Capítulo 37 El peso de la historia
El todoterreno se detuvo frente a la fachada desconchada de la Masía del Enjambre. El silencio del campo solo se rompía por el crujido de la maleza bajo sus botas y el canto lejano de las cigarras.
Paulo, Ysabella y Martín se adentraron en las ruinas.
El interior era un esqueleto inestable. Las vigas de madera de la cubierta habían cedido a la podredumbre, y los muros de carga, desprovistos de su arriostramiento original, amenazaban con desplomarse al menor impacto.
Avanzaron con extrema precaución, conscientes de que un mal paso podría provocar un colapso estructural.
Sortearon cascotes, tejas rotas y maderos astillados hasta llegar a lo que parecía ser la antigua bodega, situada en un nivel inferior y semisótano de la casa. El olor a tierra húmeda y encierro era penetrante.
Se dividieron para buscar, apartando escombros con las manos desnudas. Pasaron casi cuarenta minutos de esfuerzo infructuoso, respirando polvo. La desesperación empezaba a asomar cuando Martín, arrodillado junto a lo que quedaba de una vieja prensa de vino, detuvo su respiración.
—Paulo, Ysabella... venid aquí. Hay algo metálico bajo estos sacos rotos.
Los tres se arrodillaron. Paulo usó un trozo de madera a modo de palanca para apartar una pesada losa de piedra que había caído del techo. Ysabella comenzó a retirar la tierra apisonada con las manos.
De repente, sus dedos rozaron algo duro y frío.
Al raspar la superficie, apareció un objeto con la inconfundible pátina verdosa del óxido de cobre.
Con el pulso acelerado, Ysabella siguió limpiando el contorno hasta revelar su forma completa: era un crucifijo.
El metal estaba carcomido, mellado por los golpes de los cascotes y casi raído por los siglos de humedad, pero sus proporciones eran inconfundibles.
Estaba fuertemente anclado a una superficie curva de bronce cuyo color verde, delataba el tiempo expuesto a la corrosión y que aún permanecía enterrada. -
Ysabella levantó la vista, con los ojos brillantes y la respiración entrecortada. —Es la cruz... susurró—. Es el emblema de la Cartuja. Hemos encontrado la Esfera.
Sabiendo con absoluta certeza lo que yacía bajo los escombros, se lanzaron a desenterrarla con renovada energía. Al retirar los últimos cascotes, la obra maestra fabricada en Florencia por Tommaso di Curradi quedó completamente a la vista.
No era un objeto descomunal, sino una exquisita pieza de orfebrería renacentista, de un tamaño algo mayor que un balón de reglamento. Al levantarla, Martín comprobó que era sorprendentemente pesada, rondando los diez o doce kilos de bronce macizo, pero perfectamente manejable.
Mientras Martín le quitaba el exceso de tierra seca con las manos, Ysabella se fijó en un detalle fascinante.
—Mirad aquí —señaló la joven, pasando la yema del dedo por el centro geométrico del orbe—.
No está fundida en una sola pieza. Hay una fisura finísima que recorre todo el ecuador. Está dividida en dos mitades perfectas.
—Tiene sentido —razonó Paulo, maravillado por la precisión del taller florentino—. Es un relicario o una caja fuerte. Tiene que haber una forma de abrirla.
—«La cruz estable mientras el mundo da vueltas» —murmuró Martín, con la mente trabajando a mil por hora—. Paulo, apuesto lo que quieras a que para abrirla hay que sujetar la cruz y hacer girar la esfera.
—Lo comprobaremos cuando estemos a salvo. ¡Quítate la chaqueta y envuélvela con ella Martín! —ordenó el reportero, consciente de que el techo crujía sobre sus cabezas.
Martín se quitó la chaqueta, envolvió la pesada esfera de bronce con ella y la acunó contra su pecho.
Salieron a trompicones de la bodega y corrieron hacia el Nissan Patrol.
Martín depositó el bulto con sumo cuidado en el suelo de los asientos traseros, justo antes de que Paulo arrancara el motor y enfilara el camino de tierra, directos sin saberlo, hacia la emboscada de la Hermandad.
Subieron al vehículo con la adrenalina disparada.
Paulo arrancó el motor y pisó el acelerador a fondo, haciendo patinar las ruedas traseras sobre la gravilla.
El Nissan enfiló el estrecho carril de tierra, flanqueado por la espesura y los muros de piedra seca, de vuelta hacia la salvación de la carretera principal.
La euforia llenaba el habitáculo, pero se desvaneció de golpe al tomar la última curva.
Un enorme Audi Q7 negro, con las lunas completamente tintadas, estaba atravesado en mitad de la vía, bloqueando cualquier escapatoria. Paulo clavó los frenos. El Nissan derrapó violentamente, deteniéndose a escasos quince metros del obstáculo envuelto en una nube de polvo gris.
Las puertas del vehículo oscuro se abrieron al unísono.
De él descendieron los dos hombres de aspecto sobrio y traje oscuro.
Caminaron hacia ellos con una frialdad mecánica, alzando lentamente sus armas provistas de gruesos silenciadores.
La Hermandad no iba a pedirles la esfera amablemente. Iban a acribillarlos allí mismo.
—¡Abajo! ¡Agachaos todos! —rugió Paulo.
