La profecía olvidada Capítulo 35 “El exilio de la Esfera”
84%

Capítulo 35 “El exilio de la Esfera”

—¿Y bien? —repitió Fra Bernardo, dándole un sorbo a su capuchino y acomodándose en el sillón de cuero—. ¿Qué les trae desde tan lejos para buscar a un viejo bibliotecario de clausura?

Paulo cruzó una mirada cómplice con Ysabella. Habían acordado durante el viaje que sería ella quien llevara el peso de la conversación histórica, para no abrumar al monje con historias de asesinatos y hermandades secretas.

Absortos en su misión, ninguno de los dos reparó en el entorno que los rodeaba.

La cafetería del Hotel Brunelleschi estaba animada a aquella hora de la mañana.

A escasos metros de su mesa, acodados en la elegante barra de caoba, dos hombres de aspecto sobrio e impecables trajes oscuros tomaban sendos espressos.

Parecían dos ejecutivos más de los muchos que cerraban negocios en Florencia, pero no hablaban entre ellos.

Sus fríos ojos, ocultos tras el reflejo de los espejos del bar, no perdían detalle de la mesa que ocupaba el fraile.

—Buscamos un objeto muy concreto, Fra Bernardo —comenzó Ysabella, ignorando el peligro que los acechaba a sus espaldas y midiendo cuidadosamente sus palabras—. Una pieza de orfebrería que fue forjada en Florencia a finales del siglo quince, en el taller de Tommaso di Curradi.

El anciano enarcó una ceja, demostrando que aquel nombre no le era en absoluto desconocido. —¿El padre de Domenico Ghirlandaio? —murmuró el fraile—. Interesante. Siga, por favor.

—Se trata de una esfera de bronce coronada por una cruz —continuó Ysabella—.

Sabemos, por documentos de la época que hemos logrado traducir, que fue un encargo personal de Piero de Medici, il Gottoso, y que su destino final fue la Cartuja de Pavía.

Necesitamos saber si esa esfera sigue allí o si existe algún registro de su ubicación actual.

Fra Bernardo se quedó en silencio. Dejó la taza de café sobre el plato de porcelana con extremada lentitud. Se quitó las gafas de lectura y se frotó el puente de la nariz, dejando escapar un suspiro que parecía cargar con el peso de los siglos.

—La Esfera de Piero... —susurró el monje, casi para sí mismo—.

Cientos de eruditos han rastreado los inventarios ducales buscando esa pieza, creyendo que era un simple mito renacentista.

Pero ustedes han venido al lugar correcto.

No es un mito. La esfera existió, y efectivamente, fue recibida con grandes honores en nuestro monasterio.

Según los datos que conozco de esa fecha, el destino de la esfera era lucir en la fachada principal de la Cartuja.

Pero esta fachada nunca se terminó. La construcción se detuvo abruptamente.

Tommaso di Curradi pudo haber fabricado el globo crucífero con el propósito de coronar esa fachada, pero al interrumpirse las obras, la pieza quedó relegada a los sótanos, almacenes o pasadizos del monasterio, esperando un momento que nunca llegó.

Paulo se inclinó hacia delante, incapaz de contener la emoción. —Entonces, ¿está en Pavía? ¿Podemos verla?

El monje negó lentamente con la cabeza, esbozando una sonrisa cargada de melancolía. —

Me temo, joven, que han viajado ustedes al país equivocado. La esfera ya no está en Italia. Hace más de dos siglos que abandonó nuestras tierras.

El silencio se adueñó de la mesa. Ysabella frunció el ceño, desconcertada. —No lo entiendo. ¿Fue robada?

—Protegida, más bien —aclaró Fra Bernardo, adoptando un tono solemne y profesoral—.

Fue en el año 1796. Las tropas de Napoleón Bonaparte cruzaron los Alpes y barrieron el norte de Italia como una plaga de langostas.

Saqueaban iglesias, expoliaban monasterios y fundían tesoros de bronce y oro para financiar sus campañas.

El Prior de la Cartuja entonces, aterrorizado ante la idea de que el blasfemo ejército francés profanara nuestras reliquias más sagradas, tomó una decisión drástica.

En el más absoluto de los secretos, en mitad de la noche, ordenó empaquetar los objetos de mayor valor y espiritualidad de la Cartuja, entre ellos la Esfera de los Medici con la cruz arriba. -

Utilizando antiguas rutas de contrabando y barcos mercantes de confianza, enviaron esos tesoros a la única región de Europa donde creían que Napoleón jamás llegaría, a los brazos de una de nuestras cartujas hermanas más poderosas e inexpugnables.

—¿A dónde la enviaron? —preguntó Paulo, con el pulso acelerado. —A España —sentenció el fraile—. A la Corona de Aragón. Concretamente, a la soberbia Cartuja de Valldecrist, situada en la Villa de Altura, en la actual provincia de Castellón.

Ysabella se llevó las manos a la boca, asombrada por el giro de los acontecimientos. ¡El tesoro siempre había estado en su propio país!

—Pero la historia de la Esfera es una historia de tragedias superpuestas, amigos míos —continuó Fra Bernardo, oscureciendo el tono de su voz—.

Los monjes de Pavía creyeron salvarla de los franceses, pero no podían prever lo que el propio gobierno español le haría a su patrimonio unas décadas después.

—La Desamortización de Mendizábal... —susurró Ysabella, conectando los hilos históricos en su cabeza.

—Exactamente —asintió el anciano—. En 1835, el decreto de exclaustración expulsó a los monjes de Valldecrist.

El monasterio fue despojado de sus tierras y abandonado a su suerte.

Fue un expolio salvaje. Las columnas se vendían al peso; los retablos y las esculturas fueron arrancados de cuajo.

La Cartuja de Valldecrist se convirtió en una cantera de piedra barata para los caciques y terratenientes de la comarca.

—¿Y qué pasó con la esfera? —insistió Paulo, temiendo lo peor—. ¿La fundieron?

—No lo creo. He pasado años estudiando correspondencia antigua y viejos recortes de prensa que hablaban de la ruina de Valldecrist —explicó el fraile—.

Es un hecho documentado que muchos de esos tesoros no fueron destruidos, sino que terminaron abandonados a la intemperie, integrados como simple mampostería o decoración en los jardines de masías, fincas y huertos de la burguesía local en los alrededores de Altura.

Si la Esfera de Piero sobrevivió a la barbarie, les aseguro que yace allí, olvidada bajo la maleza en alguna propiedad privada cercana a las ruinas del monasterio, esperando a que alguien con los ojos bien abiertos tropiece con ella.

Paulo sacó su teléfono móvil del bolsillo y se giró hacia Ysabella, con una determinación feroz brillando en sus pupilas. —Llama a Martín —le ordenó—. Dile que haga las maletas y que alquile el todoterreno más robusto que encuentre. Nos volvemos a España. Nos vamos a Castellón.

En la barra de la cafetería, uno de los hombres de traje oscuro apuró su café de un solo trago.

Dejó un billete arrugado sobre la madera de caoba y se volvió hacia su compañero.

Sin hacer el más mínimo ruido, sacó un teléfono encriptado del bolsillo interior de su americana y tecleó un escueto mensaje de texto, enviándolo directamente a la cúpula de la Hermandad:

«El objetivo vuelve a España. Cartuja de Valldecrist, Castellón. Preparen al equipo de asalto».