La profecía olvidada Capítulo 39 El despertar de Dios
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Capítulo 39 El despertar de Dios

Ysabella dejó de leer y el silencio volvió a adueñarse de la librería. El polvo bailaba perezosamente bajo el haz de luz de la lámpara de banquero, pero ninguno de los presentes prestaba atención a nada que no fuera el viejo pergamino que descansaba sobre la caoba.

—Pensadlo un momento —dijo Ysabella, levantando la vista, con los ojos brillando por una mezcla de fascinación y puro vértigo—.

Fernando López de Baeza escribió esto hace más de quinientos años.

Para él, en el siglo XV, el cumplimiento inexorable de la profecía de Babilonia ya era un hecho histórico innegable...

Ysabella recorrió con la mirada los rostros de Paulo, Martín y el inspector Cámara antes de sentenciar:

—Pero lo verdaderamente abrumador es que esas palabras eran ciertas en su día, y siguen siendo exactamente igual de ciertas hoy, en pleno siglo XXI.

Han pasado cinco siglos desde que redactó esto.

Han caído imperios, hemos atravesado revoluciones industriales, guerras mundiales, la llegada del hombre a la luna...

y, sin embargo, las ruinas del Éufrates siguen siendo polvo y desolación.

Nadie ha logrado repoblarla. La palabra divina, tal y como Fernando la entendió, sigue bloqueando la historia del hombre.

Paulo se pasó una mano por el rostro, asimilando la magnitud del concepto.

—Si la Hermandad cree en esto con el mismo fervor —razonó el periodista, apoyando las manos en la mesa—, para ellos este documento no es historia. Es un arma de destrucción religiosa. Una demostración empírica de que Dios interviene en el mundo físico.

—Y Fernando sabía cómo demostrarlo —intervino Martín, señalando con un dedo tembloroso el siguiente párrafo del manuscrito—. Ysabella, mira ahí. Hay un nombre en latín... Flavius Claudius Julianus.

Ysabella detuvo la mirada sobre aquella caligrafía. Sus ojos se abrieron con un destello de reconocimiento antes de apartar la vista del pergamino para mirar a sus compañeros.

Un emperador de Roma. murmuró. -

—Flavio Claudio Juliano... —asintiendo despacio—. Pasó a la historia con un sobrenombre mucho más oscuro: Juliano el Apóstata.

—¿Un emperador romano? —preguntó Paulo, frunciendo el ceño al tratar de ubicarlo en la memoria.

—Sí, gobernó en el siglo cuarto —explicó Ysabella, adoptando por un instante el tono didáctico que tantas veces había ensayado junto a su abuelo—. Era sobrino de Constantino el Grande, pero al llegar al poder renegó del cristianismo y trató de restaurar el paganismo clásico en todo el Imperio.

Cámara se cruzó de brazos, apoyándose contra una de las estanterías de roble, escuchando con suma atención. —

Ysabella continuó: Creo recordar que intentó reconstruir el templo de Jerusalén

—Pero no lo consiguió —dedujo Martín, intuyendo hacia dónde se dirigía la teoría de Fernando.

—No. Y la forma en la que fracasó es exactamente lo que Fernando López de Baeza utiliza como piedra angular de su teoría —respondió Ysabella, volviendo a bajar la mirada hacia la superficie del manuscrito—.

Escuchad con atención cómo lo relata el fraile andaluz.

Él vio en ese incidente la respuesta definitiva a la existencia de Dios.

Ysabella aclaró su garganta, pasó el dedo índice por debajo de las apretadas líneas de tinta oscurecida y retomó la traducción con voz solemne:

«La fe ciega es un refugio para los débiles, pero la verdadera existencia del Creador no se demuestra en el rezo, sino en el desafío a Su decreto.

La historia ya nos otorgó la prueba absoluta de esta ley inquebrantable.

Recordad al emperador Juliano, al que los hombres llamaron el Apóstata, cuando cegado por la soberbia intentó reconstruir el Templo de Jerusalén para quebrar la profecía de Nuestro Señor Jesucristo, cuando dijo a sus discípulos “En verdad os digo: No quedará aquí, piedra sobre piedra”.

¿Y qué ocurrió al remover los primeros cimientos?

Que la propia tierra se desgarró. Relatos de paganos y cristianos coinciden: terribles bolas de fuego brotaron de las entrañas del monte, abrasando a los obreros y aterrorizando a las legiones romanas, obligándoles a abandonar la obra para siempre.

No fue el hombre quien detuvo a Juliano; fue el propio Creador, obligado a intervenir, despertando de su letargo para garantizar que Su palabra no fuera mancillada».

Ysabella tragó saliva, sintiendo que el frío del pergamino se le transmitía a los dedos, y leyó la conclusión final de aquel pasaje:

“Si aquel emperador obligó a Dios a manifestarse con fuego en Jerusalén...