El instinto del reportero tomó el control. Sabía que rendirse equivalía a una ejecución segura. Sin dudar un milisegundo, Paulo engranó la marcha atrás. Apretó los dientes y hundió el pedal del acelerador hasta la tabla.
El pesado 4 x 4 salió disparado hacia atrás, rugiendo como una bestia herida. Los sicarios abrieron fuego de inmediato. El sonido sordo de los silenciadores se vio ahogado por el estruendo de los cristales del Nissan estallando en mil pedazos sobre ellos.
Paulo no intentó retroceder por el sinuoso camino.
Dio un violento volantazo a la izquierda.
La parte trasera del todoterreno golpeó con una fuerza brutal contra el muro de piedra seca que flanqueaba el carril, reventándolo en una lluvia de cantos rodados.
El vehículo atravesó la barrera de matorrales y se adentró a saltos campo a través, rebotando salvajemente sobre los surcos de un viejo huerto de almendros.
—¡Agarraos fuerte! —gritó Paulo por encima del rugido del motor, peleando con la dirección para mantener el control mientras esquivaba los gruesos troncos de los árboles.
Atrás, en el camino de tierra, los dos asesinos bajaron las armas. Sabían que el lujoso Audi Q7 no estaba preparado para seguir a aquel tanque de chatarra por un terreno tan accidentado. Uno de ellos sacó su teléfono con calma clínica. La persecución acababa de empezar.
El viejo Nissan Patrol rebotaba salvajemente sobre los surcos de tierra del campo de almendros.
Paulo aferraba el volante con los nudillos blancos, peleando contra la inercia del vehículo a cada volantazo.
Las ramas secas de los árboles azotaban la carrocería y el parabrisas agrietado con un ruido ensordecedor.
En el asiento trasero, Martín se había hecho un ovillo en el suelo, protegiendo con su propio cuerpo la chaqueta que envolvía la Esfera de Piero. Ysabella, en el asiento del copiloto, miraba por el retrovisor exterior con el corazón a punto de salírsele del pecho.
—¡Nos siguen! —gritó, aferrándose al asidero de la puerta.
Aunque el pesado todoterreno de alquiler, tenía ventaja en aquel terreno impracticable, los sicarios no se habían dado por vencidos.
Habían dado marcha atrás con el Audi Q7 hasta alcanzar un camino rural paralelo, algo más firme, y ahora aceleraban a fondo levantando una cortina de polvo, intentando interceptarlos antes de que llegaran a la carretera asfaltada.
—¡Aguantad! —rugió Paulo—. ¡Ya casi estamos!
A través de la polvareda y la fina niebla que aún se aferraba al valle, Paulo divisó la salvación: la marquesina de una gasolinera que marcaba la intersección con la carretera principal de Altura. Solo tenían que cruzar un último bancal de tierra y una cuneta para alcanzar el asfalto.
El Nissan dio un salto brutal al superar el desnivel del terreno. Las cuatro ruedas se despegaron del suelo por un segundo ante de impactar contra el alquitrán con un chirrido agudo. Paulo contra volanteó para no perder el control, enderezando el vehículo en dirección a la estación de servicio.
Pero el Audi Q7 era infinitamente más rápido en carretera. El rugido de su motor alemán bramó a sus espaldas. En cuestión de segundos, los tuvieron literalmente pegados al parachoques trasero.
El sicario del asiento del copiloto asomó medio cuerpo por la ventanilla, empuñando un subfusil compacto.
Un estallido de disparos silenciados escupió fuego.
Las balas impactaron contra el portón trasero del Nissan, destrozando la chapa y reventando lo que quedaba del cristal.
Ysabella soltó un grito y se cubrió la cabeza.
Paulo pisó el acelerador a fondo, dirigiendo el coche directamente hacia la explanada de la gasolinera, dispuesto a buscar refugio tras los surtidores.
Y entonces, el milagro se hizo luz.
Justo al girar hacia la entrada de la estación de servicio, una batería de destellos azules cegadores inundó la mañana.
Atravesados en la salida de la gasolinera y bloqueando los carriles de la carretera principal, había tres todoterrenos de la Guardia Civil.
Detrás de ellos, una decena de agentes parapetados tras las puertas abiertas apuntaban sus armas largas directamente hacia los vehículos que se acercaban.
En el centro del dispositivo, con una gabardina ondeando al viento y una pistola en la mano, se erguía la inconfundible figura del Inspector Cámara.
—¡Frena, frena, frena! —gritó Ysabella.
Paulo clavó los frenos a fondo. El viejo Nissan patinó sobre el asfalto mojado de la explanada, deteniéndose a escasos metros de la barrera policial, envuelto en humo de neumáticos quemados.
Los sicarios del Audi se dieron cuenta de la trampa una fracción de segundo más tarde. Al ver el imponente control de la Guardia Civil, el conductor pisó el freno de golpe. El pesado todoterreno alemán derrapó, haciendo rechinar los neumáticos mientras la inercia lo empujaba hacia adelante.
Viéndose completamente superados, el sicario del asiento del copiloto cometió un error fatal: en lugar de soltar el arma, levantó el subfusil en un acto reflejo hacia la barrera policial.
—¡Fuego a discreción! —gritó uno de los sargentos de la Benemérita.