La profecía olvidada Capítulo 37 El peso de la historia #2
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Capítulo 37 El peso de la historia #2

Varios agentes apretaron el gatillo, pero fue el Inspector Cámara quien reaccionó con la precisión letal de un hombre que lleva demasiado tiempo esperando ese momento.

Con la mandíbula apretada y la mirada fría como el hielo, recordando todo el dolor que la Hermandad había causado, Cámara alzó su arma reglamentaria, fijó el objetivo y disparó dos veces seguidas.

¡PAM! ¡PAM!

El primer proyectil del inspector reventó el parabrisas del Audi.

El segundo encontró su blanco con una precisión quirúrgica, atravesando el cristal lateral y hundiéndose directamente en el pecho a la altura del hombro izquierdo del sicario armado.

El hombre soltó un grito ahogado y dejó caer el subfusil, manchando de sangre la tapicería de cuero oscuro.

El conductor del Q7, presa del pánico, dio un violento volantazo.

Con el motor rugiendo al límite de sus revoluciones, hizo un trompo desesperado, derrapando sobre la grava del arcén, y aceleró en dirección contraria, huyendo por la carretera secundaria mientras una lluvia de balas de la Guardia Civil destrozaba la parte trasera de su vehículo.

Cámara bajó su arma lentamente. Un rastro de humo fino salía del cañón. No había logrado detenerlos, pero la mancha de sangre que había visto en el cristal le confirmaba que, esta vez, la Hermandad no se marchaba de rositas.

El inspector hizo un gesto rápido a sus hombres y dos patrullas policiales salieron chirriando ruedas en persecución del Audi herido. Acto seguido, guardó la pistola en su funda y se acercó al destrozado Nissan Patrol a paso ligero, negando con la cabeza.

—Os dije que cuando subierais a ese avión perdíais mi protección policial, Marín —dijo Cámara, asomándose a la ventanilla para comprobar que Ysabella y Martín estaban de una pieza.

Su voz sonaba ronca, todavía cargada de adrenalina—.

Suerte que tengo la fea costumbre de rastrear los móviles de los cabezotas que no me hacen caso. ¿Estáis todos bien?

Desde el suelo de los asientos traseros, Martín asomó la cabeza lentamente, todavía abrazado al bulto envuelto en su chaqueta. Estaba pálido y cubierto de cristales rotos, pero una sonrisa inmensa afloró en sus labios.

—Estamos vivos, inspector —respondió el joven, desenvolviendo el pesado orbe de bronce para que Cámara pudiera verlo—. Y traemos regalos. -

Tras diez o quince minutos de persecución el Audi Q7, que horas antes era un impecable símbolo de lujo y potencia, era ahora una bestia moribunda.

Con la luna trasera reventada, la carrocería acribillada a balazos y la rueda delantera derecha reducida a un amasijo de llanta y caucho quemado, el vehículo avanzaba a duras penas.

Dejaba tras de sí un denso rastro de humo negro y aceite sobre el asfalto de la carretera comarcal.

Pegados a su parachoques trasero, las sirenas y los destellos azules de dos patrullas de la Guardia Civil aullaban como lobos acorralando a su presa.

En el interior del Audi, el conductor sabía que no había escapatoria.

Miró de reojo al asiento del copiloto. Su compañero apenas se sostenía, con la cabeza apoyada contra la ventanilla, la respiración entrecortada y el traje oscuro empapado en sangre espesa.

El disparo del inspector Cámara le había destrozado el hombro y perdía sangre a un ritmo alarmante, pero seguía consciente, gimiendo entre dientes.

Estaba completamente incapacitado para empuñar un arma o intentar huir.

Si caía en manos de la Guardia Civil, un equipo médico le salvaría la vida, pero el dolor, los analgésicos o la presión de los interrogatorios podrían acabar quebrando su silencio.

Y el conductor sabía mejor que nadie que las reglas de la Hermandad no dejaban margen para esa clase de riesgos...

De repente, el motor del coche alemán exhaló un último traqueteo agónico. La aguja de las revoluciones cayó a cero y el vehículo se detuvo pesadamente cruzado en mitad de la vía.

Las patrullas frenaron en seco a escasos metros. Las puertas se abrieron de golpe y cuatro agentes de la Benemérita se parapetaron tras los bloques del motor, apuntando sus armas reglamentarias hacia el todoterreno humeante.

—¡Guardia Civil! ¡Apague el motor y tire las llaves por la ventana! —resonó la voz metálica de un sargento a través del megáfono—. ¡Salga del vehículo con las manos en alto!

Sin dudar un solo segundo, con una frialdad terrorífica, el conductor extrajo una pistola con silenciador de su chaqueta.

Fuera, los agentes vieron el movimiento a través de los cristales rotos. —¡Va a disparar! ¡Cuidado! —gritó un guardia civil.

Pero el disparo que se oyó dentro del habitáculo no iba dirigido a la policía.

El conductor giró el arma y descerrajó un tiro certero contra la cabeza de Armatus, cumpliendo con la macabra norma de no dejar testigos vivos ni siquiera entre los suyos.

El cuerpo de Armatus cayó inertemente contra la puerta.

Acto seguido, sin dejar de mirar al frente y con el mismo pulso firme, el conductor giró la muñeca con suavidad, apoyó el frío cañón de acero contra su propia sien derecha y cerró los ojos. -

El estallido resonó seco en el interior del coche, apagando el eco de las sirenas. El cuerpo del hombre se desplomó pesadamente sobre el volante, haciendo sonar el claxon en un lamento continuo e ininterrumpido que rasgó la tranquilidad de la sierra.

Los agentes se acercaron con extrema cautela, manteniendo las armas alzadas. Al asomarse por la ventanilla destrozada, el sargento bajó su pistola y soltó una maldición por lo bajo.

La Hermandad acababa de borrar sus huellas. Una vez más, no dejaban testigos. -