La profecía olvidada Capítulo 38 La revelación
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Capítulo 38 La revelación

El viaje de regreso a Madrid transcurrió en un silencio tenso, solo roto por el zumbido de los neumáticos sobre el asfalto de la autovía y las esporádicas llamadas del inspector Cámara para asegurarse de que nadie les seguía el rastro.

Llegaron a la capital de madrugada. En lugar de ir a un piso franco de la policía o al apartamento de Paulo, Ysabella tomó una decisión que nadie discutió. Necesitaban un lugar donde el tiempo pareciera detenerse, un santuario.

Cuando la pesada persiana metálica de la librería anticuaria de Lorenzo Cortés se cerró a sus espaldas, los cuatro exhalaron el aliento que llevaban horas conteniendo.

El aroma familiar a polvo, cera para madera y papel antiguo los envolvió de inmediato.

Para Ysabella, aquel olor era el abrazo protector de su abuelo; para Martín, el recuerdo imborrable de los años de aprendizaje como su ayudante entre aquellas mismas estanterías.

Paulo encendió únicamente la lámpara de banquero de la mesa principal del salón de lectura, dejando el resto de la librería en una penumbra respetuosa. Con sumo cuidado, Martín desenrolló su chaqueta sobre la recia madera de caoba y dejó al descubierto la Esfera de Piero.

Bajo la luz cálida de la lámpara, el orbe de bronce y su pátina verdosa parecían latir. Martín apoyó ambas manos en la mitad inferior de la esfera.

—«La cruz estable mientras el mundo da vueltas» —repitió el joven, recordando la deducción a la que habían llegado en las ruinas de la masía—. Al principio pensé que era solo una instrucción mecánica para abrir la pieza, pero es mucho más que eso, ¿verdad?

—Es su santo y seña —confirmó Ysabella, rozando la cruz mellada—.

Stat crux dum volvitur orbis. Es el lema oficial de la Orden de los Cartujos desde su fundación.

Lo que el maestro florentino hizo no fue inventarse una caja fuerte caprichosa; transformó el propio emblema de la Cartuja en un mecanismo de tres dimensiones. El orbe terráqueo y la cruz.

—¿Y un artesano de la época del Renacimiento como el padre del Ghirlandaio, sabía que la tierra era redonda?,—preguntó Paulo, fascinado por la precisión del objeto, —.

—Por supuesto, es más que probable.- —respondió Ysabella—. Aristóteles o Tomás de Aquino ya lo sabían, y Florencia estaba a la vanguardia del saber en aquella época. -

Ysabella asintió y aferró el emblema de la Cartuja. El metal estaba frío y áspero. Martín y Paulo apoyaron las manos en la mitad inferior de la esfera de bronce, que presentaba aquella finísima fisura en el ecuador. Tomaron aire y aplicaron presión en el sentido de las agujas del reloj.

Al principio, la pieza se resistió, sellada por cinco siglos de letargo.

Martin entonces dio unos golpecitos con un pequeño martillo protegiendo la esfera con un grueso trapo en el lugar donde golpeaban, al intentarlo de nuevo, de pronto, un chasquido metálico, profundo y armónico, resonó en el interior del mecanismo.

Giraron un poco más, y un leve siseo —el aire de otra época escapando del vacío— erizó el vello de los presentes.

La esfera se dividió en dos mitades perfectas.

En el interior de la cavidad cóncava, descansaba un cilindro envuelto en una piel de becerro curtida e intacta, atada con un tosco cordel de cáñamo.

Ysabella lo extrajo con manos temblorosas y lo depositó sobre la mesa de caoba.

Se demoró un instante observando el lazo.

Al intentar deshacerlo con sumo cuidado, las fibras resecas por el letargo de cinco siglos no resistieron y el cordel se partió entre sus dedos con un crujido sordo.

Una sacudida emocional le encogió el pecho al darse cuenta de lo que aquel pequeño gesto significaba: la última persona que había tensado aquel nudo, las últimas manos que habían atado aquella cuerda antes de que el mundo diera miles de vueltas, habían sido las del mismísimo Bartolomé.

Con el corazón desbocado y un nudo en la garganta, apartó la envoltura de piel y rozó con sus manos el manuscrito. Con un cuidado digno de un cirujano en quirófano procedió a abrir el libro por la primera página. -

El crujido de las hojas del manuscrito sonó como un disparo en el silencio de la vieja librería. Ante las miradas atónitas, de cada uno de ellos, aparecieron las letras escritas por Fernando López de Baeza quinientos años atrás. –

La tinta, oscurecida pero asombrosamente nítida, formaba líneas densas en un latín clásico de caligrafía impecable. En la cabecera, unas letras ligeramente más grandes rezaban: Prophetia Oblita, Sive Evigilatio Dei.

—La profecía olvidada... o el despertar de Dios —tradujo Ysabella, con un hilo de voz.

A continuación, aparecieron las primeras palabras de Fernando López de Baeza

—Continua, por favor —pidió Paulo, acercándose a ella y apoyando una mano reconfortante en su hombro—. Esto fue lo que le costó la vida a tu abuelo.

Ysabella asintió con la mandíbula tensa. Aclaró su garganta, paseó la vista por el primer párrafo del documento redactado por Fernando López de Baeza y comenzó a traducir en voz alta:

«Quien lea estas líneas debe saber que no busco la gloria terrenal, sino la rendición ante la implacable verdad.

Mis largos años de estudio y meditación, nutridos por los sabios códices y anales conservados en las bibliotecas de Toledo, Córdoba y Granada, me condujeron a desentrañar un misterio que desafía el curso de los imperios.

“Durante años, creí como tantos otros que las profecías de las Escrituras eran meras advertencias poéticas destinadas a disiparse en el tiempo.

Sin embargo, tras contrastar los anales de los reinos caídos con el rigor de la historia, descubrí una pauta aterradora, un diseño matemático que nadie más se había detenido a examinar con la debida atención...

La siguiente página como la primera, se mostró al deslizar sus dedos Ysabella sobre el lomo del libro, y de nuevo la escritura de Fernando López volvió a sorprenderles:

Ysabella continuó traduciendo después de dar un trago al vaso de agua que Martín le acercó:

“Porque está escrito por boca de Isaías y sellado en las advertencias de Jeremías: Babilonia, la joya de los reinos, quedará desolada para siempre.

Ni el beduino pondrá allí su tienda, ni los pastores harán descansar sus rebaños.”

“He profundizado en mi estudio de la historia y he constatado el rigor inexorable de la palabra divina: cada piedra derruida, cada siglo de silencio sobre las arenas del Éufrates testifica que el juicio del Señor sobre esa tierra es irrevocable y perpetuo.

Ningún imperio, ningún hombre ha logrado jamás revertir su maldición.

El mandato de que no quede piedra sobre piedra se cumple de manera implacable hasta el día de hoy...»

El silencio que siguió a la lectura fue absoluto. Ysabella apartó los ojos del manuscrito y miró a los demás. El eco de aquellas palabras parecía haber impregnado los muros de la vieja librería, dotando a la investigación de una dimensión que jamás habrían imaginado.