Capítulo 36 “La Cartuja de Valldecrist”
El vuelo desde Italia aterrizó en el aeropuerto de Manises, en Valencia, bajo un cielo plomizo que amenazaba tormenta.
Paulo e Ysabella cruzaron las puertas de la terminal de llegadas arrastrando sus pequeñas maletas.
No tuvieron que buscar mucho. Apoyado contra el capó de un robusto todoterreno Nissan Patrol de color oscuro, Martín los esperaba en el aparcamiento del aeropuerto, con una sonrisa que le cruzaba la cara de oreja a oreja.
El joven librero apenas dejó que guardaran el equipaje en el maletero antes de abalanzarse sobre ellos.
—¡Tendríamos que ver la cara de los expertos del Thyssen si se enteraran! —fue lo primero que dijo Martín a modo de saludo, agitando una libreta llena de anotaciones—. Sertum. Guirnalda. ¡El Alfa convertida en la Omega! Os juro que casi me da un infarto cuando lo vi claro en la pantalla.
Ysabella le dio un abrazo apretado, contagiada por su entusiasmo. —Ha sido una genialidad, Martín. Has resuelto en una tarde lo que los historiadores del arte llevan quinientos años pasando por alto. Eres el digno ayudante de Lorenzo Cortés, no te quepa duda.
Al escuchar el nombre de su maestro , la sonrisa de Martín titubeó un segundo, dando paso a una mirada de férrea determinación.
Asintió, tragando saliva, y le tendió las llaves del todoterreno a Paulo.
—Toma el volante. Tú tienes más experiencia en conducir por caminos de tierra.
He mirado los mapas de la zona de Altura en el GPS.
La Cartuja de Valldecrist está a las afueras del pueblo, pero si lo que os dijo ese fraile es cierto, los restos expoliados pueden estar diseminados por cualquiera de las decenas de masías y fincas abandonadas del valle.
Buscar ahí va a ser como buscar una aguja en un pajar.
Paulo arrancó el motor del Nissan. El ronroneo del vehículo diésel sonó como un rugido en el aparcamiento. —Pues nos pondremos a buscar masía por masía si hace falta —sentenció el reportero, metiendo la primera marcha—. Tenemos una ventaja: nadie más sabe lo que estamos buscando.
Paulo se equivocaba. Y aquella misma noche, en los fríos campos del Alto Palancia, estarían a punto de descubrirlo de la peor manera posible.
El trayecto desde Valencia hasta la comarca del Alto Palancia transcurrió con la rapidez que permitía la autovía. Al tomar el desvío hacia la villa de Altura, el paisaje cambió drásticamente, rodeándolos de campos de almendros y olivos centenarios.
Aparcaron el todoterreno frente a la entrada principal de la Cartuja de Valldecrist, dominada por un imponente portón de piedra que antiguamente marcaba el límite del mundo exterior. Justo al lado de la entrada, alzándose como un guardián silencioso, crecía un inmenso pino.
Paulo apagó el motor y el sonido ronco del diésel dio paso a un silencio absoluto.
Fue el primero en abrir la puerta del vehículo.
El leve crujido metálico rompió la quietud y, en ese preciso instante, una ardilla que los observaba fijamente desde una de las ramas bajas del pino dio un respingo.
Asustada por la intrusión, trepó a toda velocidad por el tronco rugoso hasta desaparecer entre las agujas más altas de la copa.
Era el único rastro de vida en un lugar que parecía haber quedado congelado en el tiempo.
El conjunto, que en su día fue uno de los focos de poder y espiritualidad más importantes de la Corona de Aragón, imponía ahora un sobrecogedor respeto, teñido de profunda melancolía.
En un lateral de la entrada principal había una puerta que estaba entreabierta y llamaron suponiendo que habría alguien guardando el lugar y así fue.
En un minuto apareció una señora agradable que los invitó a pasar cuando supo que eran periodistas y al mismo tiempo después de hablar acerca de unas hierbas que tenía sembradas en un gran macetón les permitió pasear por las ruinas y tomar fotografías.
- Atravesaron el gran arco a pie y deambularon en silencio por las ruinas.
El esqueleto de piedra del monasterio se alzaba contra el cielo gris.
Pudieron contemplar los restos de la Iglesia Mayor, con sus bóvedas caídas y sus gruesos muros desnudos, expuestos a la intemperie...
La maleza y los hierbajos se abrían paso entre las losas de lo que alguna vez fue el gran claustro. Quedaban en pie la portada del antiguo cementerio y algunos arcos góticos, como testigos mudos de un expolio implacable.
—Es desolador —susurró Ysabella, acariciando la fría piedra de un capitel roto—.
Cuesta creer que dejaron morir un lugar con tanta historia.
Todo lo de valor fue arrancado de cuajo.
—Y lo que buscamos no está aquí —sentenció Martín, oteando el horizonte— Fra Bernardo tenía razón.
Si la Esfera de Piero sobrevivió, está en alguna finca particular.
Después de agradecerle y despedirse de la señora que les dio un poco de orégano recolectado del gran macetón, regresaron al vehículo y comenzaron a recorrer la red de caminos de tierra que serpenteaban por el valle.
Durante horas, se detuvieron en varias masías aisladas y tierras de labor.
Hablaron con pastores y ancianos agricultores que encontraban a su paso.
Paulo, con su don de gentes como reportero, intentaba sacarles información preguntando por restos históricos.
Las respuestas de los paisanos fueron vagas y, en algunos casos, recelosas.
Algunos admitieron que, antiguamente, era costumbre llevarse sillares y columnas de la Cartuja abandonada para construir muros o establos.
Un anciano de rostro curtido por el sol les contó que, en tiempos de su abuelo, las familias adineradas de Valencia compraban retablos y esculturas del monasterio por cuatro pesetas para decorar sus chalets de verano.