¿qué ocurriría si un poder de este mundo intentara hoy reconstruir la maldita Babilonia?

Dios no tendría más remedio que despertar de nuevo para impedirlo.

Intentar la reconstrucción de Babilonia sería la prueba definitiva, empírica y absoluta, de Su existencia».

El despertar de Dios. - sentenció Paulo. -

El inspector Cámara dejó escapar un suspiro bajo y ahogado.

—Madre mía... —murmuró el veterano policía, comprendiendo por fin la dimensión real del peligro al que se enfrentaban—. La Hermandad no está protegiendo un secreto religioso. Están protegiendo al mundo del mayor experimento de la historia.

El silencio en la librería era tan denso que casi podía cortarse. Las palabras de Cámara flotaban en el aire, pesadas como el plomo, mientras cada uno de ellos procesaba la monstruosidad de aquella idea.

De repente, la pantalla de un teléfono móvil rasgó la penumbra.

El instinto de periodista de Paulo había tomado el control. Con el ceño fruncido y los pulgares moviéndose a toda velocidad sobre el teclado táctil, su rostro quedó iluminado por un resplandor azulado y frío.

—Si esta teoría es el núcleo de la Hermandad, si llevan quinientos años aterrorizados por la posibilidad de que alguien intente levantar Babilonia y provoque la manifestación de Dios...

—murmuró Paulo, sin apartar la vista de la pantalla—, entonces no solo han estado vigilando bibliotecas o asesinando a anticuarios.

Han tenido que vigilar el propio territorio de Irak.

Y cualquiera que haya intentado tocar esas ruinas en la historia reciente, se habrá convertido en su objetivo prioritario.

—¿Qué estás buscando, Paulo? —preguntó Ysabella, acercándose a él.

—Acabo de teclear «reconstrucción de Babilonia» en el buscador —respondió el reportero, deslizando el dedo por la pantalla mientras abría el primer artículo periodístico que mostraba la búsqueda—. Y la historia nos acaba de dar la razón. Escuchad esto...

Paulo se aclaró la garganta y comenzó a leer en voz alta los extractos del reportaje:

«En la década de 1980, impulsado por un delirio de grandeza imperial, el dictador iraquí Saddam Hussein invirtió millones de dólares en un proyecto faraónico para reconstruir la antigua Babilonia sobre sus ruinas originales. Su objetivo era emular al antiguo rey Nabucodonosor. Para ello,

mandó fabricar millones de ladrillos nuevos e hizo grabar su propio nombre en ellos, con una inscripción que rezaba: "Construido por Saddam Hussein, hijo de Nabucodonosor, para glorificar a Irak".»

Martín abrió los ojos de par en par. —Intentó desafiar la profecía... —susurró el joven—. Hizo exactamente lo mismo que Juliano el Apóstata.

—Y mirad cómo terminó —continuó Paulo, levantando la vista del teléfono, con los ojos ardiendo por la revelación—.

En cuanto Saddam comenzó a levantar aquellos muros, su imperio se desmoronó.

Primero, la sangrienta e inútil guerra contra Irán.

Después, la Guerra del Golfo. Y finalmente, la invasión de 2003, que acabó con su régimen destruido, él ejecutado en la horca, y el país sumido en el caos.

Las obras de Babilonia se detuvieron para siempre.

El lugar fue ocupado por bases militares extranjeras que terminaron de aplastar con sus tanques las pocas calles que había intentado reconstruir.

Hoy, Babilonia vuelve a ser arena, polvo y desolación.

Ysabella sintió un vértigo atroz, apoyando las manos sobre la mesa de caoba para no tambalearse. —Dios mío... Paulo, ¿te das cuenta de lo que estás sugiriendo?

—Que la geopolítica moderna podría estar manipulada por esta misma teoría —sentenció el periodista—.

Siempre nos dijeron que las guerras del Golfo fueron por el petróleo, por las armas de destrucción masiva que nunca aparecieron, por el control de Oriente Medio.

Pero, ¿y si hubo algo más? ¿—¿Y si la Hermandad, con su inmenso poder infiltrado en las altas esferas internacionales, movió los hilos para derrocar a Saddam Hussein en el momento exacto en el que intentó reconstruir Babilonia?

En la mente de todos, surgió una pregunta al mismo tiempo. ¿Y si no fue la Hermandad? ¿Y si fue el propio Creador quien actuó, “despertando” para que sus palabras pronunciadas en la antigüedad por sus profetas, tuvieran éxito y garantizar así su decreto?

Pero ninguno abrió la boca. El silencio sepulcral de la librería fue la única respuesta a una verdad demasiado grande para ser pronunciada en voz alta.