millones de espectadores. Más os vale que tengáis algo bueno.
Paulo miró fijamente el piloto de la cámara principal. Respiró hondo, sintiendo el peso de quinientos años de sangre y silencio sobre sus hombros.
La cuenta atrás llegó a cero. El piloto rojo se encendió.
Paulo se acercó al micrófono, miró directamente a la lente que lo conectaba con el mundo entero y pronunció las primeras palabras:
—Buenas noches. Traemos una noticia que puede ser devastadora...
FIN