Sin embargo, nadie supo darles una ubicación concreta, y mucho menos hablarles de una esfera de bronce renacentista.
Con la caída de la tarde, el cansancio hizo mella en los tres. El cielo se había oscurecido y una fina lluvia empezaba a emborronar el parabrisas del Nissan.
—No vamos a encontrar nada de esta forma —admitió Paulo, deteniendo el coche en un cruce de caminos—.
Es dar palos de ciego. La gente de por aquí es reservada y hay demasiadas fincas privadas.
—Necesitamos un registro, un archivo local, algo que nos diga qué familias de la zona compraron parcelas de la Cartuja en el siglo diecinueve —razonó Ysabella, frotándose los ojos con fatiga.
—Mañana buscaremos en el ayuntamiento o en algún registro de la propiedad —concluyó Martín—. Por hoy, estamos acabados.
Condujeron hasta la vecina localidad de Segorbe y se registraron en un pequeño y discreto hotel cerca del acueducto, dispuestos a pasar la noche y recuperar fuerzas.
Lo que ninguno de los tres imaginaba mientras pedían las llaves en la recepción, era que, al otro lado de la calle, bajo la llovizna, un coche oscuro con los cristales tintados acababa de apagar el motor. La Hermandad había llegado.
La noche había caído pesadamente sobre Segorbe.
En la habitación doble que habían convertido en su improvisado cuartel general, el ambiente era de agotamiento.
Mientras Paulo e Ysabella revisaban mapas topográficos de la comarca extendidos sobre la cama, Martín permanecía sentado frente al pequeño escritorio, con el rostro iluminado únicamente por el brillo de la pantalla de su portátil.
Llevaba horas buceando en archivos digitales, foros de historia local y hemerotecas. De pronto, el tecleo frenético se detuvo.
—Venid a ver esto —dijo Martín, con un hilo de voz que denotaba contención y triunfo a partes iguales.
Paulo e Ysabella se acercaron rápidamente a la pantalla.
Martín señaló un artículo escaneado con fecha de varios años atrás.
—Es de la hemeroteca digital del diario Las Provincias —explicó el joven, ampliando la imagen—.
Estaba buscando reportajes sobre el expolio de la provincia de Castellón.
Fijaos en el titular: «Los restos perdidos de Valldecrist».
Ysabella leyó en voz alta los primeros párrafos.
El artículo denunciaba cómo docenas de capiteles, columnas y esculturas de la antigua Cartuja habían terminado esparcidos por la comarca tras la Desamortización.
Pero lo verdaderamente importante no era el texto, sino la fotografía en blanco y negro que lo acompañaba.
La imagen mostraba una vieja finca agrícola, de aspecto abandonado, cuyos muros de mampostería barata estaban apuntalados por dos majestuosas columnas de piedra finamente talladas.
Eran, inconfundiblemente, columnas góticas idénticas a las que habían visto esa misma tarde en las ruinas del monasterio.
—El pie de foto dice: "Restos arquitectónicos de la Cartuja integrados en una finca particular del Alto Palancia, hoy en estado de abandono" —leyó Paulo—.
No da el nombre exacto de la propiedad, probablemente para evitar a los saqueadores.
—Pero tenemos la foto —sonrió Martín, sacando su teléfono móvil para tomarle una captura a la pantalla—.
Y una foto es todo lo que necesitamos para preguntar mañana.
A la mañana siguiente, con las primeras luces del alba y la lluvia de la noche convertida en una espesa niebla matinal, los tres se encontraban desayunando en una pequeña taberna del centro de Altura. El local estaba lleno de agricultores mayores que tomaban café antes de ir a los campos.
Paulo se acercó a la barra y le mostró la pantalla del móvil al dueño de la taberna, un hombre de hombros anchos y pelo cano. —Disculpe, estamos haciendo un reportaje fotográfico sobre la zona. ¿Le suena de algo esta fachada?
El hombre entrecerró los ojos, ajustándose las gafas para mirar la pantalla, y luego se encogió de hombros.
—Ese lugar me suena, pero no le podría decir exactamente de que.
- ¡Oye, Tomás! —gritó hacia una de las mesas del fondo, dirigiéndose a un anciano de boina calada—.
Tú que fuiste guarda forestal, mira a ver si conoces este caserón.
El anciano llamado Tomás se acercó arrastrando un poco los pies.
Miró el teléfono de Paulo un par de segundos y asintió, reconociendo la silueta del edificio y la forma del monte que se veía al fondo en la fotografía.
—Claro que la conozco. Es la antigua Masía del Enjambre.
Lleva vacía más de treinta años. Los dueños se fueron a Valencia y dejaron que se cayera a pedazos.
—¿Podría indicarnos cómo llegar? —preguntó Ysabella, conteniendo la emoción.
—Es fácil. Toman el camino de tierra que sale del cementerio, hacia la sierra.
A unos tres kilómetros, verán un desvío flanqueado por dos cipreses secos.
La finca está al final de ese carril, medio comida por la maleza.
Pero tengan cuidado, los techos están hundidos.
Diez minutos después, el Nissan Patrol devoraba el camino de tierra que Tomás les había indicado, dejando atrás una nube de polvo.
Paulo aferraba el volante con fuerza, escudriñando el horizonte hasta que, entre la bruma matinal, divisaron los dos cipreses secos. Al fondo del carril, oculta por las zarzas y el abandono, se alzaba la silueta ruinosa de la Masía del Enjambre.
Habían llegado.
Pero ninguno de los tres miró por el espejo retrovisor. Ninguno se percató de que, a unos quinientos metros de distancia, un vehículo oscuro con los faros apagados acababa de detenerse en la linde del camino principal, bloqueando su única vía de escape.